miércoles, 12 de octubre de 2016

Frontera y conflicto: paisajes de la Guerra Civil y el Franquismo en Álava



Blocao de hormigón en la zona de Ollerías. 


La parte septentrional de la provincia de Araba es un lugar de fuertes contrastes paisajísticos: las aldeas de la Llanada y sus campos de cereal casi conviven con los hayedos y los caseríos (esos legendarios baserris). El lluvioso clima atlántico de la montaña y el templado clima mediterráneo del llano convergen en esta zona, la comarca de Gorbeialdea. El monte Gorbeia (1482 msnm), el más alto de Bizkaia y Álava, y su Parque Natural son los principales ejes de este territorio de frontera.

Área aproximada de estudio.

No sólo es una frontera natural entre paisajes diferentes, sino que también ha sido la frontera entre, por ejemplo, dos lenguas (el castellano y el euskera) durante mucho tiempo. Fue una frontera bien definida también entre 1936 y 1937, momento en el que el frente vasco tenía aquí una de sus principales líneas de combate. La evolución de una guerra de columnas decimonónica en sus inicios a una guerra relámpago supermoderna después se refleja bien en este territorio. Aquí tuvo lugar también la Batalla de Villarreal (noviembre-diciembre de 1936), la única ofensiva vasca republicana en toda la guerra, que tenía como objetivo la toma de Vitoria para avanzar sobre Miranda de Ebro y así cortar el principal nudo ferroviario de la España franquista. Sin embargo, la veintena de batallones que movilizó el Gobierno Vasco del lehendakari Aguirre mostró serios problemas tácticos y logísticos y finalmente resultó ser una sangría poco o nada efectiva. A partir de entonces, el Ejército de Euzkadi tomará una actitud defensiva que dará mejores resultados y hará que Bizkaia consiga resistir el envite del general Mola hasta junio de 1937.



 Guerra y evolución técnico-operativa. Posición de Isuskitza (Arrazua-Ubarrundia): 
de las trincheras recicladas de las Guerras Carlistas a los blocaos de hormigón 
más modernos (en Aguirregabiria & Tabernilla 2013 y Aguirregabiria 2014).



Mi Trabajo de Fin de Máster (Un legado incómodo: Paisajes del conflicto y memoria(s) contemporánea(s) de la Guerra Civil y el Franquismo en el norte de Araba, defendido en la Universidad del País Vasco, el pasado 22 de septiembre) se asoma a esta realidad patrimonial entendida como un paisaje bien caracterizado y complejo. Además de las decenas de líneas de trinchera y fortificaciones, en este trabajo se ha intentado también comprender la militarización del paisaje humano que conlleva la Guerra Civil: por ejemplo, la Comandancia Militar franquista de Murgia se convierte en una autoridad firme en el territorio y moviliza todos los recursos humanos a su disposición. Los pastores del Gorbeia son utilizados como espías y guías de campaña y ambos bandos dan golpes de mano y combates para conseguir arrebatar al enemigo grandes rebaños de ovejas. Todo vale en la guerra (total).

Misa de campaña requeté en el frente de Orduña-Unzá (Fuente: AMVG).

Además, el frente de la Guerra Civil en el norte de Araba se convierte también en un campo de batalla ideológico y simbólico en la (pos)guerra. El Régimen de Franco construirá todo un “Paisaje de la Victoria”, con cruces de montaña y monumentos a los Caídos, con el fin de celebrar la épica y el terror de una resultado favorable a sus intereses. Mientras que las trincheras y los fortines caerán en el olvido, pueblos como Legutio serán alzados a los altares de la gloria franquista por su tenaz resistencia frente a los rojo-separatistas. De esta forma, el recuerdo de la guerra permanecerá vivo, pero manipulado y utilizado como recurso legitimador.

Monumento a los caídos de la IV División de Navarra en Legutio.

Esta Arqueología del Conflicto no termina con el Franquismo y su tergiversación del pasado, ya que la izquierda nacionalista vasca también intentará de apropiarse de este paisaje de guerra. Durante años, gudaris veteranos se reunirán en la zona y realizarán homenajes clandestinos. Y así es como tendremos como resultado un palimpsesto o una estratigrafía política compleja: junto a las estructuras militares del 36, veremos decadentes monumentos del Régimen (hoy despreciados, atacados o simplemente olvidados) y junto a ellos, pero en frontal oposición, focos de memoria de la lucha antifranquista y del gudarismo.

Gudarismo y memoria clandestina de la GC en el monte Albertia, 
escenario de la batalla de Villarreal en 1936 (Fuente:  Sancho el Sabio y colección particular).

Como conclusión final, por un lado, hay que decir que en el País Vasco hacer una Arqueología del Conflicto integral (e integradora) significa ir mucho más allá de las banalizaciones del tipo Ocho apellidos vascos, las veleidades bucólicas y los límites cronológicos tradicionales de la Guerra Civil y el Franquismo. En la tierra en la que la Transición se percibió como una mera continuación del Régimen y su uso del trauma de la guerra, el conflicto del 36 es un ensordecedor ruido de fondo que aún perdura. Y por otro lado, al hilo de este estudio del Frente de Álava, no podemos dejar de invitaros a conocer el proyecto de Arqueología de la Guerra Civil y socialización del patrimonio que desarrollaremos en las próximas semanas en el monte San Pedro (Amurrio). Os mantendremos informadas e informados sobre todo esto desde este mismo blog.

Josu Santamarina Otaola (codirector del proyecto Monte de San Pedro, 1936-1937).

 


 

martes, 11 de octubre de 2016

El cementerio de los italianos


Paco Martín Portalo, de la Asociación de Desarrollo Local de Campillo de Llerena (Badajoz), ha sido el alma mater de la recuperación de una polémica ruina arqueológica: el cementerio italiano. Estas ruinas sirvieron de campo de juego durante décadas a niños y niñas de la localidad, acostumbrados a ver calaveras y huesos esparcidos dentro de un recinto olvidado por todos. En los últimos años surgió la pregunta: ¿qué hacer con esta materialidad? ¿Destruirlo? ¿Cambiarlo de lugar? ¿Rehabilitarlo? 

 
Paco lo tuvo claro. La cultura de la muerte en los contextos rurales impone una losa de respeto hacia los muertos. Por otro lado, el cementerio se podía recuperar como lugar de memoria y como recurso visitable, en un momento en que está surgiendo el interés turístico por los paisajes bélicos en España. Tras lidiar con las administraciones y conseguir incluso una pequeña financiación del Ejército español, Paco consiguió recuperar, estudiar y promover este espacio. En los vaivenes del debate público sobre la memoria histórica, la noticia de este proyecto estalló en las redes sociales. Mucha gente no entendía que habiendo miles de fosas de represaliados pro el franquismo se dedicase tiempo y dinero a recuperar un cementerio fascista. Mientras el cementerio alemán de Yuste parece que no importuna a nadie, el cementerio italiano de Campillo de la Serena se presentaba en sociedad como un patrimonio incómodo y rechazado.

 
El cementerio fue construido en el año 1937 por la I Brigada Mixta Flechas Azules. Allí fueron enterrados 44 soldados de esta unidad, caídos en los combates que se desarrollaron en la sierra del Argallén, a unos pocos kilómetros. Allí yacen un total de 33 soldados españoles, nueve italianos y dos que no fueron identificados. Cuando este frente se reactivó de nuevo, en los años 1937 y 1938, las tropas de Franco volvieron a usarlo para dar sepultura a los soldados que cayeron en los sucesivos combates, por lo que el perímetro tuvo que ser ampliado. En la posguerra los italianos fueron trasladados al osario de San Antonio de Padua en Zaragoza, y otros restos al Valle de los Caídos, pero la gran mayoría de los cuerpos permanecieron en el lugar.

Placa conmemorativa destruida con la llegada de la democracia.

Para tener una opinión bien documentada lo mejor es conocer este espacio de primera mano, el discurso memorialístico que se repoduce en la sinaléctica del cementerio, atender a las explicaciones de Paco... En el contexto del SOPA 16 nos han brindado la posibilidad de culminar el seminario de Patrimonios del Conflicto con una visita guiada a este lugar. Un ejemplo magnífico de los retos a los que se debe enfrentar la Arqueología del Conflicto.


Algunos de los objetos recuperados en las exhumaciones del cementerio italiano 
(Museo de la Guerra Civil de Campillo de Llerena).

Paco acudió en diciembre de 2014 a Vitoria-Gasteiz para participar en el I Congreso Internacional de Arqueología de la Guerra Civil española. Como nos dijo en Zalamea, en la capital vasca se reafirmó en su idea de poner en valor el patrimonio bélico de Campillo de Llerena. Un nuevo fruto de su trabajo, junto con la arqueóloga e intérprete del patrimonio Carmen Pérez Maestro, es la inauguración de un pequeño museo sobre la guerra civil española, en el que se exponen restos recuperados en la exhumación de soldados del cementerio italiano, en la excavación de una posición republicana del frente en la zona, así como objetos cedidos por los vecinos y vecinas del pueblo. Campillo de la Serena fue una base de retaguardia del ejército franquista y allí vivieron soldados y mandos italianos. El museo se completa con una réplica de una trinchera y un nido de ametralladora.



 Os invitamos a conocer Campillo de Llerena así como el frente de guerra de La Serena, actualmente en fase de estudio.

lunes, 10 de octubre de 2016

La guerra en escena: el anfiteatro y el teatro de Mérida


Esta semana pasada tuvo lugar en Zalamea de la Serena (Badajoz) la cuarta edición del Congreso de Socialización del Patrimonio (SOPA) organizado por Underground Arqueología. La Arqueología del Conflicto tuvo un papel protagonista desde el inicio, como pudimos comprobar en la primera de las barferencias que tuvieron lugar en el emblemático bar Pachu (un verdadero BIC extremeño). El ponente, Carlos J. Morán Sánchez (Instituto de Arqueología de Mérida, CSIC) impartió una clase magistral sobre el uso político de las ruinas romanas de la capital extremeña en el primer tercio del siglo XX.
El teatro y el anfiteatro de Mérida se convirtieron en auténticos repositorios materiales del orgullo del Estado-Nación español y en un recurso turístico de primer orden. Carlos Morán ha examinado pormenorizadamente los libros de visitas de la época (uno de ellos inédito, con firmas hasta 1937) en los que documenta unos 17.000 registros. Este libro estaba a disposición del público en una caseta creada para esa función, y que todavía existe hoy. Este monumental trabajo de investigación forma parte de su tesis doctoral, que será publicada en breve. De todo lo que nos contó en la terraza trufada de gintonics del Pachu cabe destacar el uso que la IIª República hizo de esta arquitectura monumental. El anfiteatro llegó a albergar una Fiesta de la República contando con la presencia de las principales autoridades (Azaña incluido). El ministro socialista Fernando de los Ríos fue uno de los máximos responsables de la promoción cultural y social de este recinto.

Barferencia de Carlos Morán en el bar Pachu.

El golpe de Estado del 36 y la llegada de las tropas franquistas se va a ver reflejado directamente en el libro de visitas. Hasta 1937 se registra la firma de mandos y soldados italianos de los Flechas Negras. El ejército de Mussolini, base de la reconstrucción del Imperio, se identificaba de pleno con las arquitecturas que los romanos dejaron en Hispania. El fascismo español se insertaría en la misma línea. El Glorioso Movimiento Nacional encontraba en esas fastuosas ruinas un  buen precedente. El anfiteatro sirvió de escenario a paradas militares y paramilitares para celebrar la Victoria.
Además de las firmas italianas lo más espectacular es la identificación de un traumático proceso de damnatio memoriae en el libro de visitas. Falangistas y legionarios tachan las firmas de autoridades republicanas y se prodigan en insultos (perro socialista p.e.) y calumnias, acusando a Fernando de los Ríos de comprar bombas para atacar Mérida desde el aire (nunca cayó una bomba en el anfiteatro).
El trabajo de Carlos Morán demuestra la potencialidad de una vertiente más desconocida de la Arqueología del Conflicto, aquélla que no se concreta en excavación de trincheras y fosas, sino en la excavación de papeles.

Las ruinas de Mérida en el álbum de guerra 
del soldado franquista J. Trevisani (archivo familiar).

domingo, 2 de octubre de 2016

Moros de la guerra y moros de Al-Andalus

 
Los moros en España ocupan un lugar ambiguo entre la historia y el mito. A ellos se atribuyen monumentos, edificios y yacimientos arqueológicos de cualquier época. Al mismo tiempo, sus atrocidades durante la guerra pasaron al imaginario colectivo y les dieron una nueva dimensión mitológica. Los "moros" históricos por antonomasia, los de Al-Andalus, no eran todos tales: entre ellos había descendientes de hispanorromanos y visigodos, había árabes, sirios e incluso yemeníes, y había también moros propiamente dichos, si por ello entendemos a los habitantes de la antigua Mauritania, que coincide más o menos con el Maghreb.

Los regulares de Franco sí eran, en su mayor parte moros, en el sentido de que eran marroquíes (aunque también había saharauis). El régimen, una vez lograda la victoria, se olvidó de ellos. El papel ambiguo de los moros en el imaginario popular era si cabe más ambiguo en el franquista. Los "moros amigos" de Pemán aparecen representados como guardianes de la civilización occidental y bravos guerreros que ayudaron a arrancar España de las manos de judíos-masones-bolcheviques. Pero al mismo tiempo estaban en un escalón inferior de humanidad. El mismo Pemán cantaba:

Cuando hay que descubrir un Nuevo Mundo
o hay que domar al moro,
o hay que medir el cinturón de oro
del Ecuador, o alzar sobre el profundo
espanto del error negro que pesa
sobre la Cristiandad, el pensamiento 
(...)

Si es verdad que un mal poema ensucia al mundo, como asegura Joan Margarit, entonces lo de Pemán requeriría de hectolitros de lejía. Pero valores literarios aparte, es evidente que para el poeta gaditano negros, indios y moros están ahí para que los conquistemos o mejor, que los domemos. Como a los animales.

La historia está llena de paradojas. Por ejemplo, que los 80.000 musulmanes de Franco lucharan en una "cruzada" y que la violencia desatada contra el infiel (en este caso los denominados rojos, muchos de ellos cristianos) fuera muy superior a la que utilizaron los primeros moros para ocupar la Península Ibérica en el 711. Quizá esa sea una de las razones por las que hubo reinos islámicos en la Península durante ocho siglos y el régimen franquista, en cambio, no llegó a 40. Para reinar hay que seducir y al Caudillo verter sangre se le daba bien, pero seducir no tanto.

También hay paradojas en la arqueología. Una de ellas es la que nos encontramos en la trinchera de la Casa de Campo que excavamos en julio: en la fortificación asediada por los moros de Franco descubrimos trazas de los moros de Al-Andalus. Cerámica, vidrio y una pipa de kif. El hachís era consumido por los musulmanes andalusíes, que también comían cerdo, a veces bebían vino y convivían, por lo general sin mayores problemas, con cristianos y judíos.

Decía Marx que la historia siempre se repite, solo que la primera vez sucede como tragedia y la segunda como farsa. Como la conquista de Hispania por los árabes no fue propiamente ni tragedia ni comedia, la de España por Franco y sus tropas coloniales reunió las dos características: una bufonada inmensamente sangrienta.