lunes, 25 de mayo de 2015

Si me quieres escribir...


Mi abuelo paterno, Antonio Ayán, fue obligado por los sublevados a incorporarse a filas. Pasó toda la guerra en el frente de Córdoba. De su experiencia bélica apenas conservamos restos materiales. Durante el conflicto, una hermana suya, Aurora, le hacía llegar por correo alguna ayuda a las trincheras. Mi abuelo, agradecido, le envió una carta con una fotografía que se sacó en un estudio sevillano un fin de semana de permiso. En el reverso: Ejército del Sur, 1938.

Hebilla de equipamiento militar Corniago encontrada en un sondeo 
de la zanja perimetral del campo de concentración de Castuera, Badajoz  (2012).

La pieza en laboratorio: trincha con restos de cuero 
y detalle de la inscripción: TALLERES DE VESTUARIO. 
EQUIPO DEL EJÉRCITO DEL SUR.

En nuestros trabajos arqueológicos por tierras extremeñas hemos podido comprobar lo que tantas veces me contó mi abuelo; que en su caso, nunca en la vida había comido mejor y había estado mejor vestido. Las enormes latas de carne procedentes del matadero de Mérida, que aparecen en los basureros de las posiciones franquistas, son un buen ejemplo de ello. El soldado Ayán también me hablaba de los soldados que tenía enfrente, al otro lado de las trincheras en esta zona del frente andaluz. Para conocer mejor cómo vivían sus enemigos tenemos la suerte de contar con un libro que acaba de salir publicado: Voces de la trinchera, de James Matthews. En él, este joven historiador hispano-británico recopila cartas interceptadas a soldados del Ejército de Andalucía por la censura militar republicana y que se conservan en el archivo militar de Ávila. 


Leyendo estos extractos de las misivas nos acordamos de tantas y tantas cosas que vemos reflejadas en el registro arqueológico. Los soldados republicanos se quejan de la falta de calzado, del hambre, de las infames condiciones de vida en trincheras y refugios, de la falta de armamento y de vestimenta adecuada, del aburrimiento endémico en un frente estático. La cultura material aparece una y otra vez mencionada en estas páginas, por soldados que, como mi abuelo, fueron movilizados y sólo quieren que acabe ya la guerra y volver a sus casas, sanos y salvos. La escritura es una tabla de salvación para estos combatientes. Las unidades republicanas ayudaban al campesinado en las labores agrícolas (en las cartas se habla de la siega, por ejemplo) y también contaban con campañas de alfabetización en las trincheras. En nuestras excavaciones por el Estado español adelante siempre nos ha llamado la atención la mayor presencia de tinteros en las trincheras republicanas en comparación con las franquistas.
No sabemos qué pasó con los soldados que firman esos egodocumentos, recopilados por James Matthews. Unos perecerían bajo los bombardeos, muchos otros acabarían en campos de concentración, fusilados o paseados por la benemérita justicia de los vencedores. Lo que sí sabemos es lo que le pasó a Charli, el soldado republicano abatido en La Fatarella cuando cubría la retirada de lo que quedaba del Ejército del Ebro. Bajo sus costillas todavía pudimos recuperar lo que quedaba de su macuto.



Las buenas condiciones edafológicas permitieron que se conservasen fragmentos de papel. Uno de ellos podría corresponderse con pasquines que reproducían consignas referidas a cuestiones de seguridad e higiene, como diríamos hoy en día. El otro era una cuartilla de papel engurruñada. El laborioso trabajo de laboratorio llevado a cabo por la restauradora Yolanda Porto Tenreiro consiguió extender la cuartilla. Teníamos muchas esperanzas en encontrar fuentes escritas en el registro arqueológico. Los rayos X no triunfaron. El papel no contenía ni una letra, ni un garabato. Seguro que Charli, un veterano del que desconocemos su nombre, durante la guerra escribió cartas y cartas a casa. Quizás conservaba esta cuartilla para enviar sus últimas señas a sus seres queridos. Seguramente éstos no saben aún su paradero: Ejército del Ebro, primera línea de fuego.

Fot. de Yolanda Porto.

Fot. de Yolanda Porto.

DIDPATRI, Universitat de Barcelona.