viernes, 2 de julio de 2010

Alambrada invisible

Sector de "Casas de Familiares 02". Al fondo, el Destacamento
donde estaban alojados los detenidos.

A medida que las casas de los familiares de los presos iban quedando libres de derrumbes, tierra, olvido, recurría una pregunta aparentemente sencilla pero no tan simple: ¿por qué permitieron a los familiares instalarse en los alrededores del Destacamento Penal? Una respuesta rápida, sin demasiada meditación nos diría que el tener a sus seres queridos cerca haría que los trabajadores rindieran más en el trabajo al estar contentos o tranquilos. Una reflexión un poco más pausada nos dice que al régimen franquista poco le importaba la felicidad de los presos y que la presencia de familiares supondría una especie de vigilancia sobre un penal alejado de los ojos de la sociedad.

En realidad la cuestión puede ser algo más triste, compleja o -si se quiere- traicionera con lo que significa “humanidad”. Si pensamos en similares construcciones surgidas en Europa tras la Segunda Guerra Mundial nos vienen a la mente una, dos, tres filas de una maraña de alambre de espino, perros, torres de vigilancia que escupen luz cual fuego cegador e inmovilizador. Nada de eso existe en el Destacamento Penal de Bustarviejo pues no es un campo de concentración. Aquí no encontramos alambradas, focos, perros, pues el mecanismo es más sutil, casi imperceptible. Se trata de casas para los familiares. Si, por otro lado, pensamos en las familias estigmatizadas por los estragos de la guerra (no por estar en el bando equivocado, sino en el bando perdedor), podremos imaginar lo dura que sería la vida para una mujer sin su marido, para un/a niño/a sin su padre. La tentación de huir de un pueblo donde todo es miradas de desaprobación o desprecio, se convierten de algún modo en irrefrenables deseos de salir de aquella particular cárcel de miradas, de susurros. Recorrer un "país que era una cárcel" y construir, junto al ser querido, una estancia que no era más que una celda en medio del campo: la decisión de ir junto al penal acababa por convertirlos en reclusos imaginarios.

Vista interior de los barracones. Si bien la disposición de las ventanas constituye una clara barrera al exterior, no estaríamos ante las medidas de seguridad de una prisión.

La presencia de las casas (“chabolas”, como las llaman en el pueblo), a la vista de los presos en sus barracones sirven para recordarles que toda tentativa de huída es fútil. Como dijimos en entradas anteriores, no se puede huir, demasiado lastre como para echarse al monte, demasiado peligro, ruido... La presencia de las casas de los familiares nos está hablando acerca de que no eran sino los propios detenidos quienes tenían la propia llave de sus celdas. Celdas sin rejas, rodeadas de una alambrada invisible.