martes, 20 de mayo de 2014

Reinterpretar el pasado

  
Monumentos de Dammtor: arriba, monumento nazi; abajo, memorial a las víctimas de la guerra.

No es fácil encontrar un monumento nazi en Alemania. Pero más difícil aún es dar con un monumento, edificio o símbolo tal cual, sin modificación ni comentario. Las esvásticas han desaparecido, como es natural, de todas partes. Cuando se ha señalado alguna superviviente, como sucedió en 1965 con el edificio de los desfiles nazis de Nüremberg, el descubrimiento siempre ha generado polémica y por lo general la esvástica ha acabado destruida. 

Durante las primeras décadas después de la Segunda Guerra Mundial, la tendencia del gobierno de la República Federal Alemana fue a destruir sistemáticamente todas las huellas del pasado nazi. A partir de los años 70 se invirtió la tendencia y desde entonces, aunque no sin controversia, la idea que ha predominado es explicar lo que representan los monumentos nazis. Se comenzó por los campos de concentración y exterminio y cada vez más son las trazas del paisaje cotidiano las que se recuperan y se reinterpretan como lo que son: evidencia de una ideología totalitaria que destruyó la vida de millones de personas. 

Un ejemplo de esta reinterpretación es el monumento de Dammtor en Hamburgo. Se construyó en 1936 para conmemorar una unidad -el 76 Regimiento de Hamburgo- que participó en la Guerra Franco-Prusiana (1870-71) y la Primera Guerra Mundial (1914-1918). Se trata de un contramonumento realmente: una respuesta nazi al memorial, más bien trágico, que el ayuntamiento había erigido para recordar a los 40.000 conciudadanos que murieron en las trincheras. En este monumento aparece una madre llorando con un niño en brazos y la leyenda "Cuarenta mil hijos de la ciudad dieron su vida por ti". El contramonumento nazi es de estilo claramente fascista: representa siniestras columnas de soldados vestidos con el uniforme y las armas de la época y en letras góticas se lee "Alemania debe vivir incluso si nosotros tenemos que morir". 

Destruir este monumento no era fácil. Después de todo, por muy nazi que fuera, no honraba el nazismo, si no a unos soldados que pagaron con sus vidas las aventuras militares anteriores a la llegada de Hitler al poder. Pero el estilo y la leyenda dejaban claro que se trataba tanto de un homenaje a los caídos como a los que habían de caer: una amenaza, más que un memorial. 

La solución fue construir al lado un tercer monumento (segundo contramonumento). En este caso se realizó una obra compuesta por dos esculturas: una dedicada a las víctimas de los campos de concentración y otra a las del bombardeo británico de Hamburgo en 1943 (en el que perecieron más de 42.000 personas). El estilo contrasta claramente con el amenazador bloque de los nazis, pero el monumento más moderno no carece de problemas. Se ha criticado, por ejemplo, que presenta a los alemanes como meras víctimas. En cualquier caso, la presencia del nuevo memorial neutraliza y reinterpreta el antiguo. Existe además un cartel que explica la historia de ambos. 

Los monumentos dictatoriales no se pueden dejar sin más. El pasado hay que explicarlo - siempre: sin explicación, no entenderíamos un anfiteatro romano, la Constitución de Cádiz o la cueva de Altamira. Para eso están los historiadores (y los arqueólogos): no solo para describir lo que pasó, sino para interpretar los hechos, para traducirlos a nuestra sensibilidad actual y nuestros parámetros culturales. Pese a lo que piensa mucha gente, reinterpretar el pasado no es lo mismo que inventárselo. Más bien es lo contrario: es volver a llamar a las cosas por su nombre. A la masacre de inocentes, masacre; a quien se arroga todo el poder político, dictador; a la guerra, guerra. Ni gesta imperial, ni cruzada, ni caudillo por la gracia de Dios. 

Inventarse el pasado es lo que hizo Franco con el Valle de los Caídos. Y aún más lo que hacen quienes defienden este monumento en la actualidad.