lunes, 7 de diciembre de 2015

La materialidad de la violencia


Dice Olivier Ranzac que para visualizar la violencia política del siglo XX llega con un trozo de alambre de espino. Y no le falta razón. Esta tecnología de mediados del siglo XIX ha quedado estrechamente vinculada a la brutalidad contemporánea: las alambradas se utilizaron primero para expropiar a los nativos norteamericanos de sus tierras, que fueron ocupadas por rancheros blancos; posteriormente se usaron para defender las trincheras de la Primera Guerra Mundial y en ellas quedaron colgados los cadávares de cientos de miles de combatientes; tras la Segundad Guerra Mundial el alambre ha quedado fijado en nuestra imaginación como metáfora material del Holocasuto. 

El alambre de espino de los campos de batalla, de concentración y de exterminio hace referencia a la violencia física moderna y en concreto a sus efectos más evidentes: la creación de distancias, barreras y zonas de control y exclusión. Sin embargo, la violencia moderna se caracteriza por otros dos elementos fundamentales: la proliferación de formas de violencia simbólica y la burocratización. 

La burocracia, entendida como un sistema eficiente y racional, es un elemento clave del estado moderno -como señaló en su día el sociólogo Max Weber. El problema es cuando la eficiencia y racionalidad burocráticas se ponen al servicio de la violencia extrema. Esto es lo que sucedió en la Alemania nazi: en opinión de Zygmunt Bauman, la burocracia fue un elemento clave en el éxito del genocidio perpetrado por los nazis, más que el antisemistmo (la burocracia alemana funcionaba perfectamente; el antisemitismo, en cambio, no: muchos alemanes no eran antisemitas o no hasta el extremo de albergar intenciones genocidas). A una escala diferente, la burocracia fue fundamental en muchas otras dictaduras. 

En el caso del franquismo, la materialidad de la violencia no la forman solo los paredones donde se fusilaba, el alambre de los campos de concentración o los muros de las prisiones. También son parte de la violencia los papeles de la dictadura: los que condenaban a alguien a 30 años de cárcel o lo dejaban en libertad vigilada. Papeles como el que ilustra esta entrada marcaron a la gente tanto como la estrella de David a los judíos del Reich. Los documentos de condena son metáforas de una violencia física real: la que lleva al reo al paredón y acaba con su vida. Los documentos de puesta en libertad son ejemplos de violencia simbólica, porque, sin necesidad de provocar un daño físico, agreden -y mucho, porque causan un daño moral duradero. De hecho, a través de la estigmatización que provocan y que se prolonga en el tiempo pueden ser más efectivos políticamente que las balas. 



En el documento de la fotografía se observa otro efecto de la violencia simbólica de la burocracia franquista. Se trata de lo que podríamos denominar "violencia historiográfica". Desde los inicios de la guerra, los sublevados se vieron en la necesidad de legitimar su postura. Para ello nada mejor que acusar a los otros del crimen que ellos habían perpetrado: rebelión militar. La persona a la que se refiere el documento fue condenada a treinta años de cárcel por rebelión militar (cumplió siete). Era un ferroviario sindicalista de UGT cuyo delito fue su afiliación política y haber permanecido fiel a la República. La fidelidad se convirtió en rebelión.

Es natural que debatamos sobre las raíces de la Guerra Civil Española, que no nos pongamos de acuerdo sobre todos los factores y actores que influyeron en su desencadenamiento, sobre las violencias de unos y de otros. Pero aceptar las tesis de la dictadura, de forma explícita o implícita, y acusar a los republicanos del origen de la guerra es perpetuar la violencia simbólica e historiográfica que iniciaron los sublevados en julio de 1936.