martes, 9 de julio de 2013

El hundimiento

Albert Louis Deschamps, Ciudad Universitaria de Madrid, 1939.

Existen varias descripciones de los últimos días de la Guerra Civil y los primeros días de la España, una, grande y libre: el golpe de Casado, la rendición de la República, soldados que abandonan las trincheras y se vuelven andando a su casa, oficiales republicanos que conducen obedientemente a sus hombres al campo de concentración, masacres y ajustes de cuentas...

¿Pero que significó el hundimiento desde un punto de vista material? Tenemos que imaginar las trincheras, hasta entonces rebosantes de gente y actividad, de repente vacías... pero no de cosas. Detrás quedaron toneladas de suministros, munición, objetos personales, basura de todo tipo, alambre de espino, piquetas, medicinas, armas. En algunos casos los vecinos de los pueblos en primera línea del frente se alimentaron de latas de la Guerra Civil hasta bien entrados los años cuarenta. El hundimiento trajo consigo también niños y adultos mutilados por la explosión de granadas y proyectiles de artillería y el conseguiente trabajo del Servicio de Recuperación del Ejército, que no solo recogió toneladas de material bélico, sino que lo clasificó convenientemente y publicó tipologías -auténticos arqueólogos del presente. Su trabajo lo complementaron los vecinos de los pueblos afectados por la guerra. El chatarreo se convirtió en tarea muy lucrativa durante la Segunda Guerra Mundial, cuando la maquinaria de guerra alemana necesitaba todo el metal del mundo (literalmente).

El hundimiento dejó también un paisaje en ruinas que duró décadas. Ahora cuesta pensar que a finales de los años 50 en el Paseo de Rosales, en Madrid, había todavía casas bombardeadas en las que vivían familias sin recursos como "okupas". Las primera semanas de paz asistieron a la conversión de docenas de edificios en centros de detención improvisados, donde se agolpaban miles de prisioneros republicanos en condiciones infrahumanas. Mientras, las fosas del Cementerio de la Almudena no dejaban de crecer.

El final de la República fue también el de un sistema material. Escudos en edificios oficiales, uniformes, monumentos, emblemas, papel timbrado, dinero. De la noche a la mañana toda la cultura material republicana debía desaparecer y ser sustituida por la neoimperial y nacional-católica del franquismo: águilas y cruces de piedra, escenarios de escayola a modo de fantasía barroco-fascista, graffiti con el busto de Franco, nuevos monumentos, uniformes, billetes, sellos.

Pensemos en la sensación de tener en las manos miles o millones de pesetas y que de repente no valgan nada de nada. Eso fue con lo que se encontraron muchos españoles, incluidos los pagadores del ejército, al rendirse la República. Como el Teniente Antonio Mayorgas de la 27 Brigada Mixta, originario de Lucena (Córdoba) y destinado en la Sierra Norte de Madrid. Antonio bajaba regularmente a la capital a buscar la paga de la tropa. Pero el 28 de marzo de 1939 se encontró conque los billetes que tenía entre las manos ya no eran dinero. Peor, se habían convertido en un documento peligroso. Antonio podía haberlos quemado o entregado a las nuevas autoridades. Pero decidió conservarlos. Los guardó en una caja, donde permanecieron durante décadas. Allí permanecen, de hecho, hoy: decenas de miles de pesetas en billetes de los años 30. El salario sin valor de unos soldados vencidos.



La mayor parte de esos soldados, como el propio Teniente Mayorgas, acabaron con sus huesos en campos de concentración y cárceles. Algunos serían ejecutados. Pero Antonio Mayorgas pudo salir del campo de Alcalá de Henares y regresar a su hogar. De la República no solo conservó uno de los mayores símbolos de soberanía en un Estado moderno - el dinero. También guardó una medalla con la efigie de la República y el busto de Pablo Iglesias.



Setenta años después del hundimiento, apareció, como un espectro, escondida en una mesilla de noche.