jueves, 28 de marzo de 2013

Lidice Shall Live

Ayer estuvimos en Lidice, al ladito de Praga, en la República Checa. En principio puede describirse como es presentado a los visitantes por parte del museo allí situado, es decir, como el lugar en el que se localizaba un pequeño pueblo de unos 300 habitantes (mayoritariamente campesinos, aunque también mineros) que fue arrasado y borrado del mapa en junio de 1942 por parte de los nazis ocupantes de Checoslovaquia. Esta masacre vino acompañada de la deportación de cerca de doscientas mujeres a campos de concentración (como Ravensbrück), la ejecución de otros tantos hombres y el envío de unos cien niños a otros campos y, en algunos casos, al hogar de familias alemanas de las SS para ser “reeducados”. Se hizo bajo el pretexto de que uno de sus habitantes habría participado en el asesinato de Reinhard Heydrich, lugarteniente de Hitler encargado de dominar Checoslovaquia tras su invasión en 1939, cosa que nunca se demostró de manera creíble; por eso muchos dicen allí que se trataba en realidad de un castigo ejemplarizante (repetido en otros casos próximos como Lezaky).

Panorámica del lugar del antiguo Lidice 

Lo que allí se visita hoy (y desde los años 60, cuando el gobierno comunista decide monumentalizar la memoria que desde los años 40 se tenía de este horror, derivada en parte del movimiento Lidice Shall Live) es un gran campo, en torno a un arroyo, en el que no hay nada más que un prado verde, un museo, algunos monumentos conmemorativos (una cruz de madera, algunas estatuas, un recinto de piedra...) y el zócalo de lo que se dice que fue la granja de un vecino en la que se fusiló a los hombres del pueblo; a lo lejos, desde el borde de la cuenca se asoma un bosque más o menos espeso y en los límites con el campo hay un cementerio, además de un nuevo Lidice en la divisoria de aguas. Pero nada más, aparentemente. Luego averiguamos que debajo de ese prado, en las laderas que bajan al arroyo y, más aún, en el fondo de la vaguada se encuentran los escombros del pueblo, sepultados en sucesivos allanamientos y rellenos de las laderas y cuencas, además de una fosa con los restos de los fusilados.

 Memorial de Lidice

Sin embargo, también puede presentarse Lidice como un lugar no-lugar, o como un vacío, aunque sea paradójico. Podría considerarse un típico hiato erosivo, aunque en este caso la falta de sedimentos no es consecuencia de una erosión natural sino de la represión nazi, e incluso se podría decir que no es falta de sedimentos o de un paquete sedimentario (un hiato, en sentido sedimentológico) lo que hay (o no hay), sino una compresión o aplastamiento de la realidad material de cientos de personas en un momento dado. En cualquier caso, es un vacío. Pero, ¿cómo es posible ver (o hablar de) un vacío? El vacío existe, sí; pero el vacío no se puede asir, ni tocar, ni ver. Y, sin embargo, en Lidice está, y se ve, y se toca, y se siente. ¿Me lo puede explicar algún físico? ¿O necesitaríamos más bien a un filósofo? (¿Y si pensamos mejor en la gente...?) Si la nada es nada, ¿cómo es posible que “sea”? Dejémonos de retórica; un inicio (o propuesta) de respuesta ya ha aparecido en este párrafo: el vacío existe porque se construye destruyendo, y la construcción de la destrucción es en este caso, como en otros, una obra política totalitaria, nazi.

Placa conmemorativa y cimientos de la granja en la que fueron fusilados 
los cerca de doscientos hombres de Lidice el 10 de junio de 1942

Esta obra ha consistido en borrar del mapa el pueblo, arrancar de raíz los árboles, fusilar, expulsar, reeducar a la gente y dejarlo todo tapado, cubierto, “como si nunca hubiera existido”. Esto, sin embargo, no llega a ser aún un vacío. El vacío se crea, creo, cuando la gente (mucha gente, interesadamente o no, acaparando o no, o haciéndolo de un modo y también de otro) llama la atención sobre el proyecto totalitario, y mantiene su huella y rastro (que pretenden ser la no-huella y el no-rastro), convirtiéndolos realmente en no-huella, no-rastro, no-lugar. Y así nace el vacío, devolviéndoles a los nazis con su propia fechoría toda su violencia, si bien exacerbada, fagocitando su intención y devolviéndonos su cara más real. Me estremezco, y no tanto cuando no veo nada, sino cuando veo la nada; es algo así como el sentimiento de Atreyu, como de cualquiera, cuando se acerca la Nada en la Historia interminable, esa fuerza que carcome a los seres humanos desde la realidad eliminando la fantasía, el sueño por vivir tranquilxs, en paz. Así que nada: viva el memorial de Lidice, y si no nos dejan soñar nos convertiremos en sus pesadillas, en la latitud que sea.

El hiato de Lidice

Fotos cedidas por Lucía González y Pedro Zufiría

lunes, 18 de marzo de 2013

Memoria de la Rehabilitación parcial del Destacamento de Bustarviejo

Aquí teneis acceso al informe de la rehabilitación del Destacamento Penal franquista de Bustarviejo, realizada entre los meses de marzo y junio de 2012. También están los anexos con las planimetrías y los materiales. A las entradas realizadas en el blog durante el desarrollo de los trabajos se añade ahora la memoria final. Podeis acceder también a través de la pestaña "Nuestras investigaciones".

miércoles, 13 de marzo de 2013

Arqueología de la violencia en Santiago de Compostela



Santiago de Compostela es una ciudad declarada Patrimonio Cultural de la Humanidad por la UNESCO. Cada año, millones de peregrinos y turistas visitan su catedral, una de las más espectaculares de Europa, pasean por las calles empedradas, contemplan sus edificios barrocos y se comen una mariscada en los restaurantes que proliferan en el casco histórico. Santiago es también, desde el siglo XVI, una ciudad universitaria, cuya vida estudiantil se hizo famosa gracias a la novela La Casa de la Troya, de Pérez Lugín (1915). Santiago es una ciudad pintoresca, histórica y tranquila.


Pero debajo de la fachada monumental de Santiago hay también una historia de conflicto. Ayer Xurxo Ayán Vila guió una ruta por la violencia soterrada en las calles de la ciudad dentro del Festival Internacional de Narración Oral "Atlántica". Mediante las mil historias que fue contando Xurxo, los rincones santiagueses dejaron de ser lugares amables y se convirtieron de repente en centros de lucha, represión y resistencia. En vez de historias de estudiantes y peregrinos, conocimos historias de venganza, persecuciones implacables, asesinatos. También de resistencia cívica y de personajes maravillosos, pero olvidados por la crónica oficial.

Historias como la de los 22 miembros del Comité de Salvación de la República, que trataron en los primeros días de mantener la legalidad republicana en Santiago y al mismo tiempo el orden, evitando todo tipo de abusos. No les sirvió de nada: el golpe triunfó igualmente y todos los miembros del comité, menos uno que consiguió huir, fueron asesinados. Todos pasaron por las mazmorras del Pazo de Raxoi, el imponente edificio neoclásico que se alza frente a la catedral y que nadie relacionaría con torturas y asesinatos. Incluso una ciudad como Santiago esconde una topografía de terror.

 Foto: Wikimedia Commons
Quizá donde mejor se advierta la disonancia entre la historia pintoresca y la historia traumática sea en la popular estatua de As Marías de La Alameda. La imagen representa a dos vecinas del casco histórico, Coralia y Maruxa Fandiño, que salían durante los años 60 a pasear por Santiago, vestidas y maquilladas de forma extravagante, y departían con los vecinos, piropeaban a los hombres y flirteaban con los estudiantes. Con el tiempo se fueron convirtiendo en una parte más del paisaje de la ciudad. Hoy lo son ya, en forma de estatua. Con ellas se fotografían los peregrinos y turistas, que desconocen la historia real de estas mujeres.

Porque Coralia y Maruxa no siempre fueron extravagantes. No lo eran durante la Guerra Civil, cuando uno de sus hermanos, de la CNT, fue asesinado por falangistas y otros dos tuvieron que huir. Los valientes represores se dedicaron entonces a humillar repetidamente a Coralia y Maruxa para descubrir el paradero de sus hermanos. Hacían registros nocturnos de su casa, las desnudaban en la calle, las llevaban a las afueras de la ciudad y las maltrataban -un castigo que continuó hasta mediados de los años 40. Su extravagancia fue una respuesta traumática a la brutal experiencia de la guerra.

Que no podemos vivir diariamente en una topografía de terror, es evidente. Pero eso no significa que tengamos que olvidarla. Se trata simplemente de reconocer que la historia -cualquier historia- tiene dos caras, una amable y otra repulsiva. Y las dos forman parte de nosotros.

lunes, 11 de marzo de 2013

La Enciclopedia de los Muertos



La filóloga Aleida Assmann habla en su libro Memoria cultural y civilización occidental del cuento del escritor serbo-húngaro Danilo Kish "La Enciclopedia de los Muertos".

Frente a las enciclopedias de los vivos, la que imagina Kish está dedicada a la dimensión olvidada de lo que ha sido. En su cuento describe una biblioteca cuyos volúmenes polvorientos, la Enciclopedia de los Muertos, están dedicados exclusivamente a lo que ha quedado excluído del recuerdo cultural por ser insignificante. Su propósito es registrar todo lo que queda fuera del terreno del archivo convencional -lo que no tiene nombre, lo invisible, lo insignificante, lo efímero. Se trata de la tarea utópica de documentar toda la vida y la vida de todos: mientras la Historia solo puede preservar los nombres de unos pocos, en la Enciclopedia de los Muertos la existencia de aquellos que enseguida quedan relegados al olvido aparece documentada en todo detalle. Porque la Enciclopedia -como el registro arqueológico- es la suma de todos los destinos humanos, de todos los hechos, de todas las acciones y pensamientos.

Los Maestros de la Enciclopedia consideran que lo que deja de recordarse es como si nunca hubiera existido: la caída en el anonimato extingue la vida una segunda vez, como si se hubiera vivido para nada. Los Maestros luchan contra esta amnesia. Para quien busca a un ser querido en la biblioteca, ellos dan prueba, con su trabajo, de que "su vida no ha sido en vano, que hay todavía gente en la tierra que recuerda y da valor a cada vida, cada aflicción, cada existencia humana".

Como los Maestros de la Enciclopedia de los Muertos, familiares, miembros de asociaciones, voluntarios, antropólogos y arqueólogos han trabajado desde hace más de una década en España para documentar vidas condenadas injustamente al olvido. Y lo han hecho recuperando lo invisible, lo innombrable y lo insignificante: huesos, casquillos, botones, palabras, cartas escondidas. 

Estos días acabamos de escribir un nuevo capítulo de la Enciclopedia de los Muertos: un capítulo que habla de la existencia de 22 personas asesinadas en Castuera tras la Guerra Civil y que pronto será accesible desde este blog. Como tantos otros capítulos de la Enciclopedia, el nuestro es un inventario de huesos, zapatos, heridas, balas, plumas, botones, hebillas, lápices, gafas, monedas y anillos. Porque, como escribe Danilo Kish, "no hay nada insignificante en una vida humana".