lunes, 30 de julio de 2018

Serán ceniza



La Casa de la Peña Blanca, donde estamos excavando en Rivas Vaciamadrid, se enclava en un entorno saturado de historia. Aquí se encontraba un palacio de verano de Felipe II, del que pueden formar parte las ruinas que estudiamos. También hay restos romanos y de la Edad del Hierro. En la Guerra Civil quedó en la divisoria entre republicanos y sublevados.

Pero cuando llegamos hoy al edificio la moral no está muy alta. Es una auténtica ruina y una ruina bastante fea además, desfigurada una y mil veces a lo largo de los últimos cincuenta años. Está llena de basura, polvo y escombros.

Los arqueólogos somos, en cierta manera, como los biólogos. Pasamos tiempo en sitios donde aparentemente no hay nada y al rato empezamos a ver cosas -o quizá habría que decir que las cosas comienzan a manifestarse, al igual que los animales salen de sus escondrijos. Y así entre los escombros aparecen historias o fragmentos de historias de las que nunca sabremos el final. Ni el comienzo.

Vemos un botijo en miniatura, extrañamente limpio y nuevo entre tanta basura.

Vemos restos del trasquilado de una oveja. 
 
Vemos un pared acribillada a tiros. Aparecen concentrados hacia el centro, como dibujando la sombra de una diana invisible. En uno de los agujeros encontramos una bala de 9 mm impactada. Seguramente prácticas de tiro de la policía. Précticas tiro sobre un campo de batalla. 


Vemos un libro de Jesús Izcaray, Madame García. Tras los cristales, publicado por la editorial Akal en 1977. Akal se había fundado solo cinco años antes, con un fuerte compromiso izquierdista. Izcaray era del Partido Comunista, se exilió en 1939 y escribió una tetralogía de la Guerra Civil.  Madame García habla precisamente sobre el exilio; también sobre las guerrillas en Levante. Arqueología de la Guerra Civil incluso cuando no hay restos bélicos. O quizá este libro sea un resto bélico, también, a su manera.



Y vemos un libro de Montserrat Roig, Tiempo de cerezas, publicado como el de Izcaray en 1977 (la versión castellana, el año anterior en catalán). Solo se puede leer alguna página: suficiente para dar con el libro en Google Books. Otra novela sobre el exilio. Otro resto bélico.



Encontramos el primer volumen de la Enciclopedia Británica (que empieza con el arquitecto Alvar Aalto). Una enciclopedia en papel que ahora parece más arcaica que un hacha de sílex. 

Encontramos una publicación sobre la representación de las cinéticas enzimáticas. Y me pregunto qué diablos es eso.




Vemos un cojín de colores que perteneció a un sillón de los años 70, porque la combinación de colores solo es imaginable en los años 70. Al lado, unos cartones. Al lado, una fogata. Lo que queda del hogar de un sin techo. Un sin techo que quizá pasara el tiempo leyendo la Enciclopedia Británica o sobre las cinéticas enzimáticas o sobre el exilio.

Y todo esto es basura, claro, pero como diría Quevedo, tiene sentido. Y da no sé qué dejarla ir sin un recuerdo.

1 comentario:

JJ de la Sierra dijo...

Es arqueología muy cercana, de padres, madres y abuel@s. Yo que soy del gremio también me he estremecido de pena limpiando en Arganda refugios tallados con el sudor de muchos paisanos, oquedades llenas de desidia y abandono, hechas materia en forma de neumáticos, colchones, escombros y basuras mil, intentando acallar las voces que se esconden en sus huecos. Gracias por poner voz a toda una multitud que vivió sin hablar.