jueves, 10 de julio de 2014

El comienzo de la victoria aliada


Aquí se comenzó a ganar la Segunda Guerra Mundial: la frontera sudanesa desde el fuerte italiano de Maremuha.

Cuando pensamos en las ofensivas que acabaron dando la victoria a los aliados durante la Segunda Guerra Mundial, automáticamente nos vienen a la mente nombres legendarios: El Alamein y Stalingrado a finales de 1942; más tarde Sicilia, Kursk, Normandía y así hasta Berlín.

Pero la victoria aliada comenzó a fraguarse mucho antes, de forma más modesta y en un sitio bastante menos legendario: Gallabat. La mayor parte de la humanidad desconoce la existencia de este pueblo (y con razón). Si uno es un forofo del frente norteafricano en la Segunda Guerra Mundial es posible que tenga idea de que en esta localidad fronteriza entre Sudán y Etiopía los británicos se vieron obligados a retirarse ante una ofensiva italiana en julio de 1940.

Mussolini acababa de meter a Italia en la guerra y comenzó a aliviar su fervor guerrero con la invasión de los territorios del imperio británico en el Cuerno de África.

Sin embargo, en el villorrio de Gallabat pasó algo más importante que este revés, al menos desde un punto de vista simbólico. Una ofensiva inglesa lanzada en noviembre de 1940 recapturó el lugar y puso en serio peligro un amplio sector del frente. Tanto es así, que los italianos acabarían abandonando todas sus posiciones en la frontera -sin presentar combate- a inicios del año siguiente.

No fue una batalla muy gloriosa ni de proporciones colosales. Involucró a unos pocos miles de soldados, unos cuantos cañones, una docena de tanques y varios bombarderos Wellesley. Las bajas en ambos bandos se contaron por centenas, no por miles. Pero fue un triunfo militar británico. Y un triunfo en 1940, el año que cayó Europa en poder de los nazis y en el que el Reino Unido luchaba desesperadamente por sobrevivir, no era ninguna tontería. En cierta manera, fue el comienzo del largo, larguísimo camino hacia la victoria final.

En noviembre de 2013 tuvimos la oportunidad de excavar las trazas de la esta primera victoria aliada de la guerra. Como la misma batalla, los restos son humildes: un puesto de control junto al río Atbara, fortines en los cerros que rodean Metema (la Gallabat etíope), más fuertes y campamentos en sitios remotos y aislados. Los hallazgos son botellas de cerveza y vino de los italianos, baterías de las radios de campaña, trozos de loza, alambre de espino, cargadores y casquillos del viejo fusil Mannlicher de 1890 que llevaban las tropas coloniales...


Materiales relacionados con la ofensiva británica: munición de Mannlicher, mortero inglés, hebillas, pinzas de batería, moneda italiana.


El sitio más interesante es un monte volcánico al lado de Metema, Mare Muha, situado a solo 2,5 km del fuerte inglés de Gallabat. Tiene una excelente visibilidad sobre todo el entorno, pero es también un blanco fácil.

Vista de la fortificación italiana (triángulo blanco) desde las posiciones capturadas por los británicos en noviembre de 1940.

El fuerte italiano se ubica en la parte más alta del cerro y está sembrado de metralla de los morteros británicos: es posible que los italianos aprendieran así que no es buena idea levantar un fuerte en la cumbre de un monte. No si tu enemigo tiene artillería y bombarderos.


Plano del fuerte italiano de Maremuha con localización de hallazgos: se concentran en el oeste, que es por donde venían los ingleses.


Distribución de materiales en el interior de un refugio italiano.

Hablamos de británicos e italianos, pero esto es poco correcto. Los "británicos" eran, en su mayor parte, indios. Los "italianos", eritreos y libios. Su lucha ha quedado doblemente olvidada: por haber tenido lugar en un frente secundario y por ser sujetos coloniales.

Como sucede con la Guerra Civil, la arqueología nos cuenta la Segunda Guerra Mundial de otra manera: nos recuerda sitios que han quedado marginados en las grandes narrativas del conflicto y nos los muestra de la forma menos gloriosa (como son en realidad todas las guerras): un reguero de latas, vidrios y casquillos de rifles obsoletos en un lugar donde no se le había perdido nada a nadie.