viernes, 28 de agosto de 2015

Un Jíbaro en Mediana de Aragón (III)

ES.37274.CDMH/8.9//INCORPORADOS, 1438, 26.

Mientras las unidades republicanas atacaban Belchite, la ofensiva sobre Zaragoza continuaba en el resto de los sectores. Desde el día 30 de agosto, unidades de la 35 división (primer batallón de la XI brigada y un escuadrón de caballería) además de efectivos de la 24 división, iniciaron una serie de ataques a las líneas franquistas del vértice Sillero desde Mediana.
El mismo día 30 comenzó la contraofensiva franquista con el intento de avance hacia Belchite a través de Mediana. En esta zona fue la 13 división del general Barrón la que llevó el peso del avance, que desde el entorno de Valmadrid debía progresar hasta cortar la carretera hacia Belchite en el km 17. El avance franquista fue rápido, llegando el 3 de septiembre a la línea marcada inicialmente, aunque sin conseguir su objetivo de cortar la carretera y avanzar hacia Belchite. Ante el empuje franquista, los mandos republicanos se vieron obligados a desviar tropas del ataque a Belchite. Varias Brigadas Internacionales fueron las encargadas de realizar la defensa. Los batallones Edgar André (41) y 12 de febrero o Austriaco (44) de la XI brigada fueron los que combatieron inicialmente, sumándose a partir del día 3 el Thälmann (43) y del día 4 el British Battalion de la XV brigada, junto con un batallón de la 153 brigada.

Situación de fuerzas y posiciones conservadas en el sector de Mediana.

Después de establecer varias líneas de defensa, las unidades republicanas consiguieron parar la contraofensiva franquista. El punto máximo de avance fue la cota 381, cercana al km 17 de la carretera, alcanzada por la 4ª bandera de Falange de Castilla. Los combates en el sector fueron durísimos, con gran cantidad de bajas. El día 5, a pesar del fuerte empuje realizado y del apoyo constante desde el aire de la Legión Cóndor, el ejército franquista desistía de continuar los ataques y de intentar socorrer Belchite.

Este es el panorama que se encuentra Rubén en su visita al frente de Mediana:

Uno de estos días de principios de septiembre, salgo a girar una visita a algunos de nuestros Batallones. Mi caballo va despacio, mordiendo de vez en cuando la seca hierba que asoma entre la arena. Mi primera intención es visitar a los muchachos gallegos, que están con su Batallón junto a la carretera de Mediana, conforme se viene de Caspe. Busco la Comandancia, que está debajo del puente, alcantarilla más bien, por lo poco que levanta sobre la tierra.
 
-¡Salud, camarada periodista! ¿Qué te trae por aquí?
 
Le expongo al capitán el objeto de mi visita: ver las líneas y comprobar la moral de nuestros soldados. He bajado de la cabalgadura y, después de atarla a un mojón indicador de distancias, entro en la Comandancia. Lo primero que hago es echar un trago de buen vino de Aragón para refrescarme la garganta. Luego hablamos. Nuestra conversación se desliza entre las explosiones intermitentes de los proyectiles de cañón arrojados por el enemigo y el silbido de las balas dirigidas a nuestras posiciones por los francotiradores de Navarra.
 
-El Mando nos ha trasladado a este sector –dice Chandeira-. Los muchachos se han hecho fuertes en sus posiciones, sin olvidar un solo momento que el enemigo ha puesto todo su interés en cortar la carretera que ellos consideraban inexpugnable. Ya sabes que Belchite cayó hace varios días ante el empuje de los soldados de la 35ª  División.

Para llevar a cabo su propósito, los fascistas han concentrado gran número de hombres en este frente y han empezado una serie de movimientos contra mis hombres. Pero los gallegos no nos moveremos; seguiremos firmes en nuestros puestos, atentos a las órdenes del Mando. Mis muchachos saben que si resisten, agotarán bien pronto las energías del enemigo […]

La Tierra de Nadie de Mediana: vaguadas, lomas, arena y piedra.

A la dureza de los combates de aquellos días había que sumar la orografía accidentada  que dificultaba los desplazamientos, así como una gran escasez de agua, problema sufrido especialmente por las unidades sublevadas, que en la urgencia de movilizarse y atacar, no contaron con medios e intendencia suficiente. La prospección arqueológica en estas tierras de Mediana nos permite imaginar perfectamente a Rubén sobre su caballo, muertos los dos de sed, cabalgando por las vaguadas de esta tierra de nadie, entre aromas de tomillo e impactos de artillería:

Monto nuevamente a caballo y parto. Para llegar a la 9ª Brigada, debo cruzar unas vaguadas, que por su posición, son perfectamente visibles desde las posiciones facciosas al otro lado del pueblo de Mediana, que es ahora tierra de nadie. Pero un corresponsal de guerra no debe arredrarse por nada. Llevo la “canadiense” colgando del arzón de la silla, a fin de tomar mejor el fresco del atardecer. Mi caballo va al paso.
 
De pronto, silba sobre mi cabeza un proyectil de artillería; luego otro. Ambos van a estrellarse a pocos metros de mí, en la falda del cerro. Seguramente, el enemigo me ha visto a través del telémetro y, creyendo que mi presencia allí obedece a la existencia en las cercanías de alguna Comandancia republicana, ha dirigido el fuego de sus baterías sobre el jinete que ha visto a lo lejos, en el fondo de la vaguada blanquecina. Mi caballo parece no prestar mucha atención a los cañonazos.

Otros dos proyectiles, seguidos de un tercero, que hace explosión algo más tarde, se estrellan en el suelo, delante de mí, a unos cincuenta pasos. Va siendo hora de tomar precauciones. Mi caballo empieza a dar señales de nerviosismo. Por eso desmonto y le ato a una de aquellas plantas, a un tomillo, fuertemente arraigado. Yo me tiendo en la arena, esperando a que cese el cañoneo. Pero, no, el enemigo, que no me ha visto continuar mi camino, ni volver atrás, supone que estoy escondido y arrecia el fuego, tratando de localizar nuestro puesto de Mando. Una tras otra, las granadas alemanas e italianas hacen explosión en la cima del cerro, en el fondo de la vaguada, en las faldas de los montes cercanos.

Experimento una sensación de angustia, que, poco a poco, va en aumento. Trato de salir de aquella situación y subo a gatas por la ladera al pie de la cual estoy echado. No puedo adelantar un paso. Los cañonazos, al reventar en la cima, desprenden la arena, arrancan los matojos y echan las piedras a rodar por la pendiente, haciendo de todo punto imposible el ascenso. La sed me tortura [...]
Por fin, después de grandes esfuerzos, logro llegar a la cima del cerro. Las baterías enemigas siguen haciendo fuego. A rastras por el terreno pedregoso de la montaña, voy buscando las ondulaciones del terreno para guarecerme. Cuando el cañoneo amaina, me pongo de pie y tiendo la vista a mi alrededor, a ver si diviso la Comandancia de la 9ª Brigada, que según mis informes, debe estar por las cercanías. No diviso nada, solamente la inmensa extensión de arena y piedras blanquecinas, salpicadas aquí y allá por manchas de hierba, medio seca ya por el sol.

Abrigos republicanos excavados en una ladera en el frente de Mediana

Tampoco puedo orientarme por este astro, que se ha puesto, ni por las estrellas, que no han salido aún. ¿Qué hago, en esta soledad, sin saber siquiera adónde dirigir mis pasos? Algo se enreda en una de mis botas. Es la línea telefónica, que va desde el Estado Mayor de Brigada a uno de los Batallones. La tomo en la mano, con la intención de seguirla hasta el fin y encontrar de este modo la 9ª Brigada [...]
A unos quince metros de distancia, hacen explosión las bombas, levantando montañas de arena y piedras, que cubren todos los alrededores, averiando la telefónica y destrozando mi pobre caballo, que encuentra la muerte cuando una gran piedra cae sobre él, rodando por la ladera de la montaña hacia el fondo de la vaguada.