viernes, 11 de diciembre de 2015

La verdad de las bombas



Inevitablemente, las bombas nos fascinan. Tanto es así que algunos las coleccionan, infringen la ley y ponen en riesgo su integridad física e incluso su vida. Cuando damos con ellas durante nuestras investigaciones arqueológicas, son siempre un hallazgo emocionante: todo el mundo acude a verlas con una mezcla de atracción y miedo. Lo que nos atrae es esa capacidad de destrucción enorme en un contenedor tan pequeño. También el hecho de que ese artefacto del pasado (a veces ya remoto) siga activo ahora en el presente y continúe siendo tan peligroso hoy como hace 80 años. Las granadas de artillería, además, son una figura icónica de la guerra contemporánea: no han cambiado mucho desde 1914. Por eso, todos sabemos lo que significan sin necesidad de mayor explicación. Esto es lo que los filósofos denominarían "anámnesis". Una forma inmediata de comprender la historia, de golpe.

¿Pero comprendemos realmente? No del todo. Existe un límite a nuestra imaginación. Nos cuesta visualizar el daño que causan las bombas y aún si lo visualizamos, no podemos sentir el dolor, ni oler la heridas. Por eso a veces conviene recordar el efecto del alto explosivo. Porque si no lo hacemos, corremos el riesgo de convertir la guerra en un juego inofensivo. 

Bombardeo del mercado de Sarajevo, 1994.

Lo queramos o no, la guerra la trivializan los recreadores, que reconstruyen batallas incruentas como si fueran un juego de rol; también los historiadores militares, al describir operaciones bélicas a modo de partida de ajedrez, y los arqueólogos, cuando encontramos estos artefactos con el aspecto ya de antigüedades arcaicas y los exponemos al público como tales. Quiénes han vivido bajo las bombas sí comprenden lo que significan. Se puede argumentar que es obsceno enseñar imágenes de cuerpos rotos. Pero personalmente considero que es más obsceno contar la guerra como si no mutilara y deformara a la gente, como si fuera apenas una especie de deporte de riesgo. 


Gueules cassées, caras rotas: víctimas de la artillería en la Primera Guerra Mundial.

El escritor Henri Barbusse, que vivió bajo el fuego artillero en la Gran Guerra, nos dejó una buena descripción de su efecto en las personas. El autor le pregunta a un compañero, Marchal, que acaba de volver de primera línea por el resto de los camaradas. La mayor parte han caído víctimas de las bombas:

"-Barbier ha muerto.
 -Nos lo han dicho ¡Barbier! 
 -Fue el sábado, a las once. Tenía la parte de abajo de la espalda arrancada por el obús, dijo Marchal, y como cortada por una cuchilla. Besse recibió un trozo de obús que le atravesó el vientre y el estómago. A Barthélemy y Baubez les alcanzaron en la cabeza y el cuello. Nos pasamos toda la noche corriendo al galope por la trinchera, de un lado a otro, para evitar las ráfagas. El pequeño Godefroy ¿lo conoces? La mitad del cuerpo arrancado: se vació de sangre en el sitio, era extraordinario toda la sangre que tenía; hizo un arroyo de al menos cincuenta metros en la trinchera. Gougnard tenía las piernas como carne picada por los fragmentos. Cuando lo recogimos no estaba muerto del todo".
(Henri Barbusse, Le Feu. Journal d'une Escouade. Paris, 1916.)

Los monumentos de la Primera Guerra Mundial se olvidaron de lo que fue verdaderamente el conflicto. En vez de sangre y visceras, presentaron figuras épicas y sentimientos sublimes de heroicidad y gloria. Irónicamente, la guerra reclamó realismo al arte al menos en un caso. En Trévières el monumento a los caídos erigido tras la Gran Guerra mostraba una típica figura femenina idealizada. Durante la batalla de Normandía, treinta años después del comienzo de la Primera Guerra Mundial, un proyectil impactó en la estatua y la convirtió en una gueule cassée. Ahora sí es un recordatorio de la violencia real de la guerra.


1 comentario:

Oscar Rodriguez dijo...

La guerra, el terror político, la tortura, ..., parece que solo los recuerdan quienes los han sufrido, esos sí, es un recuerdo para toda la vida. Las élites parecen inmunes y, finalmente, impunes.