martes, 14 de agosto de 2012

Cruz de navajas



La campaña de excavaciones arqueológicas de 2010 aportó datos interesantes sobre las condiciones de vida en el campo que complementan las noticias aportadas por las fuentes orales y documentales. A su llegada, los presos eran desposeídos de todos sus enseres personales. Ni que decir tiene que resultaba difícil superar ese filtro y conseguir introducir en el campo armas u objetos punzantes. En la prospección del suelo de ocupación de los barracones hemos encontrado dos objetos sin duda excepcionales. El primero de ellos es una navaja que aún conserva parte del enmague de hueso trabajado a la vieja usanza. Alguien dijo alguna vez que desde el momento en que los españoles dejaron de usar la navaja, España se fue al carajo. Puede ser. Con todo, en las zonas rurales de este país los hombres de mayor edad conservan la tradición de llevar con ellos una navajita que sirve tanto para un roto como para un descosido, para comer en la feria, para un tentempié en la vendimia, etc… En un campo de concentración esta navaja debía de ser un lujo… clandestino.
En los barracones de Castuera no había plumas estilográficas, ni papel, ni tinta. Objetos como esta navaja o el casquillo lleno de pólvora habilitado como punzón pudieron ser los instrumentos empleados para grabar nombres y remites en las placas de cinc. La escritura como forma de lucha contra la deshumanización es una constante en los espacios represivos. La necesidad de comunicarse confiere a la cultura material una nueva dimensión. Pero también esos instrumentos sirvieron para luchar contra las horas muertas (valga el macabro juego de palabras), para pulir fichas de juego, para crear…

En el Museo Nacional de Bulgaria en Sofía, en la sala dedicada a los convulsos años 40, se expone un violín en una vitrina. Durante el régimen monárquico aliado de los nazis se construyeron campos de concentración por todo el país para alojar a los opositores políticos. En uno de ellos, un prisionero construyó en sus años de reclusión un violín con sus manos, reutilizando miles y miles de cerillas (en la Europa del Este siempre se ha fumado mucho). Ese violín tañido de orgullo, perseverancia y resistencia, recibió a las tropas de liberación en 1944. Una vez más, el ser humano es capaz de lo mejor y de lo peor. Por eso campos de concentración como el de Castuera serán para siempre un recuerdo eterno de la miseria humana… pero también de su grandeza.