lunes, 15 de agosto de 2016

Marinero en tierra

  

En 1924, Rafael Alberti lamentaba su destierro en la sierra segoviana, donde se recuperaba de una dolencia pulmonar: "¡Ay mi blusa marinera", cantaba, "siempre me la inflaba el viento/al divisar la escollera!". Alberti volvió a ser marinero en tierra durante la Guerra Civil, que pasó en su mayor parte en Madrid, realizando labores de propaganda comunista. 

No sabemos si Alberti perdió su blusa marinera por los montes de San Rafael o en las calles de la capital bombardeada, pero sí sabemos que otro marinero en tierra se quedó sin chaqueta en el frente de Madrid. O al menos sin uno de los botones. Nos lo encontramos durante las prospecciones en la Ciudad Universitaria, entre cientos de balas y docenas de fragmentos de metralla. Se trata de un botón de la marina republicana. 

Muestrario de botones de la marina republicana (Histórica España, todocoleccion.net)

No sabemos que hacía este marino perdido a tantos kilómetros del mar. Pero su presencia en las trincheras madrileñas quizá no sea tan inexplicable. Después de todo, el cuartel general de la Armada Española no estaba precisamente en la costa, sino en el Paseo del Prado. Es posible que nuestro marinero en tierra estuviera destinado en el Ministerio de la Marina y que en los tiempos angustiosos de la Batalla de Madrid fuera enviado al frente junto a panaderos, tranviarios, albañiles y brigadistas internacionales. 

También puede ser que no estemos ante un marino, sino alguien que se ha hecho con la chaqueta de algún modo: ¿robo, asesinato, reciclaje, regalo, herencia? Todo es posible en el Madrid turbulento de la Guerra Civil.

jueves, 11 de agosto de 2016

El Misterio del Abrigo Flecha


Para quienes piensan que los misterios en arqueología son cosa de pirámides egipcias e iglesias templarias, aquí está nuestro refugio de tropa en la Ciudad Universitaria. Un lugar intrigante donde los haya. Al acabar la excavación, el aspecto que presentaba la estructura era, claramente, el de una flecha ¡Una flecha apuntando al enemigo además!

La verdad es que, a primera vista, la forma es muy poco funcional, porque limita el espacio disponible y además lo hace difícil de ocupar ¿Podría ser un polvorín? La planta sigue siendo extraña en tal caso.

Pero el misterio no se queda ahí. En el suelo del abrigo apenas aparecieron objetos: algún casquillo perdido de Mosin Nagant y - esto es lo más sorpredente - un crucifijo. Por los remates en flor de lis es posible que se trate de un recuerdo de las misiones populares, frecuentes en el primer tercio del siglo XX. También es posible que se trate de una Cruz de la Victoria, típica de Asturias.



Esta extraña estructura tuvo una corta vida. En un momento indeterminado, quizá a comienzos de 1938, se amortizó con tierra, piedras y basura. Sobre el antiguo refugio se construyó otro, este ya con forma y dimensiones convencionales. El suelo del nuevo abrigo estaba a más de un metro por encima del anterior y sobre este aparecieron las típicas trazas de la guerra: latas, vidrios, munición, la mayor parte asociadas a un hogar.

No sabemos a qué obedeció esta reorganización del espacio, pero sí sabemos que no afectó solo a esta estructura. La trinchera de comunicación original que se encontraba junto al refugió también se amortizó y se cambió ligeramente su trazado. Es posible que en este caso fuera debido a los aluviones que colmataron la zanja original. Al discurrir por una vaguada, la trinchera se rellenaría de arena traída por la lluvia -en 1937 igual que en la actualidad.


El final del abrigo también es extraño. En el acceso acodado, sobre el suelo de uso, aparecieron docenas de cartuchos y casquillos de Mosin Nagant. Es el único sitio de todos los excavados en la Ciudad Universitaria donde aparece abundante munición -y en buena medida intacta. En el resto es muy poco habitual encontrarla, porque se reciclaba tanto durante la guerra como después. Los cartuchos, además, aparecieron asociados a una caja de Mosin llena de agujeros con bordes astillados, lo que indica que se trata de disparos o explosiones.


No es la primera vez que encontramos algo así. Hace años excavamos un fortín republicano en Abánades (Guadalajara) en el que casi exclusivamente aparecieron vainas de Mosin deformadas y reventadas. Una cantidad enorme. En este caso, pudimos identificar la posición de una caja de cartuchos que detonó y lanzó los proyectiles en todas direcciones. No sabemos si alguien prendió fuego a la munición al acabar la guerra para librarse de ella o por pasar el tiempo. Lo mismo pudo suceder en la Ciudad Universitaria. Quizá la caja explotada y la munición deshecha es el testimonio de unos niños que decidieron encender (peligrosos) fuegos artificiales. O quizá de un soldado que se despidió así de las trincheras, después de dos años y medio de aburrimiento, frío y miedo.

Los misterios arqueológicos, al contrario de lo que vemos en algunos programas televisivos, no suelen resolverse fácilmente. A veces nunca se resuelven. Tampoco importa.

domingo, 31 de julio de 2016

Bombardear a distancia

Víctima de un bombardeo en el centro de Madrid

El Cerro Garabitas en la Casa de Campo quedó impreso para siempre en la memoria de los madrileños. Símbolo del horror para unos, del ejército liberador para otros, todos o casi todos pensaban que desde allí venían los disparos artilleros que devastaban regularmente las calles de la ciudad y se cobraban numerosas víctimas civiles.

Un testigo afín a los sublevados lo describe como un "cerro desafiador, humoso de cañones", mientras que el historiador franquista Ricardo de la Cierva habla de "Garabitas, erizada de cañones". Luigi Longo, el líder comunista que vivió los bombardeos de Madrid, en cambio, denuncia que "Desde lo alto de Garabitas, potentes cañones que giran sobre plataformas de acero lanzan metódicamente una lluvia de granadas sobre las casas, las plazas y las calles de la ciudad". Y el romancero popular cantaba "Desde Garabitas vienen obuses negros de pena porque destrozan las casas más ruines y más viejas".

Pero en Garabitas nunca hubo cañones. Esto no lo hemos descubierto nosotros, claro. Lo dicta el sentido común militar. En realidad, Garabitas era un observatorio comunicado con bases artilleras que se encontraban a sus pies. Un cerro es mal sitio para situar cañones: además del esfuerzo logístico que supone subirlos y aprovisionarlos, está muy expuesto a los bombardeos aéreos y al fuego de contrabatería. La artillería tiene que emplazarse en lugares donde pueda camuflarse y moverse fácilmente y que se encuentren lo menos expuestos posibles.
Plano de las trincheras franquistas del Cerro Garabitas. Ilustración de Sal Garfi


A. conoce la Casa de Campo como la palma de su mano. Ha vivido en las cercanías desde que era niño y su afición por la historia de la Guerra Civil le ha llevado a recorrer cada trinchera y abrigo del parque. Ha seguido las huellas de los combates a través de las trazas que han dejado detrás -balas, granadas, insignias, trozos de metralla. Y ahora comparte algunos de sus descubrimientos. Por ejemplo, el lugar donde se ubicaban los famosos cañones de Garabitas. 

Se encuentran, en realidad, a casi un kilómetro de la cumbre del cerro, no lejos del puente de las Siete Rejas que salva el arroyo Antequina.

La identificación del sitio es evidente: nos hallamos ante varios abrigos en batería de gran tamaño, el suficiente para acoger en su interior piezas de artillería. En los alrededores se observan varias estructuras más, de variadas dimensiones, que debieron de servir para almacenar munición, como refugios de tropa, puesto de mando, etc. 

Plano de la base artillera franquista junto al puente de las Siete Rejas. Ilustración de Pedro Rodríguez Simón y Manuel Antonio Franco Fernández 
 Dos de las estructuras para piezas de artillería

Una somera prospección disipa cualquier duda que pudiera existir sobre la función del sitio: en uno de los abrigos salen a la luz decenas de fundas que envolvían las espoletas Garrido antes de su uso y algunos tapones de transporte de proyectiles de artillería. En otra estructura encontramos varios tapones más y un estopín de la Pirotécnica Sevillana datado en 1937.






Fundas de espoleta (arriba), tapones y estopín (abajo) documentadas en la base artillera


La orientación de la batería, hacia el NE, indica que su objetivo era el barrio obrero de Tetuán, que sufrió duramente los bombardeos franquistas. Cientos de civiles murieron en este vecindario víctimas de los cañones del puente de Siete Rejas.

Niños entre casas bombardeadas en Tetuán de las Victorias

La aparición de varios trozos de metralla cerca de los abrigos indica que los republicanos no se limitaron a soportar pasivamente los cañonazos enemigos, sino que respondieron con fuego de contrabatería.

 Metralla recogida en la base artillera

Lo que hemos documentado arqueológicamente es el proceso técnico que se encuentra detrás de los bombardeos de Madrid. El proyectil que revienta una casa en la ciudad requiere de una persona que descargue la granada, desenrosque el tapón, desenfude la espoleta y la enrosque en el proyectil; requiere que alguien cargue la granada en el cañón y que alguien coloque el estopín que inicie la detonación que propulsará el proyectil varios kilómetros hacia Tetuán. Allí matará o mutilará a algún transeúnte que pasee por la calle o herirá o acabará con la vida de algún soldado en su trinchera.

Las armas modernas son sofisticadas. Su funcionamiento depende de procesos técnicos que absorben toda la atención de quienes los llevan a cabo y por lo general involucran a varias personas. Esto es fundamental para disolver la sensación de culpa durante y después de la acción militar. En la batería del puente de Siete Rejas uno simplemente desenfundaba espoletas, otro solo colocaba el estopín en la vaina y el observador en Garabitas era únicamente responsable de marcar un objetivo que a su vez venía dado por el mando ¿Quién es culpable? ¿Todos? ¿Nadie? Y aún hay más. Los soldados que están montando granadas artilleras a los pies de Garabitas no ven niños correr presa del pánico, ni mujeres destrozadas desangrándose en la calle. Ellos solo ven la espoleta, el tapón de transporte, el proyectil, la vaina con la pólvora. 

El sociólogo Zygmunt Bauman explica en su libro Modernidad y Holocausto que la violencia del siglo XX se entiende en buena medida por la producción de distancia. La distancia física entre acto y consecuencia hace que nos sintamos menos responsables. El proyectil que se monta en la Casa de Campo tiene que recorrer cinco kilómetros y medio hasta Tetuán para matar. No es como pegar un tiro a alguien en la cabeza. Pero sí es lo mismo.

La distancia se crea de tres maneras. Tecnológicamente -con artefactos que establecen una separación entre ejecutores y víctimas (un bombardero, un cañón)-, geográficamente -al desplazar la barbarie lejos de nuestros ojos (campos de concentración, fábricas en el Tercer Mundo)-, y discursivamente -con conceptos que alejan al otro de la humanidad (rojos, judíos, masones, pero también curas, kulaks o burgueses). 

El historiador Sönke Neitzel y el sociólogo Harald Weltzer, en su análisis sobre las conversaciones de soldados alemanes grabadas por los aliados en la Segunda Guerra Mundial, llegan a la conclusión de que para perpetrar atrocidades o participar de forma entusiasta en la maquinaria de guerra alemana no hacía falta ser un nazi convencido. Llegaba con querer cumplir con lo que se percibía como obligaciones militares y sociales. Con la sensación de hacer bien el trabajo, de no defraudar a compañeros y mandos. 

Lo mismo sucede en cualquier ejército, opinan Neitzel y Weltzer. Las acciones de los trabjadores y artesanos de la guerra, concluyen, son banales. Tan banales como desenvolver una espoleta, desenroscar un tapón, enroscar una espoleta, colocar un estopín. Fuego.

viernes, 29 de julio de 2016

Suelo de combate

Trinchera de Casa de Vacas los últimos días de la excavación

Los últimos días de una excavación suelen ser frenéticos, da igual que sea un yacimiento romano o una fortificación de la Guerra Civil. El estrés, sin embargo, se compensa con los hallazgos. En las trincheras, al final es cuando quedan al descubierto los suelos que pisaron los soldados y sobre ellos, los materiales que dejaron abandonados o perdidos. En Casa de Vacas es como si todos estos días hubiéramos estado buscando a los brigadistas alemanes y ahora de repente nos encontráramos con ellos en mitad del combate.

Tenemos ante nuestros ojos más de treinta metros de trinchera, con sus abrigos y puestos de tirador. En el suelo reposan docenas de casquillos, cartuchos y guías de peine exactamente en el mismo lugar en que cayeron en el fragor de la batalla. Es en este momento cuando realmente el pasado se hace presente y uno puede sentir la historia. 

Casquillos y guías de peine de Lee Enfield in situ en el fondo de la trinchera

Cuando un contexto se conserva intacto, no hace falta un gran esfuerzo de imaginación para leer el registro arqueológico: en este puesto de tirador podemos ver a un soldado vaciando un cargador tras otro con su Enfield. En el siguiente, a otro brigadista parando con el fuego de su fusil ametrallador un asalto de los legionarios y dejando tras de sí un reguero de vainas percutidas.
 
Cargador de Enfield con sus cinco casquillos percutidos 

Más casquillos de Enfield en un puesto de tirador
 

Algo más allá los atacantes se han acercado tanto a las defensas republicanas que solo se les detiene en el último momento a granadazos y tiros de pistola. No todas las pistolas son reglamentarias. Junto a un puesto de tirador descubrimos un cartucho del calibre 0,25 perteneciente al arma personal de algún soldado. 


Cartucho de pistola de pequeño calibre y puesto de tirador junto al que apareció


La mayor parte de los hallazgos no proceden de los puestos de tiro, sino de la trinchera, que es a donde va a parar la munición gastada. El suelo se va cubriendo de casquillos y peines. Y allí se quedan, sellados por el barro del otoño de 1936.

jueves, 28 de julio de 2016

La tierra acribillada

 Balas de 7 mm documentadas en la prospección de la Ciudad Universitaria

Pese a los muchos años que llevamos haciendo arqueología de la Guerra Civil, me cuesta no sorprenderme al encontrar los restos del conflicto a flor de piel, en los lugares más insospechados. Espacios cotidianos como la Casa de Campo o la Ciudad Universitaria en Madrid están literalmente acribillados de historia.

Quizá lo que más sorprende es que la mayor parte de los paisajes en los que trabajamos se han visto despojados de su memoria humana. Han quedado marginados en los partes de guerra, olvidados en las autobiografías, dejados de lado, hoy, en las rutas históricas. La gente que nos visita se maravilla ¿cómo es que hay trincheras aquí? ¿Es posible que encontréis tantas cosas en este parque que he visitado tantas veces? ¿así que esta trinchera era republicana? Comparto su sorpresa. La memoria humana tiene sus límites. No puede almacenarlo todo. Pero la tierra recuerda lo que nosotros no hemos podido o no hemos querido recordar.

Los arqueólogos somos testigos de segunda mano de la historia, pero testigos al fin y al cabo. Y lo que hacemos es dar testimonio -fragmentario, confuso, equivocado a veces- de lo que vemos (¿pero qué testimonio no es ambiguo, incompleto, con frecuencia erróneo?). Y no sé si es por su carácter testimonial, o porque sus pruebas son materiales o porque aparecen en lugares insospechados, pero el caso es que la arqueología produce una cierta inquietud. Una inquietud que no es extensible, por las razones que sean, a otras disciplinas que estudian el conflicto.

Jaime González escribe hoy en el diario ABC en relación a nuestras excavaciones que si los huesos pudieran hablar dirían "cuidado, mucho cuidado". Por algún motivo los huesos, los casquillos y las latas dan miedo. Estoy seguro de que Jaime González no escribiría lo mismo sobre el trabajo de un historiador en un archivo. Los documentos, que sí hablan una lengua inteligible, no despiertan tantos temores. Solo la labor de los arqueólogos, testigos imperfectos de la tierra acribillada, es peligrosa ¿por qué será?

miércoles, 27 de julio de 2016

Evacuar en primera línea

"¡Hurra! Aquí caga la Primera Compañía". Letrina de la Legión Condor.

Sí, el título de la entrada es correcto. No se trata de evacuar la primera línea, sino de hacer las necesidades mientras le están disparando a uno. Los arqueólogos con frecuencia trabajamos con aquello que los historiadores han dejado de lado, "las pequeñas cosas olvidadas", que decía el arqueólogo norteamericano James Deetz. En el caso de las letrinas no podemos culparles: no es el sitio más agradable en el que buscar trazas del pasado. Sin embargo, también aquí uno puede descubrir cosas interesantes, como hemos tratado de demostrar en alguna ocasión. 

Interpretar un espacio como letrina no es siempre fácil, especialmente en primera línea, donde se tendía a la improvisación y la economía de medios. Bajo el fuego enemigo a lo más que se puede aspirar es a tener a mano un cubo o una lata y tiempo suficiente para utilizarlo. Pensamos, sin embargo, que uno de los abrigos que encontramos pudo haber hecho las funciones de retrete por varios motivos. 


Posible letrina en la trinchera de Casa de Vacas
   
En primer lugar, el suelo tiene restos de alquitrán. Esta sustancia se utiliza para impermeabilizar. Ninguna otra estructura de la trinchera republicana de Casa de Vacas tiene trazas de alquitrán, así que este abrigo debía de desempeñar una función especial. Sabemos que en la Primera Guerra Mundial pequeños refugios como el que estamos excavando se utilizaron como retretes en el frente y también tenían el suelo asfaltado, porque era más fácil de limpiar que la arena, que se impregnaba pronto de efluvios y sustancias malolientes. 

En una esquina del abrigo apareció, además, la base de un bidón. En las letrinas de la Gran Guerra también se usaban cubos metálicos o bidones a modo de inodoro. Finalmente, este es el único sitio en el sector excavado donde hemos encontrado botones de nácar: cuatro para ser exactos. Estos botones se empleaban en la ropa interior, en los calzoncillos entre otras prendas. Podemos imaginarnos lo fácil que se perderían estos botones, especialmente cuando uno tenía que hacer sus necesidades a toda prisa y bajo el fuego de la artillería. También hemos recogido un trozo de hebilla de cinturón.

Botón de nácar procedente del refugio-letrina

Pocas trazas de vida cotidiana hemos hallado en esta fortificación que fue escenario de combates durísimos y continuados durante un par de semanas. Es irónico que el único elemento no militar con el que hemos topado sea un retrete. Y también que al lado exista una trinchera de evacuación. En este caso sí, para evacuar la primera línea.

martes, 26 de julio de 2016

Cómo se excava una trinchera

 Excavando una trinchera en la Casa de Vacas, Madrid

Cuando empezamos a excavar trincheras de la Guerra Civil hace ya ocho años, llegamos a la conclusión de que era difícil. Más difícil que excavar una villa romana o un poblado de la Edad del Hierro. Y no porque tengan estratigrafías complejas (aunque las de la Ciudad Universitaria se las traen en este sentido), sino porque son una arquitectura negativa -es decir hoyos y zanjas- y de vida muy breve. Esto significa que el material que colmata las trincheras y el material de las paredes es, con frecuencia, extremadamente difícil de distinguir. 

Mientras encontramos objetos, sabemos que no hemos llegado al límite de la trinchera? El problema es cuándo estos dejan de aparecer ¿Nos hemos comido la pared? ¿Paramos ya? Es necesario estar atentos a pequeños cambios en la compactación, color y textura de los sedimentos. Como se puede ver en la imagen de abajo:

La pared de la trinchera está a la izquierda: es de color más claro y es más compacta que el relleno (en el que se observa un casquillo de Mosin). En este caso, además, la granulometría del relleno es más heterogénea que la del sustrato geológico. Es decir, los granos de arena son de tamaños diferentes. 

Las mismas dudas nos acechan cuando se trata de encontrar el suelo de la trinchera. En ocasiones no hay mucho problema, porque está bien compactado. En el caso de la trinchera de la Casa de Campo en algunos sitios se rebajó un nivel geológico de arena blanca, que nos permite diferenciarlo el relleno del suelo con relativa facilidad.


  
Suelo de la trinchera de Casa de Vacas, con un echado de tierra blanquecina

Normalmente la llegada del suelo, tanto en una estructura militar moderna como en una casa prehistórica, viene marcada por el material en cero grados de buzamiento. Es decir, dispuesto en horizontal. Como se puede observar en estas fotos:

Caja de munición, dos guías de Mosin y una de Máuser sobre el suelo de la trinchera de Casa de Vacas

Guías de peine, cartuchos y casquillos cerca del nivel de suelo en la trinchera de Casa de Vacas 

A veces para orientarnos cortamos las estructuras en dos y dejamos un perfil estratigráfico que nos permite orientarnos. Una vez que localizamos las paredes registramos el corte y abrimos toda la estructura -más rápido esta vez porque ya sabemos dónde tenemos que pararnos.

Abrigo excavado a la mitad para observar la estratigrafía (izquierda)


No obstante, la identificación de la caja de una trinchera o un abrigo es casi siempre una tarea laboriosa y que requiere considerable reflexión. Es también un excelente entrenamiento para excavar otro tipo de estructuras. Especialmente, aunque parezca paradójico, de época prehistórica.