martes, 28 de octubre de 2014

¿Una arqueología franquista de la Guerra Civil?

La arqueología de la Guerra Civil española y el Franquismo es menos reciente de lo que creemos. De hecho, ya durante la Guerra Civil y dentro del propio bando franquista se oyeron las primeras voces para dejar algunos escenarios de la contienda como paisajes de guerra monumentalizados que reflejaran la "barbarie marxista". Es el caso de algunos de los lugares en los que hemos intervenido en los últimos años. En la Ciudad Universitaria de Madrid, por ejemplo, tal y como documentaron nuestras compañeras historiadoras, nada más terminar la guerra la Comandancia General de Ingenieros le pedía al caudillo:

Tengo el honor de proponer a V. E. que se declare monumento nacional la Ciudad Universitaria, tal como se encuentra en la actualidad, y para que se conserve indefinidamente se empiecen con toda actividad los trabajos necesarios de consolidación de edificios y trincheras, haciendo los revestimientos necesarios y concediendo al Ejército el honor de su conservación y el de su custodia al glorioso Cuerpo de Mutilados de Guerra”, pues “de los grandes hechos históricos acontecidos en nuestra Nación apenas quedan vestigios”  
Pese a que la respuesta de Franco fue contundente: “No deben conservarse vestigios de esta guerra una vez hecha la debida depuración”, el caso es que durante un tiempo, hasta que la Ciudad Universitaria fue reinaugurada en 1943, hubo visitas guiadas por este espacio de ambigua memoria para el bando ganador. Se instaló una cartelería, un discurso museográfico diríamos hoy, en las propias trincheras. Estos carteles elocuentemente rezaban: "Ellos" y "Nosotros":
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Pensemos que este paisaje de guerra simbolizaba el primer encontronazo del imparable avance franquista, allá por noviembre de 1936, y quizás la causa de que la contienda durara tanto tiempo. Allí estuvo el frente de guerra más duradero -858 días-, recordando incesantemente que la toma de la capital no era posible. Finalmente el paisaje bélico fue borrado, tal y como deseaba el dictador. Pero la memoria histórica del bando vencedor no desapareció con esas trincheras, sino que se monumentalizó en la entrada del campus, precisamente por donde las tropas franquistas entraron en Madrid en abril de 1939. El arco de la victoria, el ministerio del aire de estilo neoherreriano, el panteón dedicado a los caídos del bando "nacional", el águila fascista... se concentran en el entorno de la plaza de Moncloa, reproduciendo y naturalizando a día de hoy la memoria histórica del franquismo, sin que por el momento, casi 40 años después de la muerte del dictador, hayamos realizado ninguna relectura democrática.
De igual modo, en multitud de calles y plazas de España se mantiene el nomenclátor de la dictadura, que, evidentemente, sólo recuerda a aquel "Nosotros" de los carteles de la Ciudad Universitaria de Madrid. Un nosotros con nombres y apellidos, como podemos leer en los listados de los "caídos por Dios y por España" que se sitúan a modo de epígrafes monumentales en los muros externos de muchas iglesias. El conjunto iconográfico se suele completar con una gran cruz cristiana, presidida por el nombre del fundador y el símbolo del partido fascista Falange.
En el caso de Belchite (Zaragoza), en donde acabamos de terminar nuestro último proyecto de arqueología de la Guerra Civil y el franquismo, volvemos a encontrar otro intento de "parque arqueológico" franquista. El pueblo sufrió dos asedios y consiguientes tomas. Una en agosto-septiembre de 1937, protagonizada por el bando republicano y con un importante rol de las Brigadas Internacionales, y otra por el bando sublevado en marzo del año siguiente. El propio Franco visitó las ruinas del pueblo viejo de Belchite en 1938, en donde dio un discurso prometiendo que junto a "estas ruinas de Belchite se construirá una nueva ciudad, hermosa y amplia en homenaje a su heroísmo único". Lo cierto es que los técnicos de la Dirección General de Regiones Devastadas sobredimensionaron la destrucción del pueblo ya que tan sólo un tercio de los inmuebles quedó en ruinas. Un número pequeño si se compara con la casi total destrucción de pueblos cercanos como Rodén. La reconstrucción del pueblo era perfectamente factible, sin embargo, ya se había decidido que estas ruinas iban a tener un importante simbolismo en la "Nueva España". En 1938 el ministro de interior del primer gobierno franquista, Ramón Serrano Suñer, diría: "Se respetarán las ruinas, pero al lado de ellas se levantará una gran ciudad". No es casual que la revista Reconstrucción, publicación de la mencionada Dirección General de Regiones Devastadas, abriera su primer número en 1940 con un fotomontaje de Franco con las ruinas de Belchite al fondo.


El párroco de Belchite, fiel seguidor del nuevo régimen, escribió en la prensa de la época:

Las ruinas de Belchite, escuela de patriotismo y virtudes cívicas. Si la destrucción de Belchite no hubiera sido tan honestamente trágica, diríamos que las ruinas de este pueblo se prestan a ser un lugar objetivo para el turismo. Los españoles, con el tiempo, llegarán a la antigua villa de Belchite como los verdaderos patriotas van a visitar las ruinas de Numancia. [...] Cuando la guerra haya terminado se impondrá una excursión obligatoria a las escuelas nacionales y sus maestros darán una conferencia sobre el simbolismo de estas ruinas sagradas y preciosas. ¿Qué lección puede ser mejor? No importa si la nueva ciudad no se erigió sobre las ruinas porque éstas, correctamente rodeadas por un muro, durarán para la posteridad, un monumento vivo de la raza.       
Las razones políticas para no reconstruir el pueblo viejo de Belchite eran claras. Franco quería mantener estas ruinas como testimonio del heroísmo de los ganadores y de la crueldad de la batalla que tuvo lugar. Pero más allá de eso, el contraste entre las ruinas del pueblo viejo y el Nuevo Belchite, construido con mano de obra esclava -unos 1500 presos políticos que "redimían sus pecados" mediante el trabajo y la fe católica-, tenía la intención de marcar de forma material y duradera un contraste dramático y sensacionalista entre el afán destructivo del Marxismo y la capacidad creativa de la España de Franco. En el primer número de la mencionada revista Reconstrucción puede leerse: 

Junto a las piedras heroicas de viejo Belchite el diseño cálido y acogedor de Nueva Belchite va a ser erigido. Escombros y reconstrucción, montones de ruinas repartidas por el marxismo como una huella de su fugacidad y el monumento de la paz construido por Franco. Símbolos de dos épocas y dos sistemas, ambos Belchites hablan, con el lenguaje silencioso de su escombros y sus piedras blancas, sobre la brutalidad y la cultura, la miseria y el Imperio, la materia y el espíritu, la "Anti-España" subyugada y la España victoriosa y eterna. [...] Regiones Devastadas se puso manos a la obra. Cientos de prisioneros, redimiendo sus pecados anteriores mediante el trabajo, ya la están levantando. Y cuando, muy pronto, bajo el sonido de sus campanas, Belchite se convierta en un pueblo tranquilo y sólido, amable y trabajador, pacífico y cristiano, ofrecerá a las personas el magnífico símbolo de sus dos pueblos, tan diferentes y opuestos como los sistemas que fueron la causa de la guerra en nuestro país: el Belchite devastado por el marxismo y el reconstruido por la España de Franco.
El simbolismo de estas ruinas fue tan grande que en plena guerra se consideró la posibilidad de hacer rutas turísticas que conectaran Belchite con las ruinas de otros pueblos y ciudades aragonesas destruidos por los combates, como Teruel, Sierra de Alcubierre y Huesca. Estas ruinas así entendidas supusieron para los miles de prisioneros que estaban construyendo el nuevo Belchite la violencia directa por parte del Estado, mediante la humillación, la explotación y la re-educación política / ideológica. Lo que estos prisioneros vivieron de forma amplificada, es lo que el resto de vecinos de Belchite, y en general toda la sociedad española, vivió bajo el franquismo.
Esta gestión franquista de la materialidad de la Guerra Civil no se circunscribió exclusivamente a las ruinas y a los paisajes de guerra, o a la erección de monumentos. Los muertos del bando sublevado, los "caídos por Dios y por España", no fueron sólo honrados y homenajeados en las fachadas de las iglesias y en monumentos como el panteón de Moncloa, sino que un año después de terminada la guerra, con la Orden del 6 de mayo de 1940, la inmensa mayoría de las personas ejecutadas en territorio republicano fueron localizadas, exhumadas, identificadas, re-enterradas y homenajeadas por las autoridades franquistas en sus lugares de origen, al tiempo que sus familiares recibieron todo tipo de ayudas.
Evidentemente en ese momento aquellas exhumaciones no siguieron ningún protocolo arqueológico o forense. Las musealizaciones de paisajes de guerra y ruinas o las exhumaciones fueron prácticas para-arqueológicas del franquismo que en ningún caso pudieron ser asimiladas en la tradición arqueológica de la Academia hispana. Se trataba de una Arqueología que por aquel entonces era fundamentalmente prehistórica. Restaba aún mucho tiempo para que se atendiera a los periodos históricos desde esta disciplina. Pero ¿qué ocurrió con la Arqueología, como disciplina académica, mientras se desarrollaban todas estas prácticas para-arqueológicas? Básicamente que la Arqueología se disciplinó, en el doble sentido de institucionalizarse aún más como disciplina, pero sobre todo en el de integrarse en los principios del nuevo orden jerárquico, racista y machista de la dictadura. La Arqueología sufrió una reorganización general. Las principales figuras se exiliaron o fueron sustituidas -como Pere Bosch Gimpera, Hugo Obermaier o J.M. Barandiarán- e institucionalmente la Arqueología estuvo marcada por un fuerte centralismo desde Madrid. Se prohibieron instituciones científica previas, como el Institut d´Estudis Catalans o el Seminario de Estudios Galegos. La Arqueología pasó a formar parte de un régimen jerárquico que se controlaba desde Madrid y que estaba en manos de muy pocos hombres fieles al régimen, como J. Martínez Santa-Olalla, Joaquín Mª de Navascués, Blas Taracena Aguirre o Martín Almagro Basch. La mejor metáfora visual del momento es la entrada de este último en marzo de 1939, vestido de falangista y pistola en mano, en el Museo de Arqueología de Cataluña (Barcelona), del cual acababa de ser nombrado director.
La influencia del nuevo orden político fue palpable, dentro del campo arqueológico, en la profunda reforma institucional llevada a cabo, con la creación en 1939 del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), que centralizó y organizó jerárquicamente la investigación científica. Y en concreto para la Arqueología en la inauguración de la Comisaría General de Excavaciones Arqueológicas, que sustituyó a la Sección de Excavaciones de la Junta Superior del Tesoro Artístico (1933-39), y que pasó a estar dirigida por Julio Martínez Santa-Olalla, militar de alto rango y falangista progermánico. 
Ello nos lleva a otra característica del momento: la potenciación de las carreras de determinados profesionales afines al régimen, quienes, desde sus posiciones de poder, hicieron lo posible para moldear la disciplina al servicio del franquismo. Uno de los casos más relevantes fue  el panceltismo de los mencionados Almagro Basch y Martínez Santa-Olalla, como prueba de la primitiva unidad del pueblo español y base racial de la hispanidad, al modo de los arios para la Alemania nazi. Las ruinas de Numancia, que estuvieron habitadas por el pueblo "celta" por excelencia de la península, los Celtíberos, fueron un referente racial y heroico de la hispanidad, que, como hemos visto más arriba, se equipararon con las de Belchite, dentro de una perspectiva esencialista y antihistórica, pero que fue amparada y promocionada desde el monopolio disciplinar que cultivaron estos arqueólogos del régimen.
Si bien estos arqueólogos no participaron directamente de la gestión franquista de la materialidad de la Guerra Civil, ya que en aquel momento estos restos no tenían cabida en la disciplina arqueológica, sí que corroboraron con su trabajo y desde el omnipresente paradigma histórico-cultural los principios raciales y esencialistas de la "Nueva España". Formaron parte del engranaje institucional e ideológico que convirtió estos lugares en lieux dominants, es decir, en lugares al servicio del poder, absorbidos dentro de un aparato monumental ideado para mantener un discurso ideológico.
Las fuerzas reaccionarias nos llevan 75 años de adelanto en la gestión de toda esta materialidad de la Guerra Civil y en la erección de monumentos para consolidar el relato de los vencedores. Mientras exhumaban a sus muertos asesinaban impunemente a decenas de miles de personas que acabaron en fosas comunes. Los principios ideológicos anclados a aquellos monumentos y ruinas se basaron en la exclusión, humillación y memoricidio de aquella anti-España a la que se estaba asesinando, esclavizando y adoctrinando en el nacional-catolicismo. Discursos y prácticas franquistas que se siguen reproduciendo continuamente, a día de hoy, y además de forma naturalizada. La violencia simbólica fijada a estos lugares sigue teniendo la misma fuerza que antaño. El miedo con el que nos seguimos enfrentando a estos restos, el miedo a no revolver en el pasado para no herir sensibilidades, es buena prueba de ello. El franquismo hizo bien su trabajo.
Otra Arqueología, centrada también en los restos de este conflicto contemporáneo, lleva al menos desde el año 2000 trabajando para revertir esta situación. Pero vista la gestión de la materialidad de la guerra y dela dictadura que hizo el propio franquismo ¿no será que lo que llevamos haciendo estas dos últimas décadas no es tanto una Arqueología como una contra-Arqueología de la Guerra Civil y el franquismo?


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