jueves, 3 de octubre de 2013

Momentos de una batalla

  
Pozo de tirador que defendía el perímetro de la Enebrá en abril  de 1938

La arqueología a veces documenta procesos que se desarrollaron a lo largo de milenios. En otros casos, registra hechos que duraron años, meses o incluso días. En arqueología contemporánea es habitual encontrarse microeventos que, en su aparente trivialidad, esconden toda la tragedia de la Historia con mayúsculas.

Uno de esos microeventos es el que tuvimos ocasión de estudiar la semana pasada en el lugar de la Enebrá Socarrá (Abánades), escenario de terribles combates que tuvieron lugar en torno al 1 de abril de 1938. Venimos estudiando esta batalla dentro de una batalla (la ofensiva republicana del Alto Tajuña) desde el año 2011. En las campañas anteriores documentamos el asedio al que sometieron los republicanos a un pelotón de soldados franquistas atrincherados en una paridera. Muchos cayeron: los cadáveres destrozados de cinco de ellos aparecieron durante nuestra excavación. Pero también los objetos que llevaban en la lucha (munición, medallas religiosas, monedas, cepillos de dientes, gemelos, insignias, latas, medicinas).

Durante este año hemos continuado la exploración de este enfrentamiento tan terrible como breve (no duró más de dos días). A 130 metros al este de la paridera de la Enebrá exhumamos un conjunto de restos humanos que salieron a la superficie el pasado otoño, removidos por un jabalí. Sabíamos que era uno de los caídos en esta batalla, por su proximidad a la paridera y porque poco después de los combates un grupo de republicanos informaron del entierro de 25 cadáveres en esta zona. Seguramente no se esforzaron mucho: cavan una zanja no muy profunda y arrojan unas piedras, en el mismo sitio donde cayeron sus enemigos, para que no huelan ni queden a la vista.


Fosa superficial con restos de un soldado caído durante la Batalla de la Enebrá.

Los restos que descubrimos pertenecen a uno de estos caídos enterrados apresuradamente. Al prospectar la zona circundante con el detector localizamos una nueva zanja, pero sin cadáver. Es un pozo de tirador, intacto, tal y como debió quedar cuando su ocupante lo abandonó, tratando de huir del avance implacable de los republicanos. Dejó detrás tres cargadores bien colocados en la parte trasera del pozo, listos para ser usados, y tres casquillos: los disparos que le dio tiempo a efectuar antes de que el enemigo se le echara encima. El ocupante del pozo es muy posiblemente el individuo cuyos restos exhumanos. Debió salir de su posición y correr hacia las filas amigas (al norte), cuando fue alcanzado, quizá, por una bala. No por la artillería: hay escasas pruebas de fuego artillero aquí, lo cual es lógico, porque los republicanos estaban muy cerca en esta zona y sería arriesgado recurrir a los cañones, muy poco precisos.


 Cargadores en la parte trasera del primer pozo de tirador

 
Casquillos y latas de sardinas y atún en el primer pozo de tirador.

No fue el único en caer en esta posición. A pocos metros del primer puesto de tirador aparece un segundo, también con varios casquillos percutidos. En este caso hay huesos en su interior, un fémur y un peroné, que corresponden a dos individuos distintos. Estaban sepultados por piedras. Pensamos que sus tumbas poco profundas fueron saqueadas por los vecinos tras la guerra y los huesos dispersados, excepto los dos que encontramos en el pozo-tumba.


Pozo de tirador con restos humanos (junto a la escala mayor)

Los soldados franquistas utilizaron un afloramiento rocoso como defensa, a lo largo del cual cavaron sus posiciones, y frenaron durante un tiempo el ataque republicano. La resistencia aquí debió durar quizá un día o día y medio, porque aparecen varias latas, la mayor parte del bando sublevado (Conservas Alonso, de Vigo).

Los defensores venían retirándose desde sus posiciones al este. Lo sabemos por la dirección de las balas entrantes y por los casquillos. Aparecen en pequeños grupos en distintos lugares, que revelan la ubicación de tiradores aislados, que hacían fuego sobre los republicanos y al mismo tiempo atraían los disparos enemigos: documentamos en las mismas concentraciones de munición vainas disparadas de Máuser alemán (el fusil de los franquistas en esta posición) y balas impactadas de Mosin Nagant y Máuser español -las armas que llevaban los atacantes. 

La paridera de la Enebrá, al oeste de los pozos de tirador, fue verosímilmente el último lugar de resistencia de los franquistas, antes de ser aplastados por los cañones y los tanques de la República.

Al documentar estos momentos breves y salvajes uno tiene la sensación de que el tiempo se ha detenido aquí el 1 de abril de 1938.