domingo, 2 de octubre de 2016

Moros de la guerra y moros de Al-Andalus

 
Los moros en España ocupan un lugar ambiguo entre la historia y el mito. A ellos se atribuyen monumentos, edificios y yacimientos arqueológicos de cualquier época. Al mismo tiempo, sus atrocidades durante la guerra pasaron al imaginario colectivo y les dieron una nueva dimensión mitológica. Los "moros" históricos por antonomasia, los de Al-Andalus, no eran todos tales: entre ellos había descendientes de hispanorromanos y visigodos, había árabes, sirios e incluso yemeníes, y había también moros propiamente dichos, si por ello entendemos a los habitantes de la antigua Mauritania, que coincide más o menos con el Maghreb.

Los regulares de Franco sí eran, en su mayor parte moros, en el sentido de que eran marroquíes (aunque también había saharauis). El régimen, una vez lograda la victoria, se olvidó de ellos. El papel ambiguo de los moros en el imaginario popular era si cabe más ambiguo en el franquista. Los "moros amigos" de Pemán aparecen representados como guardianes de la civilización occidental y bravos guerreros que ayudaron a arrancar España de las manos de judíos-masones-bolcheviques. Pero al mismo tiempo estaban en un escalón inferior de humanidad. El mismo Pemán cantaba:

Cuando hay que descubrir un Nuevo Mundo
o hay que domar al moro,
o hay que medir el cinturón de oro
del Ecuador, o alzar sobre el profundo
espanto del error negro que pesa
sobre la Cristiandad, el pensamiento 
(...)

Si es verdad que un mal poema ensucia al mundo, como asegura Joan Margarit, entonces lo de Pemán requeriría de hectolitros de lejía. Pero valores literarios aparte, es evidente que para el poeta gaditano negros, indios y moros están ahí para que los conquistemos o mejor, que los domemos. Como a los animales.

La historia está llena de paradojas. Por ejemplo, que los 80.000 musulmanes de Franco lucharan en una "cruzada" y que la violencia desatada contra el infiel (en este caso los denominados rojos, muchos de ellos cristianos) fuera muy superior a la que utilizaron los primeros moros para ocupar la Península Ibérica en el 711. Quizá esa sea una de las razones por las que hubo reinos islámicos en la Península durante ocho siglos y el régimen franquista, en cambio, no llegó a 40. Para reinar hay que seducir y al Caudillo verter sangre se le daba bien, pero seducir no tanto.

También hay paradojas en la arqueología. Una de ellas es la que nos encontramos en la trinchera de la Casa de Campo que excavamos en julio: en la fortificación asediada por los moros de Franco descubrimos trazas de los moros de Al-Andalus. Cerámica, vidrio y una pipa de kif. El hachís era consumido por los musulmanes andalusíes, que también comían cerdo, a veces bebían vino y convivían, por lo general sin mayores problemas, con cristianos y judíos.

Decía Marx que la historia siempre se repite, solo que la primera vez sucede como tragedia y la segunda como farsa. Como la conquista de Hispania por los árabes no fue propiamente ni tragedia ni comedia, la de España por Franco y sus tropas coloniales reunió las dos características: una bufonada inmensamente sangrienta.

2 comentarios:

Alfonso dijo...

No estoy de acuerdo con la benevolencia de los árabes en su conquista de la península ibérica, los árabes entraron en la península a sangre y fuego y se mantuvieron aquí esclavizando a unos y obligando al resto a renunciar a su religión. El Al Andalus tolerante es un mito ... el Islam es implacable con los no creyentes ayer y hoy ...

Gonzalez-Ruibal dijo...

Como cualquier conquista, la ocupación islámica de la península tuvo episodios de gran violencia. Y cualquier religión de libro tiene un grado de intransigencia.

Sin embargo, no es correcto afirmar que los musulmanes esclavizaran a los hispanos y realizaran conversiones forzosas (esto último siempre ha sido más propio del cristianismo). Tradicionalmente, el Islam respeta a los practicantes de religiones del libro, que eran considerados "dhimmi" (protegidos). Debían pagar un impuesto especial y carecían de ciertos derechos políticos, pero por lo demás se respetaban sus creencias, propiedades y costumbres. La tolerancia del Islam respecto a cristianos y judíos queda demostrada en que estos últimos emigraron masivamente a países musulmanes tras la expulsión de 1492.

En cualquier caso, la actitud del Islam respecto a comunidades de no creyentes no es una cuestión ideológica, sino una realidad histórica contrastable, como lo demuestra que estudiosos orientalistas de derechas, como Bernard Lewis (asesor de George Bush y defensor de la invasión de Iraq), la describan tal y como la cuento aquí.