jueves, 4 de abril de 2019

La ciudad de los prodigios (I): una luz cegadora

El ingeniero Pearson en una de sus visitas a las obras de Talarn.

El nacimiento de la electrificación en América está ligado a la figura de un personaje de novela, el ingeniero Frederick S. Pearson (1861-1915). Prácticamente recién licenciado, fue el responsable del sistema de transporte eléctrico de Boston y en 1894 fue nombrado ingeniero jefe de la red metropolitana de ferrocarriles de New York. Mr Pearson es todo un icono de la plutocracia que vio en el mercado energético un rentable nicho de negocio en el período de entre siglos. Tras buscar capital en Canadá, se establece en Londres para introducirse en el marcado financiero global. Light, Power y Tranway fueron los tres ejes sobre los que pivotó su actividad en México, Brasil y Canadá. La nacionalización de sus negocios en México supuso un grave contrapié para nuestro ingeniero, que se centró en la primera década del siglo XX en proyectos en su tierra natal, como la colonización agraria del interior de Texas. Como un rey sumerio, un emperador romano o un monarca taumaturgo, garante de la fertilidad, construyó una presa en el río Medina, irrigó un vasto territorio y llegó a fundar dos ciudades, una con su apellido y otra con el nombre de su hija, Natalia. Todo muy yankee.

Presa de San Antoni.

En los años previos a la primera guerra mundial, Pearson buscó nuevos mercados emergentes en Europa, y Catalunya fue uno de ellos. El genial escritor Eduardo Mendoza convirtió la ciudad de Barcelona en la verdadera protagonista de su novela La ciudad de los prodigios, en la que ambienta la evolución de la capital catalana entre las exposiciones universales de 1888 y 1929. Un período vertiginoso en el que se vive una auténtica revolución industrial, el surgimiento del movimiento obrero, el desarrollo de la industrial textil y la llegada del Progreso y de la Modernidad. Ante la carencia de suministros de carbón, la burguesía catalana se convence de la necesidad de abordar la electrificación de Barcelona y su hinterland industrial. Carlos Montañés, el ideólogo de esta estrategia, contacta con Pearson quien como buen tiburón del capital huele el negocio. Cuando, al poco de llegar, Montañés le llevó al Tibidabo y le mostró las fábricas de Poblenou, Sants, Hostafrancs y el Paral.lel, que por aquel entonces funcionaban con carbón, Pearson no se lo pensó dos veces. El plan consistía en construir grandes presas en el Pirineo y llevar la energía mediante líneas de alta tensión. El negocio se completaría con la compra de tranvías y del ferrocarril de Sarrià, la construcción de un túnel en Collserola para unir las fábricas textiles en tren y la edificación de colonias en el bosque, como La Floresta Pearson, bautizada en su honor en 1922.

Puente de hormigón armado de los años 1910, posteriormente anegado.

Nace así en Toronto la Barcelona Traction, Light and Power, con una filial, Riegos y Fuerzas del Ebro S.A., popularmente conocida como La Canadiense. Onofre, el protagonista de La ciudad de los prodigios, emigra desde el Pirineo catalán hasta Barcelona. Como él, miles de campesinos emigran a América o a la ciudad, debido a la plaga de la filoxera (1879) que acaba con la viticultura en las comarcas del norte catalán.
Pearson tiene una máxima en los negocios: eliminar todo tipo de competencia en los lugares en los que invierte. Se inicia entonces una carrera vertiginosa: el primero que construya una presa y una central hidroeléctrica será el primero que suministre luz y energía a Barcelona. La Canadiense tiene como objetivo construir el embalse de Sant Antoni o Talarn, en Tremp, en el río Noguera Pallaresa. 

Central de Talarn.

Las obras comenzaron en 1913, finalizaron en 1917 y se emplearon materiales novedosos para la época como el hormigón armado. La I Guerra Mundial supuso un auténtico mazazo para el proyecto. La mayoría de personal dirigente fue reclamado por su país para incorporarse a filas, así que tuvieron que dejar las obras del Pallars. La necesidad de buscar nuevas fuentes de financiación llevó a Pearson a convocar una asamblea general de accionistas de la Barcelona Traction el 11 de mayo de 1915, con el propósito de reafirmar la continuación de las obras, casi paralizadas y olvidadas, de las aguas del Noguera. Con destino a Liverpool embarcó con su mujer en el trasatlántico RMS Lusitania, el buque más grande del mundo antes de la construcción del Titanic en 1911. El 7 de mayo de 1915 el barco fue identificado en la costa de Kinsale, Irlanda, por el submarino alemán U-Boot U-20. Un certero torpedo consiguió hundir el Lusitania tan solo en 18 minutos. Una segunda explosión, producida por el contacto con el agua fría de una caldera, llevó a la muerte a 1198 personas, entre ellas Pearson y su esposa Mabel. Estados Unidos ya tenía su casus belli para entrar en la I Guerra Mundial. Pearson no fue el único capitalista que pereció aquel día. Un joven vasco, deportista, Vicente Egaña, residente en México, salvó vidas en aquella tragedia. Él recordaba cómo el potentado del ferrocarril Alfred G.Vandelbirt, desesperado, le gritaba ¡Auxilio, soy Vandelbirt! En esa circunstancia su dinero fue papel mojado. Se lo tragó el agua.
En 2011 el Museo Nacional de Irlanda y la Unidad Arqueológica Subacuática Irlandesa recuperaron restos del Lusitania.


Pearson es un símbolo de la globalización capitalista del período de entreguerras. Sus intereses en Centroamérica y Sudamérica se mezclaban con los del Tío Sam. Esas nacionalizaciones se pagarían caras a lo largo del siglo XX. Lenin vio la I Guerra Mundial, la que acabó con el propio Pearson, como una consecuencia más del imperialismo del capital. Así lo defiende en ese año 1915 en El socialismo y la guerra. Es impresionante reconocer, en un valle angosto del Pallars, el impacto global de unos años que cambiaron el mundo. Todo ello se resume en el ejemplo de la Canadiense y de una explotación hidroeléctrica, que siempre estuvo vinculada a la guerra y al conflicto, como seguiremos viendo.

Restos del Lusitania.


domingo, 31 de marzo de 2019

La lluvia al final de la guerra



Madrid se rindió el 28 de marzo de 1939. Después de dos años y medio de resistencia, cayó sin un tiro. Los republicanos no perdieron ninguna batalla en la capital, pero perdieron la guerra. El verano pasado excavamos en el lugar exacto donde se escenificó la rendición, junto al Asilo de Santa Cristina, a los pies del Hospital Clínico, en la Ciudad Universitaria. Encontramos la trinchera por la que se retiraron los coroneles Losas y Prada, el uno a celebrar la victoria, el otro camino del cautiverio. Sobre el suelo de la trinchera aparecieron los últimos objetos abandonados de la Guerra Civil: una granada de artillería sin explosionar, restos de ropa, latas, cristales rotos. 

Granada alemana de 77 mm sin detonar que apareció en el relleno de la trinchera.
 
También encontramos una botella de sidra. Y no es la única. Junto a la entrada de una galería de contraminado, a poca distancia de la trinchera, encontramos varias botellas de sidra intactas, al lado de restos de cordero y chirlas.


No es descabellado interpretar este contexto como el festín de la victoria. Sabemos que los soldados solían recibir raciones extra de comida y sobre todo bebida después de un triunfo militar. Disponemos de una fotografía tomada en el Hospital Clínico poco después de acabar la Batalla de Brunete, en la que se ve a unos legionarios celebrando con alcohol el fracaso de la ofensiva republicana.

"Unos cuantos legionarios del Hospital Clínico celebrando con unas botellas de manzanilla la derrota de los rojos en Brunete". Ciudad Universitaria, 2 de agosto de 1937. Biblioteca Nacional, 6C.Caja/60/2/100.


La caída de Madrid, sin embargo, no fue un triunfo cualquiera. Fue el definitivo. Y un triunfo definitivo exigía una celebración especial. Por eso encontramos botellas de sidra. El alcohol era corriente en los campos de batalla, tan habitual -y tan necesario- como el pan o las latas de sardinas. Sin embargo, lo que consumían los soldados diariamente era vino, jerez o brandy. De ellos estaban llenas las ubicuas botellas de Pedro Domecq que documentamos en las posiciones sublevadas a los largo de la guerra -como cabe imaginar, Domecq era un acérrimo partidario de Franco. También eran frecuentes los licores y el anís. Pero la sidra no. De todos los sitios de la Guerra Civil que hemos excavado hasta la fecha, solo en otra posición, además del Asilo de Santa Cristina, hemos encontrado botellas de esta bebida.


Es comprensible. El vino se fabrica en muchas partes de España y en grandes cantidades. La sidra fundamentalmente en el norte: en Asturias, el País Vasco y, en menor medida, Galicia. De hecho, el otro sitio de la Guerra Civil donde hemos encontrado una botella de esta bebida es en la posición republicana de Castiltejón, en el límite entre León y Asturias. Su baja graduación (5-6º) la hace poco apropiada para el frente, donde los soldados necesitan alcoholes con mayor contenido alcohólico para aguantar la guerra. Es dulce, como el cava, y de hecho ha desempeñado durante mucho tiempo su papel: la sidra fue la bebida preferente para las Navidades en buena parte de España, más que el champán. También durante la guerra: los franquistas arrojaron sobre las líneas republicanas en diciembre de 1938 miles de pasquines en los que prometían una cesta de Navidad a todos aquellos soldados que se pasaran a sus filas, como recoge Pedro Corral en su libro Desertores (2006, p. 188). La cesta incluía, entre otras cosas, turrón, frutas escarchadas, galletas Artiach (!) y una botella de sidra. El diseño de las botellas que encontramos en el asilo, de hecho, es un remedo de las de champán. Irónicamente, el sello que las acompaña muestra la efigie de la República. Pero no la española: la Republique Française, donde la sidra en cuestión recibió una medalla en una feria internacional. 

Medalla de una feria internacional en una de las botellas de Sidra.


El que se haya conservado intacto este contexto único del final de la guerra se debe a una sencilla razón. El diario de operaciones de la 16 División franquista, que cubría el sector de la Ciudad Universitaria, indica que el mismo 28 de marzo de 1939 se ordenó a las tropas que iban a ocupar las líneas republicanas que cegaran las entradas a las minas. Y eso hicieron, al menos, en el caso de las que se encuentran en el Asilo de Santa Cristina (algunas de las del Clínico permanecieron abiertas durante años). Prueba de que no tardaron mucho en cumplir las órdenes lo demuestra el hecho de que junto a las botellas y el cordero encontramos una gran cantidad de munición y cuatro proyectiles de mortero sin explotar (que no pudieron permanecer a la vista durante mucho tiempo, por motivos obvios), todo ello sellado bajo gran cantidad de tierra y escombro. En el relleno solo aparece material del período de la guerra o anterior, ni un solo objeto que se pueda datar con seguridad después de 1939.


Granada de mortero Stokes-Brandt sin detonar junto a botella de sidra.  

El sellado no se llevó a cabo el mismo día 28, claro. Los soldados tenían otras preocupaciones: beber, comer, cantar, ocupar las posiciones enemigas, enviar a los vencidos a campos de concentración. Pero no se demoró mucho. El año 1939 había comenzado muy seco. Hasta que finalmente el día 31 de marzo llovió. Las impresionantes fotos de Deschamps en la Ciudad Universitaria, tomadas nada más caer la capital, captan este tiempo gris y tormentoso -como si la Naturaleza comprendiera la tragedia de la República y se solidarizara con ella. También el 19 de mayo, cuando se celebró el Desfile de la Victoria, llovió durante una hora.

 La Escuela de Arquitectura captada por Deschamps tras la rendición de Madrid, bajo un cielo tormentoso.

Nubes de lluvia el Día de la Victoria (Juan Miguel Pando Barrero).

Un periodista de ABC hace referencia a esas lluvias del 31 de marzo. Después de hablar de la sequía que ha persistido hasta ese momento escribe con la prosa engolada del régimen: "Hoy la decoración súbitamente cambió, y el Señor de las alturas nos mandó, para que la paz fructificara, raudales de agua bendita del cielo, que traerá mañana espigas de oro" (ABC nº10.347, p. 5).  

Esa "agua bendita del cielo" anegó el suelo del refugio donde se encontraba la bocamina. Lo sabemos porque los objetos aparecen incrustados en un estrato de limo craquelado como el de los charcos secos. También porque una de las botellas de sidra estaba llena de agua sucia. El agua del último día de la Guerra civil española. O de los primeros días de la posguerra.

Dicen los homeópatas, contra toda evidencia científica, que el agua tiene memoria. Pero en el caso del Asilo de Santa Cristina es cierto. El agua de la botella de sidra tiene, contiene o, más bien, es memoria. La memoria de unos día grises que truncaron la historia de España.

viernes, 15 de febrero de 2019

Las huellas del bombardeo


Robert Capa fijó los bombardeos sobre Madrid en nuestra memoria con una imagen: la de unos niños que juegan delante de una casa bombardeada. Es una casa humilde, de ladrillo visto, típica del primer tercio del siglo XX. Típica de barrios populares y de la periferia de Madrid, habitada por un aluvión de gente que acudía a la capital en busca de una vida mejor.

Las casa bombardeada se conserva, milagrosamente, en la calle Peironcely 10, en Vallecas. Digo milagrosamente porque el barrio se transformó sucesivamente durante los últimos 80 años. Primero fue bombardeado y casi no quedó una casa indemne. En la posguerra llegó otra oleada de migrantes que levantaron chabolas en todos los solares disponibles. En los años 60 las chabolas dejaron paso a edificios y se construyó en cada palmo de terreno. 

Pero la casa bombardeada que fotografió Robert Capa siguió en pie. En la actualidad, gracias al esfuerzo ejemplar de la plataforma Salva Peironcely va camino de convertirse en un centro de interpretación sobre el bombardeo de Madrid durante la Guerra Civil. 

Fachada de Peironcely 10, con huellas de impactos selladas.
 
Si es milagroso que se conservara Peironcely 10 con sus cicatrices de guerra, aun es más sorprendente lo que sucedió en el solar vecino. Aquí había antes de la guerra tres viviendas que fueron alcanzadas por las bombas -en las fotografías aéreas de los años 40 se las ve sin techo. Sin embargo, en este caso no se llegaron a reconstruir. Quedaron en ruinas, posteriormente las demolieron y el solar acabó sirviendo de aparcamiento improvisado. Aparentemente no se ve rastro de las antiguas edificaciones, pero una mirada atenta permite apreciar trozos de ladrillo macizo, algún fragmento de loza y, sobre todo, parte de un pavimento de losa hidráulica, característico del primer tercio del siglo XX. Parece poco, pero estamos ante los únicos restos de viviendas bombardeadas en Madrid que se conservan tal cual. Todos los demás edificios que sufrieron estragos durante el conflicto fueron demolidos y se construyó encima o se reconstruyeron. 

Restos de pavimento de losa hidraúlica de una casa bombardeada.

La casa que fotografió Capa representa algo más que la memoria de la guerra: es también la memoria de la clase obrera madrileña. Porque Peironcely 10 no era una vivienda, sino catorce. Catorce hogares de poco más de 20 metros cuadrados, que compartían patios, letrinas y miseria. Y es más que memoria, en realidad, porque hoy 14 familias siguen viviendo aquí y destinando buena parte de sus sueldos a pagar el alquiler de un antro que parece sacado de una novela de Zola o Dickens. El dinero del alquiler es para un millonario que no se molesta en mejorar las condiciones del inmueble en el que malviven sus inquilinos. Eso, también, parece sacado de una novela de Zola o Dickens.

Lo que el señor millonario gana ahora con el alquiler de las infraviviendas es una minucia comparado con la fortuna que podría hacer construyendo pisos en el solar. Y esa era su idea: desahuciar a los inquilinos y levantar un edificio nuevo. Cuando el patrimonio se cruzó en su camino y dio al traste con la operación, decidió vengarse del patrimonio tapando con cal los huecos de metralla.

La Guerra Civil fue muchas cosas. Entre otras, la represalia sangrienta contra la República de una oligarquía que veía menguar sus privilegios. Los sublevados bombardearon casas y personas, pero también un sistema político que buscaba una sociedad un poco más justa. Hoy la oligarquía vuelve a bombardear, sin aviones ni artillería esta vez, porque no le hace falta (aun no). Pero sigue causando muerte y provocando miseria

Y las huellas de sus bombas no las tapan con cal sino con banderas.

lunes, 11 de febrero de 2019

El Campo de Concentración de Nanclares de la Oca: Presos

Campo de Concentración de Nanclares y su entorno (1956-7).


“Disciplina nuestro orgullo es
el trabajo nuestro afán
siempre anhelando firmes,
la hermosa libertad.”

(Himno de los presos de Nanclares, en Monago 1998: 56).


Seguimos tirando del hilo de la historia del Campo de Concentración de Nanclares de la Oca, en Araba/Álava. Después de hablar de las “piedras”, nos toca centrarnos ahora en la otra materia prima producto de explotación en este complejo represivo: los presos. 

En el artículo anterior se mencionaba que fue en el invierno de 1940 cuando varios cientos de prisioneros procedentes del saturado Campo de Concentración de Miranda de Ebro fueron trasladados a la aldea de Garabo con un objetivo muy claro: construir su propia cárcel. Garabo se sitúa junto a un meandro del río Zadorra. Al otro lado del río, a día de hoy se observa bien el pueblo de Víllodas que domina la Llanada Alavesa sobre una loma que asciende a la Sierra de Badaya. La única vía de conexión entre Garabo y Víllodas es un paso hecho de piedras y cemento en el mismo lecho del río. En invierno no se puede transitar por él, pero parece que antaño había alguna barca con soga que cumplía esta función de enlace. En esa otra orilla de enfrente, los presos debían acudir forzosamente a misa y dónde mejor que en la ermita de San Pelayo. Un pequeño templo, muy importante en la economía moral de la zona como punto de encuentro popular, pero aún más vital dentro de la gran obra de “Reconquista” nacionalcatólica. Pelayo blandía su espada contra los infieles, no en la Asturias del siglo VIII, sino en la Álava de 1940.

Ermita de San Pelayo, en Víllodas y en la orilla opuesta a Garabo. 

Muchos de los prisioneros de Nanclares eran brigadistas internacionales. Una parte importante de las decenas de miles de voluntarios que acudieron en defensa de la República. En el campo de Miranda la realidad ya era tremendamente internacional, con aproximadamente una veintena de nacionalidades distintas (Fernández López 2003). En Nanclares el panorama sería posteriormente similar. Como muestra de ello, la prensa local vitoriana en 2013 se hacía eco de la extraordinaria y silente vida de un ex-presidiario que parece sacada de la película Alguien voló sobre el nido del cuco (Miloš Forman, 1975).
El caso es que en 2013 falleció Nicola Jolic alias “El Croata”. Este hombre había sido uno de aquellos brigadistas internacionales. Después del clásico periplo represivo del “turismo penitenciario” en la España de Franco por diversos campos de concentración, estuvo preso en Nanclares y parece que entonces ya se hallaba inmerso en un silencio total. Una mudez absoluta. 
A finales de los años 50, un fraile yugoslavo afincado en Madrid se interesó por su estado, pero no hubo respuesta. Tres años después, la Cruz Roja fue la encargada de intentar poner en contacto a Jolic con su familia, con una hermana suya que vivía en Canadá. A pesar de todo, no dijo nada. En 1971, el arzobispo de la localidad bosnia Banja Luka volvía a intentar un nuevo contacto con el brigadista mudo, pero siguió sin obtener respuesta alguna. Cuatro años después, fue una sobrina la que se puso en contacto con Nicola Jolic a través de una asistenta social.
Diez años más tarde, otro sobrino, residente en Alemania, intentó entablar comunicación con él y hasta la embajada yugoslava mostró interés en su repatriación. El proceso parecía que podía ser exitoso, pero fue entonces cuando la guerra azotó la vida de aquel país y hasta significó su fin como estado federal unificado. Fin del contacto. Mientras tanto, Nicola Jolic seguía mudo, internado desde hacía tiempo en el psiquiátrico de Las Nieves, el actual Aulario del Campus Universitario de Vitoria-Gasteiz. 

Las Nieves, antiguo Hospital Psiquiátrico y actualmente Aulario del Campus de Araba/Álava.

Este mutismo y esta incapacidad para llevar una vida autónoma se relacionaron directamente con una excesiva “institucionalización” de Nicola Jolic. Como en la famosa película Cadena perpetua (Frank Darabont, 1994), este anciano, mudo y prácticamente carente de emocionalidad se había convertido en algo inerte. Casi como si fuese un sillar de piedra más en el muro de la institución. 
Como relata el artículo del periodista local Francisco Góngora, Nicola Jolic murió en 2013 y muy pocas personas acudieron a su funeral. De hecho, mucha gente, habitual de la misa en esa parroquia, no había oído hablar nunca de él. Nadie sabía que se trataba de alguien que había permanecido encerrado en el edificio de Las Nieves de Vitoria-Gasteiz durante décadas o que proviniese del cautiverio en Nanclares y menos aún que se tratase de un exbrigadista croata que había luchado, había perdido y que por ello hasta había abandonado la capacidad del habla. Un silencio de por vida como sello lacrado para una vida probablemente de puro horror en el régimen disciplinario de Franco. Al contrario de lo que decía el himno oficial del Campo de Concentración, “El Croata” nunca pudo recobrar la “anhelada libertad”. 
Pero, sin duda, la Nicola Jolic es una más de las muchas historias de aquellos cautivos del franquismo en Nanclares. Su extraño origen y su mutismo son precisamente los factores que han permitido que su historia haya transcendido (un poco) en prensa. Las condiciones de vida generales del resto de prisioneros siguen siendo poco conocidas. Por suerte, contamos con el libro El Campo de Concentración de Nanclares de la Oca (1940-1947), de Juanjo Monago y publicado en 1998. Esta obra tiene como una de sus privilegiadas fuentes de información el diario del médico encargado del Campo de Concentración. 

Torre de vigilancia central del Campo de Nanclares. 

En el diario del médico no sólo se recoge la multitud de patologías que sufrían los prisioneros que, recordémoslo, sufrían una tasa de mortalidad importante (1-2 muertos al mes), sino que también se mencionan algunos apartados que nos hablan de otros aspectos interesantes del sistema represivo franquista. Para empezar, en él se recogen algunas referencias a las prácticas psiquiátricas de Antonio Vallejo Nájera. Este hombre, el abuelo de Nicolás Vallejo Nájera, más conocido como “Colate” y aún más conocido como el “ex de Paulina Rubio” –las genealogías del “mundo rosa” español pueden ser escalofriantes–, era Catedrático de Psiquiatría y uno de los hombres que más lejos llevó la idea de persecución del “gen rojo”. Es relativamente célebre su estudio sobre varias presas republicanas con el que buscaba establecer relaciones entre falta de higiene moral y racial y el “contagio” del marxismo a través de la vía materna. Además, gracias a la gran diversidad de orígenes que ofrecía la población presidiaria de las Brigadas Internacionales, amplió sus muestreos con combatientes de distintos países y distintas razas. En cuanto a su rastro dejado en Nanclares, el médico del Campo escribió lo siguiente sobre un preso recién ingresado en la Enfermería:

“Eduardo Araynes, de 25 años, ingresado ayer dice que padece del corazón desde la terminación de la guerra civil, que siente palpitaciones sobre todo cuando toma seis tazas de café y que así llega a perder el conocimiento pero que le ponían aceite alcanforado y quedaba bien. Que el año 1940 y 1941 estuvo en Ciempozuelos [Madrid], clínica militar, siendo tratado de esquizofrenia por el doctor Vallejo Nájera.” (La cursiva es mía).

En apuntes como éste y en muchos otros se entiende que el médico de Nanclares no tomaba muy en serio algunos de los problemas de los presos. Son muy comunes las fórmulas “dice que”, “cuenta que”, “viene contando que” y otras que se suman con narraciones casi absurdas como la que hemos visto de “siente palpitaciones sobre todo cuando toma seis tazas de café”. Además, a menudo tiende a tener un tono paternalista con los presos, a los que ve como víctimas de sus propios desmanes, personas equivocadas que no se cuidan lo suficiente. 
En cualquier caso, los apuntes del médico nos cuentan también cómo entre 1944 y 1945 llegó un nuevo tipo de población al Campo con motivaciones y orígenes muy diferentes a los de los presos que se hacinaban allí desde el 40.

“Filo Walter, de 44 años. Es oficial del ejército alemán, dice tener problemas de sordera desde la caída de un obús ruso en el frente este en el 29 de julio de 1943”.

Dos cuadros que presidían las oficinas de la Cárcel de Nanclares al menos hasta 1998 –lo desconozco en la actualidad–, mostraban una firma que inequívocamente nos remite a la existencia de nazis fugados de Europa y acogidos en el centro. Los combatientes alemanes que huían de la derrota del nazismo a manos de los Aliados, eran encerrados en Nanclares el tiempo que durase su tramitación de salida hacia Sudamérica. Así es como resulta interesante imaginar a brigadistas internacionales, combatientes por la República y en muchos casos combativos comunistas de toda Europa, teniendo que compartir presidio con unos “retenidos especiales” como aquellos nazis que buscaban eludir la derrota. 

Cuadro del exterior del Campo de Concentración de Nanclares de la Oca pintado por el alemán Anso Weiss. 

En mayo de 1945, en los convulsos días en los que se ponía punto y final a la Segunda Guerra Mundial, un grupo de periodistas de la agencia internacional Associated Press consiguió visitar el interior del Campo de Concentración. Pudieron conocer una parte del complejo penitenciario y sin duda debieron quedarse impresionados con lo que vieron allí. No sabemos si llegaron a conocer a alguno de aquellos mismos nazis a los que se daba caza en Europa pero que en la España de Franco gozaban de una vía de escapatoria. En cualquier caso, cuando la prensa internacional se hizo eco de las terribles condiciones de Nanclares, la prensa local vitoriana, concretamente el diario (de contradictorio nombre) El Pensamiento Alavés, respondió lo siguiente:

“Otra información difamatoria contra España. (…) El afán vejatorio ha sido el móvil de la información dada por la Agencia Associated Press, y lo que dice de alimentación deficiente y precaria, puede comprobarse lo contrario con las estadísticas de aumento de peso de la gran mayoría de los internados y su estado sanitario y de salud” (El Pensamiento Alavés, 15 de mayo de 1945).

En estos días en los que se ha estado hablando de mesas, relatores y mediaciones internacionales, la fórmula de la reacción sigue siendo la misma que en aquella España aislada y paranoica de 1945. Lo de fuera, sobre todo si se hace desde la posición del trabajo por los Derechos Humanos, no es más que “otra información difamatoria contra España”.

Continuará…




Referencias bibliográficas

-FERNÁNDEZ LÓPEZ, J. A. (2003): Historia del campo de concentración de Miranda de Ebro (1937-1947), J. A. Fernández, Miranda de Ebro.

-GÓNGORA, F. (2013): “La terrible historia del brigadista Nicola Jolic, ‘El croata’”, El Correo (Edición Álava). Disponible en: https://www.elcorreo.com/alava/20131209/local/terrible-historia-brigadista-nicola-201312090824.html.

-MONAGO, J. J. (1998): El Campo de Concentración de Nanclares de la Oca (1940-1947), Departamento de Justicia del Gobierno Vasco, Vitoria-Gasteiz.
Post by Josu Santamarina Otaola (GPAC, UPV/EHU).

jueves, 24 de enero de 2019

El Campo de Concentración de Nanclares de la Oca: Piedras



El domingo 17 de junio de 2018, por iniciativa de la asociación cultural Geltoki del municipio alavés de Iruña de Oca, llevamos a cabo un paseo arqueológico por el paisaje disciplinario del antiguo Campo de Concentración de Nanclares de la Oca, germen de la famosa prisión actual. Las expectativas eran pequeñas en un principio, pero medio centenar de personas emprendieron el camino que, no sólo sirvió para dar a conocer esta historia, sino que esperamos que sirva para iniciar una nueva. 
Tal y como cuenta Juanjo Monago en su libro El Campo de Concentración de Nanclares de la Oca (1940-1947) (ed. Dpto. de Justicia del Gob. Vasco, 1998), en diciembre de 1940, la aldea  alavesa de Garabo recibió a los primeros presos. Muchos de ellos eran brigadistas internacionales, traídos aquí desde el saturado campo de concentración de Miranda de Ebro. Llegaron en tren, por la vía férrea que une Miranda con Vitoria, a su paso por un pueblo que todavía hoy es sinónimo de cárcel: Nanclares.

Aquel invierno de 1940-1941, cientos de presos fueron alojados en tiendas de campaña y barracones precarios. El lugar era conocido como Montecillo de Garabo y se trataba de un promontorio rocoso rodeado por un meandro del río Zadorra. El borde de agua hace que este sitio sea casi como una isla en el corazón de Álava. La elección del lugar fue obra de un militar de la zona, alavés, pero los técnicos que trajeron sus planos eran alemanes. Tenían experiencia en esto.

Imagen aérea del campo de concentración de Nanclares (vuelo americano de 1956/7).

Enseguida aquellos primeros presos fueron obligados a detonar, picar y moler la roca caliza del Montecillo. En muy poco tiempo lograron alterar profundamente el relieve para crear así una gran zona llana de más de 50.000 metros cuadrados. La piedra extraída sirvió también para la construcción de ocho grandes barracones, con capacidad para doscientas personas cada uno. Fueron construidos siguiendo una llamativa planta trapezoidal. Cada barracón tenía un único acceso, orientado al sur, bajo la atenta mirada de una imponente torre de vigilancia. Esta disposición constructiva no era invención propia, sino que era la aplicación de un modelo que se mostraba muy eficiente en otros lugares.

Imágenes aéreas del campo de concentración de Buchenwald (izda.) y de Sachsenhausen (dcha.), Alemania.

El río Zadorra, traicionero con las crecidas invernales, hacía muy difícil cualquier tipo de huida. De ello da fe, por ejemplo, la aparición de un preso ahogado en 1943. La lógica penitenciaria de los lugares remotos y de las barreras de agua, presente en toda la historia de las colonias penales, atroz y obvia en sitios como Tasmania o Nueva Caledonia, se presenta aquí a una escala mucho más pequeña pero igualmente efectiva. Esta tierra de Garabo sólo ofrece una salida posible, por un estrecho camino junto al río, siempre bajo la supervisión de la torre de vigilancia. 

Mapa de visibilidades desde la torre de vigilancia del Campo a 1 km. 

Como expuso Michel Foucault en Vigilar y castigar, la ciencia disciplinaria es un saber que implica un conocimiento sobre los individuos –de sus culpas y de sus penas, de sus posibilidades de redención y, en definitiva, de sus almas. Pero este es un saber que apela también a la materialidad. La disciplina carcelaria necesita de una serie de arquitecturas que la sustenten y la reproduzcan. Bentham ya lo dejó claro en el siglo XVIII con su modelo de panóptico y su ideal arquitectónico del control sobre los individuos. En el caso del Campo de Concentración de Nanclares no sólo apreciamos su arquitectura disciplinaria, sino que la topología de la zona es igualmente una herramienta de vigilancia. La morfología geológica del lugar fue un factor determinante para la instalación del centro. Y yendo más allá, la roca era de suma importancia. 
Durante décadas, los presos de Nanclares trabajaron intensamente en la cantera del centro. El trabajo era el medio para la redención nacionalcatólica. La contribución necesaria para construir la Nueva España, mediante el sudor y, en ocasiones, mediante la sangre. El 10 de abril de 1945, una explosión en la cantera produjo nueve heridos graves. Aunque la mortalidad anual del Campo era de una media de 12-13 presos por año. Es decir, una muerte al mes.

Presos del campo trabajando en las canteras.

A finales de la década de 1970, se inició una gran remodelación de la prisión. Se pasó del orden trapezoidal de barracones a un sistema de patios y módulos más moderno. La cárcel, con su morfología actual, fue reinaugurada en 1984. La piedra fue sustituida por el ladrillo. Casi todo rastro del pasado concentracionario fue borrado, pero el material de obra sigue delatando el origen de algunas de las instalaciones. O dicho de otra forma, es la petrología –la caracterización del tipo de piedra– la que señala el contexto arqueológico original del Campo de Concentración.

Vista aérea de 1968 (izda.) y vista actual de la prisión con los restos en piedra original (dcha):
1- Acceso; 2- Restos del molino de piedra. 

El edificio de acceso sigue siendo parte del antiguo Cuerpo de Guardia. Se aprecian también los muros de piedra de una gran construcción al pie del complejo, en el parking de Visitas. Estos muros son los escasos restos de un gran molino en el que se picaba la roca extraída en la cantera para distribuirla en camiones. Algunas empresas constructoras hicieron grandes sumas de dinero con este negocio y, una vez más, nuestras gafas petrológicas nos advierten de la presencia de estas piedras de sangre, incluso en edificios y barrios de Vitoria. 

Barrio “Martín Ballesteros” de Armentia (izda.) y edificio de la calle Ramiro de Maeztu (dcha.).

Estos, al igual que muchísimos otros a lo largo del Reino de España, son los restos silentes de una explotación del hombre por hombre a una escala sin precedentes en nuestra historia. Y así es como, desde la Arqueología, esa ciencia que dedica tantos esfuerzos en descifrar piedras, nos ayuda a acercarnos a un pasado poco conocido, el del Campo de Concentración de Nanclares de la Oca.

Continuará…

Post by Josu Santamarina Otaola (GPAC, UPV/EHU).

miércoles, 9 de enero de 2019

El regreso del patrimonio



El patrimonio ha vuelto y no es necesariamente buena noticia. Cualquiera que lea la sección de política en los diarios se dará cuenta de que, cada vez más, los bienes culturales forman parte esencial de los debates. Es posible que no nos demos cuenta, porque raramente se le llama por su nombre, pero de lo que más se discute estos días es de patrimonio. 

Empecemos por el elemento más vinculado al tema de este blog: el Valle de los Caídos. Se trata al mismo tiempo de una parte del acervo Patrimonio Nacional y de un testimonio incómodo de episodios conflictivos de nuestro pasado reciente: la Guerra Civil Española (es una fosa común con caídos o asesinados en la contienda) y la dictadura (es un monumento creado por el régimen franquista). Quienes se oponen a cualquier modificación del lugar lo hacen con frecuencia aludiendo a su carácter patrimonial, ignorando que en la actualidad todos los expertos aceptan que ningún bien cultural es estático y que la forma en que se percibe y expone al público cambia según cambian las sensibilidades. Y así debe ser. Si no, tendríamos que visitar Altamira en trance y en pelota picada para realizar ritos de caza, en vez de contemplarla como una maravilla estética.

Pero el Valle de los Caídos solo es el elemento más evidentemente patrimonial en una larga lista, que se encuentra mayoritariamente acaparada por las posiciones políticas más reaccionarias. La ultraderecha no para de hablar de los Tercios de Flandes, el Imperio español, la Cruz de Borgoña y Blas de Lezo. Según ellos, se trata de recuperar un legado olvidado o menospreciado (objeto del autoodio característico de los españoles). La afirmación es curiosa y denota un cierto desconocimiento de la realidad. 

https://art.famsf.org/sites/default/files/artwork/anonymous/5076163106620009.jpg 
Tropas españolas masacrando civiles en Naarden, 1572. Imposible no sentirse orgullosos.

Por un lado, no se puede decir que la Monarquía Hispánica se haya postergado en los planes de estudio de secundaria o universitarios. Como estudiante de letras en un instituto gallego y de Historia en la Universidad Complutense, he de decir que los Austrias y los Borbones no brillaron precisamente por su ausencia. Todavía recuerdo la segunda pregunta (de dos) de mi examen de Historia Moderna de España I: política exterior durante la segunda fase del reinado de Felipe II. De las revueltas de los Irmandiños, las obreras catalanas del siglo XIX o la cultura del campesinado vasco, en cambio, nadie me contó nada en el instituto ni en cinco años de carrera, por no hablar de las mujeres en la España medieval o moderna (igual es que las feminazis no existían hace veinte años). 

Por otro lado, podríamos hablar de autoodio sí nos cagáramos en Velázquez, sintiéramos vergüenza de Calderón de la Barca o nos diera asco la lírica galaico-portuguesa. Pero un servidor, que no consigue henchirse de orgullo ante las masacres de españoles por el mundo (para cuando un programa en la tele), es fan de La Vida es Sueño, se le pone la piel de gallina cada vez que ve el retrato de Inocencio X y adora a Martín Códax. Y le encanta el cocido (mucho mejor candidato a plato panibérico que la paella). Ser críticos con una parte del legado histórico de España no significa necesariamente que uno considere que el país donde vive es una mierda integral de principio a fin. 

A los clásicos del patrimonio ultramontano (monumentos franquistas, imperio español), se le añaden en los últimos debates los toros, la caza y los portales de Belén. Aparentemente, si no aprecias estas tradiciones, tienes menos derecho a tu pasaporte del Reino de España. Considerar que las tradiciones mencionadas son compartidas a lo largo y ancho de España es desconocer mucho la realidad del país o bien entender que España es un imperio formado por una serie de provincias vasallas con tradiciones de segunda. Hay muchas zonas donde las corridas de toros no existen y la caza carece de importancia simbólica. Para mí, que soy gallego, el flamenco y los toreros siempre me han parecido una cosa tan éxotica como me imagino que los hórreos y la rapa das bestas lo son para un andaluz o un valenciano.

Por la ley 16/1985, esto es Bien de Interés Cultural por defecto. Las plazas de toros, no. Por ahora.


Uno de las aspectos más llamativas de la cruzada patrimonial de los ultraderechistas es lo parcial que es. La mayor parte de los bienes materiales o inmateriales que se valoran tienen que ver con la religión o la violencia. Lo cual recuerda el viejo lema falangista -mitad monjes, mitad soldados. Todavía no he oído a ningún ultranacionalista español decir que hay que destinar más recursos a promover valores patrios como la música de Gaspar Sanz o la poesía cancioneril del siglo XV, infinitamente más olvidados que los pesadísimos Tercios de Flandes. 

Gaspar Sanz. Español muy español.

El problema no es que debatamos sobre el patrimonio. El problema es por un lado, que solo debatimos sobre un cierto tipo de patrimonio, mientras una gran parte de nuestro legado cultural desaparece o se olvida a marchas forzadas. El problema es también que el debate se realiza en clave esencialista, centralista, estática y excluyente (qué es lo que define auténticamente el ser español).  


Hace años alguien se dedicó a realizar el estudio genealógico de mi familia paterna. Gracias a ello sé que soy muy indigno pariente de un capitán de los Tercios de Flandes de finales del siglo XVI. Otro miembro lejano de la familia, este del XVIII, fue Fray Martín Sarmiento, el principal representante de la Ilustración en Galicia. Mientras los Tercios de Flandes los tenemos hasta en la sopa, la casa natal de Sarmiento se cae a pedazos comida por la maleza. 

Será que la Ilustración no es España.