jueves, 2 de octubre de 2014

Un mundo en guerra

El equipo arqueológico antes de iniciar los trabajos en Los Castillejos.
Varios de los integrantes de este proyecto nos hemos doctorado con tesis que versaban sobre la Edad del Hierro peninsular. A pesar de habernos reconvertido a la arqueología del pasado reciente, parece que nuestra trayectoria historiográfica nos persigue allá por donde vamos. Ayer dimos inicio a una nueva campaña en Abánades (Guadalajara), siguiendo los pasos de la batalla olvidada del Alto Tajuña. Una parte del equipo se dedicó a excavar un fortín republicano en el conocido como Alto de los Castillejos. 
El fortín republicano antes de su excavación.
Este sitio está íntimamente vinculado al imaginario colectivo tradicional, ya que siempre se dijo que allí estuvieron los moros. La prospección del entorno del fortín y su excavación nos aportaron evidencias arqueológicas de lo que parece ser una ocupación de la 1ª Edad del Hierro. Así lo corrobora la cerámica incisa y, sobre todo, el adorno de bronce  con decoración espigada que nos apareció en el relleno del fortín, al lado de cartuchos de Mosin Nagant. En zonas como el Norte y centro de la Peninsula Ibérica emerge todo un paisaje fortificado en los siglos X-IX a.n.e. Este proceso se vincula al conflicto y a la guerra. En este territorio de barrancos, vallejos y lomas, Los Castillejos siempre ha contado con un emplazamiento estratégico. 
Restos de la 1ª Edad del Hierro documentados en Los Castillejos.

Pieza de bronce decorada hallada en el relleno del interior del fortín.
Pero no sólo en la Edad del Hierro; también en la Edad Media, cuando estas tierras fueron frontera entre reinos cristianos y musulmanes y espacio para la repoblación. O en el marco de las guerras napoleónicas. Por eso no es extraño encontrar en prospección materiales medievales (un maravedí, por ejemplo) mezclados con monedas de la Guerra de la Independencia y objetos usados por los republicanos y nacionales en el frente y en la retaguardia. Los vallejos, vías de tránsito natural, fueron utilizados por los guerreros celtíberos, por los soldados romanos, por las razzias musulmanas y cristianas, por los húsares napoleónicos y por los tanques soviéticos empleados en la batalla olvidada. Fortificaciones antiguas fueron reocupadas en la guerra civil española, como es el caso de El Castillo en el propio pueblo de Abánades o en este de Los Castillejos.
La magia de la Arqueología: el fortín republicano, seis horas después.
Cualquier paisaje arqueológico nos recuerda que llevamos miles de años viviendo en un mundo en guerra. En el fortín y la prospección nos damos de bruces con restos dejados por guerreros, soldados de diferentes épocas que probablemente sintieron lo mismo: el frío invernal calando los huesos, el hambre y el miedo a morir. 
Botones "patrióticos" de Fernando VII halladas en prospección (gentileza de Ismael Gallego).
Mientras documentamos un hogar en el interior de la fortificación (ceniza, desconchado del revestimiento de cemento, polvo, clavos, latas) nos acordamos de aquel texto de Pablo Neruda, La noche del soldado:
Yo hago la noche del soldado, el tiempo del hombre sin melancolía ni exterminio, del tipo tirado lejos por el océano y una ola, y que no sabe que el agua amarga lo ha separado y que envejece, paulatinamente y sin miedo, dedicado a lo normal de la vida, sin cataclismos, sin ausencias, viviendo dentro de su piel y de su traje, sinceramente oscuro. Así, pues, me veo con camaradas estúpidos y alegres, que fuman y escupen y horrendamente beben, que de repente caen, enfermos de muerte. Porque, ¿dónde están la tía, la novia, la suegra, la cuñada del soldado? Tal vez de ostracismo o de malaria mueren, se ponen fríos, amarillos, y emigran a un astro de hielo, a un planeta fresco, a descansar, al fin, entre muchachas y frutas glaciales, y sus cadáveres, sus pobres cadáveres de fuego, irán custodiados por ángeles alabastrinos a dormir lejos de la llama y la ceniza.
Pablo Neruda, La noche del soldado