sábado, 15 de septiembre de 2012

Socorro Rojo


La propaganda fascista asentó el tópico de las hordas marxistas obsesionadas con la persecución religiosa, con aniquilar el reino de Dios en la tierra. Todos los republicanos eran unos rojos empeñados en que España dejase de ser cristiana. Dentro de este contexto, los desmanes revolucionarios al inicio del conflicto fueron maximizados por el bando nacional consiguiendo el apoyo tácito de amplios sectores de la población británica, francesa y estadounidense. La quema de iglesias, los asesinatos de curas y la profanación de cadáveres fueron pruebas esgrimidas por el nuevo Régimen para condenar el terror rojo en la Causa General al final del conflicto. Lógicamente esta visión ocultaba una realidad como un templo: entre las víctimas republicanas de la represión franquista se encontraban miles y miles de católicos, practicantes o no.
Las familias católicas sancionan la identidad religiosa de los nuevos miembros de la familia con los rituales del paso del Bautismo y la Primera Comunión. En esos actos se regalaban al protagonista colgantes con la cruz cristiana o medallas de determinadas advocaciones religiosas con una clara intención apotropaica. Durante la guerra civil el tradicionalismo católico sacó partido a esta costumbre, relatando el rebote milagroso de las balas en las medallas religiosas, o el heroísmo de los sacerdotes fusilados esgrimiendo cruces, rosarios y medallas. Incluso soldados italianos relatan en sus memorias el fanatismo de los requetés que avanzaban a pecho descubierto con el crucifijo en una mano y el Mauser en la otra.
En la fosa 6.1 del cementerio de Castuera uno de los once individuos allí enterrados portaba una medalla de la Virgen del Perpetuo Socorro. En ella se congela la eternidad de un instante, único, definitivo para un hombre sin nombre. 
Nadie acudió en su auxilio.