lunes, 18 de julio de 2016

El paradigma de la reconciliación

Hijos de militares sublevados y leales a la República reunidos por El Mundo

"El 28 de marzo de 1939 fue liberado Madrid. Horas y hasta días antes, el frente no tenía actividad alguna: los soldados del frente popular salían de sus trincheras con banderas blancas y confraternizaban con los Nacionales. Sus jefes les ordenaban, pistola en mano, que volviesen a sus posiciones, pero nadie les hacía caso. Se cambiaban tabaco y papel de fumar, cantaban y daban vivas a España."

Así acabó la Guerra Civil Española: como un acto de confraternización entre soldados que finalmente eran conscientes de la locura que los había arrastrado a una lucha entre hermanos.

¿Fue así realmente? No, pero esta es la visión que a partir de los años 60 se trató de imponer en España hasta convertirse en oficialmente hegemónica. Desde este punto de vista, la Guerra Civil Española fue un desastre, como un terremoto o un tsunami. Todos fueron víctimas y todos culpables. Esta visión fue suplantando a la narrativa heroica de la Cruzada que dominó el espacio público desde el tiempo de la guerra hasta finales de los años cincuenta. 

A partir de los 60, sin embargo, el lenguaje enardecido y violento de la Cruzada no encajaba ya bien con el espíritu de los tiempos. Por eso cuando el Valle de los Caídos se inaugura en 1959 lo hace ya con un discurso distinto al triunfalista y vengativo que tenía en su inicio el proyecto, en 1940. El monumento, de hecho, marca la transición del lenguaje de la Victoria al lenguaje de la reconcilación. Y es el exponente material de lo intrínsecamente falso de este último. El discurso tosco y sin ambigüedad de la Victoria, al menos, no engañaba a nadie. 



Para el 25 aniversario del final de la Guerra Civil, el conflicto quedaba lejos. Lo que se celebraban eran "25 años de paz". España progresaba ecónomicamente. El nuevo relato que se fue confeccionando desactivaba cualquier tipo de mirada crítica sobre los hechos y alentaba un aparente consenso. Era un discurso antipolítico, como los que, en el fondo, gustaban a Franco (autor de la famosa frase "haga como yo, no se meta en política"). Y precisamente por su carácter antipolítico era útil: porque evitaba hacerse preguntas sobre las causas de la contienday, en última instancia, de la propia dictadura que emanó de ella. Si el conflicto fue una natural e inevitable, entonces también lo era la dictadura.


El discurso antipolítico se llevó consigo algunos de los aspectos más traumáticos e indigeribles del conflicto: los asesinatos en la retaguardia, los crímenes de guerra (violaciones, saqueos, bombardeos de objetivos civiles), el espíritu vengativo de los vencedores, la humillación continua de los vencidos. No es que se negara la existencia de atrocidades. Simplemente quedaban englobadas en la frase "en todas las guerras se cometen barbaridades". En todos los incendios arden árboles y todos los terremotos derriban casas. 

Películas como La Vaquilla o los chistes de Gila representan a la perfección la nueva perspectiva sobre la guerra: un conflicto irracional entre hermanos, pero lleno de anécdotas y chascarrillos. Al final todo el mundo quería lo mismo, vivir en paz. Significativamente, esa idea de la paz como bien supremo fue con la que jugó el franquismo durante toda su existencia. Aceptad la dictadura o si no volvera la locura fratricida.

Al mismo tiempo que se imponía esta visión antipolítica, se popularizaba un relato centrado en los aspectos militares del conflicto. Desde esta perspectiva, la Guerra Civil se imaginaba como una especie de cómic de Hazañas Bélicas o una partida de Stratego. Los libros de Martínez Bande, militar del ejército de Franco pero que mantenía un tono desapasionado y técnico, contribuyeron a difundir la idea de que el relato militar ofrecía la visión más objetiva de la contienda. Pero quienes leían (y leen) estas obras, no pueden conectar las hazañas bélicas de la columna de Castejón en el frente de Madrid con los crímenes de Castejón en el frente de Extremadura: los asesinatos en masa, las mutilaciones, las violaciones y los saqueos de los gloriosos legionarios. El relato militar es para todos los públicos. 

¿Honorables soldados?

Según el relato tardofranquista, los soldados hacían treguas contra la voluntad de sus mandos (ese mínimo porcentaje de fanáticos que provocaron la guerra), jugaban partidos de fútbol, se intercambiaban papel y tabaco y cartas para sus novias que siempre vivían en el otro lado, pero a las que nadie vejaba ni maltrataba. No es que no hubiera algo de verdad en todo esto, el problema es que por un lado se magnificaron los elementos amables y, por otro, la  disensión política que desencadenó la violencia del 36 despareció del mapa. 

La visión tardofranquista fue aceptada por muchos, independientemente de su ideario político. Uno no es franquista por defender el paradigma de la reconciliación y sino que se lo digan a Santiago Carrillo. De hecho, en un amplio abánico de izquierda a derecha comenzó a imponerse esta perspectiva supuestamente neutra, que la Transición no hizo sino potenciar por motivos obvios. Naturalmente, en una guerra ninguna parte es inocente: todos cometen crímenes y se comportan vilmente en un momento dado. Pero esto es una cosa y otra repartir equilibradamente las culpas para que nadie se ofenda. Casi siempre hay una parte que tiene más culpa. Los militares que se alzaron en armas contra la República son los culpables inmediatos de la guerra. Si no se acepta esto, no hay reconciliación posible.

El relato tardofranquista también favoreció una actitud de supuesta tolerancia, según la cual (casi) todas las perspectivas sobre la guerra son aceptables y todos los que combatieron merecen el respeto independientemente de sus ideas. Pero no todas las posturas deberían ser respetables en democracia. No son respetables las ideas de quienes tratan de destruirla a sangre y fuego. No son respetables quienes comienzan guerras. 

Necesitamos reconciliación, por supuesto. No se puede vivir en un conflicto irresuelto. Pero la reconciliación solo puede existir cuando se analizan los hechos cuidadosamente y se pide perdón. Sin perdón, no hay posibilidad de pasar página. El perdón lo deben pedir públicamente las personas, instituciones y organismos herederos de quienes comenzaron la guerra en primer lugar: los golpistas y quienes les apoyaron  en la esfera militar, civil y religiosa. También los representantes y herederos del régimen dictatorial que vulneró sistemáticamente los derechos humanos durante 40 años. Pero perdón lo deben pedir también todos aquellos representantes de organizaciones y partidos que cometieron crímenes de lesa humanidad, independientemente de su ideología.

En el resto del mundo se organizan Comisiones de la Verdad para lidiar con pasados como el nuestro, esclarecer la naturaleza de los crímenes y señalar a los culpables, independientemente de que sean llevados o no a los tribunales. 

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En España, nos contentamos con juntar en una foto a hijos de criminales y a hijos de defensores del orden legal y afirmar que nos hemos reconciliado. No hay nada más obsceno que escuchar a la hija de Yagüe o al nieto de Franco dar lecciones de moral. O sí: resucitar los mitos de la dictadura. Las lágrimas de Franco.

No somos una sociedad reconciliada y no llevamos camino de serlo en un futuro próximo. Quienes creen que el tiempo cura todas las heridas se equivocan. Las heridas permanecen mientras permance el sentimiento de una justicia no reparada. Y hay afrentas que duran milenios. El Estado de Israel se creó 1878 años después de la destrucción del Templo de Jerusalén.

El párrafo que inicia esta entrada es el final de la guerra que muchos desearían pero que nunca sucedió. Esa visión conciliadora aparece en la página web de la Fundación Francisco Franco. Una casualidad.