viernes, 29 de julio de 2016

Suelo de combate

Trinchera de Casa de Vacas los últimos días de la excavación

Los últimos días de una excavación suelen ser frenéticos, da igual que sea un yacimiento romano o una fortificación de la Guerra Civil. El estrés, sin embargo, se compensa con los hallazgos. En las trincheras, al final es cuando quedan al descubierto los suelos que pisaron los soldados y sobre ellos, los materiales que dejaron abandonados o perdidos. En Casa de Vacas es como si todos estos días hubiéramos estado buscando a los brigadistas alemanes y ahora de repente nos encontráramos con ellos en mitad del combate.

Tenemos ante nuestros ojos más de treinta metros de trinchera, con sus abrigos y puestos de tirador. En el suelo reposan docenas de casquillos, cartuchos y guías de peine exactamente en el mismo lugar en que cayeron en el fragor de la batalla. Es en este momento cuando realmente el pasado se hace presente y uno puede sentir la historia. 

Casquillos y guías de peine de Lee Enfield in situ en el fondo de la trinchera

Cuando un contexto se conserva intacto, no hace falta un gran esfuerzo de imaginación para leer el registro arqueológico: en este puesto de tirador podemos ver a un soldado vaciando un cargador tras otro con su Enfield. En el siguiente, a otro brigadista parando con el fuego de su fusil ametrallador un asalto de los legionarios y dejando tras de sí un reguero de vainas percutidas.
 
Cargador de Enfield con sus cinco casquillos percutidos 

Más casquillos de Enfield en un puesto de tirador
 

Algo más allá los atacantes se han acercado tanto a las defensas republicanas que solo se les detiene en el último momento a granadazos y tiros de pistola. No todas las pistolas son reglamentarias. Junto a un puesto de tirador descubrimos un cartucho del calibre 0,25 perteneciente al arma personal de algún soldado. 


Cartucho de pistola de pequeño calibre y puesto de tirador junto al que apareció


La mayor parte de los hallazgos no proceden de los puestos de tiro, sino de la trinchera, que es a donde va a parar la munición gastada. El suelo se va cubriendo de casquillos y peines. Y allí se quedan, sellados por el barro del otoño de 1936.

jueves, 28 de julio de 2016

La tierra acribillada

 Balas de 7 mm documentadas en la prospección de la Ciudad Universitaria

Pese a los muchos años que llevamos haciendo arqueología de la Guerra Civil, me cuesta no sorprenderme al encontrar los restos del conflicto a flor de piel, en los lugares más insospechados. Espacios cotidianos como la Casa de Campo o la Ciudad Universitaria en Madrid están literalmente acribillados de historia.

Quizá lo que más sorprende es que la mayor parte de los paisajes en los que trabajamos se han visto despojados de su memoria humana. Han quedado marginados en los partes de guerra, olvidados en las autobiografías, dejados de lado, hoy, en las rutas históricas. La gente que nos visita se maravilla ¿cómo es que hay trincheras aquí? ¿Es posible que encontréis tantas cosas en este parque que he visitado tantas veces? ¿así que esta trinchera era republicana? Comparto su sorpresa. La memoria humana tiene sus límites. No puede almacenarlo todo. Pero la tierra recuerda lo que nosotros no hemos podido o no hemos querido recordar.

Los arqueólogos somos testigos de segunda mano de la historia, pero testigos al fin y al cabo. Y lo que hacemos es dar testimonio -fragmentario, confuso, equivocado a veces- de lo que vemos (¿pero qué testimonio no es ambiguo, incompleto, con frecuencia erróneo?). Y no sé si es por su carácter testimonial, o porque sus pruebas son materiales o porque aparecen en lugares insospechados, pero el caso es que la arqueología produce una cierta inquietud. Una inquietud que no es extensible, por las razones que sean, a otras disciplinas que estudian el conflicto.

Jaime González escribe hoy en el diario ABC en relación a nuestras excavaciones que si los huesos pudieran hablar dirían "cuidado, mucho cuidado". Por algún motivo los huesos, los casquillos y las latas dan miedo. Estoy seguro de que Jaime González no escribiría lo mismo sobre el trabajo de un historiador en un archivo. Los documentos, que sí hablan una lengua inteligible, no despiertan tantos temores. Solo la labor de los arqueólogos, testigos imperfectos de la tierra acribillada, es peligrosa ¿por qué será?

miércoles, 27 de julio de 2016

Evacuar en primera línea

"¡Hurra! Aquí caga la Primera Compañía". Letrina de la Legión Condor.

Sí, el título de la entrada es correcto. No se trata de evacuar la primera línea, sino de hacer las necesidades mientras le están disparando a uno. Los arqueólogos con frecuencia trabajamos con aquello que los historiadores han dejado de lado, "las pequeñas cosas olvidadas", que decía el arqueólogo norteamericano James Deetz. En el caso de las letrinas no podemos culparles: no es el sitio más agradable en el que buscar trazas del pasado. Sin embargo, también aquí uno puede descubrir cosas interesantes, como hemos tratado de demostrar en alguna ocasión. 

Interpretar un espacio como letrina no es siempre fácil, especialmente en primera línea, donde se tendía a la improvisación y la economía de medios. Bajo el fuego enemigo a lo más que se puede aspirar es a tener a mano un cubo o una lata y tiempo suficiente para utilizarlo. Pensamos, sin embargo, que uno de los abrigos que encontramos pudo haber hecho las funciones de retrete por varios motivos. 


Posible letrina en la trinchera de Casa de Vacas
   
En primer lugar, el suelo tiene restos de alquitrán. Esta sustancia se utiliza para impermeabilizar. Ninguna otra estructura de la trinchera republicana de Casa de Vacas tiene trazas de alquitrán, así que este abrigo debía de desempeñar una función especial. Sabemos que en la Primera Guerra Mundial pequeños refugios como el que estamos excavando se utilizaron como retretes en el frente y también tenían el suelo asfaltado, porque era más fácil de limpiar que la arena, que se impregnaba pronto de efluvios y sustancias malolientes. 

En una esquina del abrigo apareció, además, la base de un bidón. En las letrinas de la Gran Guerra también se usaban cubos metálicos o bidones a modo de inodoro. Finalmente, este es el único sitio en el sector excavado donde hemos encontrado botones de nácar: cuatro para ser exactos. Estos botones se empleaban en la ropa interior, en los calzoncillos entre otras prendas. Podemos imaginarnos lo fácil que se perderían estos botones, especialmente cuando uno tenía que hacer sus necesidades a toda prisa y bajo el fuego de la artillería. También hemos recogido un trozo de hebilla de cinturón.

Botón de nácar procedente del refugio-letrina

Pocas trazas de vida cotidiana hemos hallado en esta fortificación que fue escenario de combates durísimos y continuados durante un par de semanas. Es irónico que el único elemento no militar con el que hemos topado sea un retrete. Y también que al lado exista una trinchera de evacuación. En este caso sí, para evacuar la primera línea.

martes, 26 de julio de 2016

Cómo se excava una trinchera

 Excavando una trinchera en la Casa de Vacas, Madrid

Cuando empezamos a excavar trincheras de la Guerra Civil hace ya ocho años, llegamos a la conclusión de que era difícil. Más difícil que excavar una villa romana o un poblado de la Edad del Hierro. Y no porque tengan estratigrafías complejas (aunque las de la Ciudad Universitaria se las traen en este sentido), sino porque son una arquitectura negativa -es decir hoyos y zanjas- y de vida muy breve. Esto significa que el material que colmata las trincheras y el material de las paredes es, con frecuencia, extremadamente difícil de distinguir. 

Mientras encontramos objetos, sabemos que no hemos llegado al límite de la trinchera? El problema es cuándo estos dejan de aparecer ¿Nos hemos comido la pared? ¿Paramos ya? Es necesario estar atentos a pequeños cambios en la compactación, color y textura de los sedimentos. Como se puede ver en la imagen de abajo:

La pared de la trinchera está a la izquierda: es de color más claro y es más compacta que el relleno (en el que se observa un casquillo de Mosin). En este caso, además, la granulometría del relleno es más heterogénea que la del sustrato geológico. Es decir, los granos de arena son de tamaños diferentes. 

Las mismas dudas nos acechan cuando se trata de encontrar el suelo de la trinchera. En ocasiones no hay mucho problema, porque está bien compactado. En el caso de la trinchera de la Casa de Campo en algunos sitios se rebajó un nivel geológico de arena blanca, que nos permite diferenciarlo el relleno del suelo con relativa facilidad.


  
Suelo de la trinchera de Casa de Vacas, con un echado de tierra blanquecina

Normalmente la llegada del suelo, tanto en una estructura militar moderna como en una casa prehistórica, viene marcada por el material en cero grados de buzamiento. Es decir, dispuesto en horizontal. Como se puede observar en estas fotos:

Caja de munición, dos guías de Mosin y una de Máuser sobre el suelo de la trinchera de Casa de Vacas

Guías de peine, cartuchos y casquillos cerca del nivel de suelo en la trinchera de Casa de Vacas 

A veces para orientarnos cortamos las estructuras en dos y dejamos un perfil estratigráfico que nos permite orientarnos. Una vez que localizamos las paredes registramos el corte y abrimos toda la estructura -más rápido esta vez porque ya sabemos dónde tenemos que pararnos.

Abrigo excavado a la mitad para observar la estratigrafía (izquierda)


No obstante, la identificación de la caja de una trinchera o un abrigo es casi siempre una tarea laboriosa y que requiere considerable reflexión. Es también un excelente entrenamiento para excavar otro tipo de estructuras. Especialmente, aunque parezca paradójico, de época prehistórica.

lunes, 25 de julio de 2016

La Casa de las Flores o los geranios de la muerte


Preguntaréis: Y donde están las lilas?
Y la metafísica cubierta de amapolas?
Y la lluvia que a menudo golpeaba
sus palabras llenándolas
de agujeros y pájaros?
Os voy a contar todo lo que me pasa.
Yo vivía en un barrio
de Madrid, con campanas,
con relojes, con árboles.
Desde allí se veía
el rostro seco de Castilla
como un océano de cuero.
Mi casa era llamada
la casa de las flores, porque por todas partes
estallaban geranios: era
una bella casa con perros y chiquillos...

Pablo Neruda
Impactos de bala en estructura asociada a la Casa de Vacas.

En la documentación remitida al entonces Cuartel del Generalísimo acerca de las operaciones sobre Madrid, nos encontramos con el parte de operaciones de la 3ª Columna de la Agrupación de Columnas del general Varela. Una carpetilla titulada Entrada en la Casa de Campo 8 de noviembre de 1936 nos conduce directamente al infierno de la guerra civil, a primera línea de fuego. El Tabor de Regulares de Alhucemas avanza y consigue abrir una brecha en la tapia de la Casa de Campo, en las inmediaciones de la Puerta Batán. Es ya noche cerrada:

A unos 100 metros antes del estanque, la vanguardia es atacada por un tanque ruso, con ráfagas de ametralladora, así como nutridos grupos de milicianos, siendo repelida la agresión enérgicamente por la aludida Bandera [4ª Bandera del Tercio], y dos anti-tanques, haciendo retroceder al enemigo, al que se le hacen algunos prisioneros.



Segunda Legión del Tercio. 4ª Bandera. Columna de Madrid nº 3. Tropas de choque a la conquista de Madrid. El parte de bajas y distinguidos de ese día 8 de noviembre no deja lugar a dadas de la crudeza de los combates. Los soldados españoles fallecidos aparecen con nombre y apellidos; a los moros les precede un código numérico. En la mañana del día 8 se combate con granadas de mano para tomar casas situadas en el flanco izquierdo del ataque. 

Y una mañana todo estaba ardiendo,
y una mañana las hogueras
salían de la tierra
devorando seres,
y desde entonces fuego, pólvora desde entonces,
y desde entonces sangre.
Bandidos con aviones y con moros...

La lucha sin cuartel en la Casa de Campo se mantendrá en las semanas sucesivas. Así lo podemos comprobar en el parte de operaciones del día 1 de diciembre de la Cuarta Columna. Los tanques rusos siguen causando estragos en las filas sublevadas:

Inmediatamente se inició un ataque al servicio que cubre desde la puerta de Rodajos hasta el lago que fué creciendo en intensidad, fulminando esta con la aparición de siete carros de combate pesados que se apoderaron de las trincheras situadas en Casa Quemada, matando a sus defensores, que eran del Requeté.

Los regulares se rehacen y mantienen sus posiciones. En esta guerra total no se tiene mucha compasión del enemigo:

Por las informaciones recojidas (sic), de dos prisioneros, se ha venido en conocimiento de que el Comandante que dirigía el ataque cayó en el mismo pareciendo ser el 2º Jefe del General Klever. [...] Por el portillo de Aravaca y brechas abiertas en la tapia de la parte de la Casa de Campo que aun ocupa el enemigo, se vio gran movimiento de personal que retiraba heridos y muertos. Quedan por tanto en nuestro poder, un tanque enemigo, cuatro más inutilizados en las cercanías de las posiciones que ocupa el servicio de la Columna bastante material de guerra y únicamente siete prisioneros en nuestro poder, ya que los demás por haber sidos cogidos con las armas en las manos haciendo fuego sobre nuestras fuerzas y proseguir el ataque enemigo, fueron pasados por las armas inmediatamente, para poder atender al contra-ataque sin preocupación de ningún genero

Refugio republicano en primera línea en el sector de Casa de Vacas, 
en fase de excavación. Se observan en planta una caja de munición y restos de uralita y ladrillos.

Andrés conoce la Casa de Campo como la palma de su mano. De crío iba a buscar balas y restos de la guerra con otros compinches del barrio. Allí conocieron a Antonio, un taxista de La Latina que por entonces iba los fines de semana a pasear con su hijo. Cuando se hizo mayor, ya jubilado, lo hacía con su perrita. Otros jubilados habían cogido la costumbre de mantener cuidado un pequeño jardín al pie de la fuente de Casa de Vacas. Antonio, socialista acérrimo, había combatido de jovencito en ese mismo espacio. La Casa de Campo es hoy el pulmón de Madrid, una suerte de reserva forestal y botánica.

Andrés comparte su saber sobre la Casa de Campo en la Jornada de Puertas Abiertas 
del pasado sábado.

Hace ochenta años, en primera línea, también se practicaba la jardinería. Fotografías de noviembre y diciembre de 1936 muestran una especie de poyos en las trincheras defendidas por los moros en la zona de Cerro Morán. En esos poyos se ven tiestos con geranios, para perfumar y camuflar el olor a carne humana putrefacta.
Legionarios con los geranios de la muerte.

Generales
traidores:
mirad mi casa muerta,

Mirad España rota:
pero de cada casa muerta sale metal ardiendo
en vez de flores.
pero de cada hueco de España
sale España,
pero de cada niño muerto sale un fusil con ojos,,
pero de cada crimen nacen balas que os hallarán un día el sitio
del corazón.

domingo, 24 de julio de 2016

Mapa de operaciones


El llamamiento que hicimos hace un mes en este blog para recopilar historias de vida vinculadas a los paisajes de guerra de la Ciudad Universitaria y de la Casa de Campo de Madrid está siendo todo un éxito. Con la colaboración de la antropóloga Lee Douglas, así como los periodistas Álvaro Minguito, Julio Zamarrón y David Fernández (del periódico Diagonal y de la agencia de noticias Diso Press), hemos grabado una serie de entrevistas al pie de las excavaciones arqueológicas que tenemos abiertas durante este mes de julio.
Se han podido recoger testimonios de combatientes contados por sus hijos y nietos; historias de familias de los barrios de Argüelles, Pintor Rosales, Tetuán o Cuatro Caminos que vieron como sus casas quedaban arruinadas por los combates de primera línea o por los impactos de aviación y artillería; recuerdos de protagonistas que vieron como desde su casa se disparaba al Cuartel de la Montaña, que fueron testigos de ataques de pánico de milicianos que corrían por las calles de Argüelles mientras tiraban sus armas y gritaban "¡Que vienen los moros!" o que vieron los campos de combate con brigadistas internacionales muertos y en avanzado estado de descomposición; historias de niños que en la inmediata posguerra jugaban a los soldados en las trincheras de la Dehesa de la Villa y de la Ciudad Universitaria, recogiendo balas, fragmentos de granadas e insignias, y que recorrían unas facultades destrozadas por los combates, en las que no quedaba un sólo vidrio y en donde se amontonaban los libros agujereados.
Aprovechamos para darles las gracias a todos ellos por haberse acercado a contarnos sus recuerdos e historias familiares.

Una de estas historias es la que nos contó esta semana Aurora Bellido, nieta de Gregorio Duque Villarta, un joven manchego que comandó un batallón de la 6ª Brigada Mixta en los combates que comenzaron en la madrugada del 19 de enero de 1937 en el entorno de la facultad de Ingenieros Agrónomos. Gregorio, nacido en Tomelloso (Ciudad Real), murió en los años 90.


Gregorio Duque Villarta, en un retrato con su uniforme del ejército Popular de la República (fotografía de Álvaro Minguito)

Aurora Bellido, sujetando la fotografía de boda de su abuelo Gregorio Duque Villarta en las trincheras de la Ciudad Universitaria (fotografía de Álvaro Minguito) 
Su nieta recuerda emocionada cómo su abuelo contaba algunas historias de la guerra, pero sin dar excesivos detalles. Tras su muerte Aurora recuperó de un cajón sus memorias, mecanografiadas en cuartillas en los años 60, así como abundantes fotografías de su abuelo en la guerra y variada documentación. Pero sin duda el momento más emocionante fue cuando Aurora sacó de un carpeta de plástico el mapa de operaciones del sector Ciudad Universitaria, de la 6ª Brigada Mixta. Mapa que, como el propio Gregorio dejó por escrito, llevaba doblado en su mano izquierda cuando una bala le atravesó la mano y el mapa. La mancha de sangre se desparrama, precisamente, por el sector en el que aquel día se dieron aquellos frustrados combates que intentaban recuperar el terreno perdido un mes y medio atrás.



Detalle del mapa del sector Ciudad Universitaria de la 6ª Brigada Mixta (fotografía de Álvaro Minguito) 

79 años después, el mapa de operaciones de la 6ª Brigada Mixta, con su impacto de bala y con la sangre de un convencido socialista que voluntariamente estaba defendiendo a la II República, volvía a las trincheras de la Ciudad Universitaria:

El mapa desplegado nuevamente, 79 años después, en las trincheras de la Ciudad Universitaria (fotografía de Álvaro Minguito).   

"[...] Así que me vine a Madrid y me traje lo mejor de las Milicias que había habido a mi mando, y con ellos recibí la orden de organizar un Batallón Especial, al cual le uní gente de Extremadura y de Cuenca. Nos albergamos en el colegio de la Paloma a las órdenes del comandante Gayo, con el cual me puse en contacto en presencia del entonces Teniente Coronel Rojo, quien al verme me dijo que de dónde habían sacado aquella criatura. Al contarle ellos mis servicios de guerra, me abrazó y me dijo que del pueblo también salían grandes héroes y que él esperaba que yo fuese uno de ellos. Después hicimos el plan de operaciones para el siguiente día y me entregaron los planos de situación de las fuerzas (que aún conservo con un tiro y manchado con la sangre de mi mano izquierda, en la que lo llevaba en la batalla del Clínico el día siguiente a mi 19 cumpleaños) [….]  
[…] Como queda dicho yo vine a Madrid con lo mejor de las fuerzas que habían estado a mis órdenes, así que con ellas y gente de Las Pedroñeras formé el Batallón Especial de la 6ª Brigada Mixta, que es la que vengo refiriendo en mi párrafo anterior. El día de mi cumpleaños, 18 de enero, en compañía de mi novia, fui por las trincheras de la Dehesa de la Villa y les fui regalando a cada uno de los milicianos un puro, un paquete de tabaco y una botella de cognac que me había regalado mi tío […]  Después de comer y dejar a mi novia en casa, al regresar, recibí la orden de escoger dos compañías del Batallón Especial y prepararlas para salir aquella misma noche para un golpe de mano en una operación conjunta con todas las fuerzas que guarnecían la Ciudad Universitaria. Así que pedí los que quisiesen venir voluntarios y me faltaron unos 30 hombres, ya que las dos compañías que me traje de Guadalajara se presentaron completas. Pero había que agrupar a cada una, un pelotón de zapadores para consolidar los puntos que fuésemos tomando, los cuáles habían de llevar 50 sacos terreros cada uno,  más de su correspondiente dotación. Por ello les pedí a los de Las Pedroñeras que saliesen voluntarios, dejé un Teniente al cargo de que les suministrase y les acoplase mientras yo me marchaba al Estado Mayor de Rojo, con el que ya he referido mi encuentro. Pero con gran disgusto al regresar, vi que no se había presentado ninguno voluntario y que no se había hecho nada de lo dispuesto por mí, así que monté en cólera y me dirigí al dormitorio donde dormían, pegué una patada a la puerta, di la luz y dije: “A FORMAR”.
Se levantaron en calzoncillos y dije: “Los 40 primeros tienen 3 minutos para estar en el patio vestidos y los restantes un mes de haberes de sanción por no haber cumplido mis órdenes. NO SE VIENE A LA GUERRA A SER JORNALEROS DE 2 DUROS; LA GUERRA SE HACE POR UN IDEAL O SE QUEDA UNO EN CASA EN ESPERA DE QUE LE LLAMEN”. Pues todos ellos habían salido voluntarios de sus casas. A los de dentro les tuve formados en el patio en las ropas en que estaban mientras duró el preparativo de marcha de los demás, y después les dije a los que yo había sacado a la fuerza: “SI ALGUNO DE USTEDES TIENE ALGO EN CONTRA MÍA POR CUMPLIR DÉ UN PASO AL FRENTE Y QUE SE QUEDE; PERO QUE TENGAN MUCHO CUIDADO CON LO QUE HACEN UNA VEZ QUE NOS INCORPOREMOS A LAS TRINCHERAS; YA QUE EN ESTAS SERÉ EL RESPONSABLE DE LA VIDA DE TODOS”.
Después, les cogí a cada uno de ellos, les metí en una de las escuadras de los que ya habían luchado a mi lado y con ellos, por Puerta de Hierro, fuimos a Palacete en donde teníamos que entrar en combate. Habíamos puesto los relojes a las 5:35 de la mañana del día 19 de enero de 1937, el Teniente Coronel Rojo, el Comandante Gayo, un ruso Jefe de Tanques, uno de las Brigadas Internacionales y el Comandante Jefe de la Cuarta Brigada Mixta, así como yo en un reloj que me había regalado el día anterior mi tío. […]
[…] Llegamos con el tiempo justo para desplegar las fuerzas por la trinchera en la que teníamos que saltar al campo de experimentaciones de Ingenieros Agrónomos, cuando dieron la señal de atacar. Por cierto, que también había un Jefe de Destrucciones, el cual tenía que haber volado una mina en la pasarela de la Casa de Campo, para guardarnos las espaldas a nosotros en nuestro ataque, pero después de haber tomado los fortines y una trinchera, nos quedamos sin el apoyo suficiente y, ya de día totalmente, hubimos de dejarlas por orden de los mandos teniendo muchas más bajas en la retirada que en la toma de las posiciones, pues era tal el fuego enemigo, que hubo un momento que me tiraban cuatro máquinas distintas y sólo Dios sabe cómo pude salir de aquello, pues en una cazadora de cuero que llevaba puesta me pegaron 47 disparos y 2 en el cuerpo, uno en la mano izquierda, en la que tenía el mapa de las posiciones el cual conservo con la sangre de la mano y el balazo.
Como anécdota he de contar que el día anterior, con ocasión de mi cumpleaños, me había prometido mi novia el primer beso, haciendo ya un año que hablamos como tales novios, lo que da una idea de cómo la quería y cuál era mi respeto por ella. Pero al llegar la hora de marcharme se puso a llorar y, por no violentarla, me tuve que me marchar sin que me lo diese. En mi desesperación le dije: “Ojalá y esta noche cuando vaya a las trincheras me den 40 o 50 tiros”. Y como ven se cumplió mi deseo, sin bien Dios me puso el Ángel de la Guarda para que sólo dos me diesen en la carne.
Fui  evacuado al entonces Hospital Obrero en Cuatro Caminos. Y como había muchas bajas en todas las Brigadas, yo me marché a casa primero para ver a mi familia. He de decir antes que esto fue un fracaso total, ya que ni voló la mina ni vinieron los tanques, ni se movió ninguna de las Brigadas que tenía que coordinar la operación. Sólo se organizó un combate en toda la línea, sin que nadie saliese de sus trincheras, nada más que mis fuerzas, que como queda dicho, cubrieron sus primeros objetivos, con sólo 7 muertos y 12 heridos. Después al retirarme por orden del mando a mis posiciones nos mataron 36 y 78 heridos, así que más no habría valido quedarnos, pues estas bajas suponían un 22 % de las fuerzas que yo mandaba en la operación, pues las compañías eran especiales y cada una contaba con una sección de Máquinas de Acompañamiento más las ya referidas Zapadores Minadores, o sea, casi 250 hombres en cada una.
Después de llegar a mi casa, en donde mi tío no me dejó entrar para que no se asustase mi madre, me fui al Cuartel General del Regimiento de Milicias “El Socialista”, a la calle Alcalá. Subí a la oficina de los Jefes donde estaban todos reunidos, y de una patada abrí la puerta y les dije: “ASÍ SE PUEDEN MANDAR BATALLONES, MIENTRAS LA JUVENTUD ESTÁ EN LAS TRINCHERAS, VOSOTROS ESTÁIS DE COMILONAS”. Ya que así era, pues estaban Eladio Fernández Egocheaga, Pedro de Miguel, Elías Palma y otros tres periodistas del Socialista. Elías Palma se levantó, me cedió un asiento pidiendo flores para el héroe, pero yo me limité a preguntar por el doctor que, por cierto, se apellidaba como yo, Duque, el cual me curó en condiciones. Pasé a intendencia del Regimiento y me dieron ropa nueva. Después el mismo doctor me acompañó a ver a mi novia y me llevó a casa ya arreglado, pues en el hospital sólo me hicieron una cura de urgencia en los brazos que era donde tenía las heridas […]
[…] Después Elías Palma me mandó a casa unos jamones de York y unos chorizos y otras más cosas para reponerme, según él. Pero poco había de durar lo bueno ya que, estando aún curándome de las heridas, le pegaron una ráfaga de ametralladora al Comandante que era el ayudante de Egocheaga, que estaba en el Jarama […] Así que al enterarme que les hacía falta un Jefe de Batallón en el Jarama, sin curarme y en contra de ellos que querían que no me fuese, mandé hacer un Oficio de incorporación en Mayoría y desde allí mismo dejé a mi novia y me marché al Jarama a hacerme cargo del Tercer Batallón de la 6ª Brigada Mixta. [...]"                

Cómo liberar una ciudad: manual del usuario


Reminiscencias de la guerra de África. La mujer miliciana como símbolo de la revolución social. La demonización del género femenino, una de las bases del futuro régimen instaurado por los vencedores. Los liberadores salvadores creyéndose sus propias mentiras. Caballerosidad, respeto a la población civil, como la demostrada durante el periplo hasta la entrada de Madrid, matanza de Badajoz incluida. La construcción ideológica de las hordas marxistas. El miedo, justificado, a una guerra urbana, inédita hasta entonces. El 5 de noviembre de 1936, crecidos, los sublevados ya hacían planes para la ocupación de Madrid. Planes que superaron la tapia de la Casa de Campo, pero que se retardarían hasta marzo de 1939. 
El 7 de marzo de 1939 se ordena que se tengan en cuenta por las fuerzas estas instrucciones para la entrada de Madrid dictadas por S.E. el Generalísimo en 4 de noviembre de 1936. Franco tenía un plan, y lo llevaría a la práctica de manera implacable. Para algo tenía los cojones más grandes que el caballo de Espartero.

(AGMAV, C. 1784, 34)

INSTRUCCIONES QUE DEBERAN OBSERVARSE AL OCUPAR MADRID NUESTRA TROPAS.

Próximas las columnas a Madrid, y en previsión de que su ocupación tenga lugar en fecha muy inmediata, se hace necesario que a todas las fuerzas y milicias auxiliares que tomen parte en la acción se les prevenga en forma clara y terminante el régimen de disciplina y buen orden que ha de residir en estas operaciones, para evitar abusos o desmanes que yendo en descrédito del Movimiento Nacional y de las fuerzas o milicias que los cometieren, habrán de ser castigados con el mayor rigor.
La población civil de Madrid, lleva tanto tiempo sufriendo los desmanes del Gobierno rojo y de las hordas que le siguen, que por los constantes asesinatos sufridos han llegado a un grado de terror que puede hacer aparecer como desafectos o tibios a los que en realidad ansian la llegada de las fuerzas nacionales que les libere, y que para poder vivir son obligados a llevar brazaletes y distintivos de los rojos.
Una gran parte de los milicianos que nos combatirán en Madrid son ciudadanos pacíficos que ante las amenazas y ejecución de los que se niegan, han cogido las armas deseando entregarlas al primer encuentro. Con estos la guerra tiene que ser caballerosa y noble y si se rinden, acogerles con la generosidad que es natural en nuestras tropas, que en estos casos es necesario extremar.
Los puntos de más fuerte resistencia revelarán la presencia de los directivos y verdaderos rojos, así como la de los extranjeros que voluntariamente han acudido a su ayuda. Con estos hay que desarrollar la energía y fortaleza para destruirlos y evitar su huida.


La mayoría de los edificios que aparecen ocupados por la C.N.T., Sociedades y Organizaciones, pertenecen a particulares o sociedades y deben ser respetados, mientras las necesidades de la guerra no impongan su destrucción, así como el mobiliario y efectos que en ellos se encuentren.
La ocupación de Madrid tiene que ser un ejemplo de disciplina y organización guardando el mayor respeto a las mujeres y niños y alejando de la mente del soldado toda idea de racia o de lucro en pugna con el buen espíritu de nuestras fuerzas.
Las tropas han de estar siempre en la mano de sus Oficiales y estos ser responsables de cuanto sus soldados cometan.
En Madrid existe una cantidad crecidísima de mujeres de mal vivir en un estado sanitario desastroso, que han sido causa de millares de enfermedades entre los soldados rojos. Se hace indispensable una vigilancia estrechísima sobre el soldado, que nos evite los desastrosos efectos de enfermedades de este género, evitando todo contacto con estas mujeres mientras no se establezca la oportuna garantía de las intervención sanitaria.
Lo peligroso de la ocupación de una gran población y la necesidad de poder reaccionar en cualquier momento contra la sorpresa, impone que toda tropa se encuentre, en todo momento, en condiciones de combatir y que los mandos extremen las prevenciones para evitar toda sorpresa.


La disciplina más grande en el fuego se impone en la guerra dentro de las poblaciones, pues el fuego desordenado y sin razón no hace más que alarmar y desmoralizar a las propias tropas, que desconocen la cantidad real de enemigo y en donde se encuentra. Los 'pacos' aislados hay que localizarlos, para poder destruirlos y exigir responsabilidades.
Por la presente se ordena a todos los escalones del Mando, el más exacto cumplimiento de estas instrucciones y que sean leídas y comentadas a todas las fuerzas y milicias que toman parte en la ocupación de Madrid.

Salamanca, 4 de Noviembre de 1936.

De Orden de S.E.
El Coronel 2º Jefe de E.M.
Francisco Martín Moreno
Rubricado