domingo, 11 de enero de 2015

Detectoristas y arqueólogos

Excavación irregular de un campo de batalla en Rusia. La ausencia de la arqueología académica ha dejado la arqueología del siglo XX en el país en manos de aficionados y expoliadores.

Uno podría pensar que nuestro trabajo arqueológico, dado que trata temas tan espinosos como la Guerra Civil y la dictadura franquista, suscitaría polémicas de carácter fundamentalmente político. En parte es así. Sin embargo, parece que a los que causamos mayor irritación es a los aficionados al detector de metales.

No deja de ser curioso. Al contrario que otros arqueólogos que consideran que la única relación posible con los aficionados al detector pasa por enviarlos a la cárcel, haciendo cumplir estrictamente la legislación vigente, en este proyecto siempre nos hemos mostrado dispuestos a colaborar con el colectivo, que entendemos que es heterogéneo como cualquier otro: hay detectoristas honrados y respetuosos y los hay que no o no siempre. Desde el año 2008 hemos colaborado al menos en tres ocasiones con grupos de aficionados con la idea de que la experiencia fuera fructífera para ambas partes.

Además de estar dispuestos a cooperar, entendemos perfectamente que la protección patrimonial de los vestigios de la Guerra Civil haya supuesto un shock para muchos, pues hasta hace nada las granadas y los casquillos se consideraban simple chatarra. Sin embargo, conviene recordar que no somos los arqueólogos los que estipulamos qué es o qué no es patrimonio cultural. Es la sociedad la que toma esta decisión y crea las leyes necesarias para que se proteja a través de los representantes políticos que las aprueban en los parlamentos. Los arqueólogos simplemente estudiamos y gestionamos lo que la sociedad en su conjunto decide qué debe ser preservado como parte de nuestra herencia común.

Decir que uno tiene derecho a expoliar trincheras porque hace 15 años los restos bélicos se consideraban chatarra sería equivalente a justificar que se destruyan teatros romanos para reutilizar el mármol porque hace 100 años se  veían como simple escombro. Esa lógica también permitiría a un constructor demoler un refugio antiaéreo de la guerra para construir un aparcamiento (y de hecho lo ha permitido hasta hace bien poco). A partir de un determinado momento, sin embargo, los españoles decidimos que los teatros romanos eran parte de nuestro legado cultural común y debían ser conservados. De la misma manera, también decidimos que los vestigios de la Guerra Civil Española no eran chatarra o escombro para que cada uno hiciera con ellos lo que le viniera en gana sino patrimonio común. En este proceso de valoración, muchas asociaciones han tenido un papel relevante. También, paradójicamente, los propios detectoristas. 

En este blog hemos tratado de explicar lo que significa realizar una de estas excavaciones o prospecciones clandestinas, furtivas, ilegales o como queramos denominarlas: significa, por un lado, perder una gran cantidad de información histórica y, por otro, privatizar algo que es, por definición, de todos. Los arqueólogos no nos quedamos los objetos que encontramos: los depositamos en museos o en el lugar que nos indique la legislación correspondiente. En algunos casos, como la prospección que realizamos en Mediana de Aragón en 2014, ni siquiera nos llevamos los artefactos. Los dejamos en el sitio para que el paisaje siga preservando la huella de la historia. Que las piezas no estén expuestas en los museos, por otro lado, no quiere decir que no existan o que estén vedadas al común de los mortales: uno puede solicitar siempre el acceso a las colecciones arqueológicas depositadas en los museos, que son instituciones públicas al servicio de todos.

Se nos dice que los detectoristas realizan una labor importante dando a conocer restos que si no permanecerían ocultos. Nuestra respuesta es: no tenemos prisa. Igual que ahora excavamos campamentos romanos de hace dos mil años, nuestros colegas del año 4000 podrán seguir investigando trincheras de la Guerra Civil, si se las dejamos. Para nosotros es más importante que lo que se descubra se descubra con método, que el hecho del hallazgo en sí mismo. Por muy espectaculares que sean, la mayor parte de los objetos descontextualizados no nos dicen nada. Esto es muy cierto en el caso de la Guerra Civil, donde ya conocemos bien la cultura material que se utilizó. Un fusil o una granada en sí mismos no aportan apenas información, salvo casos excepcionales. En su contexto, en cambio, pueden contar historias extraordinarias.

Para hacernos una idea de lo que supone una intervención irregular en un sitio de la Guerra Civil llega con observar las siguientes imágenes:




Los primeros dos planos corresponden a la paridera de la Enebrá, tal y como la documentamos durante nuestras excavaciones. La investigación ha permitido reconstruir en detalle  las operaciones bélicas que se desarrollaron en este lugar en abril de 1938, así como el trágico final de varios de los combatientes. Los detalles se pueden consultar en los informes que hemos hecho públicos en el repositorio digital del CSIC. Ante la ausencia de documentación de archivo, la arqueología aquí es la única fuente para contar la historia de esta batalla con detalle.

El tercer plano muestra la paridera de la Enebrá sin objetos. Es un edificio sin más, una estructura despojada de su historia. Imposible saber qué es lo que pasó exactamente en ese lugar. Normalmente los detectoristas no se llevan sistemáticamente todos y cada uno de los objetos de un yacimiento. Pero entre lo que se retira y lo que se remueve puede resultar extremadamente difícil la reconstrucción arqueológica: los sitios expoliados se parecen mucho al tercer plano.

Esta entrada viene al caso de un reciente artículo publicado por el arqueólogo danés Andres S. Dobat, de la Universidad de Aarhus. Dobat, antes de ser arqueólogo, fue detectorista, así que posee una visión privilegiada de ambos mundos. Con esta perspectiva nos habla de la peculiar experiencia con los detectores en Dinamarca, un país donde su uso es perfectamente legal, siempre y cuando no se utilicen sobre yacimientos arqueológicos conocidos.

Los detectoristas respetan casi siempre la legislación de forma escrupulosa y los arqueólogos, por su parte, están casi siempre dispuestos a colaborar con los detectoristas. Gracias a esta cooperación, la arqueología de Dinamarca se ha enriquecido con hallazgos espectaculares durante las últimas décadas. Es más, buena parte del conocimiento de la Edad del Hierro o de la época vikinga procede de descubrimientos realizados por aficionados al detector. La práctica se encuentra perfectamente regulada y los detectoristas aceptan las normas: los hallazgos deben registrarse cuidadosamente con un GPS y todos los datos sobre el lugar del hallazgo y el objeto en cuestión se incluyen en un formulario. Los "tesoros" se llevan a continuación al museo más cercano donde se tasan: el detectorista recibe una cantidad de dinero por ellos. La mayor parte de los objetos, sin embargo, son de escaso valor económico y la recompensa es, en consecuencia, pequeña, pero ello no impide que la gente cumpla con los protocolos y registre y entregue los materiales en el museo.

Según Dobat, el sistema danés funciona por varios motivos:

1) Los aficionados son conscientes del valor patrimonial de sus hallazgos y para ellos es un orgullo contribuir a la historia de su país. El placer de encontrar objetos históricamente valiosos, el que se reconozcan públicamente sus hallazgos, y la posibilidad de colaborar en la producción de conocimiento son para ellos los principales alicientes, por encima del interés económico o la propiedad privada del hallazgo.

2) Los museos, como en general las instituciones en Dinamarca, funcionan bien y cuentan con la confianza de la sociedad, que entiende que están a su servicio. La mayor parte de los museos son muy activos dentro de las comunidades locales y disponen de planes de difusión y colaboración pública.

3) Generalmente, los restos arqueológicos del país poseen reducido valor económico y no existe por tanto un mercado desarrollado para las antigüedades locales.

Andres Dobat considera que el modelo de Dinamarca no es necesariamente extrapolable a otros países y señala específicamente al Mediterráneo como una región donde no parece muy probable que el modelo pueda implantarse. Nos encantaría poder llevarle la contraria y demostrar al mundo que también en este país del sur de Europa es posible la colaboración fructífera entre arqueólogos flexibles y detectoristas concienciados. Permitir el uso del detector a condición de que no se emplee sobre sitios conocidos y de que se documenten los hallazgos beneficia a todo el mundo. Nosotros estamos dispuestos a llevar a cabo el experimento. Pero no depende solo de nosotros: también de las instituciones (museos, servicios de patrimonio), los legisladores, otros arqueólogos y, sobre todo, de los detectoristas. 

4 comentarios:

Francisco Javier Matas dijo...

Creo que la arqueología y el detectorismo, más que un amor imposible, debería ser un amor necesario. Indiscutiblemente, es un trabajo que requiere no poco esfuerzo, principalmente, superar la inicial y lógica desconfianza que existe hacía los aficionados, y de otra parte, superar ciertas mentalidades y estereotipos, que en muchas ocasiones no reflejan la realidad del colectivo.
Yo soy aficionado a la detección desde hace casi treinta años, y por fortuna, he tenido el privilegio de vivir la unión de ambos mundos, ejerciendo como técnico en detección en varios proyectos arqueológicos. Estas colaboraciones me han permitido conocer de primera mano la visión de ambos colectivos, y por extensión, profundizar en la problemática que subyace para que a día de hoy, no exista una colaboración fluida entre ambas partes, y estas sean aún muy esporádicas. Los aportes que la detección puede hacer a la arqueología, y el enriquecimiento que ello supone para todos, me parecen absolutamente incuestionables, al menos, en las experiencias que yo he podido vivir.
Siempre he creído que la mejor forma de acabar con el expolio producido por el mal uso del detector de metales, es precisamente la colaboración entre arqueólogos y aficionados. De una parte, se consigue inculcar y concienciar a los aficionados del valor del patrimonio, de la importancia del contexto histórico de los elementos que pueden encontrarse con un detector, y de la necesidad de colaborar en todos aquellos casos en que el patrimonio pueda resultar dañado por malas prácticas. De otra parte, a romper ciertos estereotipos, y a superar la desconfianza inicial que actualmente limita una visión real de los beneficios que puede aportar un aficionado en un proyecto de investigación arqueológica.
Cuando menos, creo que es un camino que se debería intentar, y del que estoy seguro que saldrían solo cosas positivas, difícilmente se podría ir a peor, y esto me parece suficiente motivo para al menos, intentar trabajar en esta dirección. A nivel particular, desde mi asociación nos hemos ofrecido de forma repetida a colaborar de forma desinteresada en cualquier proyecto en el que se nos permitiese participar, y desde esta plataforma, reitero mi ofrecimiento. A quienes no les parezca atractiva la idea de meter a un aficionado al detector en un campo de trabajo, que lo vea desde la perspectiva de que será un técnico en detección el que va a ofrecerle su ayuda, con la convicción de que como cualquier otro participante, con su trabajo tratará de aportar lo mejor de sí al proyecto.

Ignacio Rodríguez Temiño dijo...

Hola, me han parecido muy interesantes vuestras reflexiones sobre los detectores de metales y la arqueología, pero creo oportuno hacer algunas consideraciones.
a) La mayor parte de los usuarios de estos aparatos son personas que, en efecto, no pueden tildarse de 'delincuentes', sino de meros infractores de una norma administrativa. Es la diferencia que hay entre si conduciendo vas a más velocidad de la permitida por descuido o por simple imprudencia (infracción administrativa), o bien corres porque quieres atropellar a alguien o para huir de la policía porque has robado el coche (delincuente o criminal). Sin embargo, eso no significa que a la persona infractora, cuando es sorprendida cometiendo la infracción, no sufra el correspondiente reproche (multa). La razón es bien sencilla, con esa multa se pretende corregir una conducta que resulta peligrosa para determinados bienes primordiales, como la propia vida de la persona infractora o la de otras personas.
En este caso, lo que persigue la normativa administrativa es evitar que unos bienes que son finitos desaparezcan por el mero capricho de una persona que le gusta coleccionarlos para provecho suyo, o bien los busca para lucrarse, privando al resto de lo que pertenece a todos.
B) Si, en efecto, a alguien le gusta encontrar cosas antiguas usando un detector, me parece fenomenal, pero para hacerlo debería incorporarse a un equipo de investigación, a un proyecto donde pueda colaborar con otras personas en hacer una investigación útil socialmente. Porque estos bienes, como habéis dicho, son finitos y no renovables y si tienen una consideración especial por parte de la sociedad es porque comportan un contenido documental imprescindible para hacer historia, para entender el pasado (o parte de él).
c) Creo que ese es el marco de encuentro y para que ese marco sea efectivo no solo debe haber acercamiento, sino también una clara conciencia de que salir armado con un detector a ver qué encuentro resulta una práctica asocial e ilegal. Y si te pillan te expones a pagar una multa.

AGR dijo...

Muchas gracias, Franciso Javier e Ignacio por vuestras acertadas puntualizaciones.

Francisco Javier Matas dijo...

Coincido en parte con Ignacio Rodríguez Temiño, pero creo que hasta la fecha, de forma global, se ha hecho más por fomentar un acercamiento por parte de los aficionados, que no por parte de los arqueólogos. No olvidemos, que aunque el expolio es un problema que afecta a todos, principalmente es un problema que afecta al trabajo del arqueólogo, y por tanto, entiendo que desde esta parte, se debería trabajar mucho más y más seriamente en propiciar ese acercamiento. Son precisamente los arqueólogos, los que tienen la oportunidad de integrar al aficionado, y no al contrario.
En cuanto a la última frase, no me es posible coincidir contigo. El uso del detector de metales es perfectamente legal, y está bastante lejos de ser una práctica asocial e ilegal como manifiestas. En cualquier caso, su uso para la búsqueda consciente de bienes patrimoniales, sí que es ilegal y asocial, la mera búsqueda, fuera de zonas contenedoras de restos patrimoniales, es perfectamente lícita, y en todo caso, entraría en lo ilegal si encontrando bienes que formasen parte de nuestro patrimonio, no se declara su hallazgo. Es lógico pensar que una práctica ilegal no se puede autorizar, y sin embargo, según en qué zona de España nos encontremos, se necesitará autorización, o no, y además, condicionalmente, se conceden dichas autorizaciones.