martes, 19 de junio de 2018

Nuevo proyecto: en las trincheras del Jarama

 Excavando trincheras en el Jarama en 1937. En breve nos toca a nosotros.

Todavía no hemos comenzado la campaña de julio pero ya podemos anunciaros un nuevo proyecto. Se trata de una intervención en los escenarios bélicos del Jarama promovida y financiada por el Ayuntamiento de Rivas Vaciamadrid y que se desarrollará principalmente durante el mes de septiembre próximo. El objetivo de la iniciativa es investigar diversos puntos del frente con vistas a la creación de rutas autoguiadas y recursos didácticos y patrimoniales. Tras los trabajos arqueológicos, diseñaremos e instaleremos varios paneles explicativos en los que se darán a conocer la historia de las trincheras. 

Las excavaciones se centrarán en dos zonas: el Soto de las Juntas y el entorno de la Laguna del Campillo. El Soto de las Juntas es un sitio increíble por varios motivos. Actualmente es un paraje natural protegido, donde confluyen los ríos Manzanares y Jarama. Cuando uno camina por sus bosques de ribera le cuesta imaginar que está al lado de Madrid y de la A3. Es un viaje a otro tiempo y a otro espacio. 

Eso debió de pensar Felipe II también, que poseía un palacete exactamente aquí: la Casa Real de Vaciamadrid. Las ruinas del edificio, muy maltratado en los últimos años, serán uno de los sitios donde llevaremos a cabo sondeos arqueológicos. La casa real se encuentra al pie del Cerro Coberteras, el punto más extremo que alcanzaron (y retuvieron) las tropas sublevadas en este sector durante su avance inicial en la ofensiva del Jarama. 

  La Casa Real de Vaciamadrid, en el siglo XVII y en el siglo XXI. Imagen superior del blog Investigart.

El pueblo de Vaciamadrid, que se extendía a sus pies, quedó arrasado por los combates (como sucedió con el vecino Ribas del Jarama) y nunca se volvió a habitar. La zona quedó bajo la protección de Regiones Devastadas tras la guerra y en 1954 surge el actual Rivas-Vaciamadrid.

 Mapa de 1770 en el que figura Vaciamadrid. Del blog Sepan quantos.

Por lo que se refiere a la Laguna del Campillo, aquí realizaremos excavaciones y prospecciones en diversos puntos de las trincheras y abrigos que todavía se conservan en muy buen estado. Una de las zonas más interesantes es un poblado de "chabolas" con numerosas estructuras semiexcavadas en la ladera de un vallejo. En esta zona bien protegida del frente esperamos encontrar numerosos testimonios de la vida cotidiana.

 Trinchera frente a la Laguna del Campillo. Fotografía de José Manuel Castro.

En sus inmediaciones se ubica el puente de Arganda, que fue testigo de duros combates durante la Batalla del Jarama, en los cuales tuvo un papel protagonista el Batallón Garibaldi. En su estructura todavía se pueden percibir los impactos de bala.


Impactos de bala en la barandilla del Puente de Arganda (actualmente Puente de la Paz).

Al otro lado de la Laguna del Campillo tenemos otro puente de hierro, en este caso ferroviario. Aunque el paisaje es muy diferente hoy del que se veía en la Guerra Civil, los puentes nos devuelven al tiempo de los combates. En el de La Poveda, además, se conservan varios fortines de hormigón que también documentaremos y señalizaremos.

 
Puente de la Poveda y uno de los fortines que lo controloban. Fotos de Mapio.

Todo el proyecto se concibe como una iniciativa al servicio de los ciudadanos: podréis visitarnos mientras realizamos las excavaciones, organizaremos días de puertas abiertas y habrá un ciclo de conferencias donde daremos a conocer los resultados del proyecto según se va desarrollando. Nos podrás seguir a través de este blog, en Facebook y en Twitter ¡Os esperamos!

domingo, 17 de junio de 2018

Remover el pasado


  
Comienzo de la excavación en el Asilo de Santa Cristina, campaña de 2017. Foto de Álvaro Minguito.

No hace mucho. No muy lejos.

Con estas perturbadoras palabras se anuncia la exposición sobre Auschwitz en Madrid. Ese podría ser el lema de la arqueología de la Guerra Civil ¿Por qué excavar los restos de una guerra que conocemos tan bien y de la que hay tantos documentos? En realidad no hacen falta explicaciones muy laboriosas. Llega con decir eso: que fue no hace mucho y no muy lejos. De hecho, en el parque donde jugábamos de niños, en las calles por las que paseamos, en las carreteras por las que viajamos. Es así literalmente: en el parque que hoy cubre las ruinas del asilo de Santa Cristina nos encontramos cánicas y juguetes infantiles en el nivel que sella los restos de la contienda. No hay ninguna superficie bella sin una profundidad terrible decía Nietzsche. Y ese podría ser también el lema para la arqueología de la Guerra Civil.

Restos de los años 80 sobre los niveles de la Guerra Civil en el Asilo de Santa Cristina.

A cinco minutos andando del intercambiador de Moncloa por el que pasan cientos de miles de personas todos los días, a cinco minutos, están sepultados los vestigios de una guerra implacable. A un palmo escaso de la superficie hay casquillos y balas, granadas y proyectiles de mortero, insignias de la Falange y esvásticas. Un palmo de tierra es lo que nos separa del pasado. Pero un palmo es también la distancia que hay entre la dictadura y la democracia, entre la guerra y la paz. Al excavar ese palmo de tierra uno se da cuenta de qué frágil es el orden del mundo en el que vivimos. Qué fácil es retirar esa delgada capa de tierra.

Decía el dramaturgo Juanma Romero, en un acto reciente, que los arqueólogos al excavar no removemos el pasado, sembramos el futuro. Es una frase hermosa y quiero pensar que cierta. No removemos el pasado, es verdad, al menos no en el sentido en que lo afirman nuestros detractores, pero sí removemos la tierra. Y esta es una diferencia importante. Las plantas crecen más sanas cuando se abre el suelo y lo que está enterrado se mezcla con lo que está en la superficie. Cuando se airea la tierra. La democracia, como las plantas, crece con más fuerza cuando le da la luz a lo que está sepultado. La arqueología oxigena.

martes, 12 de junio de 2018

Madrid 2018: vuelve la guerra urbana


Este año cerramos nuestra trilogía madrileña con nuevas excavaciones en el entorno del Hospital Clínico, escenario de brutales combates de los que hemos encontrado ya numerosas pruebas. El año pasado por estas fechas no dábamos un duro por el Clínico. Su entorno, radicalmente transformado desde los años 40, no prometía mucho y de hecho nos planteamos varios sitios alternativos para excavar si fracasaba nuestra primera opción. 

Pero no fue necesario: entre las ruinas arrasadas del Asilo de Santa Cristina y en sus alrededores encontramos un auténtico tesoro de la Guerra Civil: objetos personales, insignias, chapas de identificación, munición, vajilla, granadas de mortero sin detonar... Un tesoro, además, que nos dejamos a medio excavar por falta de tiempo. Porque como suele suceder, lo mejor apareció al final.

Insignia de falange recuperada en las ruinas del Asilo de Santa Cristina en 2017.

El panorama, por lo tanto, ha cambiado radicalmente. Este año somos más que optimistas. Creemos que los hallazgos van a ser numerosos y significativos y que nos van a ayudar a completar el relato sobre la vida en primera línea de las tropas de Franco. 

Nuestro plan es continuar la excavación de 2017, en horizontal y en vertical: acabaremos de vaciar un refugio antibombardeo en el que hace un año comenzaban a aflorar cientos de objetos de la guerra y ampliaremos la excavación de los edificios del lavadero y de la cantina. 

 Plano del sondeo 6 de 2017 con distribución de hallazgos (puntos rojos) y la ampliación prevista para 2018.

El verano pasado, además, nos quedamos a un palmo de la trinchera que comunicaba el sector con la retaguardia. Es una trinchera cargada de simbolismo, porque por ella caminaron los mandos republicanos y franquistas tras la rendición de la Ciudad Universitaria el 28 de marzo de 1939. Esperemos que esté cargada de objetos, también, que nos hablen de esta y otras historias. 

Arriba, fotograma de la rendición de la Ciudad Universitaria, en la que se ve a los oficiales abandonando el frente por la trinchera de comunicación del Asilo de Santa Cristina. Abajo, fotografía aérea de posguerra en la que se aprecia perfectamente esa misma trinchera. La flecha roja indica el punto en el que vamos a excavar (el inicio de la zanja).


Nuestro proyecto se paga íntegramente con fondos privados, pero está siempre abierto al público. A partir del 2 de julio os esperamos entre las ruinas de la guerra.



 

sábado, 9 de junio de 2018

El régimen de Franco en dos edificios

Proyecto loquísimo del primer franquismo. Arquitecto Luis Moya.

¿Qué edificio representan mejor al régimen de Franco, es decir, la ideología de la dictadura? Si hacemos una encuesta, es probable que salga en primer lugar el Valle de los Caídos. Es obvio y por lo tanto no demasiado interesante. El Ministerio del Aire también podría servir. Pero aquí no nos vamos a referir a ellos, sino a dos construcciones que difícilmente relacionaríamos con la ideología franquista.

Al acabar la guerra, y en plena euforia falangista, se diseñaron ambiciosos planes urbanísticos para Madrid  con el objetivo de construir "acrópolis falangistas sobre las ruinas del liberalismo". Entre la montaña de Príncipe Pío y la Catedral de la Almudena tenía que desplegarse una impresionante escenografía imperial, con su Casa del Partido, Alcázar y Catedral. Solo la catedral se llegó a terminar (para desgracia de todas las personas con un mínimo de sensibilidad). Como sucedió con otros planes similares (véase imagen superior), el resto de construcciones se quedó en el papel por la de falta de fondos, discrepancias ideológicas y estéticas y el declive del falangismo. Vista La Almudena, tenemos que estar agradecidos.

Se ha dicho que la puntilla a este plan imperial se lo dieron dos edificios de la Plaza de España: el Edificio España y la Torre de Madrid, de los hermanos Otamendi. Rascacielos en vez de iglesias y castillos. Es cierto. Pero también lo es que estos dos edificios representan como pocos la esencia de la ideología franquista. Sin cruces, sin yugos y flechas y sin águilas de San Juan. La explicación es simple.

Torre de Madrid y Edificio España con Quijote en medio. 

El Edificio España se construyó entre 1948 y 1953. La Torre de Madrid se levantó inmediatamente después, entre 1954 y 1960. Es decir, ambos se erigieron en la década de los 50 y por parte de la misma pareja de arquitecto e ingeniero. Pero son muy distintos. El más antiguo está construido en estilo neobarroco y entronca, por tanto, con las ideas imperiales que prevalecían en la inmediata posguerra. Tiene un curioso parecido, por cierto, con el Palacio de la Cultura y la Ciencia de Varsovia (antiguo Palacio Iósif Stalin), que se edificó entre 1954 y 1955 -los dictadores son muy amantes del historicismo rancio. 

La Torre de Madrid, en cambio, está construida en el anodino Estilo Internacional, que representa la popularización del movimiento moderno en arquitectura. O lo que es lo mismo, lo más opuesto al historicismo. Un estilo funcional, sin decoración y sin referencia alguna al pasado. Una arquitectura, por lo tanto, amnésica. Perfecta para un régimen que quería que se olvidaran sus devaneos con el Eje y se tuviera en cambio en cuenta su apuesta por el capitalismo. Los años 40 fueron la década del falangismo. A partir de fines de los 50 le llega su turno a la tecnocracia y el desarrollismo. En el Edificio España todavía se ve un eco del ideal falangista. En la Torre de Madrid se adivina el futuro tecnocrático.

Y así es el régimen de Franco. Una dictadura caracterizada por una ideología que cambiaba según los tiempos. De la misma manera que la biografía del dictador se reinventó multitud de veces, como ha demostrado Antonio Cazorla, también se reinventó su materialidad. Y por eso no existe un estilo franquista, como sí existe un estilo nazi en Alemania o fascista en Italia. Una inconsistencia ideológica que a veces se dio en los propios arquitectos, como los Otamendi o Gutiérrez Soto, que igual te construye el maravilloso cine Europa, rabiosamente racionalista, como el cine Fraga, rabiosamente rancio. 

 Gutiérrez Soto antes de Franco.


 Gutiérrez Soto con Franco.

En vez de ver en estos vaivenes arquitectónicos una anomalía, tenemos que tomarlo por lo que son: un testimonio material elocuente de una época. Y también como algo más. El régimen franquista vivió lo suficiente para transformarse múltiples veces. En su última época proyectó una imagen de eficiencia y modernidad que se materializa en muchos edificios de los años 60, obra, en algunos casos, de magníficos arquitectos. Son la mejor propaganda para aquellos que defienden la dictadura. Conviene recordar, por lo tanto, que al lado de cada Torre de Madrid hay un Valle de los Caídos, un campo de concentración, un barrio de casas baratas...

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Sobre los sueños urbanísticos del primer franquismo:

Box, Z. (2012). El cuerpo de la nación. Arquitectura, urbanismo y capitalidad en el primer franquismo. Revista de estudios políticos, (155), 151-181.











viernes, 8 de junio de 2018

Fotografía y arqueología




Cada vez que sale a la luz una colección de fotografías de la Guerra Civil no puedo evitar preguntarme ¿me habré quedado sin trabajo? ¿Nos permitirán las imágenes adentrarnos en todos esos aspectos cotidianos que documentamos los arqueólogos?

Repaso la extraordinaria colección de fotografías de la guerra que ha hecho públicas la Biblioteca Nacional y me encuentro el material de siempre. Es decir, no exactamente el de siempre, porque la mayor parte de las imágenes son inéditas, pero los temas, la estética, el encuadre son los que se podrían esperar. La información que proporcionan es, por supuesto, valiolísima, pero no invalidan la labor arqueológica. Hay mucho que se queda fuera de cuadro. 

El concepto "fuera de cuadro" es un término que se emplea en la fotografía y el cine para referirse a aquello que en una imagen queda fuera del campo visual que cubre la lente de la cámara. La lente de la cámara no deja de ser la extensión del ojo de una persona y las personas son seres sociales y culturales, que ven la realidad de una determinada manera. También son seres políticos, y más en una guerra. La propaganda insistirá en las alta moral de las tropas propias y las barbaridades del enemigo.

Los parámetros de la sociedad en que vivimos también condicionan la mirada de los arqueólogos (por eso hacemos arqueología de la Guerra Civil, para empezar). Sin embargo, nuestra elección del cuadro se limita exclusivamente a eso: a delimitar un espacio para excavar en el terreno. Lo que nos encontremos allá no dependerá de nosotros. Al contrario que el fotógrafo o el cineasta no discriminamos lo que debe ser objeto o no de atención. Todo lo es: desde los granos de arena a un cadáver. 

La imagen que ilustra esta entrada ejemplifica bien lo que quiero decir. Es una fotografía estupenda y en buena medida única, porque representa una actividad -la trastienda, por así decir, de una batería artillera- que no suele ser objeto habitual de la mirada periodística o de la propaganda. El fotógrafo, como cabría esperar, se ha centrado en lo importante, que es la acumulación de enormes vainas y los soldados sentados sobre una báscula. Es una imagen que nos habla de las dimensiones sobrehumanas de la guerra industrial: la escala de las armas empleadas, la proliferación inaudita de materiales de guerra. Podría representar una escena de fábrica, de hecho.


Pero en la foto hay algo más, que en cierta manera contradice esa visión de la guerra supermoderna: es el abrigo hecho con chapa ondulada y lona que se ve al fondo. Una especie de cabaña primitiva que choca en este contexto, aunque encaje perfectamente. La cabaña nos dice algo también sobre el conflicto. Nos recuerda que toda guerra contemporánea es una mezcla de tecnología supermoderna y arcaísmo.

Esto es lo Roland Barthes llamó el punctum de una fotografía. Algo que es secundario al tema de la imagen y que sin embargo revela una verdad profunda. El punctum puede ser más poderoso que lo que Barthes llamó el studium, la parte consciente y selectiva de la imagen. 

La arqueología difícilmente podrá dar con un contexto como el de la fotografía que comentamos. Al menos en el caso de la Guerra Civil, es difícil que nos vayamos a encontrar un espacio con docenas de vainas de artillería in situ, por las labores de reciclado de posguerra (y de coleccionismo más recientes). Pero la arqueología sí puede hacer algo que el fotógrafo no quiso hacer: observar en el interior de la cabaña. 

 Excavación de un grupo de chabolas republicanas en Mediana (Zaragoza).

Eso es lo que llevamos años haciendo: estudiamos aquello que queda sistemáticamente fuera de cuadro, que es como decir fuera de la memoria y de la imaginación. 

Excavamos el punctum de la Guerra Civil.

miércoles, 6 de junio de 2018

¿Cuánto daño hace una bala?


Para volverse pacifista, no hay nada mejor que leer los artículos médicos donde se describen las heridas producidas por armas de guerra. La bibliografía científica en este sentido se incrementó a partir de la década de 1880, en relación al uso generalizado de nuevos cartuchos de fusil con balas de chaqueta metálica (full metal jacket) y alta velocidad inicial (muzzle velocity).

La guerra greco-turca de 1897 fue uno de los primeros conflictos en los que se utilizó munición moderna a gran escala (similar a la que todavía predomina hoy en los campos de batalla). Además, contó con numerosos médicos internacionales que dejaron testimonio del efecto de la nueva munición. 
Su relato difiere bastante de las imágenes edulcoradas que predominaron en la época, como esta:


A continuación copiamos un párrafo de uno de estos artículos, en el que se describe el daño causado por una bala de Máuser alemán. Una bala similar a las que se dispararon a millones durante la Guerra Civil Española.


Las heridas pélvicas son muy serias y suelen ser causa de piemia [infección generalizada con estafilococos y neumococos que invaden la sangre]. Vimos un caso muy severo. El paciente era un voluntario garibaldino, de 17 años. Estaba luchando contra la Brigada de Máuseres Turca y fue alcanzado en el hipogastrio izquierdo (...)”


[Cuando fue atendido por el médico] “los tejidos abdominales se estaban desprendiendo. La bala había perforado el intestino delgado, atravesado la vejiga y el recto (...) y salido a través de la nalga. Hubo peritonitis localizada. El intestino, enmarañado, se salió de la pelvis, que se convirtió en una cavidad llena de pus, plasta, orina, el contenido de intestinos y cuajada sin digerir. Todo lo cual teníamos que vaciarlo y vendarlo cada cuatro horas. 

Tuve que introducir la mano derecha en la pelvis a través de la abertura abdominal para sacar el hediondo contenido con la palma. Nunca he visto una situación tan espantosa y repugnante. El pobre hombre estaba completamente demacrado, pero se aferraba a la vida con una tenacidad increíble. Finalmente murió de agotamiento.*

Si la generación que fue a combatir voluntaria y alegremente a la Primera Guerra Mundial hubiera sido educada con la bibliografía médica de la época, en vez de con cuadros heroicos y relatos épicos de guerras remotas, seguramente habría habido menos voluntarios y menos alegría. Quizá incluso no habría habido Primera Guerra Mundial.
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*Davis, H. J. (1897). Gunshot Injuries in the Late Grecoturkish War, with Remarks upon Modern Projectiles. British Medical Journal, 2(1929): 1789-1793.


sábado, 2 de junio de 2018

Geología bélica


La guerra degasta el mundo. Como una fuerza geológica más, la artillería da forma al paisaje. También el pico y la pala, el fuego y la metralla. Algunos elementos transforman de golpe el terreno (una mina), otros lo hacen de forma más lenta: los pasos diarios de miles de soldados encerrados en el campo de batalla como animales en un zoo. La guerra de atrición machaca la moral de los combatientes y de los civiles en las ciudades sitiadas y machaca también el entorno en el que transcurren sus vidas. 

El Asilo de Santa Cristina fue primera línea de frente desde mediados de noviembre de 1936 hasta el 28 de marzo de 1939. Es un período de tiempo sin duda muy largo para quienes combatieron allí, pero muy corto en términos geológicos. La intensidad de los procesos geomorfológicos haría pensar que por el campus pasaron los siglos, más que los años.

Contamos con dos fotos de uno de los edificios del asilo tomadas casi desde el mismo sitio (los altos del Hospital Clínico). Casualmente es el edificio donde excavamos en 2017 y donde volveremos a excavar en 2018. Se trata de una nave reutilizada como cantina durante la guerra y que posiblemente sirvió de comedor anteriormente. Al lado se encuentra una construcción de pequeñas dimensiones, que la excavación nos permitió identificar como lavadero.

La primera de las fotos debió de tomarse en un momento inicial de la contienda, quizá a principios de 1937. La segunda hacia el final.  La transformación del paisaje es llamativa. En la segunda imagen la iglesia del asilo ha quedado reducida a nada, las ruinas del primer plano se han volatilizado, al igual que las paredes y la techumbre del lavadero. Mientras se esfuman las estructuras positivas, proliferan las negativas: las trincheras y los abrigos subterráneos sustituyen a los muros y los tejados.

Un detalle interesante tiene que ver con el suelo. Al desaparecer la cobertura vegetal, bien porque se limpia o por la deambulación de los soldados (cuyos pasos impiden que se regenere la vegetación), se incrementa la erosión del terreno: la lluvia y el viento arrastran los horizontes O y A (el humus) y queda a la vista la arena subyacente (horizonte B). El campus se convierte en un desierto.

El Antropoceno es la era geológica definida por la participación del ser humano como una fuerza transformadora más -la más importante, de hecho. La arqueología de la Guerra Civil es también la arqueología del Antropoceno.