jueves, 26 de mayo de 2016

El Governator de Belchite

Mundo perro, película porno grabada en Belchite Viejo.

Belchite supera cualquier tipo de acercamiento postmoderno, surrealista o crítico. Belchite es inclasificable. ¿Un no lugar? ¿un espacio performativo? ambos conceptos obsoletos han sido superados de nuevo por una realidad que siempre supera a la ficción. A día de hoy si algo es el Belchite viejo (del Belchite Nuevo ya han hablado recientemente nuestros compañeros del GAS), es un escenario universal. From local to global. Desde Belchite para el mundo. Ya lo fue durante la guerra civil española. Un enorme decorado para la propaganda de guerra republicana tras la conquista en septiembre de 1937, como así lo demuestran los reportajes fotográficos de Agustí Centelles. Las ruinas del Seminario Menor aparecen ya por aquel entonces como el mejor decorado para ambientar la gesta de los vencedores. Aquel escenario que recordaba al Pueblo Español de Barcelona, fue visitado por personajes extranjeros, como un misterioso príncipe centroeuropeo retratado por Centelles en el pueblo de Codo y del que escuchamos hablar por primera vez gracias a Ricard Martínez, colaborador de nuestro proyecto belchitano.
A su vez, Franco convirtió Belchite en un parque temático de la Victoria, en un teatro al aire libre en donde se conmemoraba una y otra vez la Cruzada. En las ruinas de la iglesia del Seminario Menor vemos graffitis de los años 60, de españolitos de a pie que comenzaban a hacer turismo dentro de su propio país. Por aquel entonces se editaban postales turísticas de los pueblos de España, en muchas de las cuales el mayor reclamo era el Monumento o la Cruz a los Caídos. La llegada de la democracia supuso, paradójicamente, la consolidación del Belchite Viejo como recurso visitable. No como espacio para la reflexión crítica, para la concienciación contra los peligros del totalitarismo, no. Como ruinas que todo escolar de Aragón debía de visitar. En mi colegio de Pontevedra, en los 80, la excursión anual a Madrid de los de 8ª de EGB hacía parada obligatoria en el Valle de los Caídos. Esta era la cultura democrática en la que nos educaron a los que ya bordeamos los cuarenta años de edad. A la pervivencia de relatos y performances fascistoides y a esta narcotización del pasado belchitano, hubo que sumarle su conversión definitiva en decorado.


Si en 1937 vino un príncipe, en 1987 llegó un barón, el de Munchausen, de la mano del ex Monty Python, Terry Gilliam. Para filmar esta película se construyó toda una arquitectura efímera dentro del pueblo. Del mismo modo que no hay ningún tipo de control arqueológico hoy en día, tampoco íbamos a esperar que se hiciese nada en 1987. Cuando la magia del cine desapareció de allí, permanecieron durante un tiempo las ruinas del atrezzo. Un fotógrafo, Francesc Torres, retrató aquellas dobles ruinas (La visita de Munchausen). Sus fotografías se llegaron a exponer en ARCO2010. El autor quiso mostrar la debilidad de la memoria colectiva y la banalización de los vestigios del recuerdo, de la memoria material:

Estas imágenes muestran lo que vi. El pueblo parecía un cadáver maquillado y vestido de payaso [...] La guerra como simulacro, la historia como chiste. Memoria, sacrificio y sufrimiento profanados por inanes bufonadas sobre tumbas sin nombre.



 Fotografía de Francesc Torres. Atrezzo abandonado de la película 
Las aventuras del Barón Munchausen en Belchite viejo.

Casi 30 años después de Munchausen llega otro personaje con acento centroeuropeo, esta vez desde Hollywood, ni más ni menos que Arnold Schwarzenegger. Conan el Bárbaro regresa a esa España árida en la que se dio a conocer en su día. El bueno de Terminator llegó con su séquito para grabar un anuncio promocional de un videojuego. El excelentísimo ayuntamiento de Belchite ha firmado incluso una cláusula de confidencialidad con la estrella de cine. El alcalde tiene que estar encantado con la visita, al fin y al cabo, debe tener sana envidia del Governator, mitad Gobernador, mitad Terminator. Arnold, calzando sus pantalones de militar, accedió a fotografiarse con el equipo de fútbol local, al completo.

  Arnold con toda la peña en Belchite.

Las ruinas de la guerra civil (no sólo las trincheras) están abocadas a esto, a convertirse en escenarios de juegos de airsoft, de paintball, o en lugares promocionales de videojuegos. Ese es su papel hoy en día. Como me reconocía un historiador vasco, en Euskadi algunas intervenciones arqueológicas en las trincheras se plantean con el único objetivo de habilitar un escenario guapo para las recreaciones históricas en las fiestas y homenajes de turno. Eso en el mejor de los casos, porque a nivel educativo, el desconocimiento de este pasado traumático es total.
¿Esta guerra de qué siglo es? Así se despidió una alumna de 13 años tras visitar nuestro stand de Cultura Científica y Guerra Civil en Vitoria-Gasteiz en noviembre pasado. Un mero Daño Colateral del modelo Depredador de la gestión de la memoria en el Reino de España.

P.S. Al menos nos queda el consuelo de ver el sueño cumplido de Flo: Arnold hablando en baturro en Aragón.

martes, 3 de mayo de 2016

Memoria y espacio público (II): la carpa vasca


Plaza de la Memoria en el centro de Vitoria-Gasteiz. 

En una anterior entrada de este blog analizamos el proceso de recuperación de la memoria de la guerra civil en la ciudad de Pontevedra. El recuerdo de los vencidos se ha apropiado del espacio público porque ha habido voluntad política para ello. El túnel subterráneo, invisibilizado, oculto, de los Roza bajo la calle Muruais es toda una metáfora material de los sumideros del franquismo, del espacio reservado para aquellos y aquellas que perdieron la guerra. Pasar de ser una rata de alcantarilla y convertirse ahora en ciudadanos homenajeados produce urticaria en algunos sectores de la sociedad española.
Tras la eclosión de la memoria histórica en la década de 2000, el panorama en el Estado varía en función de quien gobierne. Las políticas públicas de memoria son políticas, como el propio nombre indica. En el Reino de España, Euskadi se encuentra a la vanguardia de las políticas memorialísticas, quizás porque la violencia y el terror han perdurado hasta hace nada. Lidiar con este pasado recentísimo es toda una necesidad, en esta época de guerra de relatos y narrativas. Francisco Etxeberria reclamaba en el congreso Gasteiz at War la necesidad de que instituciones que ya existían en la IIª República y el franquismo se impliquen en la búsqueda de los desaparecidos y en la reparación a las víctimas. Dicho y hecho. El gobierno de Euskadi (heredero del Gobierno de Euzkadi de 1936-1937) ha creado el Instituto Gogora para intentar colmar el deseo de justicia, verdad y reparación. El propia Francisco Etxeberria ha depositado oficialmente en Gogora todo el material documental recopilado en los últimos quince años por la Sociedad de Ciencias Aranzadi, para que sea de consulta pública para todos aquellos ciudadanos y ciudadanas que quieran conocer la verdad, el destino de sus seres queridos.

Inauguración de la Plaza de la Memoria en Vitoria-Gasteiz. Políticos seguidos de cámaras de televisión visionan un testimonio de una víctima de ETA.

El Instituto Gogora ha promovido una iniciativa interesante como es la de la Plaza de la Memoria. Una escenografía memorialística que busca ocupar el espacio público de las ciudades y villas vascas durante unos días con el objetivo de que la ciudadanía contribuya a generar conocimiento sobre el pasado traumático de este país. Mientras en otros sitios se sigue hablando de la represión franquista en familia, o en televisiones privadas, sin ninguna consideración oficial, en Euskadi se ha desatado un maratón memorialístico con sus grandezas y sus miserias. No todo vale. 


Hace un par de semanas se presentaba en Vitoria-Gasteiz un excelente libro: Álava una provincia en pie de guerra. Voluntariado y movilización durante la Guerra Civil del historiador Germán Ruiz Llano. En la presentación, el autor recordó una tertulia radiofónica a raíz de una reciente marcha feminista en la que miembros de una asociación hablaban del exterminio franquista en Euskadi (entonces lo de Badajoz o Huelva se antoja un genocidio) y de las mujeres asesinadas por el fascismo. El problema es cuando se manipula la información y se obvian pequeños detalles como que la mayoría de las mujeres asesinadas en Álava lo fueron a manos de milicianos y no de requetés o de regulares. Este es un ejemplo de los peligrosos procesos de canibalización de la memoria. Por eso hace bien el Gobierno vasco intentando atender a todas las víctimas (del franquismo, de los revolucionarios, del ETA, del GAL, del batallón vasco-español, de los abusos policiales...), pero partiendo de investigaciones rigurosas.

Repositorio virtual de la memoria de las víctimas.

La Plaza de la Memoria, como escenografía arquitectónica, sacraliza la memoria colectiva. Está concebida con un cierto aire futurista (quizás porque está pensada más para mirar al futuro), con un mobiliario minimalista, con pantallas estilo Orwell. Lo importante son los discursos, los relatos, aquello que está en el aire, sin un soporte material strictu sensu.


 Hologramas, interfaces, interacción persona-pasado-memoria. La memoria al alcance del usuario.

Para recoger esta memoria volátil se incorpora un espacio privado, un fotomatón de la memoria en el que el ciudadano o ciudadana puede dejar su testimonio, contribuyendo así al repositorio virtual de la memoria de un país. Este confesionario es un reflejo material de la sacralización de la memoria en nuestros días, de la polémica tensión que se vive entre la Historia y la Arqueología profesionales, académicas, y la construcción de la memoria por parte de sectores de la sociedad civil. Memoria e Historia a veces entran en conflicto, como así se refleja en los mensajes que los visitantes dejan escritos tras su visita a la Carpa de la Memoria.
Con motivo del recuerdo a las víctimas del 3 de Marzo, la plataforma que vela por la memoria de aquellos hechos organizó una vista guiada por el barrio de Zaramaga. Mientras estábamos reunidos en el local de la asociación se acercó a echar un ojo un vecino. Observó rápidamente los paneles y objetos allí expuestos. El encargado de la visita le instó a que se uniese a nosotros y participase en la actividad; él se limitó a decir No quiero recordar y se marchó apresuradamente, tal como había entrado.

 

En estos tiempos de sobreactuación y primacía de lo políticamente correcto, la eclosión de la memoria lleva  a la arena pública debates de lo más variopinto: hay gente a la que no le llega lo que se hace por lo que la reparación total es imposible (una vecina de Vitoria-Gasteiz se quejaba de que la placa en homenaje a su ser querido se puso en la acera y es pisada por los viandantes, por ejemplo), hay gente que piensa que todo esto (incluida la Arqueología de la guerra civil) trivializa el sufrimiento ligado a un pasado traumático, hay gente que mercantiliza todo este proceso, hay gente que quiere dejar todo esto en manos de los científicos, hay gente también que no quiere recordar, por ideología política, por trauma, por necesidad de seguir adelante... Lo importante es que estos debates se dan en el espacio de la polis, en lugares públicos en donde se piensa y se hace política. La Arqueología del Pasado Contemporáneo puede ser una herramienta útil que aporte rigor y conocimiento para construir políticas públicas de memoria. ¿O no?

No es el confesionario de Gran Hermano.






lunes, 2 de mayo de 2016

Buscando trincheras en la Ciudad Universitaria

Trinchera al norte de la Ciudad Universitaria. Finales de 1937.

El mes de julio volveremos a intervenir en el primer escenario bélico que excavamos: la Ciudad Universitaria de Madrid. En 2008 realizamos una prospección sistemática de buena parte del campus de Moncloa y practicamos varios sondeos en una trinchera republicana bien conservada con varios abrigos en batería (aquí se puede descargar la publicación resultante).  La trinchera resultó ser tardía, probablemente de finales de 1938 y sin embargo en ella y sus alrededores encontramos huellas de la Batalla de Madrid (8-23 de noviembre de 1936), como munición de fusiles del siglo XIX que solo se emplearon al comienzo de la guerra. 

Este año queremos intervenir en estructuras cuya construcción creemos que data de momentos iniciales de la guerra en Madrid. Lo deducimos por mapas encontrados en los archivos por nuestro equipo de historiadoras, liderado por  Alicia Quintero Maqua. Estos mapas se pueden contrastar con fotografías aéreas tomadas en los años 40 y 50 e imágenes de satélite actuales. Todo ello nos permite hacernos una idea de cómo fue la secuencia de construcción de trincheras en el campus norte de Moncloa. No es una tarea del todo fácil, porque los planos de época con frecuencia carecen de precisión, se dejan elementos importantes y otros aparecen simplificados.

Esto es lo que sucede con el plano más antiguo que hemos podido localizar por ahora para la zona que nos interesa, es decir, el sector noroeste del campus. Data de febrero de 1937, poco después de la Batalla de Madrid y las de la carretera de La Coruña (que culminaron el 15 de enero de ese año). El problema es que se trata de un boceto muy básico trazado sobre un plano de la universitaria que no llegó a ejecutarse: la calle que baja de la Facultad de Filosofía y Letras a la carretera de La Coruña no se construyó jamás. 

Esto impide que sepamos a ciencia cierta donde se sitúan las trincheras a las que damos el número 3. Puede que sean las que se encuentran en las inmediaciones de la Escuela de Ingenieros de Caminos (actualmente sepultadas) o que hayan desaparecido bajo obras de posguerra. El número 1 sí se corresponde con casi total seguridad con las fortificaciones del cerro donde actualmente se sitúa el edificio de la UNED. Las trincheras quedaron arrasadas en su mayor parte durante su construcción. 

No hay ninguna duda sobre las que identificamos con el número 2: se trata de un conjunto de zanjas que defendían el acceso a Madrid por la carretera de la Dehesa de la Villa (un punto neurálgico en la defensa de este sector) y que actualmente se conservan razonablemente bien junto al CIEMAT.

 
En esta fotografía del Vuelo Americano de 1945 se pueden observar las trincheras en paralelo a la carretera de la Dehesa de la Villa y a la izquierda del Paraninfo (el vial con forma curva del que sale una avenida hacia la Dehesa).

Trincheras del CIEMAT en la actualidad. 

Este plano es de mayo de 1937 y es mucho más preciso. Está realizado sobre un mapa topográfico, lo que lo hace más fiable. Los puntos señalan los siguientes lugares: 1. Puente de San Fernando; 2. Club de Puerta de Hierro; 3. Tapias del Pardo (límite de la Ciudad Universitaria); 4. Puerta de Hierro; 5. Zona donde se construirá la trinchera que excavamos en 2008, por entonces vacía; 6. Cerro donde actualmente se ubica el edificio de la UNED. 7. Río Manzanares; 8. Trincheras republicanas de primera línea; 9. Trincheras de evacuación que utilizaban los soldados para llegar a primera línea; 10. Carretera de La Coruña. Este plano representa fielmente el campo de operaciones durante la batalla del cerro Garabitas, en abril de 1937.

Este plano es también considerablemente preciso, aunque no tiene el detalle del anterior y claramente se ha simplificado el trazado real de las zanjas. Representa la situación de las fortificaciones republicanas en diciembre de 1937. El número 1 indica una nueva trinchera de resistencia, que cubre el amplio trecho vacío que existía previamente entre las zanjas situadas directamente en Puerta de Hierro y las de la Dehesa de la Villa (nº 2, CIEMAT). En la zona donde se ubica la Facultad de Geografía e Historia en la actualidad (nº 3) no se ve ninguna estructura, pero en cambio sí en la Escuela de Ingenieros (nº 4), conque es posible que aparecía en esta zona en nuestro primer plano fuera esta. El lugar donde se ubica la zanja que excavamos en 2008 contiúa desierto (nº 5), lo que confirma el carácter tardío de la estructura.
Para 1938 no hemos encontrado todavía un plano general, pese a que en esta época sabemos que se ampliaron las obras de fortificación en todo el campus. En el mapa superior vemos la situación al acabar la guerra, en abril de 1939. El aspecto final de las trincheras de la Ciudad Universitaria es una maraña que poco difiere de un campo de batalla de la Gran Guerra. La trinchera que excavamos en 2008 ya aparece (a la izquierda del punto marcado como A). Las del CIEMAT sobreviven con pocos cambios (B) y aparece además una trinchera detrás del futuro solar de la facultad de Geografía e Historia (C).

Finalmente, en esta fotografía del vuelo americano de 1956 se observan varias líneas que han llegado hasta la actualidad. Algunas son visibles en superficie y otras están sepultadas. Este último es el caso de las de la Escuela de Ingenieros de Caminos (nº2). En cambio las de la facultad de Geografía e  Historia (nº1) son visibles hoy, aunque están muy colmatadas.

Esperamos que nuestras investigaciones nos permitan precisar el proceso de construcción del campo de batalla. Frente a la imagen estática que suele ofrecer la historiografía (una especie de photo finish o, al contrario, una foto de inicio), la arqueología se ha preocupado tradicionalmente por documentar procesos y secuencias. En ello consiste uno de los pilares de la disciplina: la estratigrafía. El mes de julio nos encontraréis en la Ciudad Universitaria resolviendo el puzzle. A pico y pala.

sábado, 30 de abril de 2016

Ciudades sitiadas

Trincheras en la Casa de Campo

En la novela autobiográfica El Imperio del Sol, J.G. Ballard narra el doble encuentro de su protagonista, un niño llamado Jim, con un campo de batalla abandonado en las afueras de Shanghai. 

La primera visita tiene lugar en 1937, poco después de los combates entre los soldados chinos que defendían la ciudad y los invasores japoneses. Jim visita el campo de batalla con sus padres. No están solos: los vecinos del barrio internacional de Shanghai acuden al lugar como turistas bélicos avant la lettre. Americanos y europeos "aparcan sus limusinas en los caminos rurales cubiertos de casquillos (...) A Jim el campo de batalla le pareció más bien un basurero peligroso: cajas de munición y granadas dispersas junto a la carretera; fusiles abandonados como leña y piezas de artillería todavía enganchadas a carcasas de caballos. Los cinturones de munición de ametralladora parecían la piel de una serpiente venenosa. Por todas partes había cadáveres de soldados chinos". 

Soldados chinos en la Batalla de Shanghai, 1937.

A finales de 1941, cuando se produce la segunda visita, Jim se encuentra el campo de batalla como un yacimiento arqueológico, cubierto de hierba y con trincheras arruinadas. Sin embargo, las fortificaciones pasan por una nueva vida: "Una compañía entera de infantería japonesa descansaba en este viejo campo de batalla, como si se estuvieran reequipando con los muertos de una guerra anterior -los fantasmas de sus antiguos camaradas surgidos de la tumba y dotados de nuevos uniformes y raciones. Fumaban cigarrillos, parpadeando bajo la extraña luz solar, con el rostro vuelto hacia los rascacielos del centro de Shanghai, cuyos carteles de neón brillaban a través de los arrozales vacíos".

Visitando las trincheras republicanas de la Casa de Campo me vino a la memoria esta imagen de las fortificaciones en ruinas de Shanghai. También las del parque madrileño son el testimonio de una defensa sangrienta y fallida. Como aquellas, las fortificaciones de la Casa de Campo contrastan de forma incongruente con los rascacielos de la ciudad al fondo, que parece no haberse enterado de que a sus afueras ha habido una guerra.

Combatientes republicanos en las cercanías de Madrid en 1936. Foto de Guillermo Zúñiga.

En un extremo de la Casa de Campo, al norte del arroyo Antequina, las tropas republicanas aguantaron algún día más el embate del ejército sublevado. Las tropas de Varela habían entrado en el recinto el día 8 de noviembre de 1936. La resistencia duró poco, quizá hasta el 10 u 11

Fragmento de granada de 75 mm recogida en superficie en el límite norte de la Casa de Campo.

Los sublevados avanzaron entonces sobre el Cerro del Águila y allí establecieron su primera línea. Esa línea permanecerá casi inmutable hasta el final de la contienda, pese a los esfuerzos republicanos por modificar la situación. La trinchera que interpretamos como republicana, orientada hacia el sudoeste y por lo tanto inútil en el nuevo escenario bélico, debió de convertirse pronto en un yacimiento arqueológico, como las fortificaciones chinas en 1937. 

Trincheras y abrigos republicanos en la Casa de Campo.


Madrid y Shanghai tuvieron en los años 30 vidas en cierta manera paralelas: ambas tuvieron el dudoso privilegio de convertirse en las primeras metrópolis sitiadas por ejércitos modernos y ambas fueron abandonadas por la comunidad internacional. En los dos casos, la vida ciudadana continuó, rodeada de fortificaciones. También hay diferencias. El grado de devastación y el número de atrocidades que sufrió Shanghai a mano de los japoneses no lo experimentó Madrid, pese a que la primera cayó en tres meses y la segunda resistió dos años y medio a las fuerzas sitiadoras.

No cuál es la situación actual del campo de batalla que se encontró Jim dos veces en su infancia, pero probablemente haya desaparecido bajo el frenético desarrollismo chino. En Madrid, en cambio las trincheras se han conservado milagrosamente: el mes de julio tendremos la oportunidad de excavarlas y evocar su ejército de fantasmas.

martes, 26 de abril de 2016

Garabitas: sembrando la muerte en Madrid


En julio de este año volvemos a Madrid, donde iniciamos nuestras andanzas por las trincheras de la Guerra Civil. Regresamos a un escenario conocido, la Ciudad Universitaria, y empezaremos en otro nuevo: la Casa de Campo. Se trata de un campo de batalla legendario de los primeros meses del conflicto. Fue un espacio épico, en el que lucharon legionarios, moros, milicianos y brigadistas internacionales. Fue también un lugar de infamia, donde los revolucionarios asesinaron a cientos de personas durante las primeras semanas de la contienda. 

Nuestro proyecto pretende indagar en este pasado traumático y ambiguo. Uno de los lugares en los que trabajaremos durante la próxima campaña será el mítico Cerro Garabitas.

Las tropas sublevadas al mando de Varela alcanzaron las tapias de la Casa de Campo el día 7 de noviembre de 1936. Al día siguiente, la columna de Castejón-Bartomeu se dirige hacia el norte y consige ocupar Garabitas, a pesar de la fuerte oposición de la Brigada nº3 Republicana, que ataca desde Húmera y causa numerosas bajas a los asaltantes. 

 Soldados marroquies en las tapias de la Casa de Campo.

El día 9, milicianos anarquistas a las órdenes de Cipriano Mera reconquistan el cerro, pero lo abandonan inmediatamente después por la presión del fuego enemigo. En la operación perdieron un tercio de sus efectivos. Ese mismo día, la XI Brigada Internacional entra en la Casa de Campo y lucha encarnizadamente para detener a los sublevados en el Puente de los Franceses. Hasta el 14 de noviembre, el parque es escenario de varios contraataques republicanos que tienen escaso éxito. La mayor parte de la Casa de Campo ha quedado en manos rebeldes y así permanecerá hasta el final de la guerra.


Brigadistas en la Casa de Campo.

La zona volvió a convertirse en objetivo bélico prioritario en abril de 1937. La República organizó entonces la Operación Garabitas, que tenía como meta estrangular la cuña franquista en la Ciudad Universitaria, apartar al enemigo de Madrid y evitar que este continuara bombardeando la ciudad. La toma del cerro (el punto más elevado del parque y por lo tanto observatorio privilegiado) era fundamental para ello. El ataque comenzó el 10 de abril, pero cuatro días más tarde había fracasado estrepitosamente, dejando no menos de 3.000 bajas republicanas. 

Ya no se volvería a emprender otra operación de semejante envergadura, pero el sector continuó siendo testigo de golpes de mano, bombardeos y ataques de menor intensidad.

Por lo que el Cerro Garabitas ha quedado en la memoria colectiva, sin embargo, no es tanto por ser escenario de batallas, sino por su papel como puesto de vigilancia artillero. Las baterías, situadas en la ladera, castigaron Madrid inmisericordemente hasta el final de la contienda, causando cientos de bajas civiles. Lo que no lograron fue destruir la moral de los sitiados: la capital no se sublevó contra las autoridades republicanas y permaneció en manos leales hasta el 28 de marzo de 1939. 

 Casas bombardeadas en Madrid en 1937.

Seguramente no fue casualidad que el 27 de mayo de 1962 Francisco Franco ofreciera una alocución precisamente desde la cima del cerro. Allí dio a conocer su interpretación de las huelgas que entonces afectaban al país y recordó que todavía se estaba librando una Guerra Civil en España. Franco, conciliador como siempre. El simbolismo del lugar de enunciación no debió de pasar desapercibido para muchos huelguistas. De la misma manera que durante la guerra se machacó a la población civil madrileña desde el cerro, ahora se la volvería a machacar en las calles, en esa guerra incesante contra las fuerzas de la anti-España. 

En la actualidad, el Cerro Garabitas conserva numerosas trazas de su pasado violento: trincheras de resistencia y evacuación, fortines, abrigos, puestos de tirador. Son testigos de batallas tan brutales como inútiles, saldadas con miles de bajas. Y de algo más que no deberíamos olvidar: de crímenes de guerra.  

 Trinchera perimetral en el Cerro Garabitas.

Hasta el mes de abril de 1937 el bombardeo combinado de aviones y artillería provocó en el centro de Madrid la destrucción de cerca de un millar de edificios, 1.277 muertos y casi 2.500 heridos, además de 430 desaparecidos. La inmensa mayoría civiles. A partir de enero de 1937, la artillería comenzó a adquirir un papel más importante en los ataques, frente a la aviación que se desplegó a frentes más activos.

Víctimas de un bombardeo en Madrid.

El artículo XXV de la Convención de La Haya de 1907 prohibía "El ataque o bombardeo por cualquier medio de ciudades, pueblos, residencias o edificios que no están defendidos".  La convención de 1923 especificaba como ilegítimo, en su artículo XXII, "el bombardeo aéreo con el propósito de aterrorizar a la población civil, de destruir o dañar propiedad privada con carácter no militar o de herir a no combatientes". 

Los vestigios bélicos de Garabitas representan una prueba material de la contravención de las leyes internacionales de la guerra por parte del ejército franquista. Suponen, además, un precedente de lo que sucedería años más tarde en Leningrado o Sarajevo, ciudades que fueron sometidas a bombardeos artilleros sistemáticos con el único objetivo de aterrorizar a la población civil.

Al excavar la batalla de Madrid investigamos el inicio de un nuevo régimen de violencia militar, en la cual la frontera entre civiles y combatientes desaparece para siempre. Aun hoy vivimos en ese régimen que tiene pocos visos de llegar a su fin.

lunes, 25 de abril de 2016

Memoria y espacio público (I): el pozo de los Poza


Algunos de los que editamos este blog hemos vivido gran parte de la infancia y de la adolescencia en la ciudad gallega de Pontevedra a lo largo de la década de 1980 y primera mitad de los 90. Por aquel entonces, lo que hoy llamamos memoria era reivindicado sobre todo por el nacionalismo gallego que conmemoraba el Día da Galiza mártir cada verano, recordando el asesinato de Alexandre Bóveda, uno de los líderes (católico para más INRI) del Partido Galeguista eliminado por los golpistas. Y poco más. El recuerdo vívido de la represión se mantenía en tertulias, en librerías, en conversaciones furtivas. Todo el mundo sabía lo que había pasado. El médico Lis Quibén, asesino en serie, dirigió la temida Guardia Cívica, artífice de atrocidades de todo pelaje. Pasada la postguerra, quien había hecho el trabajo sucio para aquellos que no se manchaban de sangre pero medraban dentro del Régimen, fue marginado socialmente en la ciudad. Se le recuerda siempre a Lis Quibén solo en una cafetería pontevedresa. La gente huía de él como de la peste. Toda esta historia oral quedaba camuflada bajo el paisaje presente del franquismo que formaba parte de nuestra cotidianidad. En el trayecto entre casa de mis padres y la Biblioteca Pública yo me daba de bruces con la Cruz de los Caídos en la Alameda, con la plazoleta de la División Azul y con viejos inmuebles en los que todavía se conservaba, pintado en rojo, el indicador: Refugio para ataques aéreos. El espacio público fue ocupado por los vencedores de la contienda, quienes se empeñaron en eliminar la cultura liberal, republicana y galleguista de Pontevedra. En unos casos se invisibilizó y en otros se canibalizó, como hizo el director del Museo de Pontevedra, el preboste franquista Filgueira Valverde, con la memoria del líder galleguista Castelao, fallecido en 1950 en el exilio en Argentina.
La memoria siempre vuelve. Como el Guadiana o el cementerio aquel de Poltergeist, los fantasmas del pasado, en ocasiones, emergen de la tierra. La Arqueología es la herramienta perfecta para visibilizar aquello que se quiso ocultar en su día. Y Pontevedra no iba a ser menos.

  [Fuente: Diario de Pontevedra]

Hace un par de semanas, todos los medios de comunicación de la ciudad se hacían eco de un curioso hallazgo. En una excavación urbana para instalar conducciones de agua, los obreros se dieron de bruces con un misterioso túnel subterráneo que cruzaba la calle Andrés Muruais de lado a lado. Esta galería fue mandada construir en su día por el médico republicano,  masón y librepensador Celestino Poza Cobas (1868-1954) para conectar su vivienda con su sanatorio, uno de los más avanzados de Galicia por aquel entonces. Héroe de la guerra de Filipinas, fundó el Centro Republicano de Pontevedra y se adhirió al radicalsocialismo. En febrero de 1936 salió elegido diputado por Pontevedra (Unión Republicana). Con el golpe de Estado su sanatorio fue saqueado. Los falangistas se hicieron con los equipos de radiología y al no saber usarlos dejaron que se perdiesen en un almacén. Se le incautaron todos los bienes y a él se le envió al campo de concentración de la isla de San Simón. en donde compartió prisión con su hijo Luis. Se dejó crecer la barba, jurando que no se la cortaría hasta ganar la guerra... Falleció en 1954 con una barba tan larga como la de Valle-Inclán.

Celestino Poza Cobas (1868-1954)

Su hijo Luis era un joven culto (aficcionado a la Arqueología y la Etnografía) que colaboraba con el Seminario de Estudos Galegos, como así consta en documentación que se guarda en el Museo de Pontevedra y que hemos podido consultar. Afiliado al Partido Galeguista desde 1935 fue el secretario particular de Alexandre Bóveda. Tras el control de la ciudad por los golpistas, Luis es detenido y sometido a consejo de guerra. Es ejecutado el 12 de noviembre de 1936 con otros nueve republicanos de la ciudad. Estos fusilamientos encajan con la estrategia represiva seguida por los golpistas en las ciudades de retaguardia, instigada por el criminal Mola. Fue todo un aviso a navegantes, ya que se liquidaba a maestros, médicos, libreros, impresores de todas las ideologías y clase social. Aquel día cayeron con él los médicos Amancio Caamaño y Telmo Bernárdez, los maestros Paulo Novás, Germán Adrio y Benigno Rey, el abogado José Adrio, el periodista Víctor Casas, el capitán Juan Rico y el librero Ramiro Paz.


El túnel de los Poza sirvió de refugio para rojos que huían de la represión en los años de la guerra y la inmediata postguerra. La noticia de su redescubrimiento nos dejó un dato importante. La primera vez que se exhumó fue, según un empleado municipal bien informado, a comienzos de los 80, pero se decidió tapar de nuevo y no darlo a conocer. Como en el caso de las exhumaciones de fosas, el golpe de estado de 1981, el miedo escénico y el pacto de silencio y olvido explican en parte esta segunda muerte del túnel que sirvió de refugio a demócratas republicanos. Por aquel entonces no existía una voluntad política para llevar a cabo políticas públicas de memoria. 
 
Inauguración del monumento del 12 de noviembre en Pontevedra  (2014).

En 1999 accedió a la alcadía de Pontevedra el médico nacionalista Miguel Anxo Fernández Lores quien en las elecciones municipales una y otra vez saca los colores al PP en la ciudad natal del presidente Rajoy. Las sucesivas corporaciones que ha dirigido han hecho hincapié en la dignificación del recuerdo de ese pasado republicano de la ciudad pontevedresa: estatuas en plazas, nombres de calles, placas conmemorativas, eliminación del callejero franquista e inauguración de monumentos. En 2014 el ayuntamiento inauguró un monumento a los ajusticiados en la saca del 12 noviembre de 1936; éste es el nombre de una de las nuevas avenidas de Pontevedra.


En el monolito del monumento se recogen los nombres de los ajusticiados por defender un gobierno legal. Entre ellos Ramiro Paz Carbajal (1861-1936), dueño de la imprenta La Libertad, de donde salía publicado el semanario socialista La Hora. Los sublevados no sabían que los Libros arden mal (sensu Manuel Rivas). Las hogueras de obras judeomasónicas y el saqueo de sanatorios, centros de investigación e imprentas (la de Ánxel Casal, alcalde de Compostela, también asesinado) fue un arma de destrucción masiva en manos de unos fascistas que detestaban todo aquello que oliese a librepensamiento, educación o progreso. Ochenta años después, la librería Paz sigue abierta en Pontevedra, especializada en cómic, literatura gallega y fantástica. Todo un monumento a la memoria colectiva.

P.S. El año pasado la Real Academia Galega honraba al alcalde franquista de Pontevedra Filgueira Valverde al dedicarle el Día das Letras Galegas.


viernes, 15 de abril de 2016

El origen de la memoria histórica... en 1871

Destrucción de la columna Vendôme, 1871.

"Memoria histórica" es un concepto inadecuado, incluso erróneo. Se ha señalado, por ejemplo, que memoria e historia son dos términos contrapuestos y que el uno no puede adjetivar al otro. Sin embargo, lo queramos o no  la idea de "memoria histórica" se ha ido imponiendo en España y ha ganado aceptación, tanto entre sus defensores como entre sus detractores. Todos sabemos, intuitivamente, lo que significa "memoria histórica": se trata básicamente de la reivindación de la memoria de quienes han sido acallados (a veces eliminados físicamente) por la historia dominante, hegemónica, oficial, de los poderosos, los vencedores, etc. 

En España, la narrativa histórica contra la que lucha la memoria crítica es la que produjo el régimen franquista. En otros países, la historia dominante que se trata de desmontar es la de un régimen fascista, comunista, colonial o esclavista. Todos ellos son sistemas políticos opresivos que tienden a construir un relato monolítico del pasado que borra a sus víctimas del espacio público y de la memoria colectiva. 

Los detractores de la denominada memoria histórica suelen decir que se trata de un acto revanchista y que lo único que pretende es sustituir la memoria de unos por la de otros. En el espectro más reaccionario se sitúan aquellos que consideran que solo debe permanecer la memoria hegemónica, pues es lo que la historia nos ha legado y que cualquier intento de reivindicar otra es un deseo totalitario de controlar el pasado.

Una visión supuestamente más tolerante propone "sumar" memorias, las de vencedores y vencidos. Según esta teoría, todas las narraciones sobre el pasado tienen derecho a ser conmemoradas. Da igual que sea la perspectiva de un genocida o de un luchador por los derechos humanos. Así, el espacio público debe convertirse en una acumulación de memorias dispares. Entiendo que quienes defienden este punto de vista darán por bueno que una calle dedicada a Juan José Zubieta conviva con un memorial que honre a Miguel Ángel Blanco

Frente a estas perspectivas, la memoria histórica propone una crítica radical del pasado para construir un nuevo presente. En realidad, no existe una única forma de revisar críticamente la historia:  hay quienes abogan por la eliminación de todas las huellas de regímenes opresivos; otros, en cambio, preferimos reinterpretar el legado material de dictaduras, violencias políticas y conflictos. 

Reinterpretar no significa construir una historia partidista o que defienda el punto de vista de una facción o ideario político específicos. Como hemos defendido en otras ocasiones, la reinterpretación debe hacerse teniendo en cuenta los valores que rigen una sociedad democrática: los principios básicos con que estamos de acuerdo la mayoría. Y si eso implica molestar a los nostálgicos del franquismo, mala suerte. Nunca llueve a gusto de todos y, lo que es más importante, no debe llover a gusto de todos. Una memoria en la que los defensores de la dictadura se encuentren cómodos nunca puede ser una memoria democrática.

Hay quienes piensan que la memoria histórica es un invento zapaterista-podemita y por lo tanto una moda reciente. La realidad es bien otra. Las raíces de la memoria radical y reivindicativa se pueden encontrar, al menos, en 1871 y no en nuestro país, sino en el París convulso de la Comuna. 

La Comuna fue un intento fallido de crear una sociedad nueva. Se encuentra a medio camino entre el socialismo utópico del siglo XIX y las revoluciones de inspiración marxista del siglo XX. Aunque sus propuestas eran de carácter más radical, bebía del espíritu de la Revolución Francesa, de la que se sentía deudora. La Comuna puede que fuera un preludio de las revoluciones que vendrían, pero lo que es evidente es que representó el primer episodio del fin que esperaba a quienes trataban de cambiar el mundo -incluso sin utilizar la violencia. El experimento político fue reprimido a sangre y fuego por las fuerzas del gobierno y cerca de 10.000 communards, incluidos mujeres y niños, fueron ejecutados o asesinados.

Por lo que traigo aquí a colación la Comuna es por un hecho que tiene resonancias en el presente: la demolición de la Columna Vendôme. Este monumento fue erigido por Napoleón para conmemorar sus victorias militares. Se realizó con el bronce de los cañones austríacos y rusos capturados en los campos de batalla y se inauguró en 1810. 



El 16 de mayo de 1871 la Comuna de París decidió derruir la columna en un acto que hoy consideraríamos propio de la memoria histórica. Los communards consideraban que el monumento representaba valores opresivos impropios de una sociedad avanzada y civilizada.

Este es el texto que justifica la demolición:

"La Comuna de París, considerando que la columna imperial de la plaza Vendôme es un monumento a la barbarie, un símbolo de fuerza bruta y de falsa gloria, una afirmación del militarismo, una negación del derecho internacional, un insulto permanente de los vencedores a los vencidos, un atentado perpetuo a uno de los tres grandes principios de la República Francesa, la fraternidad, decreta: artículo único - La Columna Vendôme será demolida".


La columna Vendôme demolida.


Esta declaración revela de lo que es o debería ser, en realidad, la "memoria histórica". No tiene nada que ver con la revancha: ¿cuál sería la revancha de los franceses contra sus propias victorias? Tiene que ver con la creación de un futuro mejor, más fraterno, más libre, más igualitario. Y para ello hay que dejar de conmemorar (de conmemorar ¡ojo! que no de recordar) todo aquello que celebra la opresión de unos pueblos sobre otros, la violencia, la dictadura. 

Naturalmente, para aquellos que consideran que el honor de un país se mide en el número de territorios colonizados, victorias militares o conversiones forzosas, la memoria histórica o como queramos llamarla les parecerá un engendro indigirible. Pero quiero pensar que la mayor parte de los ciudadanos en una sociedad democrática considera que de lo que se debe sentir orgullosa una nación es de su capacidad para la convivencia, de su creatividad cultural y de su respeto a otros pueblos. Al fin y al cabo, en estos principios se basan organizaciones tan subversivas como la ONU o la Unión Europea.

Arco de Tito conmemorando la destrucción de Jerusalén en el año 70.


Desde el origen del Estado hace unos 5.500 años, los espacios públicos han estado llenos de monumentos a la violencia y el ejercicio del poder. Durante 5.500 años el mundo ha sufrido guerras y despotismos. No parece que esto vaya a acabarse en un futuro cercano. Pero quizá cuando empecemos a conmemorar otra historia seamos capaces también de imaginar otro futuro.