sábado, 15 de septiembre de 2012

Like a rolling stone

En las dos fosas comunes que hemos excavado en el cementerio de Castuera los huesos humanos forman parte de la propia tierra, como raíces fosilizadas que se anclan en el sustrato geológico. El esquisto pizarroso, las dinámicas postdeposicionales y un nivel aluvial de cantos rodados de cuarcita han presionado y compactado de tal modo los esqueletos que la exhumación se convierte en una tarea ardua y difícil. Para los perpetradores de esta animalada tampoco debió de ser tarea fácil abrir la tierra. La dureza del sustrato quizás explique la extrema estrechez de las dos fosas. 

Mientras en la fosa 7.1 los individuos fueron enterrados por parejas, en la fosa 6.1 la amalgama de cuerpos con posturas imposibles dibuja un cuadro truculento. Poco a poco, a lo largo de días de minucioso trabajo, hemos ido retirando los esqueletos. La impronta de los huesos depositados en la base compartía espacio con el negativo de las raíces y los cantos rodados. La huella de la memoria y el olvido. La insoportable levedad del ser. Nuestros abuelos a punto de convertirse en figuras petrificadas, en estatuas de sal.

Por eso nos impresionó tanto que en el acto de homenaje a estos represaliados, el pasado sábado, en el cementerio de Castuera, algunos de los participantes recogiesen de las fosas ejemplares de los cantos rodados que sellaban los restos, como un recurso nemotécnico, como una prueba de la fortaleza de la memoria, como un ejemplo de combate y superación de la longa noite de pedra.