miércoles, 14 de agosto de 2013

El "ingenuo" pintor naïf


El último número monográfico de la revista Desperta Ferro recoge diversos trabajos sobre la batalla del Ebro, entre ellos, una síntesis de las excavaciones realizadas por nuestro equipo en La Fatarella (Tarragona) en septiembre de 2011. Otro de los artículos, firmado por Angela Jackson, se centra en el heroico trabajo desarrollado por las enfermeras y camilleros del bando republicano. En las mismas condiciones actuaron los sanitarios y camilleros del bando nacional. Uno de estos camilleros fascistas fue Manuel Lema Otero (1906-1991). Nacido en la parroquia de Borneiro (Cabana de Bergantiños, A Coruña), este personaje cunqueiriano fue en la postguerra albañil, carpintero, encofrador, agricultor e inventor. Fue el artífice de ingenios como la teja plana de cemento, una bomba automática de subir agua sin gasto de energía, un sistema de alarma antiincendios, un sistema de elaboración de gas metano a partir del estiércol, una escopeta de caños, un libro de quinielas, un molde para la elaboración de capiteles para cruceros, un termómetro para medir la temperatura de los hornos y una serie de juguetes articulados. En todo caso, el invento patentado que le dio algo de dinero fue una incubadora de pollos. El éxito de este artilugio en la comarca de Bergantiños hizo que se le conociese como Manolo “o dos pitos”. Pero la creatividad de Manuel alcanzaba su mayor expresión en la pintura.
 La Batalla del Ebro (1980).
En 1982 participó en el Concurso de arte naïf o ingenuista gallego organizado por la Fundación Barrié de la Maza y ganó el primer premio. Presidiendo el tribunal se encontraba José Filgueira Valverde, galleguista tradicionalista en la preguerra, franquista convencido que hizo carrera política en la dictadura, y Conselleiro de Cultura en el gobierno autonómico de Alianza Popular. La Fundación que organizaba el certamen había sido fundada por Barrié de la Maza, banquero e industrial coruñés, amigo de Franco desde la juventud, que financió el golpe de Estado y recibió como contrapartida los beneficios de los embalses construidos por el régimen en Galicia. De hecho Franco le concedió el título de conde de FENOSA. Su viuda fue la encargada de dar el premio a Manuel Lema Otero, por su obra naïf titulada: La batalla del Ebro.
Este cuadro forma parte de la aficción por la historia de Manuel, que entremezcla con sus experiencias personales. Fruto de su paso como cantero por las excavaciones arqueológicas en el castro de A Cidá de Borneiro, son una serie de cuadros en los que recrea el pasado céltico de su pueblo o las ofrendas de los druidas en el dolmen de Dombate.
Recreación del castro de A Cidá de Borneiro (años 80).

Este es el testimonio de Manuel, recogido por el periodista Ezequiel Pérez Montes en una entrevista surrealista para El Ideal Gallego a raíz de la concesión del premio en 1982:

Es que yo hice la guerra civil. Yo estuve con Franco, que era una buenísima persona, al que admiro mucho. Fui camillero en el Ebro. Y vi el desastre: árboles sin ramas y en cada rama, un trozo de brazo o de muslo. O chiquillos de 14 años con la cabeza atravesada por un balazo. Y fotos de las novias y de las madres, empapadas en sangre y en manos de moribundos. Y pinté, pinté lo que recuerdo como el primer día. Este cuadro no es mentira, es mi vida como yo la veo y mi tristeza de aquel tiempo como la recuerdo. De verdad. Yo no sé si esto es ingenuo, pero es muy triste. También estuve en la toma de Madrid y de Barcelona. No quise ser cabo. Me hirieron dos veces en la mandíbula y en los dientes. Me los saltaron. Nunca me los puse. Ahora, con este dinero [200.000 pesetas], me los voy a poner. Porque yo quiero comer lacón con grelos y me gusta el vino de la tierra. También juego a las quinielas y me tocaron tres premios pequeniños. No aún no fui a ver la exposición a la que presenté diez cuadros pero en cuanto termine de hablar con usted, me voy a escape.
Evacuación de heridos en la batalla del Ebro (1980): Recuerdo para los que fueron heridos en las terribles guerras del pasado. Evacuación por altas montañas inaccesibles a la locomoción.
En La batalla del Ebro, Manuel refleja una visión apocalíptica de los horrores de la guerra, que coincide con el testimonio de los supervivientes de aquella carnicería. Sobre los esqueletos, a los que acuden moscas azules, se levanta un remolino. Las campanas del cielo y de la tierra repican entre nubes invadidas por los colores de la batalla. En el remolino se lee: En el tiempo y en el espacio han sonado las campanas del cielo y de la tierra, pero no les hemos hecho caso
Este es un tema que todavía está por estudiar. La plasmación artística del recuerdo de la guerra y los efectos del shock postraumático en esos soldados que siguen siendo piezas anónimas en el discurso historiográfico sobre la guerra civil que todavía predomina hoy.

P.S. El gran sueño de Manuel era ir a Turín a conocer la Sábana Santa e iniciar una investigación para intentar descifrarla.

1 comentario:

Natalia Lema Otero dijo...

Grana rtículo sobre mi abuelo. Un saludo.