sábado, 7 de julio de 2018

El olor del miedo


En alguna ocasión hemos hablado del olor de la Guerra Civil. A veces, la peste o el aroma del pasado llegan al presente -los efluvios de una letrina o de un frasco de medicina o de colonia. Es una sensación extraña y brutal. Una especie de máquina del tiempo que de repente lo sitúa a uno hace 80 años. 

Pero las cosas normalmente no huelen o no, al menos, a Guerra Civil, sino a óxido o a humus. Aun así, determinados objetos son inseparables de una fragancia o un hedor, que podemos inmediatamente asociar a nuestra experiencia cotidiana. No sé muy bien a qué huele la explosión de un mortero porque afortunadamente nunca he tenido que estar cerca de una. Pero sí sé a que huele una camisa sudada o un orinal. 

En el refugio antibombardeo del asilo de Santa Cristina que estamos excavando nos hemos topado hoy precisamente con un orinal completo. Es de metal esmaltado y su superficie está completamente decorada con aguadas azules, que imitan las vetas del mármol. No se trata del ubicuo bacín blanco con una cinta azul de la primera mitad del siglo XX. Es casi lujoso. Tanto que se podría pensar que se encontraba ya en el asilo cuando las tropas franquista tomaron la posición el 17 de noviembre de 1936. Encaja mejor con otros objetos elegantes que nos encontramos entre las ruinas del asilo (lámparas de araña, porcelana, vasos de vidrio tallado). 

El orinal del asilo debió encontrar uso inmediato en el nuevo contexto bélico. Constituía una pieza básica en los refugios antibombardeo, porque en ellos se pasaban muchas horas y porque el miedo es el mejor laxante. La escritora costarricense María Pérez Yglesias escribe en su cuento Estela



“Caminamos cerca de un galerón mal construido y un tufo insoportable me recuerda el olor a miedo del que hablan mi tía y mi abuela cuando recuerdan los horrores de la guerra civil española del 36. Ese olor a excremento, orinal, vómito y sudor de los refugios para huir de las bombas enemigas”.

El hedor de la orina y las heces es tan desagradable como polisémico. En un bebé resulta casi entrañable. En un anciano, desolador. En un callejón nos habla de juergas nocturnas o de gente sin hogar. 

En un refugio antibombardeo es el olor del miedo.

2 comentarios:

Unknown dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
A.A. Ruiz (風) dijo...

Cuánto dicho en tan pocas palabras y qué gran final de entrada. Un lujo poder acercarse así a la excavación, dejando de lado lo visual para sentirlo de otra forma. Gracias.