domingo, 4 de octubre de 2015

Highway to Hell




Las trincheras desde las que se disparaba solo eran una de las múltiples fortificaciones que componían el frente. Para llegar a ellas, los soldados tenían que recorrer una distancia, a veces considerable, por ramales, caminos cubiertos y trincheras de comunicación. En los escenarios más estables el laberinto de zanjas era tal que unidades enteras se perdían en ellas y sabemos que en alguna ocasión durante la Primera Guerra Mundial los soldados acabaron en el campo enemigo. También en la Guerra Civil existen casos de combatien-tes desorientados que se introducen sin saberlo en las líneas enemigas simplemente siguiendo las trincheras: este es el caso de algún republicano en la Ciudad Universitaria de Madrid. 

No tenemos constancia de que esto haya pasado en Mediana de Aragón, pero el campo de batalla perfectamente preservado nos permite aquí entender la complejidad de las trincheras de la Guerra Civil y, sobre todo, hacernos una idea de lo que significó luchar en ellas.

Ya comentamos en otra entrada que las posiciones de uno y otro bando están muy cerca en Mediana. Tanto que se podrían lanzar granadas de una posición a otra sin salir de la trinchera. Las fortificaciones de republicanos y franquistas son aquí considerablemente diferentes y esto se debe en parte a la topografía del terreno. Los sublevados ocupaban las partes más altas lo que les daba un gran control visual sobre las posiciones enemigas. Además, su retaguardia se encontraba protegida por los mismos cerros en los que se enclavaban sus trincheras. Los soldados podían así acceder a la primera línea bien guarecidos en el fondo de los vallejos. El camino que seguían está hoy marcado por abrigos en las laderas y objetos perdidos: munición, botellas de vidrio, una escudilla de rancho...

Escudilla de rancho en el acceso a las trincheras sublevadas.

Los republicanos no tenían tanta suerte. Para llegar a la zona de combate tenían que atravesar una ladera suave y expuesta de unos 200 metros. Para protegerse, se vieron obligados a cavar profundas trincheras de comunicación. En su momento, entre zanja y parapeto, debían de cubrir dos metros y medio. Este corredor de la muerte conducía a los combatientes desde la carretera general hasta apenas 25 metros del enemigo. Allí les recibiría una lluvia de granadas de mortero y balas (no artillería, pues estaban tan cerca unos de otros que el uso de los cañones resultaría extremadamente arriesgado). 

Restos de granadas de fragmentación republicanas.

En esta zona expuesta, los republicanos no llegaron a cavar una trinchera, sino una especie de hoyos para parapetarse. Delante de ellos encontramos cientos de fragmentos de granadas de fragmentación con las que repelieron los asaltos franquistas. En la parte más baja de las zanjas de comunicación lo que encontramos son, en cambio, botellas de anís, licor y vino: la droga imprescindible para poder llegar hasta primera línea.

Botellas de bebidas alcohólicas recuperadas junto a las trincheras de comunicación republicanas.

¿Qué pensarían los soldados que cruzaban esos doscientos metros camino del infierno?

1 comentario:

Oscar Rodriguez dijo...

Pues, supongo, que muchos de ellos pensarían en la injusticia de un golpe de Estado que generó una guerra salvaje, como toda guerra.