sábado, 13 de octubre de 2018

Un imperio de mentira


Uno de los pilares de la ideología franquista fue el Imperio. Para el nacional-catolicismo, el Imperio de los siglos XVI al XVIII había sido la época más gloriosa de la historia de España, no solo por el hecho de que nuestro país se hubiera convertido en la primera potencia mundial, dueña de medio orbe, sino por el espíritu que lo había hecho posible. Dado que recuperar el imperio a mediados del siglo XX era una cosa un pelín complicada, se podía al menos recuperar el espíritu imperial. Y para eso se creó una cultura material en la que dominaban los símbolos del imperio (con el águila ominpresente), se crearon novelas y películas y se adoctrinaba a los niños en las escuelas. 

Uno pensaría que en la democracia esta ideología chovinista y agresiva habría desaparecido. Pero como tantas otras cosas que sucedieron en la Transición, realmente no pasó a mejor vida, sino que entró en hibernación o se transformó en otras cosas. Así, en la ley 18/1987 en los que se establece el 12 de octubre como fiesta nacional, se dice que dicha fecha conmemora el inicio de "un período de proyección lingüística y cultural más allá de los límites europeos". Una forma muy delicada de referirse a un proceso de explotación colonial como cualquier otro. Al igual que Francia, España nunca ha revisado en serio y de forma crítica su historia colonial y esto explica que cada cierto tiempo resurja con sus mitos y sus victimismos ("los otros países nos odian porque nos tienen envidia"). 

Desmontar dichos mitos requerirían mucha letra y este blog no es el sitio para hacerlo. Me gustaría sin embargo señalar dos leyendas tremendamente recurrentes, cuyo origen se encuentra en el franquismo y que se han vuelto a poner de moda con el resurgir del nacionalismo español y más recientemente con motivo del 12 de octubre.

Mito 1. Los españoles eran colonizadores "buenos" porque no eran racistas y se mezclaban con la población local, al contrario que los colonizadores "malos" del norte de Europa.

Se podría criticar el significado real de dicho mestizaje (violaciones, servidumbre con obligaciones sexuales, matrimonios forzados, etc.), pero quizá sea más interesante desmontar la segunda parte del mito. Los españoles no se acostaban con indígenas ni más ni menos que el resto de los colonizadores conocidos. Los holandeses dieron lugar a los basters en el sudeste de África (una mezcla de boers y khoikhoi), los franceses se mezclaron tan a fondo con los aborígenes de Canadá (wabanaki,algonquinos, cree, ojibwe, etc.), que dieron lugar a un nuevo grupo étnico, los métis ("mestizos"), hoy reconocido como una nacionalidad más del país. 

Basters en Nambiia a mediados del siglo XX.

Y en el sur de Estados Unidos, los creoles de la Luisiana son un popurrí de franceses, españoles, indios y africanos. Los británicos de la Compañía de las Indias Orientales tuvieron sistemáticamente concubinas locales e hijos mestizos hasta la época del Raj (1858-1947), en la cual decayó la práctica. En Norteamérica, los ingleses, alemanes y otros pueblos del norte de Europa mantuvieron sistemáticamente relaciones sexuales (y familiares) con los indígenas, lo que explica que existan muy pocos nativos "puros" en el país: el 75% de los cheroquis solo tienen un cuarto de parentesco aborigen. Los holandeses, nuevamente, se arrejuntaron muy a gusto con los indonesios y dieron lugar a los denominados indo, que actualmente son unos tres millones en el país y cerca de 700.000 en los Países Bajos.

Mito 2. Los españoles eran buenos colonizadores porque no exterminaron a la gente, no como los colonizadores malos del norte de Europa que arrasaron a todo el mundo. Prueba de ello es que en territorio colonizado por españoles hay muchos indígenas y en territorio colonizado por otros europeos, pocos.

Los españoles eran igual de cabrones que cualquier hijo de vecino en el siglo XVI. La desaparición o no de poblaciones indígenas tiene poco que ver con su ética y mucho con diversas circunstancias culturales, políticas y económicas. Las sociedades americanas centralizadas con millones de habitantes, como los aztecas o los incas, que es en las que piensa la gente normalmente, sobrevivieron sin mayor problema el embate colonial. Murieron millones a causa de epidemias y de violencia, pero eran muchos, así que salieron adelante. 
 Indígenas muriendo de una epidemia de viruela en el México colonial.
 
Las sociedades tribales descentralizadas con pequeños contingentes de población desaparecieron en masa: esto es lo que pasó en las Antillas. Por eso Haiti o Cuba están llenas de negros, pero es más difícil encontrar un indígena taíno que un demócrata en un mitin de Vox. Con los ingleses sucede lo mismo: en Norteamérica desaparecieron las sociedades de carácter tribal, que eran las que ocupaban la mayor parte del territorio (en Norteamericana, al contrario que en Mesoamérica y América del Sur no se desarrollaron estados centralizados). Allí donde había formaciones sociales más complejas (aunque no estatales) y con mayor demografía, pudieron contarlo: caso de los denominados indios pueblo (keres, tiwa, hopi, etc.) del suroeste de los Estados Unidos. Los cuales por cierto, nos querían tanto que en 1680, durante la época de control español, se cargaron a 400 españoles, echaron al resto y mantuvieron la independencia durante doce años.

Conviene tener en cuenta un segundo punto. Se compara de forma errónea el colonialismo español del siglo XVI y XVII con el colonialismo europeo del siglo XIX. Son fenómenos distintos. El mestizaje y la convivencia fueron habituales hasta finales del siglo XVIII independientemente del pueblo colonizador. Durante el siglo XIX, sin embargo, surge el racismo biológico, lo que explica que la segunda oleada colonizadora que se desarrolla desde mediados de esa centuria sea mucho menos mestiza y bastante más excluyente y exterminadora. Para entonces España era una potencia colonial en declive, así que es difícil comparar. Los únicos territorios que ocupa nuestro país entonces son minúsculos, caso de Guinea Ecuatorial. La colonización a principios del siglo XX en esta región, sin embargo, tuvo tintes auténticamente genocidas y fue considerablemente más brutal que la británica de Nigeria (por ejemplo), aunque no tanto como la del Congo belga.

En conclusión: si agitáramos menos banderas y leyéramos más libros nos iría mucho mejor a todos.

jueves, 11 de octubre de 2018

El gran espectáculo del fascismo

Solo falta King Kong. Foto sin fecha del Valle de los Caídos. Patrimonio Nacional

El fascismo no se puede comprender sin su materialidad. Si los distintos regímenes fascistas no hubieran desarrollado estrategias materiales tan espectaculares y convincentes, quizá no hubieran tenido el éxito que llegaron a tener. Se ha hablado con frecuencia de lo bien coreografiadas y escenografiadas que estaban las grandes celebraciones nazis. Y es verdad. Los estetas del régimen claramente sabían lo que hacían: sin necesidad de djs ni de pastillas lograban poner a cien a las masas, las hacían entrar en un éxtasis colectivo tras el cual se les podía pedir cualquier cosa -que aceptaran una dictadura, una guerra mundial o un genocidio. 

En esta cultura del espectáculo fascista tienen mucho que ver dos cosas estrechamente relacionadas: el desarrollo masivo de la cultura popular desde finales del siglo XIX y las tecnologías de la Segunda Revolución Industrial (como el cine, la radio y la electricidad). Existe un tercer elemento que resulta bastante paradójico: la expansión de la democracia. Hasta mediados del siglo XIX la gente de a pie contaba bastante poco, porque su capacidad de influir en la vida política era muy limitada (salvo en los excepcionales momentos revolucionarios). Sin embargo, a partir del último cuarto del siglo XIX el sufragio universal masculino se vuelve cada vez más común, surgen los partidos políticos modernos y con ellos la propaganda: es necesario convencer a la gente de que es mejor que les gobierne fulanito y no menganito. Y en esta labor de seducción no valen solo buenas ideas. Los colores, la música, los esloganes, los logos resultan esenciales: entre otras cosas porque la población iletrada era todavía muy numerosa.

El desarrollo de la cultura de masas, las tecnologías audiovisuales y la democracia representativa vienen de la mano de un cuarto fenómeno: el consumo capitalista. Las industrias producen mucho y a bajo precio. Los ciudadanos de occidente pueden acceder a productos nunca antes soñados. La competición entre empresas es feroz. Surge la publicidad.

Sin esta combinación de factores no se entiende el espectáculo del fascismo. Pero tampoco se entiende a Trump ni a Bolsonaro, herederos del populismo reaccionario de los años 30.

El fascismo italiano y el nazismo alemán desarrollaron sofisticados espectáculos de luz y de sonido que poco tenían que envidiar a las películas de Hollywood de la época. Y de hecho, ambos regímenes invirtieron grandes sumas de dinero en la industria cinematográfica. No es casual que la compañía pública de cine en época de Mussolini se llamara "luz" -LUCE (L'Unione Cinematografica Educativa). Los juegos de claroscuro ofrecían dramatismo y sensación de gravedad a las ceremonias políticas (que contrarrestaban la banalidad de las ideas). Por ese motivo fueron explotadas hasta la saciedad por los totalitarismos.


No se ha avanzado tanto en el estudio de la estética política del franquismo como en las de la Alemania y la Italia de la época. Pero las influencias fascistas son evidentes. Quizá en ningún sitio son tan claras como el Valle de los Caídos, una compleja escenografía que bebe del paisajismo nazi -el cual, por cierto, sobrevivió a la Segunda Guerra Mundial y se acabó utilizando para construir memoriales... ¡en los campos de exterminio nazis!

Aunque la estética fascista se puede percibir en el valle un día cualquiera, en la imagen que ilustra esta entrada queda si cabe mucho más de relieve. El juego de luces y sombras recuerda enormemente a la entradilla de las producciones de LUCE que reproducimos más arriba. Como todo en el franquismo, la experiencia catártica político-religiosa fascista toma aquí un carácter fuertemente católico. Parece que estamos a punto de contemplar una epifanía divina. Lo cual encaja perfectamente con la idea de que Franco era caudillo por la gracia de Dios. Si la leyenda en las monedas no lo convencían a uno del todo, ahí estaba el espectáculo del Valle para completar el trabajo. 

He aquí pues uno de los problemas del fascismo. Y es que mola. Escenarios monumentales, muchas banderas, gritos al unísono, música a todo volumen, colorines, ideas simples, chivos expiatorios ¿Qué más se le puede pedir a la política?

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Falasca-Zamponi, S. (1997). Fascist spectacle: the aesthetics of power in Mussolini's Italy. Berkeley: University of California Press.

Van der Laarse, R. (2015). Fatal Attraction. Nazi Landscapes, Modernity and the Holocaust. En Landscape biographies: geographical, historical and archaeological perspectives on the production and transmission of landscapes, 345-375. Amsterdam: Amsterdam University Press

Gracias a Luis Antonio Ruiz Casero por poner en mi conocimiento la existencia de la foto del Valle iluminado.

lunes, 8 de octubre de 2018

Arqueología pública: manual de instrucciones

Día de puertas abiertas, Abánades, septiembre de 2010.

La Guerra Civil Española es un campo que apasiona. Nos apasiona a quienes escribimos en este blog, a una multitud de académicos (historiadores, historiadores del arte, antropólogos) y a una parte considerable de la sociedad española. Es comprensible, porque es quizá el episodio histórico más importante de los últimos quinientos años en nuestro país, un episodio traumático que sigue teniendo una gran relevancia en el presente.

Precisamente por ello, desde que iniciamos nuestra andadura como arqueólogos del conflicto decidimos que nuestro proyecto debía ser público. Y desde el año 2008 hemos tratado de dar a conocer nuestra investigación al tiempo que la íbamos realizando: a través de este blog, de Facebook, de Twitter, en conferencias públicas, en jornadas de puertas abiertas, divulgando los informes técnicos online... La satisfacción que nos produce realizar este trabajo solo es comparable al placer de compartirlo. Vuestro apoyo y vuestro entusiasmo a lo largo de los años han sido un acicate fundamental para seguir adelante, a veces en condiciones francamente adversas.

Visita guiada. Santiago de Compostela, noviembre de 2012.


Divulgar a tiempo real tiene sus problemas, por supuesto. Y algunas personas no son conscientes de ello. De ahí las aclaraciones que siguen.

El primer problema de la divulgación en tiempos de Internet es la fauna de trolls a los que debe uno enfrentarse. Da igual que se hable de la Guerra Civil o de calceta. La gente tiene ideas firmes y las expresa con la misma soltura y la misma agresividad en las redes y en la barra del bar. Con la diferencia de que en el segundo caso se enteran cuatro y en el primero nos enteramos todos. Uno podría pensar que la rivalidad es sobre todo política. Y efectivamente, existen trolls políticos que discrepan de forma ofensiva de los diversos puntos de vista de quienes participamos en este proyecto. 

 Día de puertas abiertas, Madrid, julio de 2016.

Pero los trolls políticos son solo un grupo y no siempre el más activo. Contamos también con un nutrido grupo de eruditos agresivos que se dedican a despreciar cuanto hacemos partiendo de una doble convicción: de que solo nos mueve el dinero y la fama y de que somos unos ignorantes. 

Respecto al primer punto, todo el mundo sabe que los arqueólogos estamos aquí para forrarnos. Como se mueve tanta pasta, todo arqueólogo que se precie va a trabajar en un Mercedes desde su chalé con piscina de un millón de euros. Quien esto escribe gana más dinero quedándose en su despacho a investigar que organizando trabajo de campo. Básicamente porque no ha habido una sola campaña en la que no haya tenido que poner dinero de mi bolsillo. En cuanto al equipo, sus salarios son los que estipula el CSIC para personal técnico. Y si contamos la cantidad de horas extras, sábados y domingos que han trabajado, la hora laboral les debe salir a 6 o 7 euros.

Niños en una de nuestras excavaciones, Abánades, septiembre de 2011.

Respecto a la ignorancia. Los trolls eruditos parecen desconocer cómo se genera conocimiento científico. No pasa nada. No tienen porque saberlo. Pero podrían ser un poco más prudentes y un poco menos ofensivos. Si siguieramos el modelo de trabajo científico convencional, haríamos nuestras excavaciones en silencio sin que nadie viera nuestros fallos, procesaríamos nuestros datos durante cuatro o cinco años fuera de la mirada pública y finalmente sacaríamos una memoria técnica y varios artículos en lugares inaccesibles para el común de los mortales. Quizá también una noticia en un periódico. 

A nosotros esto nos parece insatisfactorio e injustificable con los medios de que disponemos actualmente. Tenemos la firme convicción de que debemos compartir con la sociedad todo el proceso investigador, nuestros hallazgos y nuestro errores, nuestras dudas y nuestras certezas. Esto es lo que tradicionalmente ha quedado oculto en lo que el sociólogo de la ciencia Bruno Latour llama "cajas negras", un espacio de producción de conocimiento sellado a cal y canto, invisible salvo para los iniciados. 

Lo que nos hemos encontrado al abrir la caja negra es a un montón de gente maravillosa, gente que nos ha ayudado muchísimo, que ha disfrutado con nosotros y que nos ha agradecido nuestra labor más de lo que merecemos. Pero también nos hemos encontrado con hordas de trolls que consideran que confundir un topónimo, una fecha o el calibre de un cartucho en una entrada del blog o de Facebook es muestra de intrusismo y de ignorancia supina. Podríamos ahorrarnos sus comentarios dando a conocer el producto final, refinado y contrastado. Pero preferimos correr el riesgo de equivocarnos que ocultar un proceso investigador que apasiona a tanta gente. Ojo: nos encantan las críticas. Es la base del trabajo académico y lo que nos hace aprender y mejorar. Aquí me refiero exclusivamente a las agresiones verbales.

Por resumir: lo que se recoge en este blog es un trabajo en proceso. Escribimos las entradas al ritmo de la pala y el pico. Las interpretaciones cambian según avanza la excavación, según descubrimos nuevas fuentes, según las personas que siguen nuestros andanzas nos señalan errores o imprecisiones. Tratamos de hacer nuestra investigación interesante, contar historias sobre los objetos que descubrimos, los lugares en los que excavamos. Trabajamos en toda España, así que a veces confundimos el nombre de un cerro o un río. Intentamos que estos errores no aparezcan en las publicaciones finales. Las conclusiones definitivas de nuestros proyectos, en todo caso, se encuentran en las memorias técnicas, disponibles en digital.csic.es y en numerosos libros y artículos. Son géneros distintos -la web y las publicaciones científicas- y no se les pueden plantear las mismas exigencias de prueba y retórica.


Queridos trolls (vosotros sabéis quiénes sois, no hace falta dar nombres ni siglas), nosotros vamos a seguir trabajando y escribiendo para aquella mayoría que entiende lo que nos motiva y que disfruta siguiendo nuestros hallazgos en las trincheras. Os agradeceríamos un poco más de cortesía cuando os refiráis a nosotros, claro. Sea como sea, nosotros seguiremos a lo nuestro, que es descubrir el pasado, maravillarnos, aprender y compartir nuestro trabajo con todos vosotros.

miércoles, 3 de octubre de 2018

800 balas

Casquillos del campo de tiro de El Campillo (Fot. de J. Marquerie).
 
Montañas de basura. Agujeros de kilómetros cuadrados para la extracción de áridos. Un campo de tiro. En El Campillo lo viejo no acaba de morir y lo nuevo no acaba de nacer. El estruendo cadencioso procedente de la fábrica anexa, con cierto aire sonoro a La Guerra de los Mundos, da paso a fiestas de cumpleaños infantiles en el pinar. Los niños, carne de piñata, aparecen de vez en cuando con una bala en las manos, con un casquillo de Cetme. Para los padres, que no han hecho la mili, todo el monte es orégano. Al menos en las trincheras los infantes están controlados. Este paraje se integra en un parque natural en el que hay una laguna artificial, una megafinca privada, una vía de ferrocarril y una fábrica enorme de piezas metálicas. Podríamos definir El Campillo echando mano de conceptos como el de no-lugar, pero quizás la clave esté en su naturaleza brutalista. Brutal fue la batalla del Jarama y todo lo que vino después.
 
 
Este paisaje brutalista es codiciado desde hace tiempo como decorado para películas, spots publicitarios, series de televisión e influencers varios. Ahí tenemos a David Bisbal y el vídeoclip de su tema Duele demasiado (el título no se refiere a su propia música).  Estos parajes quedan estupendos para recrear el paisaje bélico de Siria, por ejemplo, o para un sketch de José Mota para Nochevieja. La crueldad no tiene límites. Muy manido también es usar la vía del ferrocarril para ambientar situaciones de zozobra. Durante nuestra excavación, un amplio equipo de televisión estuvo dos días allí grabando el intento de suicidio de un protagonista de la serie Cuéntame. Los cantiles, los cortados del macizo del Piul llaman también a jóvenes emprendedores. Como las chicas de una tienda de zapatos de moda, que pasaron una tarde tirando fotografías con una modelo para el book del negocio. En la última visita guiada ya, directamente, nuestras excavaciones se convirtieron en platós de grabación.
 
 
Este proceso de apropiación audiovisual de El Campillo es un paso más en la despolitización y deshistorización del paisaje bélico de la batalla del Jarama. Como diría Pierre Bourdieu, prevalece hoy en día la amnesia de la génesis. Por eso tiene valor el proyecto patrocinado por el ayuntamiento de Rivas-Vaciamadrid, aunque sea solo para volver a historiar este espacio y recuperar su sentido de lugar. En todo caso, también nos parece interesante rastrear arqueológicamente este proceso de conversión de El Campillo en un recurso icónico para la ficción. Y aquí es donde necesitamos de vuestra ayuda. En la prospección hemos encontrado material de fogueo empleado en producciones cinematográficas. Según nos cuentan desde el ayuntamiento, se grabaron algunos cortos hace décadas, pero nadie acierta a localizar el título de las obras ni la fecha de grabación.
 
 
Tal como están las cosas en nuestro país, es más factible que aquí triunfe un centro de interpretación del spaguetti western, antes que un aula didáctica sobre la batalla del Jarama, con su espacio musealizado y todo. El Campillo podría ser, o ya lo es, el Texas Hollywood de 800 balas, la película (año 2002)  de Álex de la Iglesia ambientada en los shows para turistas en los poblados del Oeste de Tabernas, Almería. Algo parecido ocurre con otros escenarios de la guerra civil española, como el Belchite Viejo, en donde se han grabado desde pelis porno a anuncios de videojuegos de guerra, de la mano de Arnold Schwarzenegger.
 
 

martes, 2 de octubre de 2018

Hallazgo del aire

La primera edición se publicó en 1935.

Antonio Machado y Gerardo Diego, poetas brillantes de la Generación del 98, caminaron por senderos opuestos en la guerra civil española. El primero, concretamente, por una carretera nevada, batida por el fuego fascista, camino del exilio, de la muerte. El segundo deambuló por la vía segura de los vencedores. Entre su producción de aquellos años destaca su Soneto a José Antonio y su Elegía heroica del Alcázar. Por supuesto, en nuestra época en B.U.P. no se incluía nada de esto en los manuales de historia de la literatura española. En 1942 Gerardo Diego publicó otro poema en esta línea, esta vez dedicado al as de la aviación franquista, el falangista Joaquín García Morato. Aquí van un par de estrofas de este Hallazgo del aire:

Qué curvas, laberintos,
coordenadas, alardes,
rúbricas, arabescos
mágicos del combate.
Entre el cielo y la tierra,
el fuego inventa el aire.
¡Victoria! Ocho, diez, veinte,
treinta llamas fatales,
se derrumban estruendo
de tinieblas nictálopes.
Huyen las alas torpes.
Las felices, audaces.
tejen coronas, signos,
sublimes espirales,
se pierden en los senos,
ya evidentes, del aire.


García Morato se formó como piloto en la guerra de Marruecos y su figura se relaciona con el mismo nacimiento de la aviación militar española. Para conocer ese mundo siempre aconsejamos la lectura de las memorias del vitoriano Ignacio Hidalgo de Cisneros, Cambio de rumbo. En este libro se describe el ambiente en el que se movían estos pilotos, latin lovers reclamados por aristócratas y toreros para sus fiestas privadas en cortijos andaluces. Siempre coronados por una aureola de valentía y heroísmo. Hidalgo de Cisneros sería en la guerra jefe de la aviación republicana y acabó como militante comunista lanzando arengas desde los estudios de la Radio Pirenaica en Bucarest. García Morato, en cambio, se hizo falangista y acróbata aéreo. Durante una exhibición en Inglaterra se entera del golpe de estado, enseguida se pone a las órdenes de los sublevados y se convierte, como le gusta decir a los historiadores militares, en el as de la aviación franquista. Eso sí, tras bombardear Antequera y localidades del frente en Andalucía.


Parafraseando a Gerardo Diego, en nuestras excavaciones en el Campillo no hemos hecho hallazgos de cosas procedentes del aire. Así y todo, toda esta arquitectura defensiva, de segunda línea, está condicionada por la amenaza que suponía la aviación enemiga (observatorio, refugios excavados en el vallejo). La batalla del Jarama comenzó con una clara superioridad aérea de la aviación leal, que contaba con aparatos soviéticos de mejores prestaciones y que constituían una pesadilla para los bombarderos Ju-52. Y aquí, en la batalla del Jarama, es donde se gesta el mito de García Morato. El 18 de febrero, ante las grandes bajas sufridas, los italianos se niegan a escoltar un grupo de bombardeo franquista que, sin embargo, se interna en las líneas republicanas. La patrulla de Morato (tres cazas) sí lo hace y se enfrenta a 30 aviones enemigos. Cunde el ejemplo y los italianos se unen. Por este hecho se le concede la Cruz Laureada de San Fernando. Según algunos historiadores, este golpe de moral supuso el inicio del control del aire por los sublevados.

Reposición por orden judicial de la calle García Morato en Alacant, tras denuncia del Partido Popular.

García Morato y su Fiat C.R.32 acabaron la guerra con 40 aviones derribados (comprobados) y 12 probables. Nunca le tocaron el Chirri. Cuando estaba grabando una película con motivo del Desfile de la Vitoria, en abril de 1939, se estrelló contra el suelo. En concreto, estaba simulando un duelo aéreo con un Rata rojo. Piruetas del destino. La capilla ardiente se instaló en el bajo del Círculo de Bellas Artes. Acrobacias de la cruzada: un cazador aéreo considerado como un artista. Por aquel entonces también la Legión Cóndor había tomado posesión de la Residencia de Estudiantes. Los poetas y las poetisas (Concha Espina, por ejemplo) salieron en tromba a homenajear con la pluma al héroe falangista. Y así sigue siendo considerado hoy. Según el Ministerio de Defensa hizo una carrera desbordante de cazador excepcional y es un héroe indiscutible. En abril de 2017 la entonces ministra de Defensa visitó la tumba del piloto en Málaga, invitada por la Hermandad de la Misericordia. La ministra también era una experta en piruetas y acrobacias para recordar como se merece a los vencedores. Para eso está la Semana Santa, para mezclar churras con merinas, cabras de la Legión y demás. Un instituto madrileño de educación secundaria lleva su nombre (por su faceta de artista, suponemos) y en Alacant, por orden judicial, ha sido repuesta la placa con la que da nombre a una calle. El gobierno municipal la había sustituido por otra con el nombre de un chaval asesinado (de un ladrillazo en la cabeza) por un fascista en la transición. En el Museo del Aire, en Cuatro Vientos, se puede ver el monumento fascista que recuerda al camarada Morato.

En 1950 Franco le concedió póstumamente el título nobiliario de Conde del Jarama.

Monumento fascista en homenaje al piloto, antes de su retirada al Museo del Aire.

viernes, 28 de septiembre de 2018

El fortín escondido


Algunas veces nos hemos encontrado trincheras y refugios donde no nos las esperábamos, porque los rellenos intencionales o naturales de la posguerra habían borrado casi por completo la huella de su existencia. En esta campaña, sin embargo, dimos de forma fortuita con un nido de ametralladoras, con su tronera y su plataforma de hormigón armado: en superficie se observaba apenas una ligera depresión que parecía evidenciar un pequeño refugio de tropa. Nadie se esperaba el complejo que finalmente salió a la luz.

Pues aunque parezca increíble, nos ha vuelto a pasar. A pocos días de cerrar la campaña, y para tener un nuevo recurso patrimonial que incluir en el itinerario arqueológico, decidimos excavar en lo que semejaba un abrigo, muy cerca de una trinchera de resistencia y otra de evacuación. 

Pronto nos dimos cuenta de que algo no encajaba. Al limpiar la superficie e iniciar el desescombro empezamos a encontrar bloques de hormigón desmenuzados. Una posibilidad que nos planteamos es que fuera un vertido más o menos reciente, pero el material no encajaba. Era de muy mala calidad: un montón de guijarros cogidos con un cemento arenoso. Algo que relacionamos más con la Guerra Civil que con las obras contemporáneas. 

La excavación nos sacó de dudas. En una esquina del sondeo empezó a despuntar un muro de hormigón del mismo tipo que teníamos en el relleno ¿Se trataba de un refugio reforzado con cemento? Poco probable. La limpieza de la parte frontal ofreció la prueba definitiva: allí descubrimos, colmatada de piedras, una amplia tronera. Estamos, por lo tanto, excavando un fortín. Y no un fortín cualquiera. Las grandes dimensiones de la aspillera nos hacen pensar que se construyó para alojar una pieza artillera, quizá un cañón antitanque de 45 mm. 
 Un fortín antitanque de la Segunda Guerra Mundial. Un poquito más espectacular que el que estamos excavando. Pero valían para lo mismo.

Lo que parecía una simple línea de trinchera con algún que otro refugio se ha convertido en un punto sólidamente fortificado: a un lado el fortín antitanque, al otro el nido de ametralladora ¿Por qué aquí? Puede haber varias razones. El puente de Arganda está muy cerca, a menos de un kilómetro lineal de la posición (de hecho, está en enfilada de tiro respecto al nido de ametralladora). 

Si los sublevados lo franqueaban podían avanzar hacia Madrid por dos direcciones: directamente, a través de la carretera de Valencia o por el camino que bordea los cantiles de Rivas Vaciamadrid. En estos cantiles, que forman una pared vertical, se abre un único vallejo que sirve de acceso a la meseta de Rivas. Y ese vallejo está justo al lado de las fortificaciones que estamos describiendo. Por otro lado, frente a los fortines discurre la vía de tren que iba hacia Arganda, así como el camino mencionado. Ese camino va bordeando la meseta y posteriormente sigue el valle del Jarama hacia San Fernando de Henares. Otra ruta natural de comunicación hacia el corazón del territorio republicano.

La otra pregunta es ¿cuándo? ¿Cuándo se erigen estas fortificaciones? Desde el inicio de la campaña manejábamos la hipótesis de que nos encontrábamos ante un paisaje bélico muy tardío, no anterior a 1938. Hoy hablando con Julián González Fraile, gran conocedor de la contienda en la zona, confirmamos esta hipótesis. Los mapas militares que Julián y sus compañeros han recopilado demuestran que al pie de los cantiles no había casi estructuras defensivas antes de septiembre de 1938.

Decíamos que el fortín antitanque está realizado con un hormigón de pésima calidad, un amasijo de cantos rodados. Esto encaja también con una fecha tardía, en la que la República no estaba ya para dispendios y se defendía con medios cada vez más escasos. El año 1938 fue de fortifación intensiva por ambos bandos en la zona de Madrid, donde todos las grandes ofensivas habían fracasado. Los poderosos fortines franquistas que tuvimos ocasión de estudiar en Brunete fueron construidos entre octubre de 1938 y 1939, también. Algunas fortificaciones republicanas de la época no les tienen nada que envidiar. Pero no es el caso de las que estudiamos, seguramente porque el punto donde se ubicaban carecía de la relevancia estratégica de otras zonas. En cualquier caso, las obras tardías republicanas se pueden leer como un testimonio de la voluntad de resistencia a ultranza representada por el presidente Juan Negrín. 

Queda una última pregunta: ¿Por qué el fortín desapareció de la vista? Todo indica que fue volado a conciencia. La destrucción de la cubierta hizo que se hundiera el enmascaramiento de tierra y yeso que lo cubría y colmatara, junto al escombro de la cubierta misma, el interior de la estructura. 

Corte estratigráfico del fortín, en el que se advierte el hundimiento hacia el centro. La cubierta de hormigón, pese a su mala calidad, no se pudo hundir de forma natural. Todo indica que fue volado.

En las fotos del vuelo americano de 1945 se ve un manchón de tierra precisamente en la zona donde se ubica el búnker. 

 Fotograma del vuelo americano en el que se percibe el emplazamiento del fortín.

El nido de ametralladora también estaba sellado al acabar la guerra -como lo demuestra el hecho de que aparecieran varios materiales in situ en su interior, tal y como quedaron abandonados. Se trata de las únicas estructuras clausuradas de forma intencional. Los abrigos se fueron rellenando de sedimento naturalmente. La explicación podría hallarse en la función de los fortines. Es posible que, como en otras zonas, decidieran neutralizarlos para evitar su uso indebido.

Ahora nos queda trabajar contrarreloj para intentar llegar al suelo del fortín antes de que acabe la campaña. A ver si nos encontramos un nivel de la Guerra Civil intacto...

miércoles, 26 de septiembre de 2018

Siempre hemos vivido en agujeros



Uno de los abrigos del Campillo de Rivas Vaciamadrid.
 
En 1936, poco después de su incursión por tierras aragonesas, Buenaventura Durruti fue entrevistado por el periodista Pierre van Paassen. En uno de los momentos más famosos de este encuentro legendario, van Paassen le dice a Durruti que aun si ganan la guerra, se encontrarán viviendo sobre un montón de ruinas. A lo que el anarquista responde: "Siempre hemos vivido en la miseria. Sabremos arreglarnoslas durante un tiempo". Al menos esta es la versión que ha circulado en castellano. Pero en la versión inglesa dice algo más interesante: We have always lived in slums and holes. "Siempre hemos vivido en tugurios (guetos, barrios bajos) y agujeros".

Aunque el conflicto acababa de empezar y todavía el paisaje de España no se había convertido en un espacio arañado por trincheras, ramales y refugios, es como si Durruti estuviera ya adivinando el futuro inmediato. Como si su experiencia vital en slums and holes le permitiera imaginar que ese era precisamente el paisaje que iba a dominar España, toda España, y no solo las barriadas marginales, durante los próximos años (décadas, porque el paisaje de la posguerra fue también de tugurios y agujeros).

"Sabremos arreglárnoslas durante un tiempo", dice Durruti. Y lo que nosotros encontramos en nuestras excavaciones da fe de ello. De la inventiva de gente de las barriadas obreras, de las chabolas, de las aldeas paupérrimas, que sabían sobrevivir. Y sabían sobrevivir porque sabían fabricar cosas, reciclar, inventar, adaptarse. Unas habilidades que la mayor parte de nosotros hemos perdido. Los agujeros que excavamos en el Campillo sin duda reflejan una forma de vida penosa. Pero no debemos proyectar demasiado nuestras sensibilidades a los combatientes de hace 80 años. Para muchos de ellos, el slum del Campillo no era mucho peor que el slum de Barcelona o Madrid del que venían.

Incluso se podría decir que, en ciertos aspectos, era mejor. La comida, aunque progresivamente escasa y monótona, no faltaba ningún día. Y menos el alcohol. Tampoco los medicamentos. Tenían pasta de dientes y colonia, algo que en muchos barrios obreros y en muchas aldeas de los años 30 era un sueño casi inalcazable. Algunos aprendieron a leer y escribir en las madrigueras. Más increíble todavía: al caer la noche, los abrigos se iluminaban con luz eléctrica. Hemos encontrado cable y restos de una bombilla en su casquillo. Ahora encender la luz nos parece una trivialidad. En 1938 era magia. Hay que recordar que en buena parte de las aldeas de España la electricidad no llego antes de los años 50. 

Restos de una bombilla encontrada en un refugio.

En su entrevista con van Paassen, Durruti continúa diciendo que no solo se trata de adaptarse a las ruinas: ellos saben edificar. "Somos nosotros, los trabajadores, los que hemos construido estos palacios y ciudades aquí en España y en América y en todas partes. Nosotros, los trabajadores, podemos construir otros en su lugar ¡Y mejores! No tenemos miedo a las ruinas". 

Los trabajadores ciertamente volvieron a construir palacios y ciudades, pero no para crear una utopía libertaria, sino para edificar el régimen que representó todo lo opuesto a aquello por lo que lucharon los anarquistas en la Guerra Civil.

Teatro de operaciones

El refugio número 6.

Esta ciudad invisible no deja de crecer. El eje del vallejo en el que se asienta el campamento republicano es un arroyo, totalmente seco en verano. Un pontón de madera, huérfano, sin agua, permite cruzar a los senderistas a la margen izquierda del cauce. Aquí también hay restos de refugios. Laura, Carlos, Rodrigo y Pablo son los encargados de exhumar una más de estas chabolas olvidadas, el refugio nº 6. Tras la retirada de los matorrales y una primera limpieza reaparece lo que parece la boca de un túnel. En este caso estamos delante de un cobijo individual, excavado a pico en el yeso, con una pequeña repisa en la entrada.


Nuestros compañeros inician su particular viaje en el tiempo con un hallazgo macabro. Una gran bolsa del Corte Inglés esconde un enterramiento. Envueltos en una manta, aparecen los restos momificados de dos perros. La arquitectura de la guerra civil ha servido y sirve para los usos más variopintos: fortines de hormigón habilitados como vivienda por personas sin techo o por temporeros, refugios antiaéreos reconvertidos en criaderos de champiñones, nidos de ametralladoras que sirven de basurero incontrolado. A alguien en la década de 1990, esta zona del Campillo, periférica, rodeada en su día de basura, le pareció bien para enterrar a sus mascotas. No sabemos si esa persona lo hizo con todo el cariño del mundo (enterrando sus animales, a lo mejor, en el paraje en el que los sacaba a pasear) o si los depositó allí como quien tira una bolsa de basura.


Con este tipo de hallazgos podemos datar el proceso de colmatación de la cueva republicana. A una cota inferior, aparecen, en bastante buen estado de conservación, dos fragmentos de periódico. Con la tipografía característica de décadas atrás, podemos leer parte de la cartelera, de las obras de teatro que se representaban en Madrid en algún momento de la década de 1970. En el Teatro Alcázar, la compañía Guzmán representaba Habitación para cinco, después de varios años de Cine y Televisión, con más de 80 películas entre españolas, extranjeras y coproducciones y de 250 programas de Televisión entre América y España.


Jesús Guzmán nació en una familia de actores e hizo sus primeros pinitos en el teatro siendo un  niño, en los años de la IIª República. En la postguerra, tras girar por América con varias compañías, recala en España e inicia una prolífica carrera que llega hasta hoy. Fue una cara conocida de las españoladas y vivió toda su evolución, desde las comedias de los 60, el spaguetti western, el destape, las series de los 90, etc... Se convirtió en una figura popular, precisamente en la primera mitad de la década de 1970, cuando interpretaba el papel del cartero Braulio en la teleserie Crónicas de un pueblo (1971-1974). Es ahí cuando aprovecha el tirón y relanza su compañía de teatro. El estreno al que hace referencia el fragmento de periódico tuvo lugar en junio de 1974. Ya véis, Habitación para cinco (de Antonio Peñalara) nos permite datar un estrato de esta habitación para uno, y de paso conocer algo más de este personaje icónico de la escena española. Desde luego Jesús Guzmán se sentiría cómodo en este paisaje de los cantiles erosionados de El Campillo. Estuvo a las órdenes de Sergio Leone en La muerte tenía un precio (1965) y en El Bueno, El Feo y el Malo (1966). Dos clásicos. Ahí es nada. El colofón: su participación, codo con codo con Bud Spencer, en la comedia-western Dos Granujas en el Oeste (1981).


Compartía cartelera ese 1974, tal como aparece en el fragmento de periódico, otra obra, representada en el teatro Fígaro: Balada de los tres inocentes. Esta comedia, escrita por Pedro Mario Herrero, se ambienta en 1971 en un pueblo rural castellano: un Jueves Santo, la fogosa hermana de un cura mata de placer a un joven guardia civil. El párroco espera la visita del obispo, mientras el cadáver del amante de la hermana yace en la cama... La censura fue implacable: la localización se trasladó a Italia y el guardia civil se convirtió en... un carabinieri. El autor de esta obra, Pedro Mario Herrero, fue corresponsal de guerra en Biafra, la Guerra de los Seis Días y en Vietnam. De su paso por este último conflicto nos queda su libro Crónicas desde el Vietnam (1968) en donde describe pormenorizadamente las terribles condiciones de vida de los soldados y guerrilleros del Vietcong, en sus campamentos en medio de la selva y en su mundo subterráneo.
Lamentablemente, en nuestra ciudad invisible, no contamos con testimonios de ese estilo, por lo que debemos seguir excavando. A ver qué película nos encontramos hoy.




lunes, 24 de septiembre de 2018

Las ciudades invisibles

 La ciudad invisible del Campillo al comienzo de nuestras excavaciones.

Durante la Guerra Civil pueblos enteros desaparecieron del mapa, borrados por las bombas y por el posterior abandono: Corbera, Rodén, Belchite, Montarrón, Vaciamadrid... La nómina es mayor de la que nos imaginamos. Pero la guerra no solo destruyó espacio, también lo creó. Por cada pueblo arrasado surgió una aldea subterránea en parajes apartados e inhóspitos. En los últimos años hemos excavado muchas ciudades invisibles: Canredondo, Mediana, la Ciudad Universitaria de Madrid. Son invisibles porque estaban pensadas para que el enemigo no las detectara y evitar así el ataque de la artillería y la aviación. 

Pero son también ciudades invisibles porque han pasado desapercibidas. Las hemos olvidado. No tienen la presencia de los fortines de hormigón y acero. En los partes militares se las cita sin prestarles mayor atención. Se habla de los campamentos o las bases de tal o cual batallón o compañía, pero los documentos no nos permiten hacernos una idea de cómo eran estas ciudades de tierra, cómo era la vida en ellas, cómo se organizaba el espacio.

Los arqueólogos tenemos aquí algo que decir, aunque no nos lo han puesto fácil. Las ciudades fueron invisibles durante la guerra y lo son ahora. Pero en la inmediata posguerra eran más que conspicuas: se convirtieron en minas o ultramarinos donde las poblaciones cercanas se aprovisionaban de todo. Latas de conservas abandonadas, botellas de vidrio reutilizables, vainas de munición para vender como chatarra...

Y aún así siempre damos con trazas que nos permiten acercarnos a la experiencia de los soldados que vivieron en ellas. 

 Abrigos en batería en el Campillo en proceso de excavación.

En la ciudad invisible del Campillo, en Rivas Vaciamadrid, hemos excavado ya cuatro refugios completos y estamos empezando la excavación de un quinto. Hemos identificado 16 espacios y todo indica que había más, pero los derrumbes de las laderas los han ocultado. Sorprende la variedad de formas y tamaños. En un mundo tan reglamentado y preciso como el militar -donde los casquillos miden 54 mm de largo y los proyectiles de mortero 81 mm de diámetro (¿por qué no 80 u 82?), los poblados de chabolas y covachas son el reino de la improvisación y la chapuza. Un resquicio de libertad, parece, donde cada uno puede hacer más o menos lo que quiera. La cuestión es cavarse una madriguera donde se pueda estar lo más seco, protegido y abrigado posible. 


Dentro del caos hay un orden, claro -en la ubicación de las estructuras o en  cuestiones básicas de tipo defensivo. Existen en el Campillo dos estructuras rectangulares, muy bien diseñadas y de tamaño considerablemente superior al resto, que hacen pensar en construcciones de carácter más oficial. 

El campamento del campillo. Las estructuras visibles están marcadas en rojo. Se aprecian las de mayores dimensiones que articulan el espacio.

Pero lo que predominan son las pequeñas chabolas semisubterráneas, algunas tan pequeñas que cuesta imaginar a más de una persona en su interior: el espacio útil no debía llegar a los tres metros cuadrados. Se trata seguramente de dormitorios para un par de soldados. Otra chabola tiene poyetes de ladrillo a intervalos regulares. Pensamos que sobre ellos se dispusieron tablones a modo de bancos. No sabemos exactamente para qué. Quizá simplemente para charlar y estar juntos, para calentarse en torno a un fuego.

Refugio colectivo con poyetes de ladrillo.

Los materiales son, como decíamos, poco abundantes, alguna lata, restos de una máscara antigás, munición de Mosin y de Máuser. En una choza apareció un frasco de medicina o colonia y dos tubos de pasta de dientes. La higiene siempre tan presente, tan necesaria para la superviviencia física y psicológica.

Frasco de medicina o colonia en un abrigo.

Dicen los historiadores que en Gallipolli en 1915, donde surgió una de las primeras ciudades invisibles de la guerra moderna, el cavar al unísono de oficiales, suboficiales y soldados sirvió para crear espíritu colectivo, incluso más allá del ejército y de la guerra. El hacer madrigueras y sobrevivir en ellas se encuentra en el origen del sentimiento nacional de australianos y neozelandeses. Su identidad se forjó a pico y pala en un acantilado de Turquía. Los arqueólogos podemos dar fe de que cavar juntos une -incluso aunque no te disparen. 

Los  conservadores británicos concluyeron de la Guerra Civil que los refugios antibombardeo eran peligrosos, porque la plebe hacinada bajo tierra puede desarrollar identidades colectivas tendecialmente comunistas. Por eso decidieron no hacer refugios. Y por eso murió más gente de la que debiera en los bombardeos de la Luftwaffe. A los republicanos la identidad colectiva se la destrozaron en los campos de concentración y las prisiones de la posguerra. Esa era la idea, de hecho. El campo de concentración es el reverso del campamento. El campamento une, el campo separa, atomiza, disuelve.

Las ciudades invisibles han permanecido así, invisibles y olvidadas, década tras década, cubiertas por el jabunal y el sisallo, como si siempre hubieran sido desierto. 

Ciudades invisibles e inverosímiles, como las de Ítalo Calvino. Como  Zenobia, como Leonia. Como Argia: "La tierra cubre completamente las calles, las habitaciones están llenas de arcilla hasta el cielo raso, sobre las escaleras se apoyan otras escaleras en negativo, encima de los techos de las casas pesan estratos de terreno rocoso como cielos con nubes".       

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Ortoimagenes de Pedro Rodríguez Simón.

viernes, 21 de septiembre de 2018

Súbeme la radio, el parte es mi canción

Antenas de RNE en Arganda del Rey

Las marquesinas de las calles de Madrid están repletas de carteles promocionales de una serie de éxito: Las chicas del cable. Uno de los responsables de arte de la serie, Miguel, es un asiduo al ciclo de conferencias y de visitas guiadas que hacemos en Rivas-Vaciamadrid. Incluso ha participado de voluntario en las excavaciones. Según nos comenta, le hace tremenda ilusión conocer de primera mano el pasado fosilizado en el lugar en el que vive. Esta producción televisiva nos cuenta los avatares de un grupo de mujeres que llegan a la capital en los años 20 para trabajar en el incipiente sector de las comunicaciones, en la única compañía telefónica del país. Los nuevos medios de comunicación emergen como una herramienta más para el desarrollo y modernización de la España que salía de la Restauración. La radio, en concreto, se convierte en un medio de difusión codiciado por los políticos que gobiernan el país.  Unión Radio y su revista Ondas, monopolizaban la radiodifusión en aquella época.


Enseguida los sublevados echaron mano de la radio no solo como medio propagandístico, sino como una herramienta más para imponer a la población el nuevo status quo. Las alocuciones de Queipo de Llano desde Radio Sevilla, incitando a la violación de mujeres republicanas, son algunas de las páginas más negras de la historia reciente de nuestro país. Es curioso cómo este tipo de personajes sanguinarios se vinculan a los primeros momentos de formación de lo que será Radio Nacional de España. Así pues, Millán-Astray fue el primer responsable de esta entidad, que empezó a emitir desde el Palacio de Anaya de Salamanca el 10 de enero de 1937. De allí pasó a Burgos, en donde intelectuales fascistas formaban una suerte de think tank para poner a andar el Nuevo Estado, vinculados a la Oficina de Prensa y Propaganda. Uno de ellos era un paisano mío de la terra de Lemos, el falangista Luis Moure Mariño, en cuyas memorias podemos encontrar abundante información sobre esos comienzos bélicos de RNE. Las primeras emisiones fueron posibles  gracias a un aparato Telefunken, donado por la Alemania nazi. Aún hoy en día mucha gente llama el parte al telediario o a las noticias horarias de la radio. El parte (concepto militar, claro) se iniciaba a toque de cornetín y más adelante con la Generala, adaptación de una llamada  militar a reunión del siglo XV. Esta querencia por las marchas militares explica que cuando se da un golpe de estado reaccionario, desde el Ejército, siempre se interrumpen las emisiones para dar paso a música marcial. Todo un anticipo de lo que viene.


Desde lo alto del macizo del Piul tenemos una soberbia panorámica de la zona de Arganda del Rey. Entre la llanada destacan, como cipreses metálicos, las antenas de lo que fue, durante décadas, el centro emisor de Radio Nacional de España, la zona cero de la radiodifusión en el franquismo y gran parte de la democracia. En la recta de la carretera de Chinchón, en la cuneta, se pueden ver sillas, supuestamente sin dueño, y al lado, depósitos de basura, con bebidas, condones, pañuelos y demás cultura material, restos de un área de actividad reciente vinculada a la prostitución. A ambos lados de la carretera, cercadas y con vigilancia 24 horas, se encuentran los edificios abandonados de RNE. Los primeros se construyeron en 1944 y el último (edificio principal y almacén de materiales) en 1954. El estilo arquitectónico se inscribe claramente en el monumentalismo fascista, aquel que seguía la consigna de Franco:

Es necesario que las piedras que se levanten tengan la grandeza de los monumentos antiguos, que desafíen al tiempo y al olvido, y que constituyan lugar de meditación y de reposo en que las generaciones futuras rindan tributo de admiración a los que les legaron una España mejor.

Franco supervisa el proyecto del Valle de los Caídos.

Sobreimponer esta arquitectura sobre el paisaje de la batalla del Jarama fue un medio más para sancionar la Victoria y condenar al olvido a los vencidos. El autor de estos edificios para la onda corta fue Diego Méndez (1906-1987), arquitecto de la Casa Civil de Franco y Consejero de Arquitectura de Patrimonio Nacional. Él fue quien modeló el paisaje del nacionalcatolicismo, metiéndole mano al palacio del Pardo, los palacios reales de Aranjuez, Riofrío, La Zarzuela, los Alcázares de Sevilla... Pero sin duda, pasó a la historia por haber proyectado el Valle de los Caídos.
En una entrevista a ABC el 21de julio de 1957 hablaba de la pesadilla que supuso para él diseñar una cruz de hormigón y cemento de más de 200.000 mil toneladas, con 150 metros de altura desde la base y 46 metros de longitud en sus brazos:

Un día, de modo inesperado, mientras aguardaba que mis cinco chiquillos se vistieran para ir a misa, absorto, casi iluminado, casi instrumento pasivo, el lápiz en la mano con el que hacía arabescos en un papel, sin darme cuenta dibujé exactamente la Cruz tal y como está ahora en su material clavada en la elevación poderosa.

Méndez reconoció que había ochenta condenados (sic) entre los 2.000  operarios del valle de los Caídos, que han jugado, día a día, con la muerte...  Y triunfado de ella.
Sin palabras.

Fotografía de Javier Marquerie.


Referencia hemerográfica
.
Israel Viana. 2013. La "pesadilla" de construir la cruz del valle de los Caídos, ABC, 23-9-2013.

jueves, 20 de septiembre de 2018

Arquitectura Ojo


En la visita guiada del pasado sábado conocimos a la arquitecta Susana Velasco, profesora en la Universidad Politécnica. Nos contó su trabajo registrando la arquitectura orgánica diseñada por cazadores franceses en árboles para observar, vigilar y disparar a palomas y otras aves. Una arquitectura en la que existe una simbiosis perfecta entre árbol y persona, con soluciones funcionales adaptadas a los gestos, posiciones y necesidades del cazador. Cuando nos lo contaba, no podíamos dejar de pensar en los brigadistas internacionales y los olivos del Jarama. A Susana le interesan estas arquitecturas de mediación entre el cuerpo y el paisaje, por eso ha dirigido su mirada no solo a las trincheras, sino a los y las que reexcavamos esas trincheras, amoldando nuestro cuerpo a las paredes talladas en el yeso:

¿Qué nos lleva de vuelta a estos paisajes?
Volvemos a estos campos de batalla. A un pasado que duele, y que todavía nos importa tanto. A las ruinas de un escenario gigantesco al aire libre, desmantelado después como una gran tramoya. Como un historiador, reconociendo los trazados sobre el territorio. Como un arqueólogo, buscando los fragmentos rotos y dispersos. Como un arquitecto, buscando las marcas del habitar y el construir. Reconectar con las fuerzas, gestos y redes que forman parapetos, refugios y zanjas, buscando la relación intensiva que, durante la guerra, fundió a cuerpos, arquitectura y territorio.

Construcción y uso de trincheras. Dibujos de Susana Velasco.

La posición republicana del Campillo es un buen ejemplo de este tipo de arquitectura. Como los cazadores franceses en los árboles, los soldados se integraban en un espacio diseñado para ver y no ser vistos, para camuflarse ante el peligro de los ataques aéreos enemigos. Con el frente estabilizado, durante dos años, se produjo algo así como una Guerra Fría entre los contendientes. Todos los recursos (y éstos iban aminorando con el paso del tiempo), se empleaban en la refortificación del paisaje, en el refuerzo y mantenimiento de todos estos dispositivos orientados, en gran medida, a la percepción y observación del enemigo. Las condiciones de visibilidad y visibilización de los lugares fueron una de las cuestiones clave estudiadas por la Arqueología del Paisaje. El arqueólogo Felipe Criado gusta de decir, en un alarde estructuralista, que todo lo visible es simbólico. Sí, pero aquí, todo lo visible también se puede abatir.

Tronera excavada en la roca, al E del Campillo.

Es una pasada comprobar cómo está estudiado el mínimo detalle dentro de esta escenografía. La aspillera del nido de ametralladora está orientada exactamente hacia el puente de Arganda, punto clave de la batalla del Jarama. Hacia el Este, dentro de la roca, se talló otro nido subterráneo, con una tronera que permite batir una amplia zona de la vega del Jarama. El observatorio, en la cumbre de un cantil meteorizado por la erosión, es una auténtica virguería.

Excavando el empinado acceso al observatorio.

En arqueología educamos la mirada para ver el paisaje. En la guerra pasa exactamente lo mismo. En los partes de operaciones, se recogen al detalle los movimientos del enemigo, pero también el esfuerzo de los mandos por formar buenos observadores.

Obligaciones del centinela.
Ejercicios con el visor.
Simulacro consistente en dar las señales de alarma ante la presencia de Aviación enemiga.
Educación y selección de observadores.
Forma de instalar un observatorio y forma de colocarse para observar.
Percepción de objetivos y designación de los mismos. Importancia de la observación.
Forma de utilizar los distintos camuflajes y refugios para poder observar. Talud, cesta, etc.

Inicio de excavación. Primero se construyó el observatorio, y tiempo después, en 1938, se talló la posición defensiva.

La cuestión es que había soldados que ya tenían educada la mirada, desde niños. Cazadores, pastores, zahoríes, contrabandistas e incluso ganaderos trashumantes. En la batalla de Brunete, el éxito del avance de Líster (hasta que éste, inexplicablemente, ordenó parar) se debió en parte a la avanzadilla de exploradores, todos ellos pastores, muchos de ellos gallegos. Gente apegada al campo, mucho más eficaz que cualquier vuelo de observación. Como el francotirador ruso Vasili Grigoriévich Zaitsev, héroe de la batalla de Stalingrado, que aprendió a disparar con su abuelo en los Urales.

Vista desde la aspillera del nido de ametralladora, con el puente de Arganda al fondo.

Referencias bibliográficas.
Criado Boado, F. 1993. Visibilidad y visibilización del registro arqueológico. Trabajos de Prehistoria, 50: 39-56.
Velasco, S. 2017. A partir de fragmentos dispersos. Arquitecturas de mediación entre el cuerpo y el paisaje. Madrid: Ediciones asimétricas.

Referencia documental.
Archivo General Militar de Ávila. 1086, cap. 12.






miércoles, 19 de septiembre de 2018

Educación y Descanso

Posición de El Campillo. La estructura cuadrada de la izquierda era estancia de descanso de la tropa.

En los años finales del franquismo, mi abuelo materno, tamborilero, formó parte de un grupo folklórico llamado Os Agarimos. El cuarteto se integraba dentro del marco de las actividades que el Hogar de Educación y Descanso organizaba en el barrio ferroviario de la estación de Monforte de Lemos. El régimen franquista puso a andar el Nuevo Estado inspirándose claramente en las instituciones fascistas italianas. Mussolini había creado algo parecido (Opera Nazionale Dopolavoro) para monitorizar y dirigir el tiempo de ocio de las clases populares, para domesticar a las masas obreras y convencerlas de la necesidad de tener hombres sanos, productivos, deportistas y soldados. Ellos eran la base del Imperio. Mi abuelo, que era un cachondo, siempre decía: Educación, poca, y descanso... ninguno. Eso de por el Imperio hacia Dios no iba con él. Era bajito y casi libra de la guerra, pero subieron unos centímetros la medida de corte, y lo movilizaron. Combatió en el frente del Segre. No soportaba ni a fascistas ni a carlistas. Al escarabajo rojo que fastidiaba las cosechas de patata le llamó siempre requeté. Mi abuelo era un campesino, artesano polifacético, que solo salió de su parroquia para ir a la guerra. Después, algún viaje a ver a la hija a Lugo, Barcelona, Pontevedra. Siempre le quedó la espina de ir a actuar a Caracas, en donde vivía la hija mayor.

Restos metálicos de posibles somieres en la estancia de descanso.

Como mi abuelo, miles de campesinos españoles, la mayoría analfabetos, los menos con las primeras letras, conocieron mundo en la guerra. Los que sobrevivieron pudieron reengancharse al Ejército, o reorientar el rumbo de sus vidas en las ciudades que conocieron. Yo he entrevistado a muchos de estos campesinos veteranos de guerra y todos renunciaron a otra vida, porque tenían que volver, a cuidar de la casa, de los padres viejos y enfermos, porque los hermanos habían emigrado y quedaban ellos como cabos da casa. Pienso en estos campesinos cuando leo la documentación del frente en Rivas-Vaciamadrid. Los desertores del Batallón Gallego, ubicado en el Espolón, cuentan sus vidas a los servicios de información republicanos; todos son campesinos, herreros, canteros... muchos de ellos de zonas montañosas de Ourense. A su vez, los desertores republicanos que se pasan al lado franquista también son labriegos de la Meseta Sur, de Levante, de Andalucía.

Detalle del suelo de ocupación, con un frasco de laxante y una caja de munición soviética.

Estos hombres de  la España rural, tradicional, entran de lleno en la guerra industrial. Reciben instrucción, incluso algunos aprenden a leer, manejan tecnología y armamento de última generación. En una posición de segunda línea, en un frente estabilizado como el del subsector del Piul, la documentación militar de la 18 División republicana refiere al detalle todas las actividades de formación e instrucción que formaban parte de un día marcado por paqueos aislados, algún duelo de artillería y poco más. A lo largo de 1938 nos encontramos actividades como:

Instrucción teórica sobre el tema "Maneras de orientarse y lanzamiento de granadas de mano".
Instrucción de escuadra y pelotón en orden abierto. Despliegues, avances y repliegues.
Práctica de Topografía.
Modo de hacer fuego para que este sea eficaz.
Instrucciones sobre balística.
Cómo se efectúa el asalto a una trinchera y cómo se organiza.
Cómo se pasa una barrera de artillería.


Restos de una máscara anti-gas en uno de los nuevos refugios que estamos excavando.

Incluso se organizaban marchas de 30 minutos con la máscara anti-gas puesta. Me puedo imaginar a uno de estos campesinos procedentes de zonas en las que el Carnaval rural era importante, con la careta puesta, como un peliqueiro de Laza. Poco o nada se ha estudiado sobre esta experiencia compartida, esta hibridación que se dio en la guerra entre cultura popular campesina y tecnología bélica.
Por supuesto, en los documentos aparecen más de actividades que iremos desgranando. Para nosotros es muy importante que los soldados del campamento que estamos excavando no se tomasen muy en serio aquello de Limpieza de campamento. Otra de las actividades, quizás la más necesaria, es la de descanso. En la posición del Campillo hemos excavado otra estancia, conectada con el nido de ametralladora que ya conocéis. Tenemos que imaginar a esos soldados-trogloditas, mal alimentados, comidos de la sarna y los piojos, intentando dormir en humildes camastros, tras un nuevo día de tensión, ejercicio físico e instrucción. O escribiendo una breve carta a sus seres queridos, o redactando borradores de informes diarios para los mandos. En este mundo subterráneo de yeso y margas, parafraseando a mi abuelo, Educación, alguna, y descanso, poco. El historiador Lourenzo Fernández Prieto definió a los campesinos gallegos como Labregos con ciencia. Muchos de ellos volvieron de la guerra con un bagaje que les acompañaría toda la vida.

Vista panorámica de los dos refugios que estamos excavando ahora, en el vallejo.

Referencia documental.

Archivo General Militar de Ávila, C. 1086, Cap. 12. Partes de operaciones de la 18 División, febrero a septiembre de 1938.