sábado, 12 de noviembre de 2016

La memoria histórica de las empresas

Preparando la colección otoño-invierno de 1942

Con frecuencia se acusa en España a quienes insisten en revisar críticamente el pasado de ser revanchistas, de agitar fantasmas y de crear conflictos donde no los hay. La denominada "memoria histórica" parece ser una cosa de rojos furibundos y resentidos. Porque la gente de bien deja el pasado en su sitio y se apresura a construir el futuro. Desde este punto de vista, mantenido entre otros (pero no solo) por amplios sectores del PP, pasado y futuro son incompatibles. O se elige uno, o se elige otro. 

En realidad, es una falsa dicotomía, porque ningún partido político en España ha renunciado a enseñar historia en los colegios, financiar museos (aunque paupérrimamente) y patrocinar exposiciones históricas. Nadie piensa que estudiar historia en el bachillerato sea incompatible con construir el futuro del país. Cuando los conservadores hablan de pasar página se refieren a pasar las páginas feas y quedarnos con las bonitas. Que entendemos por "bonito", por cierto, es bastante subjetivo como queda de manifiesto cada 12 de octubre. 

El deseo de leer una y otra vez las páginas feas de la historia, en cualquier caso, parece ser una obsesión exclusiva de la izquierda radical. El caso de Alemania nos debería hacer ver que esto no es así. También el de Canadá y Australia, cuyos gobiernos han pedido perdón a las comunidades indígenas por las tropelías cometidas en el siglo XIX e inicios del XX. O el Vaticano, cuando se disculpó por el juicio a Galileo.

Pero que la memoria histórica no es -no debería ser- cosa de rojos, lo pone de manifiesto el ejemplo reciente de C&A, la compañía de ropa, sobre el que informa el semanario The Economist.

C&A es una empresa textil holandesa con 175 años de existencia. La familia propietaria decidió voluntariamente examinar su historia más oscura. Para ello, contrataron a un historiador, Mark Spoerer, y le dieron acceso sin restricciones a sus archivos. Lo que Spoerer encontró no fue nada bonito: C&A se benefició activamente del nazismo, se apropió de empresas judías gracias a la "arianización", usó mano de obra esclava y numerosas mujeres y niños murieron de malnutrición mientras trabajaban para la compañía. Es más, C&A aprovechó del trabajo forzado de los judíos del gueto de Lodz, en Polonia, donde murieron casi 200.000 durante la Segunda Guerra Mundial, la práctica totalidad de la comunidad. 

Es posible que se trate de un lavado de imagen de la marca, pero en cualquier caso no deja de ser un acto loable; muchas otras empresas, como Lufthansa, se han negado a una autocrítica semejante. Brenninkmeijer, el portavoz de C&A afirma que comprender el pasado puede ser liberador: ayuda a comprender quién eres y a analizar los problemas éticos del presente con perspectiva. Por ejemplo, la situación del trabajo infantil en Bangladesh, donde se produce actualmente el 30% de la ropa de C&A. "Si Brenninkmeijer tiene razón, escribe el articulista de The Economist, en vez de preocuparse por los esqueletos en el armario, una compañía que afronta el ayer como es debido debería aprender a cómo comportarse mejor hoy". Lo mismo se puede decir de un Estado, un partido político, un colectivo o una sociedad. Sean sus víctimas rojas, azules o amarillas.