domingo, 13 de septiembre de 2015

La lucha por el seminario, paso a paso


Fortín de la Dehesa de la Villa con dispersión de materiales.

Las excavaciones en el entorno del seminario menor de Belchite nos han permitido conocer en detalle el ataque republicano a estas posiciones en agosto de 1937. 

El fortín de la Dehesa de la Villa formaba parte de un conjunto de fortificaciones de hormigón y ladrillo construidas por los Barbis (una unidad de ingenieros) a mediados de 1937. Su función era defender el flanco sur de Belchite y para ello cubrían con su fuego la vía de tren y las carreteras que venían de Lécera y Letux. 

El fortín sufrió fuego de fusilería, ametralladoras y lanzabombas. Los requetés, sin embargo, no se retiraron y los republicanos tuvieron que tomar el lugar al asalto. De esta operación quedan impactos de balas en las paredes disparadas por los atacantes y dos casquillos de pistola, probablemente de los defensores. 


Tubo de una granada de espiga encontrado frente al fortín.

Una vez tomada la posición, los republicanos comenzaron el asalto a la última trinchera que defendía el seminario. La dispersión de materiales muestra elocuentemente de donde procedía el grueso del fuego enemigo: en el acceso occidental de la trinchera recogimos cientos de casquillos percutidos y cargadores vacíos. Con toda probabilidad, los requetés estaban disparando desde aquí hacia el fortín que las fuerzas del Ejército Popular acababan de tomar. 

Plano de la trinchera que defendía el flanco sur del seminario al acabar la excavación.

Uno de los carlistas perdió su crucifijo en la refriega y quizá también la vida.


Crucifijo de un requeté aparecido entre la munición disparada

En la zona este hay dos ángulos en los que también apareció abundante munición, probablemente disparada contra el cementerio, una posición de los requetés que cayó al comienzo de los combates. Aquí se mezclan los casquillos de Máuser disparados por los requetés con los de Mosin republicanos. Una vez que la trinchera cayó en manos de los atacantes, se utilizó para disparar sobre el seminario. Pero no toda ella: solo los puntos desde los que había un ángulo de tiro adecuado para acertar al edificio. El punto mejor situado era el ramal situado en el extremo más oriental. 


Casquillos y guías de peine de Máuser y Mosin sobre el suelo de la zona oriental de la trinchera.

Aquí encontramos munición de 7 mm de Máuser republicano. Se trata de casquillos y cartuchos fabricados en factorías gerundenses y alicantinas. La munición catalana no era de muy buena calidad, a juzgar por lo que encontramos: cinco cartuchos percutidos pero todavía con la bala. Podemos imaginarnos la frustración del guardia de asalto apretando el gatillo sin éxito una y otra vez ¿Defecto de fabricación o sabotaje?

Más allá de la trinchera todavía podemos seguir el ataque republicano. Detrás de las letrinas, y pasada la tapia que rodeaba el seminario, nos encontramos un casquillo percutido de 7 mm de la fábrica de armas nº12 de Girona (en este caso el cartucho sí funcionó) y una bala de pistola de 9 mm impactada que debió disparar uno de los sitiados.

Quedaban dos días y medio de sitio todavía. Tiempo de sobra para sembrar mucha más muerte: unos doscientos soldados de ambos bandos perdieron la vida en estos lugares que ahora excavamos. 

miércoles, 9 de septiembre de 2015

Hemos vuelto: ¿qué pasará?


El Ayuntamiento de Belchite ha tenido a bien organizar una exposición temporal con motivo de las fiestas patronales. El título de la muestra fotográfica no puede ser más explícito: Belchite entre la Memoria y el Olvido. 1930-1960. Un nutrido grupo de vecinos y vecinas se tomaban su tiempo ante cada foto para identificar a los retratados Como aquella foto en la calle mayor de Belchite viejo en la que un grupo de jóvenes de Auxilio Social posan sonrientes, rodeadas de niños, algunos de ellos con vestimenta militar. La Nueva España había vuelto y comenzaba la represión y la labor propagandística a favor de la redención y la reeducación de los rojos que todavía quedaban.
Sobre una mesa en la sala de exposiciones se mostraba un cuadro en el que se recogía con vivos colores el estado del Seminario Menor hacia 1866. Al pie de la obra, su autor, Aurelio El Picota. Con 86 años conserva una memoria prodigiosa y hace alarde de su arte: Hice una copia de la Fragua de Vulcano, exacta, porque sabe, en ese cuadro hay seis personas, y es muy dificil replicar la expresión de las caras.  En el cuadro, Aurelio intenta reflejar el cierzo, con los árboles del jardín de los curas combados por el viento.
 
 
De lo que no se olvida Aurelio es de las expresiones de horror y de los vientos de la guerra en 1937. En su visita a nuestras excavaciones, Aurelio nos detalla aquellos días. Él fue el primer evacuado de Belchite por las tropas republicanas. Un Guardia de Asalto le cogió de la mano y ordenó que saliese la gente de los refugios. Ese Guardia de Asalto pudo ser uno de los que conquistó el fortín de la Dehesa de la Villa, o que expulsó a los rquetés de las trincheras y del Seminario Menor. Aurelio y su familia fueron llevados a retaguardia al Bajo Aragón, provincia de Teruel. Con la ofensiva franquista de marzo de 1938 huyeron hacia Catalunya, con la aviación de la Legión Cóndor ametrallando civiles en la carretera.
Cuando volvieron a Belchite, ya los estaban esperando. Falangistas organizaron un simulacro de ametrallamiento. Les despojaron de sus carros, de sus enseres, de todo, y hombres, mujeres y niños tuvieron que ponerse en hilera delante de un tanque alemán. Por un altavoz se escuchaba: Rojos de Belchite, no tenéis perdón, váis a morir. La Nueva España fusiló a 14 integrantes de la familia de Aurelio, una familia de trabajadores que regentaba una panadería, de nombre, La Imperial.
 
 
El testimonio de Aurelio también es fundamental para poder alcanzar una cronología relativa del área de letrinas que estamos excavando. Él era un niño que en el año 1935 presenció la llegada de cientos de seminaristas en peregrinación a este lugar para homenajear a la Virgen del Pilar que coronaba la fuente que todavía está. Un año después escuchó a las mujeres desesperadas pidiendo clemencia por sus seres queridos, fusilados en la tapia del cementerio. En 1939 veía pasar todos los días a los prisioneros recluidos en las ruinas del Seminario Menor. Eran brigadistas internacionales empleados en la reconstrucción de la traída de aguas y otras obras. Uno de ellos, polaco, era el encargado de las proyecciones del cine del pueblo.
Aurelio se acuerda cómo antes de la guerra la fuente estaba repleta de peces de colores. Con otros colores quiere abordar ahora un nuevo cuadro. Según nos cuenta, quiere reflejar su recuerdo del regreso a Belchite, cuando les quitaron los carros y casi los matan. Lo va a titular: Hemos vuelto: ¿qué pasará?
 
 

martes, 8 de septiembre de 2015

¡Detente bala!


Nuestro colega pastor aparece temprano regalándonos una imagen que podría haber sido tomada en Belchite antes de la guerra. Un rebaño de ovejas busca en el erial algo de sustento, a la sombra del fortín que estamos excavando. Este hombre nos da una lección magistral sobre la estructura social del Campo de Belchite en los dos últimos siglos. Nos encontramos en un paraje conocido como La Dehesa de la Villa. Desde época medieval el ayuntamiento contaba con bienes de propios, y esta dehesa era uno de sus recursos naturales más importantes. En el siglo XIX las deudas del Concejo llevaron a vender la propiedad que acabó en manos de una familia rica, terrateniente. Por un lado, jornaleros y campesinos con amo; por otro, una minoría propietaria y una pequeña burguesía local que comenzaba a desarrollar negocios fabriles (aceites, panaderías, molinos, etc...). La ideología socialista cundió como la pólvora eentre los labriegos de este secano rabioso que tan bien conocía el belchitano Labordeta.


Julio Górriz es descendiente de colonos navarros que llegaron aquí hace siglos. Nació el día de San Miguel de 1937, poco después de que Belchite fuese conquistado por el Ejército Popular. Con año y medio cruzó en brazos de su madre la frontera francesa, en donde vivió en un campo de concentración. Julio se ha acercado a vernos y nos ha regalado una sandía monumental: Es intolerable, lo de los refugiados sirios,p¡ero si nosotros también lo fuimos en su día!.  En su familia hubo víctimas de la represión franquista. Las envidias y las rencillas tuvieron mucho que ver. El alcalde socialista, jornalero oriundo de Soria y muy querido en el pueblo, fue fusilado. Su sustituto franquista en agosto del 36 murió manejando una pieza de artillería en el sitio de Belchite. En 1934 y 1935 los altercados entre los miembros del Sindicato católico La Agrícola y los de la UGT eran más que frecuentes. Todo un testimonio de la polarización política en Belchite en la antesala de la guerra.

Balas impactadas, guía de peine, balas y casquillos al pie de la cara E del fortin.

Hoy hemos acabado de excavar el fortín de la Dehesa de la Villa. Tras la guerra, la estructura sufrió actividades antrópicas (amortización de ferralla, armamento, etc...) y procesos postdeposicionales que conllevaron el derrumbe de la cubierta. A su vez, el propietario de la parcela decidió colmatar el interior del fortín con cantos de cuarcita de gran tamaño procedentes del clareo de la finca. La excavación nos permite conocer el infierno vivido por los Almogávares defensores de este reducto. En realidad, este fortín podría encontrarse en pleno Rif central, como un blocao más característico de la defensa a ultranza de posiciones, hasta el último hombre, tan querida por Franco y sus generales africanistas. Y eso hicieron los requetés, rodeados de enemigos por todas partes, como así lo demuestra la distribución de los hallazgos.

Balas y casquillos al pie de la tronera al lado de la entrada (E).

Balas y casquillos al pie de una de las torneras de la cara W del fortín.

Desde el fortín, los carlistas intentaron inicialmente apoyar a sus compañeros que defendían el cementerio cercano, sin mucho éxito. Mientras, el fortín era atacado por la artillería republicana. A los pies de la galería de fusileros hemos encontrado un gran fragmento de metralla y la espiga de un mortero. El cerco se iba estrechando. Las quince troneras del fortin vomitaban fuego. Casquillos de máuser español se reparten al pie de los ventanucos. Los Guardias de Asalto pronto iban a hacer honor a su nombre. Finalmente consiguen entrar. En el segundo escalón de acceso al fortín encontramos una guía de peine checa. En el segundo, una bala de máuser español. Dentro, entre las paredes de cemento y ladrillo, se combatió cuerpo a cuerpo. Encontramos hasta 3 casquillos de bala de pistola. Frente a la entrada, en la pared interior, todavía se conserva la marca de un disparo. Dentro del fortin en forma de T, los asaltantes se dispusieron a acabar con los últimos Almogávares que resistían dentro del extremo absidiado.

Impacto de bala en la pared interior del fortín. El disparo se llevó a cabo desde la entrada.

En el Museo del Carlismo de Lizarra (Estella, Navarra) se puede ver el esfuerzo de guerra protagonizado por hombres y mujeres carlistas. Éstas, las margaritas, cosían vestimentas y atrezzos, como el famoso Detente Bala que llevaban a la altura del corazón estos verdaderos legionarios de Cristo. Tan fanáticos como los yihadistas del Estado islámico actual. La ráfaga que podemos ver en el interior del fortín no deja lugar a dudas. Todavía se conservan dentro las balas deshechas. Por lo que parece, las balas no se detuvieron...

Las balas que no se detuvieron.

lunes, 7 de septiembre de 2015

Combatir cara a cara


Hoy hemos estado prospectando en Mediana, en la zona conocida como "Parapeto de la Muerte". 
Estos montes perforados de trincheras y salpicados de metralla hacen honor a su nombre.

Nos distribuimos en tres equipos, cada uno con su GPS y hojas de registro, y vamos documentando cada uno de los objetos que se pueden observar a simple vista en la superficie. En unas pocas horas identificamos cerca de 600 elementos. Cada equipo cubre un punto fortificado: tres pertenecen a los franquistas, uno a los republicanos. 


La posición republicana es una avanzadilla. Está tan cerca de los sublevados que debían oírlos respirar. En algunos puntos, las trincheras de uno y otro bando están separadas por apenas treinta metros. Frente a los parapetos hay restos de granadas. Miles de restos. Apenas hay un metro cuadrado que no esté cubierto por los característicos cuadrados metálicos de las granadas de fragmentación - y anillas, espoletas, fulminantes. En esta zona registramos más de un centenar de granadas, sobre todo polacas y universales. Son las trazas de la defensa de las trincheras republicanas ante los ataques franquistas. 

En las posiciones sublevadas encontramos cientos de restos de bombas Laffite - las que usaron para detener los ataques del Ejército Popular.

La guerra moderna e industrializada supuso la generalización de la muerte a distancia. Se acabaron las espadas y las lanzas: uno mata y muere la mayor parte de las veces sin ver ni oír al enemigo.

En Mediana, en cambio, la muerte volvió a ser cara a cara, cuerpo a cuerpo.

sábado, 5 de septiembre de 2015

Ensalada de tiros casa Tarradellas

Fotografía de Óscar Rodríguez.

Estamos ultimando la excavación de la trinchera en la que los Almogávares resistieron la embestida de la ofensiva republicana, antes de replegarse hasta el Seminario Menor. El cambio de manos de la posición hace que documentemos casquillos y cartuchos empleados por ambos bandos. La Arqueología de la guerra civil nos permite ir de lo local a lo global, nos aporta evidencias para recuperar grandes historias a partir de los objetos más nimios, más estandarizados, más comunes. Dentro del registro generado por esta ensalada de tiros es un casquillo encontrado en prospección al lado de la trinchera el que nos sirve de soporte para nuestro relato. A diferencia de los casquillos que aparecen dentro de la trinchera, bajo un metro de grava y cantos de cuarcita, éste en concreto presenta un excelente estado de conservación. Gracias al marcaje sabemos que salió de la fábrica nº 12 gestionada por la industria de guerra controlada por la Generalitat de Catalunya.
El fracaso del golpe de Estado en Catalunya conllevó el sello de una alianza contranatura: la calle estaba en manos de la CNT y la Generalitat a cargo de Esquerra Republicana de Catalunya. Para levantar ex novo una industria de guerra inexistente en Catalunya, los anarcosindicalistas pusieron la mano de obra y los nacionalistas catalanes el know how (como se dice ahora), los cuadros administrativos y técnicos. Para ello, en agosto de 1936 la Generalitat crea la Comisión de Industrias de Guerra, dirigida por el Conseller de Economía y Hacienda Josep Tarradellas, sí, el que va a volver en la Transición como representante de la Generalitat en el exilio. Con bastante vista, este hombre pensaba en el futuro y quería consolidar una nueva red industrial que quedase en el país al terminar la guerra.

Fotografía de Óscar Rodríguez.

La fábrica nº 12 de la CIG se ubicaba en Palau Sacosta, cerca de la frontera con Francia. Una antigua fábrica dedicada a la  producción de tapones de botellas se convirtió en una fábrica de armas especializada en cartuchería. Como vemos, al Frente de Aragón venían de Catalunya anarquistas armados con munición elaborada también en muchos casos por manos anarquistas. Los acontecimientos de mayo de 1937 en Barcelona van a suponer un punto de no retorno. Anarquistas son asesinados por comunistas con las mismas balas que aqúellos fabricaban en Catalunya. Esta munición es utilizda también por los Guardias de Asalto, encargados de restablecer el orden público en las calles de la capital catalana. Nuestro compañero Carlos Marín nos cuenta en la trinchera el espeluznante caso de anarquistas uruguayos liquidados por aquel entonces cuado volvían del frente. Mayo de 1937 supondrá el control y domesticación del anarquismo catalán y un proceso de recentralización en el que el Estado irá usurpando competencias a la Generalitat. Todos los investigadores coinciden en señalar un notable descenso en la productividad armamentística en Catalunya a raíz de estos acontecimientos, a los que se le unía la creciente desmoralización en la población civil. Todo lo contrario ocurriría en Valencia, en donde los dos millones de cartuchos diarios garantizarían en parte el éxito de la defensa de la línea XYZ en 1938.
Por lo tanto, en agosto de 1937 cuando se desata la ofensiva en Belchite, las cosas ya no eran como un año antes. Esta maniobra militar escondía también un claro objetivo político como fue el de desactivar el anarquista Consejo de Aragón.

 
Con todo, este casquillo nos habla también de un conjunto de hombres de los que no se acuerda nadie. La propaganda franquista y la pervivencia de su Ejército en democracia ha hecho que se conozcan al dedillo las hazañas bélicas de los tercios de requetés. Sin embargo, los derrotados en la guerra pero ganadores de esta batalla, los que tenían enfrente, se colaron por los sumideros de la historia, como esas letrinas que estamos excavando en el Seminario Menor. Nos estamos refiriendo a los Guardias de Asalto, esa unidad de élite republicana que era utilizada como fuerza de choque. El propio George Orwell dejó escrito lo siguiente:
 
Eran unas tropas magníficas, con mucha diferencia las mejores que yo había visto en España [...] Yo estaba acostumbrado a las andrajosas y mal armadas milicias del frente de Aragón, y no sabía que la República poseyera tropas como aquellas. No sólo eran hombres de unas condiciones físicas excepcionales, sino que lo que más me asombraba eran sus armas.
 
En el ataque al cementerio, al fortín y a la trinchera los Guardias de Asalto se portaron. Como Tarradellas, las trazas materiales que dejaron a su paso confirma aquello de Ja som aqui.

 

jueves, 3 de septiembre de 2015

Mami ¡cómprame una Barbi!


Hay días perfectos de trabajo de campo, como hoy, aniversario de la caída del Seminario Menor en manos republicanas. Estamos en un fortín solitario, el puesto requeté más avanzado de Belchite, en conexión visual con el viejo cementerio. El sustrato geológico nos recuerda que estamos en una antigua terraza fluvial. En su día los propietarios de la finca clarearon las tierras y rellenaron el interior de la fortificación con cantos de cuarcita y gravas. Mientras esperamos a nuestro palista de confianza, el maño-rumano (o sea, rumaño) Adrian, se nos acerca un pastor vecino del pueblo con su rebaño de ovejas. Un gran tipo. Nos comenta su mili en el 76, muerto ya Franco, por cuarteles de Leon y Valladolid. Mientras hablamos, Adrian, como buen representante de la escuela del Este, mezcla tacto, constancia y talento en el trato del balón, digo, perdón, de la cuarcita.

La segunda visita de la mañana nos aporta información esclarecedora. Un vecino, Paco el Chulo, zahorí vocacional, nos relata la tragedia de su familia: "Nosotros éramos de los malos", me comenta para ver mi reacción. Los franquistas fusilaron a sus abuelos y metieron en un batallón de trabajadores a su padre, por ser socialistas. Este último trabajó como mano de obra esclava tres años en Dos Hermanas, en Sevilla, en la construcción del canal del Guadalquivir. Cuando volvió, vecinos fieles al régimen le habían usurpado fincas. Las últimas casas del Belchite Nuevo fueron el nuevo hogar de esta escoria social. Nuestro amigo se crió en la inmediata postguerra en las ruinas del Belchite viejo.

Es un lujo que nos cuente la intrahistoria de este paisaje que cada vez se nos hace más familiar. Durante su relato, Paco nos habla de las posiciones requetés en el cementerio, de cómo abrieron boquetes en la tapia para habilitar piezas de artillería. Nuestro colega Salvatore Garfi se lanza a la búsqueda de las trazas de la memoria en el cementerio. Toda una lección de Arqueología de la Arquitectura.

Una vez retirado el relleno de cascotes limpiamos lo poco que queda del suelo de ocupación del fortín. La encuesta etnográfica nos confirma que la recuperación de ferralla, munición y objetos metálicos fue clave en la dura postguerra de la autarquía para la supervivencia de muchas familias locales. A pesar de ello, documentamos en una esquina una estructura de combustión con casquillos, una arandela de una escudilla de rancho, abridores de lata de conservas, huesos de ovicáprido... En los peldaños de acceso al fortín, aparecen evidencias del combate: balas, casquillos y guías de peine. Entre el material destaca una guía de peine de munición para rifle checoslovaco. Estamos hablando de las armas que ayudaron al Gobierno de Euzkadi a resistir la primera ofensiva de Mola en octubre de 1936. Cuando cae Bizkaia en el verano de 1937 muchas de estas armas pasaron a las Brigadas Navarras y a diversos Tercios de Requetés, como es el caso. También documentamos casquillos de la fábrica de Sevilla y casquillos de arma corta no reglamentaria, de pistolas usadas por esos requetés, paramilitares durante los años de la IIª República.

Limpiar las troneras de la galería de fusileros nos mete de lleno en el paisaje. Nuestro compañero Tasio, artista del mundo audiovisual, saca provecho del avance de las excavaciones. La sorpresa, siguiendo la Ley de Murphy de la Arqueología de campo, se produce al final de la jornada. Limpiando uno de los orificios en donde se guardaban las cajas de munición nos econtramos con la inscripición que nos pone sobre la pista de quienes construyeron el fortín: LOS BARBIS 1937. Unos viejos conocidos nuestros. Esta compañía de zapadores nº 5 es la artíficie de muchas de las fortificaciones  franquistas en el Campo de Belchite, como las del Saso que excavamos el año pasado.
No sólo ellos quisieron pasar a la posteridad.


En este fortin de estilo mudéjar que combina ladrillo y sillares de hormigón, un soldado requeté dejó grabado: T del C. Tercio del Carlismo.

Como decía Sébastien Le Prestre, Señor de Vauban, un gran ingeniero militar francés El destino de una fortificación es que sea tomada por el enemigo.

miércoles, 2 de septiembre de 2015

En las letrinas de la historia


El seminario menor de Belchite se convirtió durante la Guerra Civil en base militar, frente de batalla y campo de concentración franquista. Entre 1937 y 1939 en el seminario menor murieron cientos de soldados y penaron cientos de reclusos. Por eso estamos excavando aquí, para desentrañar esa historia tan corta como intensa. Pero esa historia corta se enreda en una historia más larga, que es la del seminario. Y cribar las historias para construir Historia no es una tarea nada fácil cuando todo lo que queda es una superficie de escombros y basura. 


Al decapar el suelo sale a la luz la historia a trozos (de mármol, cemento y loza). Trozos de las letrinas que se construyeron aquí en algún momento, todavía impreciso para nosotros. No obstante, sabemos ya que estaban ahí durante la guerra. Sobre el pavimento encontramos la huella de un impacto de mortero, que tuvo que caer los últimos días de agosto o los dos primeros de septiembre de 1937, en plena Batalla de Belchite. Cuando los carlistas defendían este lugar con uñas y dientes.


Las letrinas pudieron ser una obra del seminario anterior a la guerra, quizá una modernización de las instalaciones, que tenían ya doscientos años. Son unos buenos retretes para la época, del tipo que todavía se puede encontrar en algunas tascas españolas. 
             
                                               
Cuentan con cinco váteres alineados y separados por tabiques de ladrillo y cañizo manteado con cal. 




Los váteres desaguan en una canaleta que da a una fosa séptica, ambas bien construidas. La canaleta está flanqueada por azulejos. Nuestra hipótesis inicial (que estas eran letrinas levantadas para los prisioneros del campo) ha de abandonarse por dos motivos: el impacto de mortero, que nos obliga a retrotraer la fecha de construcción a antes de agosto de 1937, y la buena calidad de los baños, que no encajan con lo que conocemos, arqueológica e históricamente, de los campos de concentración. 




Tenemos pues que formular nuevas hipótesis: una posibilidad es que las letrinas se construyeran durante la época final de vida del seminario. Pero hay algo aquí que no cuadra. Sabemos que en esta zona había un jardín y dos elementos religiosos importantes. Uno de ellos es una cueva de la Virgen de Lourdes, de la que hoy solo se conservan ruinas. Otra es una fuente coronada por la Virgen del Pilar. La fuente (seca) sobrevive hoy. La imagen ha desaparecido. En medio se encontraba el jardín.


De este jardín -inimaginable hoy entre las ruinas de la guerra- hemos encontrado pruebas arqueológicas: justo detrás de los retretes documentamos una hilera de ladrillos hincados en el suelo que delimitan un antiguo parterre de flores.


No parece muy verosímil que durante la época del seminario se levantaran una letrinas en mitad de un jardín y flanqueadas por la Virgen de Lourdes y la del Pilar. No es que sea imposible, pero desde luego no parece muy ortodoxo. Cabría pensar que los retretes se construyeron durante la guerra, cuando el seminario se transformó en campamento militar. Extraña, sin embargo, que se dedicaran tantos esfuerzos a este tipo de estructura y en tiempo de guerra. 

Tenemos, por lo tanto, muchas preguntas y muchas dudas. Pero  en esto consiste la ciencia: en elaborar hipótesis, contrastar las pruebas empíricas con las interpretaciones, dudar, volver a proponer hipótesis. Este procedimiento es lo que separa a la ciencia del mito: el mito que tanto gusta a las dictaduras, porque en él todo está meridianamente claro. 

Al final sin embargo, esperamos poder escribir un relato histórico, quizá no de la Guerra Civil o de la represión, quizá de los seminaristas que pasearon por estos jardines destruidos por la guerra. O quizá de todo ello junto y revuelto, como aparecen juntos y revueltos los restos de todo -del seminario, de la guerra y del franquismo. 

Esto es lo que hace la arqueología única, al fin y al cabo. Y por eso también nos pasamos horas limpiando una modesta letrina de hace ochenta años.