sábado, 25 de octubre de 2014

Heridas de bala


Balas disparadas recogidas durante la prospección de Mediana de Aragón: 1-3 y 5, balas de Máuser español de 7 mm. 1. camisa fragmentada en flor con chorreo del núcleo; 2. camisa abierta con chorreo del núcleo; 3. camisa intacta con chorreo del núcleo; 4. bala de Mannlicher-Carcano impactada con punta deformada sin pérdida del núcleo ni fragmentación; 5. disparada no impactada. 6, balas disparadas de Mosin, la primera de la izquierda con punta ligeramente fragmentada por impacto.

Frente a lo que uno podría pensar, la ciencia de la denominada balística terminal es muy poco precisa. La balística terminal estudia el efecto que un impacto de bala causa sobre el organismo humano. Este es un tema de gran importancia desde un punto de vista no solo militar, sino político y ético. Desde 1868 ha habido numerosas convenciones que han tratado de limitar el daño superfluo de los proyectiles militares. El problema es que, por un lado, los esfuerzos por limitar dicho daño han sido poco fructíferos. Por otro, es difícil determinar qué tipo de proyectil causa heridas menos horribles cumpliendo al mismo tiempo su función (matar o herir). 

Los cartuchos que se utilizan actualmente tienen su origen hacia 1886, cuando los franceses diseñan un proyectil impulsado por un propelente más poderoso que la pólvora negra. Esto permite que se reduzca su calibre sin disminuir sus propiedades letales, pues lo que se pierde en tamaño se gana en velocidad, trayectoria lineal y energía de impacto. A partir de entonces, la inmensa mayoría de las armas ligeras se fabricarán para calibres comprendidos entre los 5,45 mm y los 8 mm. Hasta los años 80 del siglo XIX, los rifles disparaban balas que rondaban los 11 mm. Por su gran calibre, producían unas tremendas heridas y mutilaciones.

¿Mejoró la situación con los pequeños calibres? En parte sí, pero no siempre. Intuitivamente pensamos que las balas modernas atraviesan limpiamente los cuerpos o se quedan alojados en ellos, sin más. Aunque es cierto que a veces es así, según un estudio anterior a la Primera Guerra Mundial, el 63% de los proyectiles del entonces nuevo calibre 0.303 no producían heridas lineales limpias. Esto es debido a dos fenómenos: la tendencia a la fragmentación de la punta y las volteretas. El efecto de la primera es fácil de comprender. Por lo que se refiere a la segunda, la asimetría en el peso de las nuevas balas provocó que estas, pese a mantener una trayectoria lineal, tendieran a dar vueltas en el aire, pues el centro de gravedad pasó a situarse en la base.



Giro, precesión y nutación: movimientos habituales en la trayectoria de una bala de fusil moderna.

Muchas balas acaban impactando por la parte trasera o, lo que es peor, una vez impactadas continúan dando vueltas dentro del cuerpo humano. Esto produce lo que se conoce como "cavitación". La cavitación es la formación de cavidades en un tejido u órgano. Puede ser temporal (al recibir un impacto los órganos se mueven y ahuecan y posteriormente vuelven a su posición original) o permanente (cuando se pierde masa orgánica o muscular, que es expulsada por la apertura de la herida). Una pequeña bala de menos de 8 mm de diámetro, por tanto, llega a hacer en nuestro interior un túnel de varios centímetros de diámetro (hasta 12,5 veces el grosor del proyectil) y dado que la elasticidad de nuestros órganos tiene un límite, puede provocar desgarramientos irrecuperables. Es comprensible que desde la Primera Guerra Mundial haya habido numerosas protestas de diversas naciones acusando a otras de utilizar balas explosivas. El efecto de un proyectil de punta hueca y el de un proyectil convencional de alta velocidad y pequeño calibre puede ser, en ocasiones, muy similar. 



Esquema del trauma producido por una bala en un organismo.

¿Cuál era la situación en la Guerra Civil? Después de haber documentado miles de balas en campos de batalla, hemos comprobado que existen patrones muy claros de impacto y, por lo tanto, debieron existir patrones de trauma distintos en los organismos impactados. Las diferencias más claras se observan entre las balas españolas y las demás. 

Las balas españolas de 7 mm con su punta redondeada respondían a un modelo relativamente antiguo dentro de los proyectiles de pequeño calibre, que pronto comenzaron a adoptar perfil apuntado. La ventaja es que son balas con un centro de gravitación más equilibrado y tienden a dar menos volteretas en el aire. El problema es que cuando impactan se fragmentan y el plomo del núcleo de la bala chorrea por la base ("lead snowstorm"), produciendo el efecto de una bala explosiva. Es muy semejante a lo que sucede con las modernas balas de 5,56 mm que utiliza el ejército de EE UU. La mayoría de balas de Máuser de 7 mm que hemos documentado en las prospecciones de Mediana solo conservan la camisa metálica, que está abierta en forma de flor o simplemente vacía, como si fueran proyectiles de punta hueca. 

En cambio, las balas rusas (7,62 mm) y alemanas (7,92 mm), que sí son apuntadas, aparecen casi siempre completas, a veces con la punta doblada por el impacto, pero raramente encontramos la camisa vacía o fragmentada y mucho menos los impactos en flor tan característicos de la de 7 mm. Esto, en principio, es positivo (para el que recibe el disparo), pero aquí el problema es el ya mencionado de la cavitación: ambos proyectiles tienden a voltearse en el aire, lo que produce heridas de tamaño desproporcionado al calibre.  De hecho, en algunas balas que documentamos, especialmente las alemanas (que tienen el peso particularmente desequilibrado), se aprecia la base deformada por impacto.

En conclusión, no existe una bala buena. Es posible que uno reciba una herida limpia, de un proyectil que no se fragmente, expanda ni de volteretas. Pero también es muy posible que le produzca la destrucción de órganos vitales o daño extenso a los tejidos, sin que ello le lleve a la muerte inmediata (como pasaba con los gruesos calibres decimonónicos). Los pequeños calibres es más fácil que conduzcan a una muerte lenta y dolorosa o traumas que requieren un largo período de recuperación. Y si uno sobrevive al disparo todavía puede morir o perder un miembro por infección bacteriana.