lunes, 18 de mayo de 2015

La fiesta de los maniquíes


La primavera en Bizkaia viene acompañada de toda una serie de actos conmemorativos que recuerdan lo que aquí pasó en la primavera de 1937. En los últimos años ha tenido lugar un interesante proceso memorialístico incentivado por la sociedad civil y apoyado sin fisuras por el Gobierno vasco y las administraciones locales. Este fin de semana pasado, la localidad de Amorebieta-Etxano recordaba a las víctimas del bombardeo fascista de la localidad. En torno a un roble en la plaza de Zelaieta, este acto cívico contó con la asistencia de unas 150 personas, con la actuación de una coral de gente mayor y otra de gente menuda, con las palabras del veterano historiador local, con una ofrenda floral a todas las víctimas de la guerra civil, con el alcalde homenajeando a los vecinos y vecinas que murieron bajo las bombas, que sufrieron la injusticia y la humillación impuesta por los vencedores. Esto no es una coña. Yo acabo de venir del homenaje a los presos del fuerte de San Cristóbal (monte Ezkaba, Iruña) y ahí no se presenta un político aunque les den una mordida.


Como complemento didáctico de estos actos, en el Centro Cultural anexo la ciudadanía puede ver una exposición de objetos de la guerra civil pertenecientes en su mayoría a la colección particular de Alberto Sampedro. Él mismo actuó de cicerone explicando los pormenores de insignias, armas, vestimentas y municiones. Alberto colabora con instituciones científicas como la Sociedad de Ciencias Aranzadi y acaba de coeditar Diario de un gudari en el frente de Euskadi, de Jaime Urkijo (combatiente del batallón Rosa Luxemburgo). Alberto forma parte de un amplio grupo de gente que se ha bregado en las trincheras de la divulgación y la didáctica de la guerra civil.


Librería-papelería en Gudari Kalea, Amorebieta-Etxano.

A los arqueólogos nos queda aprender de esta gente, pero no sólo eso. También debemos dar a conocer lo que aporta la Arqueología del Conflicto. Las microhistorias que se esconden detrás de esos objetos cuando éstos son recuperados en contextos arqueológicos. Como las granadas polacas de la exposición, que nos dicen muchas cosas si aparecen formando parte del equipo de un combatiente republicano en una trinchera del Ebro (excavaciones arqueológicas en La Fatarella); o el casco Adrian de un maniquí, que nos aporta mucha información en una posición franquista de Guadalajara (excavaciones en Abánades), o la hebilla de un cinturón de infantería, si ésta aparece en una fosa común del cementerio de Castuera y la excavación arqueológica nos demuestra que esos hombres fusilados procedían del campo de concentración cercano, o un mortero Valero cuando éste aparece sobre el suelo de ocupación de un búnker en la línea defensiva del Alto Tajuña...




Incluso los objetos más humildes aportan una gran información. Aficcionados y detectoristas, así como arqueólogos en prospección se han hartado de recoger escudillas en los frentes de batalla. Centros de interpretación y Museos muestran vitrinas llenas de estos objetos vinculados a la cotidiano, a la vida diaria del soldado. Sin embargo, en ocasiones, una escudilla se convierte en un fósil director, en un soporte material que deviene fuente escrita. Aquí tenéis la escudilla graffiteada de un miliciano del batallón de la UGT en el frente de Euskadi, aportada a la exposición por otro aficcionado.


Desde luego, para mí, ésta es la pieza de la exposición, más allá de granadas, fusiles, emblemas y morteros. Los datos que aporta per se son enormes. Pero no puedo dejar de pensar en la información que podría aportar una excavación arqueológica del lugar en donde haya aparecido esta pieza, un objeto que todos podemos disfrutar gracias al buen hacer de un coleccionista que pone a disposición de la sociedad su tiempo, su aficción y su dinero. Queda mucho camino por recorrer en este proceso de patrimonialización de los restos de la guerra civil española. Desde la Academia y la profesión existen opiniones encontradas, como pudimos apreciar en el congreso Gasteiz at war (para eso lo hicimos). Seguro que cada uno de los y las que seguís este blog tenéis la vuestra. 
En esta cadena técnico-operativa de la memoria, los arqueólogos somos un convidado más, unos expertos más en un engranaje que no cuenta con un claro marco legal. En este contexto, no somos los únicos que generamos conocimiento, somos coprotagonistas en la arena de la memoria histórica. En este mundo, los arqueólogos y las arqueólogas podemos aportar nuestro grano de arena en el ámbito de la concienciación patrimonial. Eso, o nos quedaremos tiesos como maniquíes, en una fiesta a la que nadie nos ha invitado.