domingo, 13 de agosto de 2017

El sondeo ilustrado







Un año más, el ilustrador Enrique Flores vuelve contar nuestras excavaciones a través de sus estupendos dibujos. Desde aquí le agradecemos que ponga su arte al servicio de la arqueología.

sábado, 5 de agosto de 2017

La tierra donde nadie canta



En el poema Hay un sitio, Dimas Lidio Pitty habla de un país en silencio:

Hay un sitio de pájaros y flores
Donde los hombres temen saludarse.

Hay un sitio con mares y montañas
Donde nadie es dueño de su muerte.

Hay un sitio de eterna primavera
Donde el amor ha sido desterrado.

Es una tierra donde nadie canta
Porque el fusil impuso su silencio.

La arqueología de la violencia se practica en tierras donde nadie canta. Incluso a los pies del Hospital Clínico, en Moncloa, tan cerca del centro de la ciudad, las ruinas que hemos excavado parecen solitarias y silenciosas. Aún más ahora que nos vamos y las dejamos, de nuevo, durmiendo bajo tierra.

Fotografía de Álvaro Minguito.

jueves, 3 de agosto de 2017

Y tú más

 ¡No, tú más!

Han pasado casi dos semanas desde que una anécdota en el Valle de los Caídos se convirtiera en trending topic veraniego, alimentado por los reflexivos comentarios de Alfonso Rojo, Hermann Tertsch y hasta un hilo en ForoCoches. Es quizá tiempo suficiente para observar el fenómeno con cierto desapasionamiento. Tratar de responder a las reacciones que ha suscitado la anécdota carecería de sentido, porque en su mayor parte son simplemente insultos y amenazas de la ultraderecha. Pero hay dos argumentos que son dignos de mención. 

El primero es la acusación de que la protesta ante un acto de exaltación franquista es signo de intolerancia. Así, una persona opina que aquello fue una demostración de "intransigencia" que  "rebasó los límites de la tolerancia democrática".  La idea, por lo tanto, es que en democracia vale todo. Hay que ser tolerantes y aceptar todas las opiniones. Lo reconozco, soy un intolerante (como Slavoj Zizek): no me hace gracia que se celebren públicamente los atentados de ETA, que los imanes fundamentalistas aconsejen pegar palizas a las mujeres rebeldes, o que se incite al odio racial. Por lo visto no debo de ser el único intolerante, porque todo ello está penado en nuestra democracia. En la mayor parte de los países democráticos el negacionismo del genocidio cometido por los nazis está castigado por la ley. Y lo mismo sucede con discursos racistas y xenófobos (la ley Gayssot en Francia, por ejemplo). La Comisión Europea, en el artículo 6 del Protoclo Adicional a la Convención sobre el Cibercrimen (2003) firmado por una veintena de miembros, considera que es delito negar cualquier genocidio reconocido como tal desde 1945. La República Checa y Ucrania han promovido leyes que castigan la negación o minimización de los crímenes cometidos en época comunista. El mundo está lleno de intolerantes, afortunadamente. Pero incluso los muy tolerantes de la ultraderecha también tienen sus límites: suelen ser partidarios de la denominada Ley Mordaza y no dudan en poner denuncias por ofensa a los sentimientos religiosos. Por lo visto encarcelar a alguien que hace chistes sobre Carrero Blanco no es intransigencia, reaccionar ante un saludo fascista, sí.



El segundo argumento que aparece en la mayor parte de los comentarios es habitual en el discurso de cierta derecha: y tú más. Un gran número de personas consideran necesario recordarme que el comunismo fue mucho peor que el fascismo. Como si por tratar de frustar un acto de exaltación fascista automáticamente le convierte a uno en apologeta de Stalin o Pol Pot. La reacción, en cualquier caso, es interesante por lo que revela del imaginario político de quienes utilizan tales argumentos.

En primer lugar, entiendo por su ira que se identifican de alguna manera con el Caudillo y su régimen. Piensa el ladrón que todos son de su condición: si a mí me molesta que me toquen a Franco, a este tipo le tiene que molestar que le toquen a Mao. Siento defraudarles: si alguien protesta ante un acto de homenaje a Honecker, Hoxha o André Marty yo seré el primero en aplaudir. Nunca se me ocurriría pensar que están atacando mis ideas o mis valores porque se retire de la circulación sus estatuas o mausoleos.

En segundo lugar, la sutil lógica del "y tú más" da por hecho que solo hay dos posibilidades. Si no eres de derechas es que eres de ultraizquierda. El concepto de ultraizquierda incluye cualquier posición comprendida entre Pedro Sánchez y Kim Il-sung, ambos incluidos. Susana Díaz se salva por los pelos. Esta posición es coincidente con la del franquismo, para el cual todo el que estuviera enfrentado a la dictadura automáticamente quedaba situado en la anti-España judeo-masónica y bolchevique. En esa categoría política entraba desde Julián Besteiro a Trotsky. Desde esta perspectiva, cuando uno es de (ultra)izquierda aplaude necesariamente cualquier acto llevado a cabo por cualquier partido o individuo de izquierdas. Así que por necesidad yo tengo que estar a favor de la Constituyente de Maduro y el plan quinquenal rumano de 1971.

En tercer lugar, los partidarios del "y tú más" dan por hecho que quienes protestamos ante el franquismo ignoramos o minusvaloramos los crímenes del socialismo real. Nuevamente, como esa suele ser una actitud habitual entre los conservadores ante las dictaduras de derechas (sea la de Franco o la de Pinochet), entienden que los que nos situamos a la izquierda del espectro político nos dedicamos a defender que en Ucrania nadie se murió de hambre en 1932 o que la revolución cultural de Mao no estuvo tan mal. Y nuevamente, como ellos mismos hacen, suponen que solo leemos el Libro Rojo de Mao y obras de historia que nos dan la razón todo el rato para sentirnos bien. En realidad los manuales de reafirmación ideológica los consumen fundamentalmente los ciudadanos más conservadores, como demuestran, por un lado, las ventas astronómicas de libros históricos de más que dudosa calidad científica o con una agenda política descarada y, por otro, los comentarios que dejan sus lectores en las tiendas online. El mundo académico, en cambio, resulta que no funciona como las tertulias de la tele (normalmente), y los que trabajamos en ese ámbito solemos informarnos y leer de todo. Quien esto escribe ha leído con atención a Stanley Payne, Julius Ruiz y Michael Seidman, con cuyas interpretaciones discrepa considerablemente. No estoy muy seguro de que quienes me atacan hayan hecho lo propio con Paul Preston, Michael Richards o Helen Graham.

Lo que en última instancia proponen los comentaristas es lo siguiente: dejanos en paz a nuestro Franco y nosotros dejamos en paz a vuestro Stalin. Desgraciadamente a mí ese pacto no me vale -y creo que tampoco le vale a la mayoría de los ciudadanos. Porque ni quiero a Franco ni quiero a Stalin (ni a Khruschev ni a Tito). Parece que insistir en Franco es un capricho ideológico, como si no hubiera sido el dictador que gobernó España implacablemente durante cuarenta años. Lo que quiero es una democracia en la que se respeten los derechos humanos y en la que se construya una historia común en la que honrar a los dictadores -sean del signo que sean- resulte inaceptable. 

Será que soy un antisistema.

___________
[Nota: soy científico titular en el Instituto de Ciencias del Patrimonio del CSIC. NO soy profesor en la Universidad Complutense ni tengo ninguna vinculación oficial con esta universidad desde el año 2009. Los ataques a la Complutense a raíz del suceso en el Valle de los Caídos carecen de justificación]. 

martes, 1 de agosto de 2017

Hallazgos de fin de campaña

No falla. Al final de la excavación aparecen las cosas más interesantes. Hace unos días comenzó a salir a la luz una estructura de ladrillo hueco entre la cantina y el lavadero del Asilo. No le dimos mayor importancia: parece una obra chapucera del período bélico, quizá para conectar ambos edificios. El problema es que hoy el muro de ladrillo ha continuado bajando y bajando. Llevamos ya más de un metro y medio de profundidad y no parece que vayamos a llegar al fondo pronto.

Es un refugio de tropa. Entero, muy bien conservado. Solo le falta la techumbre, que era de uralita cubierta de tierra y escombro. Los soldados lo excavaron en el espacio entre edificios y revistieron las paredes de tierra con ladrillo. El muro es de una cutrez increíble. Cualquier albañil se echaría las manos a la cabeza. En cualquier caso, salvo que se produzca un milagro, no llegaremos a ver el suelo durante esta campaña, porque nos quedan muchos metros cúbicos de tierra que retirar y solo un día de trabajo. 

Es una pena, porque los hallazgos efectuados hasta ahora en el relleno son de lo más interesante: una mezcla de restos de la guerra y de la época del asilo.

Al Asilo de Santa Cristina pertenece sin duda esta tacita con motivos infantiles: unos niños sonrosados y bien vestidos que debían de diferir considerablemente de los huérfanos y "golfos" (según término de la época) que estaban aquí internados. También a esta época pertenecen numerosos restos de vajilla fina (platos, tazas) y cristalería, seguramente donados por las familias ricas que patrocinaban la institución. 

Algunos materiales parecen relativamente recientes dentro de la vida del asilo, como la taza de café de la imagen superior. Pero también aparecen platos con motivos estampados de estilo inglés característicos de mediados del siglo XIX. Es posible que las buenas familias aprovechasen las obras de caridad para desembarazarse de la vajilla del abuela. Algo parecido a lo que hicieron los soviéticos con sus arsenales en 1936. Es curioso pensar en las muchas vidas de esta vajilla: después de haber sido usada por familias burguesas a fines del siglo XIX y niños desamparados a principios del XX, acabó sirviendo rancho legionario durante la Guerra Civil. Y en breve estará en un museo.

Los restos de la guerra comprenden elementos de munición, alambre de espino, miles de fragmentos de botellas de bebidas alcohólicas, botones, restos de trinchas y calzado. El elemento más peculiar es un casquillo de 7 mm envuelto en un trozo de papel de periódico en el que todavía se pueden leer algunas palabras: "...asiste a todos...". 

Mañana todavía seguiremos excavando y llevándonos alguna sorpresa, pero para saber como acaba esta historia tendréis que esperar al año que viene...

lunes, 31 de julio de 2017

Arqueología de la identidad (en el frente)


La zona entre el lavadero y la cantina del Asilo de Santa Cristina no para de darnos sorpresas. Uno de los últimos hallazgos que hemos efectuado es un fragmento de una chapa de identificación. Se trata de una placa reglamentaria de las que se comenzaron a utilizar por parte del Ejército Español a raíz del desastre de Annual en 1921. El modelo en concreto es de los antiguos: una chapa de aluminio considerablemente gruesa, con dos perforaciones en la parte superior y una en la inferior (no conservada), que permitía su uso como pulsera. La única información que recogía era el país (la E de España) y el número de expediente del soldado, que permitiría identificarlo en caso de muerte. Desafortunadamente el ejemplar descubierto ha perdido el registro numérico. Se trata, en todo caso, de un objeto coherente con el contexto: legionarios y regulares eran las tropas que ocupaban la Ciudad Universitaria y ellos fueron los primeros en recibir identificadores personales.



Chapas de identificación españolas partidas y completas (www.ejercitodelturia.com).

La chapa se une a varios elementos de identidad que hemos localizado en esta misma zona: un crucifijo, una insignia de la Falange y otra de la Legión. Todos estos objetos nos hablan de la importancia de mantener y mostrar la identidad tanto individual como colectiva en las sociedades contemporáneas. Y particularmente en contextos donde es fácil perder la identidad radicalmente: en la guerra moderna uno puede quedar desintegrado por una granada de artillera o morir entre desconocidos.


Los soldados del Asilo de Santa Cristina mostraban su pertenencia a una unidad militar (la Legión), una religión (el Catolicismo) y una ideología política (el falangismo). Las dos primeras formas de identidad son muy antiguas. Los legionarios romanos marcaban vasijas, lámparas de aceite, ladrillos y tejas con los indicativos de la unidad a la que pertenecían: son los orígenes del esprit de corps
 Identidad grupal de carácter militar: una antefija de la Legión XX (Wikimedia Commons).

En cuanto a los símbolos religiosos, estos se convierten en elementos importantes en la manifestación de la identidad personal con la difusión de las religiones del libro durante los últimos dos mil años. La fe monoteísta es siempre incompatible con otras creencias (al contrario de lo que sucede con el politeísmo) y resulta fundamental en la construcción del sujeto. Creer en Dios (Alá o Jehová) es parte de quién uno es.


Lámpara con representación de una menorah, símbolo judío (Museo Hecht, Haifa).

 
 Un crucifijo encontrado en las trincheras republicanas de la Ciudad Universitaria. Campaña de 2016.

Las identidades políticas e individuales, en cambio, son mucho más recientes. Las identidades políticas se desarrollan sobre todo a partir de la Revolución Francesa (que es cuando aparece la distinción entre derecha e izquierda) y más claramente durante el último tercio del siglo XIX, con la expansión de la democracia representativa y el sufragio masculino (y posteriormente universal). A partir de inicios del siglo XX se vuelven habituales los símbolos políticos que demuestran la afiliación de una persona a un partido, sindicato o movimiento social, como pueden ser medallas, chapas y anillos (en la actualidad camisetas). La política se convierte entonces en un elemento tan importante para la construcción del sujeto como antes lo había sido la religión. Y de hecho, se puede detectar algo del espíritu religioso en identidades políticas tan opuestas a la religión como el anarquismo.

Por lo que se refiere al desarrollo de la individualidad, tal y como la conocemos ahora es una forma de ser que se desarrolla lentamente desde la Baja Edad Media. Solo durante el último siglo se ha generalizado en el mundo occidental. Hasta ese momento, las identidades relacionales eran predominantes: es más importante el colectivo al que uno pertenece (la familia, la tribu, el clan) que el yo individual, cuya propia existencia puede resultar inconcebible. En España la identidad colectiva ha sido predominante entre las comunidades rurales, los analfabetos y buena parte de la población femenina hasta bien entrado el siglo XX. Quizá por eso las chapas de identificación llegaron bastante más tarde que a otros países de Occidente: en la Guerra Civil todavía resultaban poco habituales, mientras que en la Guerra de Secesión americana (1861-1865) eran ya comunes.

La abundancia de indicativos de identidad colectiva que nos encontramos en la excavación (cruces, esvásticas, yugos y flechas) nos recuerda un hecho que revela Almudena Hernando en su magnífico libro La Fantasía de la Invidualidad: que la identidad del yo es una fantasía. Ante todo somos seres colectivos. Las relaciones siguen siendo cruciales. Los hombres son quienes han negado más la importancia de los vínculos, pues su yo se basa en el éxito individual y en la competición con los demás. Quizá por eso también son los hombres los que han inventado más identidades de grupo (desde unidades militares a clubs deportivos). En realidad seguimos necesitando a la tribu. Y más que nunca cuando nos dedicamos a matarnos entre nosotros, porque los símbolos no solo nos separan del enemigo. También nos recuerdan quiénes somos y que no estamos solos.

jueves, 27 de julio de 2017

En el fondo del pozo, un enigma

Encontramos un pozo misterioso

A veces la arqueología responde bien a los estereotipos: una ciencia que descubre objetos misteriosos en sitios ocultos. No nos hemos topado con la momia (esa está enterrada cerca del Escorial), ni con un tesoro inca, pero el hallazgo es fascinante. Y también las circunstancias.  

Cuando comenzamos nuestras investigaciones en la zona antiguamente ocupada por el asilo de Santa Cristina decidimos practicar varios sondeos de un metro cuadrado para tratar de localizar los restos de las construcciones. En uno de ellos nos encontramos un sillar de granito que en principio consideramos un bloque desplazado del asilo después de la demolición. 

 
Al continuar la excavación vimos que el bloque reposaba sobre una plataforma de cemento. Y esta sobre una arqueta de ladrillo. La arqueta bajaba y bajaba. Así que concluimos que sería un pozo o un viaje de agua. La losa de granito era la tapadera. 

Con ayuda de un pico que hizo de palanca desplazamos la piedra. Al descubierto quedó un hueco circular. Nos asomamos y vimos que se trataba efectivamente de una estructura profunda. Pero no muy profunda: una cinta métrica nos sacó de dudas: 2,70 metros. Lo suficiente para abrirse la cabeza. Bajamos el detector de metales atado a una cuerda y ¡sorpresa! nos ofreció una sinfonía de pitidos (o un concierto de música electrónica más bien). Volvimos a colocar la losa de granito y debatimos qué hacer.

Esto promete.
 
Como no está bien visto poner en riesgo la vida de estudiantes (aunque varios se ofrecieron voluntarios), llamamos a Julio, alpinista experimentado y sin miedo a la muerte. Vino un par de días después y se lanzó por el brocal del pozo armado con un paletín. 

Ahí dentro está Julio.

Nada más empezar a rascar comenzaron a aparecer los tesoros, que subimos a la superficie usando cubos atados con una cuerda.
 

Otro cargamento de tesoros.


Bueno, no exactamente tesoros, si nos ceñimos estrictamente a la definición, pero sí un montón de restos de gran interés arqueológico: miles de clavos, huesos de animales, vidrios, herramientas y, lo más importante desde el punto de vista de la datación, cartuchos, balas y casquillos de Máuser. Estábamos pues ante un basurero de la guerra civil que aprovechó una vieja canalización de aguas del asilo. 

Los objetos en general son banales, pero no por ello menos interesante. Los miles de clavos están posiblemente relacionados con el desmantelamiento de los elementos de madera del asilo, quizá techumbres y muebles. Una razón verosímil: combustible para calentarse en invierno. Los restos de fauna también son significativos: grandes cantidades de cordero, oveja o cabra y vacuno, muchos de ellos con marcas de corte. También espinas de pescado y chirlas. Los legionarios estaban bien alimentados -normal, teniendo en cuenta que estaban en una de las posiciones más duras del frente madrileño, donde uno podía morir en cualquier momento de un morterazo, una mina o el disparo de un francotirador. Los civiles madrileños apenas sí podían soñar con los manjares que se consumían al otro lado del frente.


Pero el miedo a la muerte no se quita comiendo. El alcohol es de más ayuda: del pozo salió una botella de jerez completa y numerosos fragmentos de otras. Se unen a los miles de trozos que estamos documentando junto a la cantina (mayoritariamente de jerez Pedro Domecq y González Byass).

Entre los restos de fauna aparecieron también seres no comestibles -o poco recomendables desde un punto de vista gastronómico: varios restos de ratas de diversos tamaños. Algunas bastante grandes.

Pero el hallazgo de los hallazgos nos apareció en el fondo del pozo. Y es esto:


Sí señor, un símbolo que hasta un neonazi es capaz de identificar (supongo). Una insignia en forma de esvástica. Pero que sea fácil de identificar no significa que sea fácil de interpretar. La esvástica es el símbolo de los nazis desde el año 1920 y a partir de 1933, con la llegada de Hitler al poder, se convierte en un icono tristemente conocido en todo el mundo. Pese a las relaciones del bando franquista con el régimen nazi, la facción más afin a aquella ideología, el falangismo, no utilizó el símbolo regularmente hasta el estallido de la Segunda Guerra Mundial 
 Popurrí de fascismos.

¿Podría ser una insignia de la Legión Condor? Muy poco probable, porque el ejemplar que encontramos da la impresión de que está realizado de forma artesanal e incluso un poco cutre (no están bien alineadas las patas).

¿Cómo interpretarlo pues? Un par de opciones: podría ser una insignia de las milicias vascas, que emplearon insignias con la esvástica tradicional vasca (el laburu, de patas redondeadas), el cual en ocasiones se diseñó de forma idéntica (con patas rectas) a la de los nazis. 


Laburu de diseño desafortunado.

Los vascos lucharon en Madrid y en la primavera de 1937 lanzaron un ataque fallido contra el Clínico. Quizá un legionario capturó a un miliciano o encontró su gorra y se quedó la insignia de recuerdo. Finalmente la perdió y acabó en el basurero. Posible pero, en mi opinión, enrevesado.

Otra opción es que un legionario en sus tiempos libres recortara un trozo de zinc o peltre dándole forma de esvástica, un signo que para los soldados sublevados tenía que resultar familiar. Lo portaban sus aliados alemanes y lo verían en la prensa en noticias internacionales. Es decir, no se trataría propiamente de una insignia (de hecho no tiene enganche alguno y la chapa en que está hecha es muy fina), sino lo que se llama "arte de trinchera". Una forma que tenían los soldados de matar el tiempo, reutilizando materiales bélicos desechados.

En cualquiera de los casos, un enigma.

martes, 25 de julio de 2017

Sábado 29 de julio: Ven a vernos manipular la historia en directo

Jornada de puertas abiertas en 2016 (c) Álvaro Minguito.

Pocos han tenido la oportunidad de ver a Stanley Payne o a Paul Preston trabajando en un archivo, pero a nosotros sí nos podréis ver en directo manipulando la historia. Más concretamente trozos de cemento, latas y casquillos. 

Manipular, del latín manipulare, significa en las dos primeras acepciones que ofrece el diccionario de la RAE, "Operar con las manos o con cualquier instrumento" y "Trabajar demasiado algo, sobarlo, manosearlo". Lo confesamos, eso hacemos todos los días en nuestras excavaciones arqueológicas. Y el próximo sábado por la mañana lo comprobaréis si nos visitáis con motivo de la jornada de puertas abiertas que organizamos en las ruinas del Asilo de Santa Cristina. Es más, vosotros mismos podréis participar en el proceso manipulador. Incluso aunque no seais podemitas-estalinistas. Estáis todos invitados a ver, tocar y debatir sobre los objetos que hemos descubierto. Porque creemos que la historia se construye mejor dialogando.

Información del evento

Fecha: Sábado 29 de julio de 2017.
Hora: primer turno de visita guiada a las 10:30; segundo turno a las 12:00.
Dónde: junto a la ermita de la Virgen Blanca, detrás del Museo de América (véase mapa a la derecha de esta página).

¡Os esperamos!

domingo, 23 de julio de 2017

La guerra llega al asilo

Localización del sondeo 6 que excavamos en estos momentos. Imagen de El Hotel de Sundance.

La excavación del asilo de Santa Cristina nos ha deparado varias sorpresas estos días. La ampliación de los sondeos nos ha permitido reinterpretar los fragmentos de edificio habíamos ido descubriendo en los primeros días de trabajo. Ahora sabemos ya que tenemos ante nosotros dos estructuras: un gran pabellón que aparece en los planos de la guerra identificado como cantina y un pequeño edificio exento al lado. 

Este último parece que se corresponde con un lavadero. No tenía paredes hasta el techo, sino que estaba rodeado por un muro bajo y quizá contaba con una techumbre sobre pilares, como tantos otros lavaderos de la época. El arranque de los pilares se ha conservado. Los restos que comienzan a salir a la luz pertenecen a cuatro piletas de ladrillo macizo y cemento, rodeadas por un canal de drenaje. Una institución como el asilo debía de contar con una instalación de este tipo para lavar cientos de sábanas y ropas de internos cada semana.

Detalle de la zona de la cantina en la que estamos excavando, con el lavadero a la izquierda. Imagen de Fernando Calvo "La Guerra Civil en la Ciudad Universitaria", 2012.

Lo más interesante es que el lavadero no está tan arrasado como el pabellón. Y eso a pesar de qué en la guerra quedó muy dañado. En la foto superior se advierte que está derruido y cubierto de escombro. Seguramente el hundimiento de la estructura se debió a los combates: en el suelo de cemento se aprecian multitud de perforaciones que tienen todo el aspecto de ser el resultado de impactos de metralla. En realidad, esta destrucción es lo que salvó al lavadero de la demolición de posguerra. La capa de derrumbe selló una gran parte del pavimento y, lo que es más importante a efectos de este proyecto, un estrato de tierra de unos 10 cm llena de restos de la Guerra Civil. En el espacio entre el lavadero y la cantina también se conserva un nivel de la guerra, que solo hemos comenzado a excavar. 


Restos del lavadero (a la izquierda del muro) con la pavimentación de cemento y el arranque de las piletas. La imagen está tomada desde el mismo lado que la fotografía de la guerra que mostramos más arriba.

Gracias a la preservación de este nivel bélico estamos encontrando una gran cantidad de objetos que nos llevan directamente  al período en que el ejército sublevado ocupó la colina del Clínico. Entre los restos que documentamos aparecen los elementos bélicos habituales, como munición de Máuser español y alemán, balas de varios tipos y casquillos de pistola. Pero también objetos menos comunes, como una insignia de la Legión, una insignia de Falange o un crucifijo. 

 Insignia de la Falange recuperada en el lavadero.
 
Los numerosos botones recogidos en la zona del lavadero nos indican posiblmente que el sitio fue reutilizado con fines de limpieza por la tropa -para lavarse y lavar la ropa. Es contexto propicio para perder botones. También hemos descubierto un trozo de tubo de pasta de dientes, que refuerza la idea de una espacio de higiene. 


En toda la zona aparece además un gran número de botellas de bebidas alcohólicas y restos de fauna (sobre todo de oveja o cabra) lo que encajaría con el uso del pabellón durante la contienda como cantina y bar. En los próximos días seguiremos con la excavación de este nivel tan prometedor. Y aquí os contaremos como siempre las historias que vayan saliendo a la luz.

sábado, 22 de julio de 2017

Me echan del Valle de los Caídos


El Valle de los Caídos es un lugar de enorme interés para cualquiera que investigue sobre patrimonio cultural, memoria colectiva y dictaduras. Es la apoteosis del régimen franquista, el espacio conmemorativo en el que realizó una mayor inversión tanto simbólica como económica. El monumento dice mucho sobre la dictadura, pero también sobre nuestra presente democracia. Por eso este sábado decidí organizar una visita con mis estudiantes norteamericanos.

La experiencia resultó ser doblemente interesante por un evento que tuvo lugar en el interior de la basilíca. El evento en cuestión, al que ahora me referiré, puede entenderse como lo que en psicoanálisis se denomina analizador institucional, un hecho que revela un conflicto oculto o un problema que permanece en el inconsciente y por lo tanto no verbalizado. Un analizador institucional puede ser una escena espontánea que obliga a los actores que se ven involucrados en ella a reaccionar de forma no planificada y por lo tanto a exponer comportamientos, creencias y valores institucionalizados que no se manifiestan explícitamente en circunstancias normales. Describo brevemente la escena.

Me acerco a a la cabecera de la basílica del Valle de los Caídos, donde se encuentra la tumba de Francisco Franco, y me encuentro a un hombre de entre 60 y 70 años que acaba de depositar un ramo de flores y hace el saludo fascista, ante la indiferencia de personal a cargo del monumento, guardias de seguridad y un monje benedictino. Me acerco a la tumba, recojo el ramo y me dispongo a dejarlo en otro lado. En ese momento una de las encargadas me grita "¡Qué está usted haciendo!". Intento reproducir con la mayor fidelidad el diálogo subsiguiente. Entre corchetes mis comentarios a posteriori.

González-Ruibal: Estoy retirando este ramo de flores.
Encargada: Usted no tiene que tocar nada aquí [Efectivamente, lo deberían hacer ustedes] ¿Por qué lo ha hecho?
GR: Porque es ilegal [Artículo 16.2 de la Ley 52/2007, referente al Valle de los Caídos: "En ningún lugar del recinto podrán llevarse a cabo actos de naturaleza política ni exaltadores de la Guerra Civil, de sus protagonistas, o del franquismo".]
E: No estamos aquí para decidir lo que es o no es legal [Cierto, de eso se encarga el  parlamento, que es el órgano legislativo en una democracia; los empleados tienen que hacer cumplir la ley, no debatir sobre ella] ¡Usted lo que tiene que hacer es mostrar respeto!
GR: No creo que tenga que mostrar ningún respeto por Franco [¿Es exigible el respeto a un dictador en una democracia?]. 
E: ¡Este es un lugar de culto!
GR: Lo sé y no estoy haciendo nada que sea ofensivo para la religión católica.
E: Si no le gusta esto ¿Entonces para qué viene? [Ergo, al Valle de los Caídos hay que venir si eres afín a la dictadura y respetas a Franco; siempre había pensado que era así, pero nunca me lo habían dicho tan claramente].
GR: Porque soy historiador [Si le digo que soy arqueólogo habría perdido un tiempo precioso en matizaciones epistemológicas].
E: Pues no es el único.
GR: Lo sé [pero gracias igualmente por la información] .
E: ¡Si usted es historiador entonces tendría que asumir la historia!
GR: La asumo, pero esto no tiene nada que ver con aceptar la historia [Debería hablarle de la diferencia entre recordar y rendir homenaje, pero la encargada no parece muy dispuesta al diálogo].

Mis argumentos no hacen mella en la empleada del monumento. Me sorprende la excesiva indignación con la que habla, como si en vez de la tumba de Franco fuera la de un familiar suyo. Le tiembla la voz de rabia. Me dice que tengo que devolver el ramo a su sitio y abandonar la basílica. Llama a una guardia de seguridad que me escolta hacia la salida. Mientras me alejo, oigo al fondo la voz de la empleada. Continúa su diatriba, con el benedictino de interlocutor, en voz bien alta para quien quiera escucharla. El caballero del saludo fascista observa la escena con gesto aprobatorio. Acaba su visita tranquilamente.

Un resumen para acabar: un señor realiza una ofrenda floral y un saludo fascista ante la tumba de un dictador, contraviniendo una ley aprobada en sede parlamentaria y vigente a día de hoy; otro señor protesta y retira la ofrenda aduciendo que es un acto ilegal de exaltación franquista. Expulsan al señor que protesta.

viernes, 21 de julio de 2017

Volver a casa sin dejar el frente


Bobby Deglané es un personaje curioso -empezando por el nombre. Un "chileno simpático y aventurero" en palabras de Pablo Neruda, que tenía un espectáculo en el Circo Price en Madrid. El show incluía números como el Troglodita Enmascarado, el Estrangulador Abisinio y el Orangután Siniestro. Al empezar la guerra se le acusó de espía en territorio republicano y acabó en la cárcel modelo, pero consiguió la libertad y se pasó a las líneas contrarias gracias al apoyo de su embajada. En territorio franquista ejerció como reportero.

Uno de los fotorreportajes que publicó en un seminario ilustrado falangista se llama "Té moruno en la Ciudad Universitaria". En él cuenta una expedición a primera línea en la zona en la que estamos trabajando estos días. Tras cruzar la pasarela que salvaba el Manzanares y perderse en la maraña de trincheras llega al cuartel general. Allí se sienta en los sótanos con un grupo de soldados moros:

"Los detalles, las sugerencias y la influencia de aquel ambiente se adherían a mi espíritu embriagándole con su exótica belleza como en un escenario de leyenda. Y mientras los moros yantaban sus platos olorosos a especies y bebían el dorado brebaje moruno, yo recorría con mi imaginación - en esos momentos lanzada en vetiginoso galope- los lugares espeluznantes donde crepitaba la guerra como en un Apocalipsis lejano, y sin embargo a escasos metros de nosotros. 

Allí estaban los moros aquella noche, con sus pacíficas tertulias. Afuera acecha la muerte. Dormirían aquella noche como se duerme en la Ciudad Universitaria, con el fusil al brazo, para despertar acaso, antes de que el sol anuncie la llegada del día, apremiados por la alarma de un ataque por sorpresa o de la clásica voladura de una de esas conmocionantes minas subterráneas".

(Citado en M. Barchino, Chile y la guerra civil española. La voz de los intelectuales, Calambur, 2013, p. 205.)

En nuestras prospecciones hemos encontrado un objeto que remite a la escena que describe Deglané. Se trata de un colador de té. Aparece en la zona del asilo de Santa Cristina, es decir, en la posición más avanzada que los sublevados tenían en la Ciudad Universitaria -allí donde reinaba la guerra de minas.

Es un objeto aparentemente nimio, pero realmente tiene una enorme importancia. Los musulmanes no beben alcohol (o no deberían, si son fieles a los preceptos del Corán). Las bebidas sociales, por lo tanto, en vez de vino y  cerveza, son té y café. El carácter social del té entre los moros de la Ciudad Universitaria queda de manifiesto en el relato del chileno (los marroquíes consumen la infusión mientras charlan tranquilamente). No solo el acto de beber es importante, ni siquiera de hacerlo en compañía de compatriotas y correligionarios. También lo es el olor, que evoca su país y el mismo proceso de elaboración. El lento ritual de hervir y especiar el té debía de tener un efecto psicológico tranquilizador para estas tropas coloniales en un contexto doblemente hostil (el de la guerra y el de un país y cultura extraños). 

La infusión en sí, su ritual y sus objetos se convirtieron en una forma de mantener lo que el sociólogo Anthony Giddens llama "seguridad ontológica": estar ubicado en el mundo a través de rutinas familiares. Nunca son tan importantes las rutinas como donde resulta casi imposible mantenerlas.

Para Deglané el olor del té y de las especias evocan exotismo y sensualidad -tópicos de la imaginación colonial. Para los marroquíes, beber té significa volver a casa sin dejar el frente.

miércoles, 19 de julio de 2017

Antes de la guerra, después de la guerra


El escritor Stefan Zweig fue testigo del período más convulso de la historia: la Primera Guerra Mundial, la disolución del Imperio Austrohúngaro (del que era ciudadano), el auge del nazismo y el comienzo de la Segunda Guerra Mundial. En El Mundo de Ayer, su autobiografía escrita en el exilio brasileño, dice: "todos los puentes se han roto entre nuestro hoy, nuestro ayer y nuestro anteayer".

En una entrada anterior hablaba de mundos rotos para referirme a los fragmentos dispersos que encontramos en nuestras excavaciones y prospecciones en la Ciudad Universitaria de Madrid. Pero es algo más que una rotura. Es una cesura: una interrupción o una brecha que no puede sellarse y que deja a cada lado dos mundos incompatibles y mutuamente irreconocibles.

En la colina del Clínico esta ruptura se palpa materialmente. Hay objetos que pertenecen al mundo de ayer, que es el mundo de Stefan Zweig, objetos de resonancias modernistas fabricados antes de la Guerra Civil. Tanto el Art Nouveau, antes de la Primera Guerra Mundial, como el Art Déco, después de esta, son estilos elegantes, ligeros y optimistas, que reflejan una sociedad segura de sí misma y que confía en el progreso.


Brazalete y aplique de mueble modernistas, primer tercio del siglo XX.

En la inmediata posguerra las aspiraciones del modernismo se han desvanecido y han sido sustituidas por pobreza y hambre: sobre el escombro de las ruinas del asilo de Santa Cristina documentamos un pequeño hogar excavado en el suelo con una lata de sardinas en su interior. Se trata de una de las muchas fogatas con latas y vidrios que hemos ido registrando en el campus y que se datan en los años 40 y 50. La mayor parte se relacionan con personas sin hogar. El parque de la Virgen Blanca, que se extiende a los pies del Clínico, quedó fuera de las zonas de tránsito principales de Moncloa y la Universidad y se convirtió por ello en un refugio de marginados. Todavía lo es hoy.

Excavación del hogar de posguerra sobre las ruinas del Clínico, con un cartucho de Máuser alemán en un nivel anterior.


También descubrimos otros objetos muy representativos de los años 40 a 60: varias monedas de Franco y una medalla de aluminio de la Virgen Milagrosa. La advocación existe desde el segundo tercio del XIX y el diseño de la medalla no ha cambiado desde finales de ese siglo. Es el metal el que sugiere una datación posterior a la Guerra Civil.



Miseria, caudillos y vírgenes: el registro arqueológico de la posguerra.

martes, 18 de julio de 2017

El Clínico cinco mil años después

Un peine de fusil Máuser de 7 mm, el arma reglamentaria del Ejército español en 1936 (c) Álvaro Minguito.

A veces nos preguntan si no es un problema excavar un pasado tan reciente como el de la guerra y la dictadura, un pasado que todavía nos importa tanto. Es posible que sí. El tiempo permite observar la historia con más desapasionamiento. Aunque solo a veces. Los nativos americanos no observan con desapasionamiento la Conquista de América, porque siguen sufriendo sus consecuencias. Como no cambie mucho la situación, dentro de mil años seguiremos discutiendo sobre la Guerra Civil como si hubiera sido ayer.

La arqueología, de todas maneras, es en sí misma un ejercicio de distanciamento. Nuestras técnicas de recuperación de datos y de registro de la información transforman el pasado más próximo a la vez en un objeto científico y en un tiempo extraño. 

Pero podemos ir un paso más allá y tratar de imaginar como verán unos arqueólogos dentro de cinco mil años los restos que excavamos hoy. Unos arqueólogos que solo dispongan de información textual fragmentaria e incompleta (como los investigadores que estudian el mundo celtibérico, por ejemplo) y los restos materiales. 

Pongamos que estudian, como nosotros, la colina del Hospital Clínico de Madrid.

Excavación de las ruinas a los pies del Hospital Clínico.

Se trata de un edificio civil, un hospital, destruido y reconstruido, en cuyas paredes todavía se aprecia el fuego de ametralladora, fusiles y artillería. A sus pies las ruinas arrasadas hasta los cimientos de unos pabellones que pudieron tener una función industrial, quizá, o asistencial. En todo caso, se trata de edificios civiles también, que en determinado momento fueron ocupados por militares.

Entre las ruinas encontramos restos de armamento reglamentario que se corresponde en su mayor parte con el que utilizaba el Ejército español en los años 30 (cartuchos y peines de Máuser español, granadas Laffite y de tonelete). La fecha la conocemos por los marcajes de la munición. También aparece armamento importado, concretamente de la Alemania nazi. Una insignia del cuerpo legionario ratifica la idea de que los ocupantes de las ruinas son una unidad del Ejército español. 

Es más difícil saber quiénes son los atacados, porque las balas y granadas entrantes son de una variedad de países (Francia, Unión Soviética, Italia, Alemania, Reino Unido). Como si los atacados hubieran sido cogidos por sorpresa y hubieran tenido que armarse como pudieron. Por eso quizá también aparecen granadas artesanales y munición del siglo XIX. Pero esto puede que sea elucubrar. Y el arqueólogo de dentro de cinco mil años es positivista. Se ciñe a los datos materiales.

Tapa de una granada artesanal "Quinto Regimiento" encontrada en el cráter de mina del Clínico.

Un arqueólogo de dentro de cinco mil años llegará a la conclusión con los datos disponibles de que en los años 30 el Ejército español o una facción de dicho Ejército decidió ocupar militarmente la capital del Estado. Y como es un arqueólogo positivista y objetivo solo registrará estos hechos contrastables en su informe. Y quizá no sea necesario elucubrar más. Porque hay veces que los objetos hablan por sí solos.

lunes, 17 de julio de 2017

Cara al sol con la camisa vieja

Las granadas más numerosas en las laderas del Clínico son las Laffite. Al menos cuatro de ellas aparecen razonablemente enteras. La que ilustra esta entrada es particularmente interesante. La Laffite, al contrario que las granadas más conocidas, no se iniciaba con la característica anilla, sino que contaba con un fiador insertado en una placa de seguridad, que a su vez iba ceñida al cuerpo de la bomba con una tela. Un mecanismo complejo y no particularmente fiable. En un par de ocasiones al menos hemos encontrado restos de la tela basta de color crema, semejante a una venda. 

En este caso los restos que se conservan son bastante peculiares. La tela que aparece adherida al contraseguro de la granada parece corresponder a una camisa de cuadros civil. Quizá se deterioró la cinta original y un legionario mañoso decidió sustituirla por un trozo de camisa vieja. Detalles como estos hacen de la Guerra Civil algo tan vernáculo, donde reinaron la improvisación, los apaños y el reciclaje.