lunes, 5 de mayo de 2014

El cartero siempre se arma dos veces

Milicianos y gudaris en Intxorta. Fotografía de Jon Urbe (Argazki Press).

Los especialistas en Etnografía y Antropología utilizan como herramienta de trabajo lo que denominan la observación participante. Esto es, la mejor manera de analizar e interpretar una actividad performativa humana (un rito de paso, por ejemplo) es haciéndolo desde dentro de la propia comunidad, participando directamente, si te dejan. Esta experiencia participativa nos permite acercarnos a todos los agentes implicados, a todas las voces y sensibilidades que confluyen en esos actos, a las personas que protagonizan estos eventos, como se dice ahora. Haber estado allí es una suerte de garantía para poder emitir juicios de valor.
Por unas horas emulé a mis dos abuelos y me convertí en un soldado nacional, en un quinto procedente del rural, de ideología izquierdista, pero movilizado por los militares sublevados. Carne de cañón obligada a tomar una posición clave en el avance sobre Bizkaia. Como compañeros de viaje: regulares, requetés y falangistas alaveses y guipuzcoanos.
Antes de dar inicio a nuestra particular batalla de Intxorta, la tropa se alivia viendo el amplio reportaje que recoge la revista Interviu sobre la recreación del año pasado. Una simpática señora de la organización insiste en dar menos rancho a los nacionales, a ver si así se ayuda un poco al Ejército de Euskadi. El vino asalta-parapetos se adueña del almuerzo.
Soldados nacionales y requetés en Intxorta. Fotografía de Beloki.

A. se enteró con más de cuarenta años que su padre, siendo adolescente, había acudido al mercado de Gernika el funesto día del bombardeo. A. nació en un caserío al pie de Intxorta y desde niño escuchó en casa, de boca de su abuela, historias en voz baja sobre la rapiña a la que se entregaron los vencedores. El alcance de los atropellos fue tal que los propios mandos nacionales fusilaron a soldados moros por haber violado a chicas de los caseríos de la zona.
J. es un recreador experto que participa en los combates. Comprende perfectamente la idiosincrasia de esta actividad y se esfuerza porque nuestra compañía haga un buen papel en la recreación. Con generosa entrega corrige gestos, organiza los movimientos y nos ayuda a hacer las cosas con criterio. Aunque se viene un poco abajo cuando ve a uno con los calcetines del Athletic, J. queda bastante contento con el espectáculo. En el acto de homenaje a los luchadores por la libertad y contra la impunidad del franquismo, J. nos exige adoptar un rictus de respeto mientras formamos. Sin embargo, muestra su desacuerdo con el acto, no porque él sea fascista, sino porque considera que no se debe mezclar la política con la recreación. Esta opinión, a nuestro modo de ver, es mayoritaria en el ámbito de la recreación, del mismo modo que en la Arqueología sigue primando un enfoque que deslinda ciencia y política.
J. está de acuerdo en dar las armas al pueblo. Lástima no fuese gobernador civil en julio de 1936.
En camino hacia el acto de homenaje a los defensores republicanos. 
Fotografía de Jon Urbe (Argazki Press).

R. es otro recreador vizcaíno con experiencia que considera que esto no se podría haber hecho hace cinco o seis años en Euskadi, andar con la bandera española tomando unos potes vestido de nacional por el pueblo. El año anterior unos vecinos de avanzada edad increparon duramente a los recreadores del bando nacional, pensando probablemente que los chavales lo hacían por convicción ideológica. La brutal represión franquista generó todo un trauma colectivo.
Este año el dueño del prado anexo al monumento a los defensores de Intxorta concedió permiso para usarlo en la batalla. Lo que no nos dijo fue que sus vacas se habían empleado a fondo en la guerra química. X. es un estudiante universitario que dedica tiempo y esfuerzo al estudio de la guerra civil española. Una boñiga traidora ha deslucido su impoluto uniforme de alférez provisional. Enojado, dispara frenéticamente balas de fogueo a los rojos separatistas. Mientras tanto, los falangistas inician por el flanco derecho una fallida maniobra envolvente. Cadáveres de requetés comienzan a adueñarse de un prado que parece comido por el sarampión. Mientras sostengo heroicamente la bandera bicolor, unas mil personas ven in situ los combates. Mi estampa es patética. Repleto de mierda de vaca, con un casco ínfimo para mi cabezón y un cuerpo atlético, intento emular a los últimos de Filipinas. Aplausos... y risas. Notable éxito de público, implicación al 100 % del pueblo de Elgeta y del propio ayuntamiento.
Refugio republicano reconstruido en las trincheras de Intxorta.

Entre mis compañeros nacionales cuento con cuatro cuarentones de Bergara, padres de familia, que se conocieron al coincidir en el colegio de los niños. Desde entonces, forman una peculiar cuadrilla recreadora. Empezaron haciendo de extras en un documental sobre la represión franquista en Arrasate. Y ya no pararon. Son veteranos de la recreación de Intxorta 1937. Como todos aquellos que ya tienen una longeva memoria histórica de esta actividad, consideran que se ha ido mejorando notablemente gracias, sobre todo, a la actitud de la gente, la ayuda prestada por recreadores con experiencia y la genialidad de personas como el cartero de Bergara, el Ruso. Hijo de niño de la guerra y de soviética, este hombre se ha currado una réplica fenomenal de toda una pieza de artillería, de gran utilidad para su compañía de requetés. Animado por el éxito, ya se ha puesto manos a la obra para acercar el año que viene (aunque no venga mucho a cuento) una réplica de un tanque T-26. Enorme.

La sobremesa de la comida de confraternización es lo más parecido al patio del recreo de un colegio. En vez de cromos, comienza el intercambio de copias de emblemas de batallones, atrezzos varios, complementos para la txapela del gudari o la zamarra del miliciano. El momento más emotivo se dio cuando uno de estos aficcionados, con los ojos vidriosos, regaló a su sobrino una maqueta de un búnker del cinturón de Hierro de Bilbao, de la zona de Ugo-Miraballes. No falta el buen humor y el cachondeo.
J. se despide con una frase profética: Algún dia te llevaré al prado en donde crecen las Cruces de Hierro.

Por ahora me conformo con las boñigas.