lunes, 10 de noviembre de 2014

Estratigrafías, Memorias y Contramemorias (II)


Aquí podéis ver el monumento conmemorativo que se halla a la entrada de la hermosa estación de ferrocarril de Plsen. La actual República Checa reconoce como padres de la patria a los presidentes Masaryk (1918-1937) y Edvard Beneš (1935-1938, 1940-1948) quienes en puridad lo fueron de Checoslovaquia, un Estado que ya no existe. A día de hoy se palpa una cierta tensión entre checos y eslovacos, ya que éstos últimos consideran que los primeros monopolizan el recuerdo de aquel nuevo país surgido de la Iª Guerra Mundial. Sea como fuere, lo que sí es cierto es que en esta ciudad no queda ni rastro de la memoria de la minoría alemana, de aquellos hombres, mujeres y niños que salieron a las calles a vitorear a las tropas de Hitler a raíz de la anexión de los Sudetes. En este territorio casi el 20 % de la población se afilió al NSDAP, el promedio más alto en todo el III Reich.

Bandera nazi que presidía el salón noble del ayuntamiento de Pilsen, capturada como trofeo de guerra por un soldado aliado, quien la cedió al Museo Patton.
El grado de fanatismo de los cargos políticos y de parte de la población nazi pudo verse en los estertores de la IIª Guerra Mundial, con alcaldes y adolescentes plantando cara al ejército norteamericano en abril de 1945. La derrota conllevó la deportación. Nuestros colegas checos llevan años estudiando las ruinas de las aldeas y granjas abandonadas por los alemanes.

Otra minoría que fue protagonista en esos años de violencia sistemática fueron los judíos. De hecho, en Plsen se conserva la sinagoga más grande (junto con la de Budapest) de toda Centroeuropa. Los nazis la preservaron con el objeto de crear un museo in situ sobre la maldad congénita del pueblo hebreo. Vecinos y vecinas judíos de Plsen fueron apresados, enviados a Terezín y de aquí a los mataderos polacos. Frantisek Bass (1930-1944) fue uno de los niños del guetto de Terezín que nos dejó poemas inolvidables, como aquel que dedicó a la Casa Abandonada:

The old house is deserted here,
the old house stands in silence, asleep.
The old house used to be so nice, before,
standing there, it was so nice.
Now it is deserted,
rotting in silence,
what a waste of houses,
a waste of hours.
Lástima de casas. Lástima de tiempos. En edificios que parecen arruinados, alguna placa aislada recuerda a un vecino judío que pereció en el exterminio.
Del mismo modo, nos encontramos con otras que preservan del olvido actos heroicos de los luchadores contra el fascismo. Esa resistencia checa del interior que complementaba la acción de las Legiones Checoslovacas integradas en el Ejército británico. Evidentemente, esta memoria antifascista no supuso un peligro para el régimen comunista instaurado mediante un golpe de Estado en 1948.

Interfaces de la memoria colectiva que permanecen como grietas eternas en el paisaje urbano. Unidades estratigráficas, actividades constructivas que van definiendo un palimpsesto complejo de idas y venidas, de memorias y contramemorias. En 1938, tras el Pacto de Munich, los alemanes de los Sudetes sintieron la llegada del ejército hitleriano como una liberación. A su vez, en abril-mayo de 1945 la población checa de Plsen experimentó su propia liberación: la protagonizada por el Ejército estadounidense de Patton. La relación estrecha con los USA desde la independencia de Checoslovaquia alcanzó aquí su cénit. Las tropas yankis se mantuvieron hasta noviembre de 1945 hasta que Stalin exigió que se cumpliesen los acuerdos previos sobre la ocupación de territorios en Centroeuropa.

Entre 1945 y 1948 diferentes poblaciones de Bohemia erigieron monumentos en honor a los liberadores norteamericanos que habían tenido que enfrentarse a las divisiones alemanes y a la resistencia civil hasta el final. El golpe de Estado comunista y la instauración de un régimen estalinista en 1948 dieron lugar a una nueva construcción de la memoria. Del mismo modo que los checos nacionalistas en 1918, que los alemanes de los Sudetes en 1938 o los patriotas checos en 1945, en 1948 una gran parte de la clase trabajadora vio la llegada del comunismo como su hora, como su liberación. Los obreros de la fábrica Skoda, de las destilerías de cerveza, los trabajadores del ferrocarril... La estación de Pilsen, con su aire imperial decimonónico, albergó a partir de 1948 nuevas escenografías. En el hall principal, dos grandes estatuas dignifican y honran al trabajador del ferrocarril. La arquitectura de prestigio ya no era cosa de Sisís y Fernandos, de aristócratas y burgueses.


Estatua en homenaje al trabajador del ferrocarril, estación de Pilsen.

Aunque los soldados soviéticos no habian pisado Plsen ni se habían enfrentado aquí a los alemanes, la historiografía oficial sancionó la idea del Ejército Rojo como liberador. En Budapest o Bratislava los soldados soviéticos sí habían regado la tierra con su sangre, pero aquí no. Daba igual.


Los monumentos al imperialismo estadounidense fueron sistemáticamente destruidos por orden gubernamental a partir de 1948. Aconsejo gratamente leer La Broma de Milan Kundera para comprender el proceder del estado comunista checoslovaco en los primeros años del régimen. Historiadores a sueldo reescribieron el relato de la liberación: hicieron hincapié en los devastadores bombardeos aéreos yankis, en el papel jugado por los comunistas y obreros de Skoda y dibujaron a los soldados norteamericanos como invasores sanguinarios, como hordas artífices de los peores crímenes. Como las hordas marxistas de las que hablaba el franquismo. Aquí tenéis la portada de dos libelos estalinistas en los que se llega a tunear la bandera estadunidense: las estrellas de los estados de la Unión convertidos en esvásticas. Contramemorias de la Guerra Fría.