lunes, 16 de julio de 2018

Esperando a los bárbaros

A tomar por saco el Imperio romano.

Una de las villas romanas más impresionantes de Hispania es la de La Olmeda en Palencia. Desde la primera vez que la visité hay algo que se me quedó grabado en la memoria. No son sus mosaicos espectaculares (que también). Se trata de algo más modesto: unas cornamentas de ciervo abandonadas sobre el suelo de una estancia. Las dejaron allí unos okupas del siglo V d.C, cuando los propietarios del edificio hacía tiempo que se habían marchado. Muchos espacios públicos y aristocráticos, de hecho, fueron okupados en época tardía, pero estos episodios no suelen formar parte de los proyectos de musealización. Normalmente se limpia todo lo considerado "residual" para que podamos observar los vestigios de una fase esplendorosa del pasado. 

El arqueólogo José Antonio Abásolo nos describe con elocuencia los últimos momentos de La Olmeda:
"Poco a poco fue saqueada. Se rompen -y pierden- las estatuas, las monedas de valor (...), los hallazgos de calidad (...), se trocean las piezas de bronce.., o qué decir de las torres de provisiones adaptadas como corralitos o marraneras. Suponemos que distintas familias de humiliores, "okupas" o "squatters" se debieron repartir la gran mansión y prueba de ello serían los pozos que perforaron con saña los vistosos mosaicos que todavía se conservaban dentro de la villa" (1). 
El arqueólogo está claramente enfadado con los okupas que destrozaron el palacio. Adopta la perspectiva de los honestiores, los aristócratas que la construyeron. Es comprensible. Duele contemplar tanta belleza degradada. Pero los restos se pueden entender de otra manera: como el germen de una revolución igualitaria. Se destruye o desaparece todo aquello que marcaba las diferencias de clase, lo que decía quién era digno de honra y quién un subalterno. Frente a la mansión de uno, la casa de muchos.

A lo largo de la historia, las ruinas han servido de vivienda para gente sin techo o sin morada fija. Y casi siempre se han considerado esas ocupaciones como el episodio final de una tragedia, una forma de mancillar una historia más gloriosa. Pienso en esto cada vez que acudo a la excavación en el Asilo de Santa Cristina y paso por delante de un campamento de gitanos procedentes de Europa del Este. Ellos no lo saben, pero sus tiendas y carpas de plástico están plantadas sobre los cimientos del asilo, que un día tuvo habitaciones forradas en mármol, pavimentos de elegantes baldosas hidráulicas, calefacción, agua corriente y electricidad. Todo lo que ellos no tienen ahora. Y lo primero que le viene a uno a la cabeza es la palabra decadencia. 


Pero si reflexionamos un poco más, la cosa no está tan clara. El asilo de Santa Cristina, como tantas otras instituciones de asistencia de mediados del XIX a principios del XX, era un centro para disciplinar a los marginados -mujeres, pobres, locos. No sabemos mucho de este en concreto, pero otros asilos religiosos o laicos que proliferaron entonces por Europa y Norteamérica eran  opresivos, de sufrimiento y explotación más que de hospitalidad. No hay más que pensar en las novelas de Charles Dickens. Y después están las ruinas en sí. No las han arrasado los bárbaros. Las hemos arrasado nosotros -nuestra sociedad moderna. Con nuestras guerras civiles y nuestras dictaduras.

Los gitanos de Europa central y del este, los roma o sinti, tienen mala prensa. Incluso peor que la de los gitanos de aquí. Los neofascistas italianos quieren hacer censos raciales y expulsarlos del país. Son vecinos incómodos y tienen pocos defensores. A veces, cuando uno oye a la gente hablar de ellos no parece que se estén refiriendo a seres humanos.

Al caminar hacia las ruinas del Asilo veo el campamento de los romaníes. Está muy limpio y ordenado -y vacío, porque solo vuelven al anochecer. Pienso que no sé casi nada de estas personas ni de su historia. Que vinieron de la India hace un milenio, que tienen su propia lengua y sus costumbres. Que casi los exterminan los nazis. Y pienso también que los gitanos no han creado instituciones para encerrar y disciplinar a los diferentes, ni han organizado una guerra civil en la que hayan muerto medio millón de personas. Ni han arrasado ciudades con bombas ni organizado campos de concentración. Y pienso que nosotros, que sí hemos hecho todas esas cosas, quizá no deberíamos mirar con desprecio a quienes campan sobre las ruinas de nuestra barbarie.

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(1) Abásolo Álvarez, José Antonio. "Los últimos días de La Olmeda." Publicaciones de la Institución Tello Téllez de Meneses 86 (2015): 7-20.

1 comentario:

Oscar Rodríguez Alonso dijo...

Los bárbaros somos nosotros, no vendrán otros más bárbaros.