miércoles, 18 de julio de 2018

El festín de la victoria

 Barman con sublevados, Louis Deschamps, 1939.

Hay una conocida imagen, tomada nada más rendirse la Ciudad Universitaria, en la que se puede ver a Chicote sirviendo un cóctel al coronel Ríos Capapé, que estaba al mando de las tropas que sitiaban Madrid. Los datos arqueológicos sugieren que el coronel no fue el único que celebró el final de la guerra con alcohol. 

En el refugio antibombardeo que estamos excavando hemos encontrado varias botellas intactas. Una de ellas incluso está medio llena de agua, que se tuvo que introducir en su interior poco después de ser abandonada. Agua de 1939. La primera lluvia de la posguerra. Sorprende que las botellas no estén rotas, porque en la mayor parte del yacimiento solo encontramos trozos de vidrio. 

Botellas, munición y suelas de zapato en el fondo del refugio.


Pero la explicación es sencilla. Lo que descubrimos más habitualmente los arqueólogos es la basura cotidiana -el resultado de las actividades de limpieza y mantenimiento- que aparece en posición secundaria, es decir, separada de las áreas de habitación en zonas habilitadas para desechos (basureros). Esto es así en un sitio de la Guerra Civil y en un poblado neolítico. La gente no suele vivir entre detritos si lo puede evitar.

Pero cuando se abandona un lugar es más fácil que uno no tenga tanto en cuenta dónde y cómo arroja el desecho. Los restos que aparecen sobre el suelo del refugio antibombardeo solo pudieron llegar allí cuando ya no estaba en uso. Porque un refugio con botellas tiradas por el suelo no es muy práctico.
La estructura dejó de tener utilidad automáticamente cuando los republicanos resignaron el mando en la Ciudad Universitaria, el 28 de marzo de 1939. Todo indica que el depósito se formó en ese mismo momento o poco después. 

Prueba de ello sería que junto a las botellas aparece material bélico en perfecto estado: un montón de cargadores de Máuser y tres granadas de mortero intactas. Evidentemente, estos artefactos no pudieron dejarse a la vista mucho tiempo, especialmente los explosivos. Lo más probable es que los restos se abandonaran sobre el suelo del abrigo y que este se sellara inmediatamente después. Junto a las botellas, la munición y las granadas aparecen también restos de cordero. 

  Una botella de vino entre restos de cordero y un cartucho de Máuser alemán.

Una interpretación verosímil es que nos hallamos ante un festín de la victoria. Confirmaría este hecho el que una de las botellas sea de sidra, bebida poco habitual en el frente y muy adecuada para celebraciones. 

Detalle de la botella de sidra encontrada en el abrigo.

No es muy díficil imaginar la escena con unos restos tan elocuentes. Casi podemos ver a un grupo de soldados descorchando botellas, emborrachándose, riendo, comiéndose la última caldereta de cordero en las trincheras y tirando al fondo del abrigo donde tanto miedo han pasado, tanta ansiedad, no solo las botellas y los huesos, sino las botas, las granadas, la munición que ya nunca más van a tener que utilizar (o eso pensarían entonces, porque no se fusila a la gente sin balas). Podemos imaginarnos la euforia de estos militares que dejan por fin el frente. Y que han ganado.

Como hemos excavado también las trincheras republicanas podemos imaginarnos otra escena. La de la derrota. No hay botellas enteras en las fortificaciones del Ejército Popular en la Ciudad Universitaria, ni huesos, de hecho. Prácticamente ninguno, porque el rancho a estas alturas sería ya solo una sopa o unos garbanzos. No hay casi trozos de vidrio ni casquillos, porque en los últimos meses de la guerra se reciclaba todo. Son unas trincheras que están tristemente limpias. La limpieza de quien no tiene nada.

martes, 17 de julio de 2018

La trinchera de la derrota

Momento en que el coronel Prada resigna el mando entre las ruinas del Asilo de Santa Cristina. 28 de marzo de 1939.

La buscábamos desde el año pasado y por fin la encontramos. La trinchera que fue testigo del final de la contienda en Madrid, tras dos años y medio de combates, privaciones y muerte. Es la última trinchera de la Guerra Civil Española. La trinchera de la derrota para unos, de la victoria para otros. Nos preguntan con frecuencia qué buscamos en esa trinchera y la respuesta es que no buscamos nada. Simplemente queremos encontrarla, sacarla a la luz. Convertirla en memoria tangible, aunque solo sea durante el tiempo que dura nuestra excavación. Palpar el drama que condensa esa zanja: la antesala de una posguerra implacable pero que todavía, en el momento fosilizado en esa trinchera, todavía no ha tenido lugar. Es saber lo que sucede después lo que le da todo el sentido.  

 A la izquierda, escombro que rellena la trinchera. A la derecha, ruinas del lavadero del asilo.

El final de la guerra en la capital se escenificó a pocos metros de esta zanja, frente al pabellón del Asilo de Santa Cristina que estamos estudiando por segundo año consecutivo. Aquí el coronel Prada cedió el mando al coronel Losas y posteriormente se dirigió hacia el ramal de comunicación que conectaba el sector del Clínico con la retaguardia franquista. Por esta zanja que ahora excavamos pasaron los últimos actores del conflicto.


Los oficiales se retiran por la trinchera de comunicación entre las ruinas del Asilo de Santa Cristina.



La historiografía conservadora ha puesto enfasis en la confraternización entre los soldados de uno y otro bando que habría tenido lugar tras la rendición: "una 'reconciliación espontánea está viniendo, como casi todo lo bueno en este bendito país, desde abajo...", escribe Fernando Calvo (1). Si esta ocurrió, duró realmente poco. Porque tras la guerra vino una paz salvaje. Fue la hora de la venganza. Detenciones masivas, torturas, juicios sumarísimos, ejecuciones, ajustes de cuentas. Pocos soldados de la República se ahoraron el paso por un campo de concentración. 

Muchos de los mandos del Ejército Popular que no huyeron al exilio fueron condenados a muerte. Buena parte de ellos las verían conmutadas por penas de cárcel, pero su vida quedaría dañada para siempre. Ese el caso del coronel Prada, que vivió nueve meses con una condena a muerte en firme y pasó 17 años en las prisiones franquistas. Incluso oficiales como el coronel Matallana, que colaboraron activamente con los sublevados para lograr la rendición, sufrirían represalias y humillaciones y pasarían el final de sus días en la miseria.  Otros militares que desempañaron un papel clave en la Batalla de Madrid, como Antonio Escobar y José María Enciso, no fueron tan afortunados y se los fusiló sin contemplaciones. 

La última trinchera de la Guerra Civil no marca el inicio de la paz, sino el de la venganza.

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(1) Fernando Calvo González-Regueral, 2012. La Guerra Civil en la Ciudad Universitaria. Madrid: La Librería.

lunes, 16 de julio de 2018

Un laberinto bajo el suelo


Foto aérea del pabellón que estamos excavando con la estructura central (A) donde localizamos una de las galerías que atravesaban el edificio y que desembocaban en sendas trincheras. Hay más.
 

Según progresan nuestras excavaciones en el edificio del Asilo de Santa Cristina, cada vez tenemos más claro que la estructura solo mantuvo en apariencia su aspecto de antes de la guerra. El interior es un auténtico queso gruyer perforado en todas direcciones -galerías, trincheras, abrigos. Un hormiguero o un laberinto subterráneo.

En una entrada anterior os contábamos que habíamos descubierto una de las galerías cuya entrada se observa en las fotografías de la época. Se une a otra zanja que localizamos en el mismo pabellón, paralela al muro que va a dar al lavadero, durante la campaña de 2017 y de la cual no teníamos noticia. Pensamos entonces que podía ser una galería o un refugio antibombardeo.

Negativo de la galería que atraviesa el edificio, tal y como se aprecia en nuestra excavación.

Hoy hemos descubierto una tercera estructura subterránea de época de la guerra. Aun no podemos decir mucho al respecto, pero tiene pinta de que puede ser un abrigo por la gran anchura del corte, como se puede ver en la imagen inferior. 

Comienzo del decapado de la nave del asilo en la que se ve la base del pavimento y la interrupción, en tierra más oscura, que puede corresponderse con el relleno de un abrigo.

En lo que llevamos excavado han aparecido exclusivamente materiales de la Guerra Civil o anteriores, algunos interesantes: un cepillo de dientes de plástico con la leyenda "Extra Fine" (muchos cepillos usados durante la Guerra Civil estaban fabricados en el extranjero, en Estados Unidos o Japón), un tintero completo, un cartucho de Máuser español, varias balas, una llave del asilo, valvas de chirla... Estas últimas, por cierto, aparecen en cantidades ingentes, lo que hace pensar que las paellas o guisos marineros lejos de ser una rareza debían de ser bastante normales en el menú de las tropas franquistas de primera línea. 

 Cepillo de dientes del relleno del posible abrigo.

Si esto es un avance de lo que nos espera, vamos a disfrutar con el sondeo. Pero también lo vamos a sufrir: el suelo de los refugios y trincheras que estamos excavando raramente se encuentra a menos de dos metros de profundidad...


Esperando a los bárbaros

A tomar por saco el Imperio romano.

Una de las villas romanas más impresionantes de Hispania es la de La Olmeda en Palencia. Desde la primera vez que la visité hay algo que se me quedó grabado en la memoria. No son sus mosaicos espectaculares (que también). Se trata de algo más modesto: unas cornamentas de ciervo abandonadas sobre el suelo de una estancia. Las dejaron allí unos okupas del siglo V d.C, cuando los propietarios del edificio hacía tiempo que se habían marchado. Muchos espacios públicos y aristocráticos, de hecho, fueron okupados en época tardía, pero estos episodios no suelen formar parte de los proyectos de musealización. Normalmente se limpia todo lo considerado "residual" para que podamos observar los vestigios de una fase esplendorosa del pasado. 

El arqueólogo José Antonio Abásolo nos describe con elocuencia los últimos momentos de La Olmeda:
"Poco a poco fue saqueada. Se rompen -y pierden- las estatuas, las monedas de valor (...), los hallazgos de calidad (...), se trocean las piezas de bronce.., o qué decir de las torres de provisiones adaptadas como corralitos o marraneras. Suponemos que distintas familias de humiliores, "okupas" o "squatters" se debieron repartir la gran mansión y prueba de ello serían los pozos que perforaron con saña los vistosos mosaicos que todavía se conservaban dentro de la villa" (1). 
El arqueólogo está claramente enfadado con los okupas que destrozaron el palacio. Adopta la perspectiva de los honestiores, los aristócratas que la construyeron. Es comprensible. Duele contemplar tanta belleza degradada. Pero los restos se pueden entender de otra manera: como el germen de una revolución igualitaria. Se destruye o desaparece todo aquello que marcaba las diferencias de clase, lo que decía quién era digno de honra y quién un subalterno. Frente a la mansión de uno, la casa de muchos.

A lo largo de la historia, las ruinas han servido de vivienda para gente sin techo o sin morada fija. Y casi siempre se han considerado esas ocupaciones como el episodio final de una tragedia, una forma de mancillar una historia más gloriosa. Pienso en esto cada vez que acudo a la excavación en el Asilo de Santa Cristina y paso por delante de un campamento de gitanos procedentes de Europa del Este. Ellos no lo saben, pero sus tiendas y carpas de plástico están plantadas sobre los cimientos del asilo, que un día tuvo habitaciones forradas en mármol, pavimentos de elegantes baldosas hidráulicas, calefacción, agua corriente y electricidad. Todo lo que ellos no tienen ahora. Y lo primero que le viene a uno a la cabeza es la palabra decadencia. 


Pero si reflexionamos un poco más, la cosa no está tan clara. El asilo de Santa Cristina, como tantas otras instituciones de asistencia de mediados del XIX a principios del XX, era un centro para disciplinar a los marginados -mujeres, pobres, locos. No sabemos mucho de este en concreto, pero otros asilos religiosos o laicos que proliferaron entonces por Europa y Norteamérica eran  opresivos, de sufrimiento y explotación más que de hospitalidad. No hay más que pensar en las novelas de Charles Dickens. Y después están las ruinas en sí. No las han arrasado los bárbaros. Las hemos arrasado nosotros -nuestra sociedad moderna. Con nuestras guerras civiles y nuestras dictaduras.

Los gitanos de Europa central y del este, los roma o sinti, tienen mala prensa. Incluso peor que la de los gitanos de aquí. Los neofascistas italianos quieren hacer censos raciales y expulsarlos del país. Son vecinos incómodos y tienen pocos defensores. A veces, cuando uno oye a la gente hablar de ellos no parece que se estén refiriendo a seres humanos.

Al caminar hacia las ruinas del Asilo veo el campamento de los romaníes. Está muy limpio y ordenado -y vacío, porque solo vuelven al anochecer. Pienso que no sé casi nada de estas personas ni de su historia. Que vinieron de la India hace un milenio, que tienen su propia lengua y sus costumbres. Que casi los exterminan los nazis. Y pienso también que los gitanos no han creado instituciones para encerrar y disciplinar a los diferentes, ni han organizado una guerra civil en la que hayan muerto medio millón de personas. Ni han arrasado ciudades con bombas ni organizado campos de concentración. Y pienso que nosotros, que sí hemos hecho todas esas cosas, quizá no deberíamos mirar con desprecio a quienes campan sobre las ruinas de nuestra barbarie.

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(1) Abásolo Álvarez, José Antonio. "Los últimos días de La Olmeda." Publicaciones de la Institución Tello Téllez de Meneses 86 (2015): 7-20.

domingo, 15 de julio de 2018

El verano que enterró al invierno

Desde las estribaciones de la serra do Caurel hasta el valle del río Saa se extiende la parroquia del mismo nombre, en el ayuntamiento de A Pobra do Brollón (Lugo). Como en el Próximo Oriente, este pequeño mundo se organiza entorno a dos ecosistemas diferentes: la gente del llano, establecida en Pousa, Fondorallo y San Adrián y la gente de la montaña, esparcida entre aldeas diseminadas y aisladas en penillanuras y espolones de esquisto cuarcítico. En época altomedieval, eremitas y mozárabes conformaron el poblamiento originario de la villa conocida en el tumbo del monasterio de Samos como Sancta Maria de Cerasia. El santuario de San Vitoiro, entre dos riachuelos, servía de eje vertebrador de todo este paisaje simbólico, hasta día de hoy. Los núcleos de Teixeira, Covadelas o Forgas quedaban aislados en invierno y estaban diseñados para la más pura autosubsistencia. En la memoria colectiva quedaron grabadas las comitivas fúnebres, a pie, entre la nieve, a través de kilómetros de congostras, para enterrar a los difuntos en el valle, en la iglesia parroquial situada en Pousa.
Hoy estuvimos en una de estas aldeas, Covadelas. La emigración aquí eligió como destino, desde finales del siglo XIX, Argentina. A partir de los años 60 la gente también se fue a Euskadi, Catalunya o Madrid. Con la llegada de la EGB en 1970, los niños y niñas de la montaña se quedaban toda la semana alojados en el grupo escolar. Fueron los últimos. Hace 20 años un grupo de personas intentó implantar aquí un modelo de comunidad rural. De aquellos pioneros solo resisten aquí Jorge y Lourdes, padres de tres hijos. Ambos compraron la casa do Maceda, en la entrada de la aldea. Esta vivienda es un auténtico monumento, concebido para sobrevivir. Cuenta con fragua propia para elaborar herramientas, con era de majar el cereal, con bodega, con secadero para las castañas, con horno, e incluso con una pequeña cárcel (la zelda que aparece citada en los documentos). Las ventanas, abufardadas para facilitar el uso defensivo de los trabucos, es un relicto de la época de los carlistas y los facciosos. Lourdes y Jorge encontraron pequeños tesoros escondidos entre las paredes de la vieja casa. Entre ellos, una ofrenda ritual en un hueco, un meigallo. Envueltas en una tela de lino, enrollada con crines de caballo, aparecieron dos piedras negras y una piedra de cuarzo blanco.
Lourdes y Jorge nos enseñan los secretos de la casa do Maceda, en donde se refugió O Inverno, en Covadelas.
Cuando los militares se sublevan el 18 de julio de 1936 los republicanos de O Incio y de A Pobra do Brollón se organizan para cortar carreteras, requisar armas y parar el avance de las tropas sublevadas. Entre los defensores de la Casa do Concello de O Incio se encuentra un labrador de Eirexalba, Jesús Casas, conocido con el apodo de O Inverno, el mote de su casa. Cuando la situación se hace desesperada, O Inverno huye y se escapa a la montaña, refugiándose en la casa de unos parientes en la aldea de Covadelas, la casa do Maceda.
Secadero de castañas en la casa do Maceda en Covadelas.
Portada principal de la casa do Maceda, en Covadelas.
Alguien lo delata, y el 6 de agosto de 1936 una partida de falangistas (la Escuadra Negra de su pueblo, Eirexalba) llega a Saa a las cinco de la tarde. Obligan a dos vecinos (Ricardo Parada y Secundino Dacal) a señalarles el camino, intransitable, a Covadelas. Las horas de O Inverno están contadas. El meigallo no pudo hacer nada contra unos hombres convertidos en demonios. Mañana intentaremos encontrar a O Inverno. Seguiremos informando.


Seres de las profundidades


Geopolítica vertical: nivel -1 (diarivalencia.com)


El geógrafo Stephen Graham habla de una geopolítica vertical característica del mundo contemporáneo: los poderosos dominan las alturas y los cielos, los que carecen de poder se agazapan bajo tierra. Con el brutal desarrollo de la potencia de fuego durante la Primera Guerra Mundial, a los ejércitos (y a los civiles) no les queda más remedio que sepultarse en vida. Se establece así una jerarquía en el territorio que ya no será la horizontal de los estados-nación que luchan por la hegemonía, sino la vertical que imponen los avances tecnológicos. Por un lado están quienes controlan la superficie, el aire e incluso la exosfera (con satélites). Y por otro los que se hacen fuertes en las profundidades: civiles, terroristas, ejércitos a la defensiva.

A veces los que poseen la hegemonía en el campo de batalla tienen también que enterrarse. En el caso del Asilo de Santa Cristina las tropas de Franco se encontraban rodeadas por enemigos por tres de sus lados. La única posibilidad de sobrevivir en una posición tan expuesta era cavando refugios, galerías y trincheras (y aun así, una mina podía dar al traste con los esfuerzos defensivos). El año pasado documentamos dos refugios antibombardeo y una trinchera excavada dentro del pabellón usado como cantina. Ninguno de estos elementos aparecen en la documentación gráfica de que disponemos hasta la fecha, sean planos o fotografías.

Este año al sondear los cimientos del mismo pabellón hemos dado con una zanja que perfora el edificio bajo el pavimento, aparentemente de lado a lado y en diagonal. Se puede apreciar muy bien, porque está rellena de tierra clara y corta un suelo de color marrón con restos orgánicos (que perteneció a una vaquería).

Zanja dentro del pabellón del asilo (donde reposa el paletín).

Al observar de cerca la mejor fotografía que poseemos de dicho edificio y que fue tomada en un momento avanzado de la guerra, comprobamos que hacia la mitad de la estructura existía una entrada subterránea. Parece que encaja perfectamente con nuestra zanja, que sería la continuación de esa galería. Se ve que es profunda por la cantidad de tierra del parapeto que la flanquea:



La arqueología ofrece una visión fragmentaria y parcial de la realidad. Pero en ocasiones puede ver lo que pasa desapercibido en otros medios (en las fotografías, en los documentos e incluso en la memoria). Según avanzan nuestras excavaciones vamos haciéndonos una idea más precisa de hasta qué punto se modificó el terreno del asilo y sus estructuras para transformarlos en una fortaleza. Una ciudad subterránea invisible desde la superficie y desde el aire, pero perfectamente visible en el subsuelo. 

De los distintos estratos de la geopolítica vertical, el más profundo es el que recibe menos atención. Se habla mucho de drones y satélites, pero poco de cuevas y refugios subterráneos. Aquí es dónde la arqueología, la ciencia de lo enterrado, puede comenzar a contar otra historia. 

sábado, 14 de julio de 2018

Lecciones de Castroncelos: solo un metro más

Trabajos de exhumación: a la búsqueda de la esquina NW de la antigua iglesia.
El sábado pasado estuvimos vendiendo en la feria medieval de A Pobra do Brollón distintos productos de nuestro proyecto del castro de San Lourenzo: camisetas, gorras, vino, bolsas... El dinero recaudado nos permite pagar la pala mecánica que empleamos en la exhumación de Castroncelos, dos días después. Otro equipo de colegas valencianos (Arqueoantro) organizan fiestas con bandas-tributo heavys. La venta de merchandising se destina a pagar los análisis de ADN para identificar a los combatientes de la guerra civil exhumados en las sierras de Castellón. Así está la llamada memoria histórica en el reino de España. El equipo de la ARMH que participa en esta investigación se nutre también de voluntarios extranjeros. Un alumno californiano de la Duke University vino aquí a hacer el trabajo que no hacen las universidades españolas. Significarse en España no augura nada bueno en el cursus honorum de un aspirante a académico.


Localización de la esquina NE de la antigua iglesia.
Gracias a Cristina Sánchez-Carretero, antropóloga del INCIPIT, conocemos bien los procesos de duelo en las comunidades locales. En Galicia (y en más sitios, claro), las mujeres gobiernan los cementerios. Hace años, en una charla impartida por un tecnócrata dedicado al desarrollo rural afirmaba sin complejos que las mujeres rurales son un grupo débil que hay que priorizar. Con dos cojones. Estas mujeres sostienen la comunidad, la identidad y la memoria. Pepe Ogando, nieto de uno de los hombres que estamos buscando, nos muestra en su tablet una fotografía histórica: tres señoras, enlutadas, vecinas de Montefurado, sonríen a la cámara. Las tres fueron represaliadas por el franquismo. Como ellas, en las parroquias de Brollón las mujeres empoderadas son las emprendedoras, las que se preocupan por el patrimonio, por el pasado y el futuro.
 
Quizás por ello, la periodista Ana Pastor, y su productora, Fátima (oriunda de Monforte de Lemos), eligieron nuestra exhumación para grabar un capítulo sobre la recuperación de la memoria histórica. En estos tiempos de PRISA por la noticia, de zozobra periodística, es un orgullo contar con mujeres como Ana y Fátima. Además de ellas, acudieron a la cita otros dos profesionales del audiovisual que trabajan para la cadena estadounidense HBO. Están grabando, a su vez, un documental sobre los crímenes del franquismo. A pesar de que sabían que esta exhumación no es nada agradecida, que es muy compleja y con apenas margen de éxito, estos y estas profesionales reconocen algo que venimos defendiendo desde este blog: el propio proceso de investigación, los procesos que se activan cuando excavamos, son más importantes e interesantes que los propios resultados del estudio.

Ana Pastor entrevista a Pepe Ogando en el atrio de la iglesia de Castroncelos.
Si Lévi-Strauss hubiese conocido cómo funciona una parroquia rural gallega quizás no se hubiera ido a América y en vez de Tristes trópicos habría escrito el Trópico de Grelos. Durante la exhumación contamos con la escritora y profesora Olga Novo (nacida en Vilarmao, Castroncelos) quien jugó un papel clave durante los trabajos, igual que su amiga Noelia Besteiro, de la vecina Ferreirúa. Contactó con las mujeres mayores que mandan en el templo y alrededores, se hizo con la llave de la iglesia para dejar acceder a los periodistas, se trajo a ancianos del lugar para que aportasen su testimonio y convenció al cura párroco para continuar con los trabajos en el futuro. Casi nada. Otra mujer, Carmen Garcia-Rodeja (ARMH) acudió también al rescate. Atender a los familiares de las víctimas durante la exhumación es fundamental. Aquello es un carrusel de emociones, de frustraciones y esperanzas que se suceden tras cada palada de tierra.

El secretario del ayuntamiento de A Pobra do Brollón, Rafa Castillo, la escritora Olga Novo y la periodista Ana Pastor, muchas gracias a los tres. (Fot. de Carmen García Rodeja).
La ausencia del Estado se cubre con la colaboración de personas y entidades. El CSIC aporta tecnología, como el gradiómetro que nos permitió localizar el trazado de la antigua iglesia, de la mano de Carlos. El ayuntamiento, con su alcalde Xosé Lois y su secretario, Rafa, colabora en la exhumación y da amparo oficial a la intervención. Dos equipos, el del castro de San Lourenzo y el de la ARMH, hacen lo posible por alcanzar el objetivo. Muchos colegas defienden la idea de que la sociedad no debe de marcar la agenda arqueológica. En estas situaciones todo es diferente. Los nietos nos piden que intentemos de nuevo abrir más área en la zona sondeada hace dos años. Cuando consideramos que aquello estaba agotado, le indicamos al palista, al Pulga, que lo deje. En ese momento, con los ojos vidriosos, Pepe Ogando se acerca y nos pide que, por favor, abramos medio metro más, solo medio metro más, por favor. Se nos cae el alma a los pies. Si mi abuelo estuviese allí enterrado, yo excavaría con las uñas. Es muy duro quedarse a centímetros de la verdad.

Carlos pasa el gradiómetro en la zona oriental del atrio de la iglesia.

Una vez más, la tradición oral acaba por confirmarse. El cambio de orientación de la planta de la iglesia hizo que los cuerpos de los hermanos García Moral quedasen en un recoveco cerca del altar mayor, dentro del nuevo templo. A la tercera irá la vencida. A los habitantes de A Pobra do Brollón se nos conoce como guímaros, que significa, entre otras cosas, tozudos.

Croquis con la ubicación de la fosa, aportado por una vecina de Castroncelos (gentileza de Olga Novo).