lunes, 8 de febrero de 2016

Los sumideros del franquismo

Alcantarilla en Potes (Cantabria), pueblo reconstruido por Regiones Devastadas.

En la Galicia del primer tercio del siglo XX uno de los ámbitos de actuación privilegiados del evergetismo indiano fue el fomento de la arquitectura hidráulica: lavaderos, fuentes, proyectos pioneros de traída de aguas y minicentrales, pequeñas presas y canalizaciones para el riego. El golpe de Estado de 1936 no sólo desmanteló el Estado liberal sino que encauzó aquellas iniciativas de los emigrantes retornados por los caminos del nacionalcatolicismo en las décadas de 1940 y 1950. 
En los años de la autarquía, los ideólogos de Falange predicaban los valores esenciales del rural español. Así se pronunciaba J. C. Vilacorra, del Sindicato vertical pontevedrés, en 1946 (citado en Santidrián 2013: 108-9): 

España es un país de agricultura, cuya riqueza está en el campo y en el campo viven sus mejores hombres, los que atesoran las cualidades humanas más altas. Las virtudes de la raza son virtudes campesinas. La caballerosidad, la conducta sobria, la resignación, los ímpetus heroicos se alumbran en cualquier páramo... Por otra parte, grandes zonas campesinas se mantienen libres de cualquier lacra. 

Fuente en Covelo (A Lama, Pontevedra).

El régimen tuvo que luchar duro en los años 40 para implantarse en este rural tan bucólico: exterminio de la guerrilla antifranquista y sus enlaces en los pueblos, desmantelamiento de los movimientos asociativos agraristas y anarquistas de preguerra (Hermandades de Labradores), fortalecimiento de las redes caciquiles, recatolización del campesinado (Acción Católica, Misiones a diestro y siniestro)... La Nueva España ocupaba el espacio público de las aldeas, parroquias y pueblos a través de la sanción simbólica de obras de saneamiento y mejoras de todo tipo, a través de la ayuda directa a municipios (JAM), de las Organizaciones sindicales, etc... El yugo y las flechas en los lavaderos erigidos por canteros del pueblo fueron y siguen siendo el icono del yugo franquista en el mundo rural.

Lavadero en la isla de Ons (Pontevedra) colonizada por el INC.

La adea de Ouviaño se encuentra en el ayuntamiento montañés de Negueira de Muñiz (Lugo), un entrante galaico en Asturias, afectado por la construcción de un embalse durante el franquismo. El aislamiento de la zona dio lugar a la llegada de nuevos habitantes hippies, los cuales han garantizado la pirámide demográfica del enclave. En Ouviaño se preserva una de estas fuentes-lavadero. Hasta julio de 2011 se podía ver en ella una genial placa con la siguiente inscripción:

Reinando Francisco Franco. Siendo alcalde D. José López, se inauguró esta el 29-5-53.


El paisano que grabó esas letras solucionó, con claridad meridiana, la lucha entre monárquicos y franquistas dentro del régimen, tan en boga en aquellos años en los que Don Juan negociaba con Franco y Juan Carlitos llegaba a formarse a España. Además de este alcance geopolítico, la placa rezumaba un sabor popular inexcusable. En el imaginario del campesinado gallego siempre ha importado más el espacio que el tiempo. En su percepción cíclica del tiempo, para el gallego la historia fue una sucesión de razas y reinados. Primero reinó la Mourindá (los habitantes míticos de castros y dólmenes), después reinó el apóstol Santiago. En la cabeza del escultor de Ouviaño (y probablemente en la del alcalde analfabeto, casi todos en la montaña de Lugo por aquel entonces) persistía, pues, una lógica aplastante: ahora reinaba Franco, restaurador de la Cristiandad.


En la última década se está dando un curioso fenómeno sociológico en zonas de la provincia de Lugo, como la Ribeira Sacra, o las montañas orientales. Jubilados británicos que pasan olímpicamente del turismo de sol y playa, compran viejas casas, las rehabilitan y acondicionan como segunda o incluso primera residencia. Uno de estos representantes de la pérfida Albión es el escocés Clifford Torrens, afincado en Negueira de Muñiz.
Para un paisano gallego de toda la vida, los símbolos franquistas forman parte natural del paisaje implantado por la dictadura. Sin embargo, para ciudadanos británicos educados en una cultura democrática no deja de ser chocante la presencia de símbolos fascistas en su hogar de adopción. Clifford Torrens avisó al alcalde socialista de Negueira de Muñiz de la presencia de la placa de Ouviaño y le animó  a cumplir con la ley vigente. Ante el pasotismo del alcalde, el espíritu de Wallace se apoderó de Clifford quien, armado con una maza, acabó con la placa del Rey Franco. El alcalde socialista lo denunció y el bravo escocés, tras haber recurrido hasta llegar a Estrasburgo, tuvo que pagar una multa por su acción propia de la damnatio memoriae de los romanos. Como recogía La Voz de Galicia en su día: Son numerosos los puntos de la sentencia con que Cliff está en desacuerdo. Uno de ellos es que se estima el valor de la placa que rompió en 384,28 euros. Para el escocés, al ser un objeto ilegal según la Ley de Memoria Histórica, no puede tener valor. Es más, considera que le ahorró dinero a la Administración pública por quitar él mismo un objeto que había que retirar. Además, insiste en que el alcalde se comprometió a sacar la placa y poner luego otra diferente. Según Cliff, el alcalde le prometió quitar la placa a cambio de su voto en las municipales. Al más puro estilo del realismo mágico galaico.


Este escocés de Negueira de Muñiz es hijo de un catalán, combatiente republicano que luchó con las Brigadas Internacionales y cruzó la frontera a Francia en la retirada de enero de 1939. A la familia le quedó el exilio. Gracias al impacto mediático de su acción reivindicativa, Cliff pudo entrar en contacto con su hermanastra, una cría que había huido también de Catalunya y que vive en Caracas. No se conocían. El franquismo machacó a su familia. Cliff, residente en un país aparentemente democrático, no quería convivir a diario con un símbolo humillante e ilegal. Cliff se tomó la justicia por su mano, y se quedó tan ancho. Eso sí, el alcalde socialista (sic) se quedó sin un voto.
Se equivocaba el falangista pontevedrés Vilacorra cuando afirmaba que grandes zonas campesinas se mantienen libres de cualquier lacra. En el Reino de España todavía se mantiene la lacra de los alcaldes fachas, analfabetos, corruptos, caciques y delincuentes.