martes, 30 de junio de 2015

La Sinfonía inconclusa de Capbreton


En 1975 el filósofo y urbanista Paul Virilio organizó la exposición Bunker Archéologie en el Centre Georges-Pompidou en París. Como señala Jean-Guy Dubernat, éste fue el punto de partida del proceso de patrimonialización de una materialidad traumática vinculada a la ocupación nazi de Francia: el Muro del Atlántico, tal como lo denominaba la propaganda germana. En estos días pasados tuvimos ocasión de conocer algunos de estos restos en el litoral del Suroeste francés, por tierras de Lapurdi, Gascuña y la Gironda.
Nuestro compañero Elías López-Romero lleva años trabajando en la evaluación del impacto arqueológico de las dinámicas marinas y antrópicas en el Patrimonio litoral, en zonas como Galicia o Bretaña. Dólmenes neolíticos, salinas medievales y baterías de costa son algunas de las víctimas de una naturaleza que sigue estando ahí, a pesar de la vanidad humana. Un buen ejemplo de esta vulnerabilidad es lo que el visitante puede ver en Capbreton, el único puerto en la inmensa playa y duna de Las Landas. Este sitio había sido elegido por Hitler para concentrar las tropas que cruzarían la España franquista para arrebatar Gibraltar a los británicos, en la denominada Operación Félix, finalmente abortada. 


Su importancia estratégica hizo que se convirtiese en un punto central dentro del Muro del Atlántico. En 143 llegaban aquí 400 hombres de la Organización Todt y la 3ª compañía del 1287 grupo de artillería costera. En primer lugar, las fuerzas ocupantes destruyeron casas y hoteles y amortizaron ese material para levantar defensas anticarro. Después, la mano de obra esclava erigió un entramado de estructuras supermodernas: casamatas, búnkers para alojamiento de tropa, búnkers para maquinaria, cuartel general... La posición se denominó H.K.B. Capbreton Ba14 y durante su etapa en activo estuvo servida por la 276ª División de Infantería del Ejército de Tierra. En Capbreton llegaron a convivir en esos años tropas de infantería en el puerto, la Organización Todt en el sanatorio marítimo y la artillería costera en las casamatas del sur que podéis ver en las fotografías.

Tomado del blog www.esperandoaltren.blogspot.com

A día de hoy los niños construyen en la playa pequeños búnkers de arena a imitación de las estructuras ocupadas ahora por pescantines domingueros, surfistas y playeros. Las torretas Tobruk y los puestos de control de fuego sirven para asentar cañas. Incluso jóvenes grafiteros convierten las paredes de hormigón armado en talleres al aire libre. Cuando baja la marea, los bañistas pueden explorar un paisaje que de lejos parece un cúmulo anómalo de roquedos náufragos en medio de un desierto. El mar ha desplazado, volteado, fragmentado y erosionado toda una arquitectura supermoderna, ligada a aquel III Reich de los mil años.



Cuando Rommel, el Zorro del Desierto abandonó las dunas del Norte de África por las dunas de las Landas, acometió toda una revisión del litoral atlántico francés. Fue entonces cuando definió ese frente como un parque de vacaciones estivales que nada tenía que ver, por ejemplo, con el espeluznante frente del Este. Esta impresión de placidez era conocida de sobra por los habitantes autóctonos de Capbreton. Pocas veces llegaron a escuchar tiros o detonaciones procedentes de la playa. Todo lo contrario: oían a Mozart, Bach, Schubert... La 3ª compañía de la HKAA 1287 estaba compuesta por músicos de la orquesta de la Ópera de Viena. A la música dedicaban todo su tiempo libre, que era mucho, antes del desembarco de Normandía.


El 25 de aposto de 1944 los ocupantes abandonaron el lugar, tras haber dinamitado una pieza de artillería y haber sembrado de minas el entorno. De ahí se fueron con la música a otra parte.


sábado, 20 de junio de 2015

Madrigueras de soldados


Refugio de soldado en Los Castillejos.

La Primera Guerra Mundial trajo consigo una nueva forma de hacer la guerra. O más bien, de no hacerla. Consistía en esconderse bajo tierra y esperar a que amainara la tormenta de acero sobre la superficie. A veces la sepultura temporal se convertía en permanente y los soldados acababan enterrados vivos por la explosión de una granada de artillería certera. 

Las trincheras y los refugios subterráneos han caracterizado los paisajes bélicos desde finales de 1914. De hecho, todavía los caracterizan hoy en buena medida. Pero no son la única forma de protección de los soldados. Los pozos de tirador son otra estructura subterránea muy utilizada, esta de carácter temporal. En la Segunda Guerra Mundial los pozos predominaron sobre las trincheras en frentes móviles como Normandía y las Ardenas. En el primer escenario, arqueólogos franceses han sacado a la luz campos enteros de hoyos cavados por los soldados estadounidenses para protegerse del fuego alemán. En su interior aparecen con frecuencia restos de munición, equipamiento y objetos personales.

En octubre de 2014 tuvimos ocasión de excavar en la posición republicana de Los Castillejos, en Abánades, otro tipo de refugios: se trata de pequeñas cavidades del tamaño de una persona, parcialmente excavadas en la tierra (la roca madre aparece aquí enseguida) y reforzadas con muretes de piedra. 


Refugios unipersonales de Los Castillejos.

Son auténticas madrigueras humanas: tienen el espacio justo para un soldado plegado sobre sí mismo. Los Castillejos dejaron de ser una posición de primera línea en marzo de 1938. Por ello, en el interior de estas madrigueras no aparece apenas munición: un cartucho, un par de balas, algunas guías de peine. Los hallazgos más interesantes son un galón de sargento y una aceitera de Mosin Nagant. También encontramos latas de conservas. En cualquier caso, no se trataba de pozos de tiro, si no más bien de puestos de vigilancia que rodeaban el puesto republicano -por si acaso alguien trataba de infiltrarse.


Lata de atún y aceitera de Mosin en uno de los abrigos.

En estas madrigueras pasarían los soldados muchas horas de aburrimiento y padecerían frío y una humedad que cala los huesos. No es de extrañar que en el frente nos encontremos tantas medicinas para la artritis y las enfermedades pulmonares.

miércoles, 27 de mayo de 2015

Garapullos por máuseres


 

Quiero que os vayáis habituando poco a poco a las empresas de la guerra, y por eso un día os meteré en una acción que, hablando en términos taurinos, sea como para un aficionado una simple vaquilla; otro día os enfrentaré a un novillo bien plantado y así hasta que estéis habilitados para resistir victoriosos el combate de un auténtico miura y de todos los que quieran soltaros.

Así arengaba el teniente coronel golpista Camilo Alonso Vega a sus soldados en los primeros tiempos de la guerra civil en Vitoria-Gasteiz (El Pensamiento Alavés, 29-12-1936, en Aguirregabiria y Tabernilla 2013: 30, n.p. 57). La metáfora taurina era comprendida por todos, oficiales y chavales (obreros y campesinos) a los que pilló la guerra haciendo el servicio militar en los numerosos cuarteles de la capital vasca. Aquí el mundo de los toros y las vaquillas era todo un referente identitario.


Este era el cartel de las fiestas de Vitoria en plena IIª República. Difícil de entender hoy en día para un escolar gasteiztarra. La ciudad pasa perfectamente por ser una capital andaluza. Sin embargo, durante la guerra, los golpistas prohibieron los toros. La plaza se empleó como campo de prisioneros. En 1941 el alcalde José Lejarreta restableció la Fiesta, dando lugar a la tradición de los blusas (cuadrillas festivas de hombres que lo dan todo en las fiestas de la Virgen Blanca en agosto).
El mundo taurino se asocia a la guerra civil por filmes míticos como La vaquilla, en los que se reproducen algunos de los testimonios que podemos ver en las cartas recopiladas por James Matthews: en el frente andaluz hubo algún pique entre los dos bandos, toreando alguna vaquilla en tierra de nadie. Ésta es la visión narcotizante del pasado traumático de la guerra. Por el contrario, los golpistas se tomaron el mundo del toro muy en serio. En Extremadura, la práctica genocida de la columna de Yagüe tuvo su momento culminante en las plazas de toros (Badajoz, Plasencia, Trujillo) convertidas en campos de concentración, como han estudiado historiadores como José Ramón González Cortés, Antonio López o Pedro Fermín. Los rojos toreados en la plaza de Badajoz antes de ir al matadero es una de las imágenes que caló en la memoria colectiva, como así me lo han transmitido veteranos de guerra gallegos en diferentes entrevistas.

Plaza de toros de Badajoz el día 15 de agosto de 1936 (Diário de Notícias, 17-8-1936).
Antonio Fernández Casado acaba de publicar en Bilbao un libro más que interesante: Garapullos por máuseres. La fiesta de los toros durante la Guerra Civil (1936-1939). Ahí podemos ver fotografías de toreros que salen a hombros de milicianos, por la puerta grande, o la utilización que los vencedores hicieron de la fiesta. En el propio Bilbao, desde finales de junio de 1936 se celebraba la liberación por las tropas franquistas con corridas benéficas de obligada asistencia para colaborar con Auxilio Social y el esfuerzo de guerra.


Hasta donde yo sé no se ha encontrado ningún objeto vinculado al mundo del toreo en excavaciones arqueológicas de la guerra civil española, aunque las menciones a las corridas de toros en retaguardia aparecían en los periódicos que se leían en el frente, como el que encontramos en un puesto republicano de la zona de Mediana, cerca de Belchite. Quizás en fosas comunes se pueda encontrar algo, debido a los testimonios que hay sobre los humillantes juegos  a los que sometían a sus víctimas los verdugos.
Acompañando al poeta Lorca todavía están bajo tierra los restos de Francisco Galadí y Joaquín A. Cabezas, anarcosindicalistas... y banderilleros.

lunes, 25 de mayo de 2015

Si me quieres escribir...


Mi abuelo paterno, Antonio Ayán, fue obligado por los sublevados a incorporarse a filas. Pasó toda la guerra en el frente de Córdoba. De su experiencia bélica apenas conservamos restos materiales. Durante el conflicto, una hermana suya, Aurora, le hacía llegar por correo alguna ayuda a las trincheras. Mi abuelo, agradecido, le envió una carta con una fotografía que se sacó en un estudio sevillano un fin de semana de permiso. En el reverso: Ejército del Sur, 1938.

Hebilla de equipamiento militar Corniago encontrada en un sondeo 
de la zanja perimetral del campo de concentración de Castuera, Badajoz  (2012).

La pieza en laboratorio: trincha con restos de cuero 
y detalle de la inscripción: TALLERES DE VESTUARIO. 
EQUIPO DEL EJÉRCITO DEL SUR.

En nuestros trabajos arqueológicos por tierras extremeñas hemos podido comprobar lo que tantas veces me contó mi abuelo; que en su caso, nunca en la vida había comido mejor y había estado mejor vestido. Las enormes latas de carne procedentes del matadero de Mérida, que aparecen en los basureros de las posiciones franquistas, son un buen ejemplo de ello. El soldado Ayán también me hablaba de los soldados que tenía enfrente, al otro lado de las trincheras en esta zona del frente andaluz. Para conocer mejor cómo vivían sus enemigos tenemos la suerte de contar con un libro que acaba de salir publicado: Voces de la trinchera, de James Matthews. En él, este joven historiador hispano-británico recopila cartas interceptadas a soldados del Ejército de Andalucía por la censura militar republicana y que se conservan en el archivo militar de Ávila. 


Leyendo estos extractos de las misivas nos acordamos de tantas y tantas cosas que vemos reflejadas en el registro arqueológico. Los soldados republicanos se quejan de la falta de calzado, del hambre, de las infames condiciones de vida en trincheras y refugios, de la falta de armamento y de vestimenta adecuada, del aburrimiento endémico en un frente estático. La cultura material aparece una y otra vez mencionada en estas páginas, por soldados que, como mi abuelo, fueron movilizados y sólo quieren que acabe ya la guerra y volver a sus casas, sanos y salvos. La escritura es una tabla de salvación para estos combatientes. Las unidades republicanas ayudaban al campesinado en las labores agrícolas (en las cartas se habla de la siega, por ejemplo) y también contaban con campañas de alfabetización en las trincheras. En nuestras excavaciones por el Estado español adelante siempre nos ha llamado la atención la mayor presencia de tinteros en las trincheras republicanas en comparación con las franquistas.
No sabemos qué pasó con los soldados que firman esos egodocumentos, recopilados por James Matthews. Unos perecerían bajo los bombardeos, muchos otros acabarían en campos de concentración, fusilados o paseados por la benemérita justicia de los vencedores. Lo que sí sabemos es lo que le pasó a Charli, el soldado republicano abatido en La Fatarella cuando cubría la retirada de lo que quedaba del Ejército del Ebro. Bajo sus costillas todavía pudimos recuperar lo que quedaba de su macuto.



Las buenas condiciones edafológicas permitieron que se conservasen fragmentos de papel. Uno de ellos podría corresponderse con pasquines que reproducían consignas referidas a cuestiones de seguridad e higiene, como diríamos hoy en día. El otro era una cuartilla de papel engurruñada. El laborioso trabajo de laboratorio llevado a cabo por la restauradora Yolanda Porto Tenreiro consiguió extender la cuartilla. Teníamos muchas esperanzas en encontrar fuentes escritas en el registro arqueológico. Los rayos X no triunfaron. El papel no contenía ni una letra, ni un garabato. Seguro que Charli, un veterano del que desconocemos su nombre, durante la guerra escribió cartas y cartas a casa. Quizás conservaba esta cuartilla para enviar sus últimas señas a sus seres queridos. Seguramente éstos no saben aún su paradero: Ejército del Ebro, primera línea de fuego.

Fot. de Yolanda Porto.

Fot. de Yolanda Porto.

DIDPATRI, Universitat de Barcelona.

















viernes, 22 de mayo de 2015

El Pacificador


George Clooney y Nicole Kidman (la de antes) protagonizaron en 1997 una película llamada en nuestro país El Pacificador. Un asunto complejo de ojivas nucleares, Rangers que entran en Rusia, exfrancotiradores exyugoslavos, un proyecto de atentado contra la sede de la ONU en New York... trepidante. En España hemos tenido nuestros propios George Clooney, nuestros militares pacificadores. Así nos va.
Mientras en Madrid se retiró la estatua ecuestre de Franco, todavía perviven otras que han corrido más suerte. Hay pasados cómodos e incómodos. En el parque madrileño del Retiro podemos contemplar la estatuta ecuestre de Espartero con la siguiente leyenda grabada en su pedestal: A Espartero, el pacificador, 1839, la nación agradecida. Cabe destacar la representación de la batalla del puente Bolueta y el abrazo de Vergara, así como los voluminosos cojones del caballo, toda una metáfora material de la voluntad de poder de los militares en España: gobernar por sus santos cojones.


Este hombre combatió contra los franceses, contra los insurrectos peruanos y contra los carlistas, haciendo gala de una mano dura proverbial. Muy aficcionado a los juicios sumarísimos, su vena sanguinaria se cebó incluso con los suyos. Príncipe de Vergara y Duque de la Victoria, fue Regente de España y manejó a su antojo el Estado isabelino, como también hicieron otros militares como Narváez, O'Donnell, Prim. Unas veces con la reina, otras conspirando y las más en el exilio. Son las cosas de los caudillos muy liberales.
En el interior de la catedral de Logroño se puede ver el mausoleo de Espartero, El Pacificador.


Con la revolución de 1868 y la tecera guerra carlista lo de Pacificador sonaba a risa. En enero de 1875 Alfonso XII entra en territorio español vestido de... capitán general. Comienza aquí la construcción ideológica del rey soldado que acaudilla sus tropas contra los carlistas en el Norte. Se busca así legitimar la reinstauración monárquica. A la vuelta de esta primera campaña vascongada, Alfonso de Borbón hace una parada en Logroño para visitar y pedir consejo a un anciano Espartero, quien recuerda: habéis sido el primero de nuestros Monarcas que en España, desde Felipe V, se ha presentado al Ejército español en función de guerra. Por mucho liberalismo de boquilla, aquí se sanciona la idea medieval del señor feudal al frente de sus mesnadas y se reivindica, evidentemente, el intervencionismo militar en la vida política de la Nación, que para algo Pavía entró a caballo en el Parlamento. Finalmente, la entrada en Pamplona en febrero de 1876 consuma la derrota carlista y Alfonso, rey de todos los españoles, recibe, nuevamente, el título de Pacificador, por haber acabado con la guerra civil peninsular y las insurrecciones ultramarinas.
Nuevamente, en el Parque del Retiro se erige otro monumento, éste un poco más logrado, en homenaje a la Patria española y a Su Majestad, El Pacificador. Mientras en Sudamérica los caudillos militares gustaban más de ser llamados Libertadores, en España cundió más la idea del Pacificador.
Ya van dos, pero vendrían más.


El desembarco de Alhucemas acabó con la rebelión rifeña de Abd el-Krim. Esta victoria militar hispano-francesa coronó al dictador Primo de Rivera no sólo como el garante de los intereses de los militares africanistas,  sino como el Salvador de España y total Pacificador de Marruecos. Al más puro estilo de Hollywood tenemos aquí una secuela: el Pacificador Total.
Francisco Franco, en sus Papeles de Marruecos, ya lo tenía bastante claro por aquel entonces: No hay como desear la guerra, para que la paz se acerque. [...] Si hasta el presente se han generado muchos intereses al calor de la guerra, ya es hora de que los creemos al amparo de la paz. 
De aquellos polvos vinieron estos lodos. El nuevo caudillo militar surgido del enésimo golpe de Estado rechazaba de plano el liberalismo, pero bebía directamente de esta tradición que venimos reseñando. Lo de Pacificador sonaba mucho a Espartero y Alfonso XII. Sin embargo, a medida que avanza el régimen franquista, el Caudillo caería en la tentación, con la conmemoración de los XXV Años de Paz. Al frente de esta maniobra, Manuel Fraga Iribarne. En 2005, este hombre, en una entrevista concedida al Corriere della Sera se oponía al derribo de las estatuas de Franco y definía al dictador como un... PACIFICADOR.





martes, 19 de mayo de 2015

Arqueología nazi o el número Sprockhoff


La Römisch-Germanische Kommission (RGK) de Franckfurt es una institución mítica de la Arqueología centroeuropea. Dependiente del Instituto Arqueológico alemán, cuenta con la mejor biblioteca de Arqueología de nuestro continente. Aquí pudimos disfrutar de una cena e incluso visionar un partido de la Eurocopa de fútbol de 2012. El edificio fue destruido por los bombardeos aliados durante la IIª Guerra Mundial., todo, menos una cosa: la biblioteca, salvaguardada volumen por volumen a tiempo. En la entrada, concretamente en el pasillo que conduce a la estancia principal de la biblioteca se conservan muebles de la primera época de la institución, así como la colección de retratos de los directores. Ya véis, todos hombres, desde el mítico Dragendorff que da nombre a unas cuantas sigillatas (cerámica de lujo romana).


En este precioso documento gráfico enseguida uno se da cuenta de un pequeño detalle: entre 1934 y 1945, durante el nazismo, el director fue el hombre de la izquierda, Ernst Sprockhoff (1892-1967). Con la derrota de 1945 es sustituido, curiosamente por su predecesor en el cargo. 
Ernst Sprockhoff es conocido por su inventario de más de 900 túmulos megalíticos en Alemania; de hecho cada tumba lleva un número, el llamado número Sprockhoff. Todo muy en la línea conservadora y jerárquica de la Arqueología histórico-cultural alemana. Los alemanes enseguida se ponen a ordenar, clasificar, poner números... Este científico tan inocente fue miembro destacado de la Stahlhem, grupo paramilitar ultraderechista surgido tras el armisticio de 1918 y que no se dedicaba a dar conferencias precisamente. Camisa vieja de las SA, asociado a la Liga de Profesores Nacionalsocialistas y miembro del NSDAP. Por supuesto, el proceso de desnazificación poco o nada significó para él. Fue profesor de Prehistoria e Historia Antigua en la Universidad de Kiel desde 1947 hasta su muerte en 1967. Bendita R.F.A..

Este nazi echó de la institución a Gerhard Bersu, el director hasta 1934, quien había conseguido convertir a la entidad en una referencia internacional. Con la llegada de los nazis, se exilió con su mujer en Gran Bretaña, en donde dirigió excavaciones en 1938 y 1939 en Little Woodbury. Cuando se desata la guerra es internado como alemán en la Isla de Man, en donde desarrolla a su vez excavaciones arqueológicas con otros presos. Cuando acaba la guerra, tras su paso por la Royal Irish Academy, Gerhard Bersu retorna a Alemania y es repuesto en el cargo que ocupaba antes de la llegada de Hitler al poder.
Al fascismo siempre le gustó desmochar las Universidades y los centros de investigación. En el caso español, la purga a partir de 1939 fue implacable. Los arqueólogos falangistas Martínez-Santaolalla y Alonso del Real, además de quemar libros darwinistas frente a la fachada del Museo Etnológico de Madrid, se encargaron de hundir la prometedora carrera de Julián Marías, por poner sólo un ejemplo entre muchos. Con la llegada de la democracia en 1978 aquí tampoco pasó nada. Incluso se ve como de mal gusto investigar sobre la injusticia de unas depuraciones que jamás fueron reparadas.
El Wall Street Journal acaba de dar a conocer el caso de Ingebor Rapoport, una anciana  a la que en 1938 la Universidad de Hamburgo rechazó su tesis de Medicina, centrada en el estudio de la difteria, aplicando las leyes raciales nazis. Con 102 años, será investida doctora el 9 de junio próximo.

Fotografía de Walter Ebeling, alumno de Krüger: 
espacio doméstico en la aldea de Vilamaior (Guntín, Lugo).

En aquellos años dirigía el Seminario de Lenguas y Culturas Románicas de la Universidad de Hamburgo el Dr. Fritz Krüger (1889-1974), director de la revista Volkstum und Kultur der Romanen (1925-1944). Como buen nazi, ahí estuvo como un campeón ocupando cargos directivos, hasta que llegó la derrota. Se libró del proceso de desnazificación y huyó a Argentina en donde mantuvo su prestigio académico como profesor en la Universidad de Mendoza. El 31 de julio de 1956 pronunciaba una conferencia en la Universidad de Buenos Aires, durante el primer Congreso de la Emigración Gallega: Allí, en tierras gallegas, se han mantenido testimonios vivientes numerosos rasgos arcaicos que antes formaban patrimonio común de la cultura peninsular y europea. Este etnolingüista nazi, cómplice de las injusticias cometidas contra gente como Ingebor Rapoport, colaboró con la Etnografía galleguista de preguerra, enviando a alumnos suyos a hacer trabajo de campo a Sanabria, a Limia, Fisterra, Ancares... A la búsqueda de los verdaderos campesinos europeos.

Fotografía de Walter Ebeling. El buen salvaje. Aldea de Vilaspasantes, Cervantes. 
Familia posando delante de su palloza.

P.S. El archivo de Walter Ebeling fue el único que sobrevivió a los bombardeos aliados. Hace unos años fue comprado por la Deputación Provincial de Lugo.

Ros Fontana, I. 2003. Walter Ebeling en el este de la provincia de Lugo (1928-1933): imágenes de una investigación de la Escuela de Hamburgo en Galicia. En A terra e os homes. Fotografías de Walter Ebeling (1928-1933): 13-41. Lugo: Deputación de Lugo.


lunes, 18 de mayo de 2015

La fiesta de los maniquíes


La primavera en Bizkaia viene acompañada de toda una serie de actos conmemorativos que recuerdan lo que aquí pasó en la primavera de 1937. En los últimos años ha tenido lugar un interesante proceso memorialístico incentivado por la sociedad civil y apoyado sin fisuras por el Gobierno vasco y las administraciones locales. Este fin de semana pasado, la localidad de Amorebieta-Etxano recordaba a las víctimas del bombardeo fascista de la localidad. En torno a un roble en la plaza de Zelaieta, este acto cívico contó con la asistencia de unas 150 personas, con la actuación de una coral de gente mayor y otra de gente menuda, con las palabras del veterano historiador local, con una ofrenda floral a todas las víctimas de la guerra civil, con el alcalde homenajeando a los vecinos y vecinas que murieron bajo las bombas, que sufrieron la injusticia y la humillación impuesta por los vencedores. Esto no es una coña. Yo acabo de venir del homenaje a los presos del fuerte de San Cristóbal (monte Ezkaba, Iruña) y ahí no se presenta un político aunque les den una mordida.


Como complemento didáctico de estos actos, en el Centro Cultural anexo la ciudadanía puede ver una exposición de objetos de la guerra civil pertenecientes en su mayoría a la colección particular de Alberto Sampedro. Él mismo actuó de cicerone explicando los pormenores de insignias, armas, vestimentas y municiones. Alberto colabora con instituciones científicas como la Sociedad de Ciencias Aranzadi y acaba de coeditar Diario de un gudari en el frente de Euskadi, de Jaime Urkijo (combatiente del batallón Rosa Luxemburgo). Alberto forma parte de un amplio grupo de gente que se ha bregado en las trincheras de la divulgación y la didáctica de la guerra civil.


Librería-papelería en Gudari Kalea, Amorebieta-Etxano.

A los arqueólogos nos queda aprender de esta gente, pero no sólo eso. También debemos dar a conocer lo que aporta la Arqueología del Conflicto. Las microhistorias que se esconden detrás de esos objetos cuando éstos son recuperados en contextos arqueológicos. Como las granadas polacas de la exposición, que nos dicen muchas cosas si aparecen formando parte del equipo de un combatiente republicano en una trinchera del Ebro (excavaciones arqueológicas en La Fatarella); o el casco Adrian de un maniquí, que nos aporta mucha información en una posición franquista de Guadalajara (excavaciones en Abánades), o la hebilla de un cinturón de infantería, si ésta aparece en una fosa común del cementerio de Castuera y la excavación arqueológica nos demuestra que esos hombres fusilados procedían del campo de concentración cercano, o un mortero Valero cuando éste aparece sobre el suelo de ocupación de un búnker en la línea defensiva del Alto Tajuña...




Incluso los objetos más humildes aportan una gran información. Aficcionados y detectoristas, así como arqueólogos en prospección se han hartado de recoger escudillas en los frentes de batalla. Centros de interpretación y Museos muestran vitrinas llenas de estos objetos vinculados a la cotidiano, a la vida diaria del soldado. Sin embargo, en ocasiones, una escudilla se convierte en un fósil director, en un soporte material que deviene fuente escrita. Aquí tenéis la escudilla graffiteada de un miliciano del batallón de la UGT en el frente de Euskadi, aportada a la exposición por otro aficcionado.


Desde luego, para mí, ésta es la pieza de la exposición, más allá de granadas, fusiles, emblemas y morteros. Los datos que aporta per se son enormes. Pero no puedo dejar de pensar en la información que podría aportar una excavación arqueológica del lugar en donde haya aparecido esta pieza, un objeto que todos podemos disfrutar gracias al buen hacer de un coleccionista que pone a disposición de la sociedad su tiempo, su aficción y su dinero. Queda mucho camino por recorrer en este proceso de patrimonialización de los restos de la guerra civil española. Desde la Academia y la profesión existen opiniones encontradas, como pudimos apreciar en el congreso Gasteiz at war (para eso lo hicimos). Seguro que cada uno de los y las que seguís este blog tenéis la vuestra. 
En esta cadena técnico-operativa de la memoria, los arqueólogos somos un convidado más, unos expertos más en un engranaje que no cuenta con un claro marco legal. En este contexto, no somos los únicos que generamos conocimiento, somos coprotagonistas en la arena de la memoria histórica. En este mundo, los arqueólogos y las arqueólogas podemos aportar nuestro grano de arena en el ámbito de la concienciación patrimonial. Eso, o nos quedaremos tiesos como maniquíes, en una fiesta a la que nadie nos ha invitado.