lunes, 9 de junio de 2014

Marina Aria, Ciudad de Vacaciones

Ruinas de Prora

Meter a miles de obreros en torres de hormigón en primera línea de playa para que pasen las vacaciones no es un invento de los años 60. En 1935 a los nazis se les ocurrió la brillante idea de construir un resort proletario de cuatro kilómetros de largo en Prora, una localidad costera de la Isla de Rügen, en el Mar Báltico. El objetivo: lograr la Kraft durch Freude (KdF), es decir "la fuerza a través de la alegría" (me pregunto qué opinaría el maestro Yoda de este eslogan). La idea era estructurar el ocio de los trabajadores alemanes para reforzar el espíritu nacionalsocialista y evitar el sindicalismo perturbador. La KdF incluía desde asociaciones deportivas paramilitares al Volkswagen Escarabajo, con el que los felices arios recorrían la campiña teutónica los fines de semana.


Nada como unas vacaciones antes de comenzar un genocidio.

¿Pero qué mejor forma de alcanzar la fuerza que en bañador? A partir de 1936 comenzaron a ponerse en práctica los planes megalómanos de Seebad Prora. Durante más de tres años se afanaron miles de trabajadores para levantar su futuro hogar de veraneo. Los bloques de viviendas, todos exactamente iguales, tenían apartamentos de 25 metros cuadrados (en los que debía alojarse una familia de cinco miembros) y baños compartidos, uno por planta. Además, se construyeron muelles y un descomunal anfiteatro.
 Gris Totalitario®

Sin embargo, con el comienzo de la Segunda Guerra Mundial el proyecto de resort quedó abandonado. Se trasladó a los obreros al vecino Peenemünde, donde harían algo más útil: construir las instalaciones de los primeros misiles de la historia. Se trata de las terroríficas bombas volantes V1 y V2 que mataron a unas 15.000 personas, la mayor parte civiles. En la construcción de las instalaciones y las bombas no solo participaron obreros libres, sino también miles de prisioneros (rusos, franceses y de otros territorios ocupados), muchos de los cuales morirían de hambre, fatiga y malos tratos.

 V1 en su rampa de despegue en Peenemünde. 


Objetos de los prisioneros en Peenemunde. En la esquina inferior derecha, restos de sacos de cemento con los que los presos se protegían del frío.

Durante la guerra, Prora tendría usos muy distintos a aquellos para los que había sido concebida: acogió a unidades auxiliares de la Luftwaffe y a miles de refugiados de la Prusia Oriental, que huían del avance soviético y sus atrocidades. Finalmente, fueron alemanes traumatizados los que ocuparon las instalaciones y no alegres veraneantes.


Cuando el Ejército Rojo ocupó la isla de Rügen, algunos de los edificios se reutilizaron como cuarteles, una función que continuaría durante la Guerra Fría, esta vez para unidades de élite del ejército de la República Democrática Alemana. De esta época es el enlucido de cemento que hoy se conserva, pues el original desapareció al desmantelar los rusos los bloques para llevarse el cobre, las tuberías y otros materiales útiles.

La RDA, sin embargo, consideró que los planes originales de los nazis no eran tan mala idea. Si bien Prora apenas se empleó como destino vacacional (algunos edificios alojaron campamentos infantiles), el régimen comunista construyó nuevos bloques grises para proletarios a algunos kilómetros del balneario nazi. La finalidad era semejante, el impacto paisajístico también. Lo que cambió fue la megalomanía, ausente en los nuevos edificios: no desentonarían en cualquier barrio obrero del desarrollismo en Madrid o Barcelona.


Uno de los accesos a la playa.

En la actualidad, Prora es una ruina espectacular, pero con un futuro incierto. Ha habido propuestas de reconvertirla en un resort turístico. Una parte ha encontrado utilidad como campamento de verano juvenil, que parece más bien un reducto de supervivientes en un paisaje post-apocalíptico. Cada vez son más los visitantes interesados en el patrimonio del siglo XX que acuden a este paraje remoto.

Prora constituye un buen ejemplo de arquitectura nazi, de la ingeniería social de los regímenes totalitarios y de su lógica desarrollista insostenible. Pero en el fondo no es tan diferente de los muchos desastres urbanísticos a los que nos hemos acostumbrado en España. Como Prora, no son solo un desastre ecológico: también un desastre social. 

El capitalismo depredador, al final, acaba pareciéndose al fascismo.

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