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sábado, 1 de mayo de 2021

La estructura nº 1

Fotointerpretación del poblado central (según Luis A. Ruiz).

Mediante la utilización de las herramientas propias de la teledetección, la arqueología está descubriendo poblados y recintos monumentales bajo el manto impenetrable de las frondosas selvas de Centroamérica. Lo mismo ocurre con el Valle de los Caídos. A través de la investigación archivística y de la fotointerpretación, nuestro compañero Luis Antonio ha ido identificando las diferentes estructuras que conforman la primera zona de trabajo de nuestro proyecto: el campamento de la empresa Román, en donde hoy en día se dispone el poblado de los trabajadores de Patrimonio Nacional. Con esta información previa llegamos al Valle. El primer día llevamos a cabo una prospección extensiva de toda la zona para identificar en campo chabolas, basureros y áreas de actividad. Esta inspección visual nos permitió seleccionar una serie de estructuras de carácter habitacional, presumiblemente ocupadas en su día por los obreros y presos y sus familiares. Al mismo tiempo, peinamos con el detector de metales todo el entorno. Comenzaba nuestro viaje en el tiempo, una exploración que nos metía de lleno en la década de 1940.

La estructura 1 antes de su excavación. Vista hacia el N.

Parte del equipo arqueológico llegamos directamente de Galicia, en donde estuvimos excavando una casa campesina ocupada por la guerrilla antifranquista entre 1947 y 1949. Nuestra compañera Cristina está estudiando esta arquitectura doméstica rural y los cambios que conllevó la llegada de la Modernidad. Lo que nos muestra la arqueología es que este proceso no es lineal, sino que presenta rupturas y continuidades. En 1939 España había retrocedido décadas, si tenemos en cuenta los indicadores de desarrollo económico. En la inmediata posguerra, la construcción del Valle o de los primeros embalses se hicieron con técnicas premodernas, ante la escasez de materia prima, de bienes de equipo, de gasolina y de suministros. Pero se hicieron -con un gran coste humano. 

Proceso de excavación de la estructura 1. (Foto de Álvaro Minguito).

Por eso nos impresionan las estructuras rupestres del Valle, como la estructura nº 1 que hemos excavado esta semana. Es una construcción rectangular asentada directamente en el sustrato granítico y que aprovecha el roquedo como pared natural para protegerse del viento gélido del norte. Desde un punto de vista formal nos recuerda a una cabaña de la Edad del Hierro o a un eremitorio altomedieval. Pero no, estamos hablando de los años 40. En realidad, es muy parecida a otras construcciones que hemos exhumado en otros contextos similares, como en el destacamento penal de Bustarviejo en la sierra norte de Madrid. Allí también los familiares construyeron chabolas para estar cerca de sus seres queridos.

Dispersión de materiales en la cota superior del depósito.

De la estructura 1 se conserva apenas una hilada del paramento, levantado con grandes bloques de granito local. El interior estaba cubierto de maleza y de raíces secas. Una vez retirada la capa vegetal documentamos un gran depósito de tierra negra, de naturaleza muy orgánica y con evidentes restos de combustión. Esta gran mancha ocupa la mitad meridional de la estancia y continúa siguiendo la línea de la pendiente.

Depósito UE1001 definido en planta. Vista hacia el S.

Se dispone en algunas zonas directamente sobre la roca y en otras sobre un pavimento de saprolita, es decir, granito meteorizado empleado para elaborar un pavimento. Este tipo de suelos tienen una larga tradición. Los encontramos en yacimientos prehistóricos pero también en contextos rurales de la primera mitad del siglo XX.

Selección de materiales del depósito UE1001.

Este depósito (UE1001) contenía cientos de objetos de la inmediata posguerra. Creemos que esta estructura fue reutilizada como basurero por la familia que habitaba una cabaña ubicada al lado. Este totum revolutum nos recuerda a aquellos sobres-sorpresa que comprábamos de niños a comienzos de los años 80. A pesar de la variedad de objetos y fragmentos, podemos rastrear la presencia de un hombre adulto, que podría ser vigilante del campo: recogimos un cristal de gafas de sol, hebillas de uniforme, un botón con el águila franquista, una funda de puñal, una bala de Mauser y un casquillo no percutido con la pólvora dentro. Esta munición se corresponde con los fusiles rusos Mosin-Nagant capturados al Ejército Popular y que fueron transferidos a la Guardia Civil en la posguerra. La disciplina militar conllevaba prácticas de higiene y de cuidado de la indumentaria, como demuestra la aparición de un frasco de Búfalo empleado para dar lustre a las botas. Asimismo, las labores burocráticas propias del personal del campo se reflejan en la documentación de lápices, portaminas y tinteros.

Botón de uniforme militar y casquillo de Mosin Nagant. (Foto de Álvaro Minguito).

Este señor era el padre de, al menos, una niña. Hemos recuperado una suela de zapato, elaborada en un taller riojano, de la marca Zarina. Desde luego, esta familia compartía la dureza de las condiciones de vida en el Valle, pero tenía acceso a buenos suministros. Nos aparecen restos de medicamentos y evidencias de prácticas de consumo en donde no faltan las gaseosas, las bebidas alcohólicas y las paellas, de las que quedaron cientos de chirlas esparcidas por el depósito. Entre los materiales metálicos cabe destacar la presencia de clavos, vientos y objetos vinculados con la actividad del hogar, todos ellos realizados por procedimientos de herrería tradicional, posiblemente en una forja que existía en el Valle.

Suela de zapato infantil.

Los arqueólogos y las arqueólogas soñamos con la basura, somos así. Un vertedero es un contexto fantástico para nuestra investigación. Muros georreferencia con la estación total la ubicación de cada objeto para elaborar planos de dispersión. Candela, ya en laboratorio, sistematiza y cataloga cada uno de los restos. Cada cosa tiene una historia detrás. La tierra también: por eso recogimos muestras de carbón para llevar a cabo estudios antracológicos, así como muestras edafológicas para análisis geoquímicos.

Georreferenciación de piezas. (Foto de Álvaro Minguito).

La arqueología de campo es un proceso de construcción del conocimiento en el que cada día nos obliga a plantear nuevas hipótesis, a desechar unas y plantear otras. Creíamos estar delante de una chabola y nos encontramos finalmente ante un basurero vinculado al día a día de un vigilante del campo y de su familia. De ahí la importancia de una documentación rigurosa, completa y objetiva. Nuestro trabajo consiste en documentar estos vestigios materiales tal y como los encontramos, para recuperar la huella de todos y todas los que vivieron en el Valle de los Caídos, una huella que en muchos casos no se conserva ni en la memoria oral ni en la documentación existente.

Manilla para dar cuerda a un reloj. Seguimos viajando en el tiempo (Foto de Álvaro Minguito).






 




domingo, 31 de marzo de 2019

La lluvia al final de la guerra



Madrid se rindió el 28 de marzo de 1939. Después de dos años y medio de resistencia, cayó sin un tiro. Los republicanos no perdieron ninguna batalla en la capital, pero perdieron la guerra. El verano pasado excavamos en el lugar exacto donde se escenificó la rendición, junto al Asilo de Santa Cristina, a los pies del Hospital Clínico, en la Ciudad Universitaria. Encontramos la trinchera por la que se retiraron los coroneles Losas y Prada, el uno a celebrar la victoria, el otro camino del cautiverio. Sobre el suelo de la trinchera aparecieron los últimos objetos abandonados de la Guerra Civil: una granada de artillería sin explosionar, restos de ropa, latas, cristales rotos. 

Granada alemana de 77 mm sin detonar que apareció en el relleno de la trinchera.
 
También encontramos una botella de sidra. Y no es la única. Junto a la entrada de una galería de contraminado, a poca distancia de la trinchera, encontramos varias botellas de sidra intactas, al lado de restos de cordero y chirlas.


No es descabellado interpretar este contexto como el festín de la victoria. Sabemos que los soldados solían recibir raciones extra de comida y sobre todo bebida después de un triunfo militar. Disponemos de una fotografía tomada en el Hospital Clínico poco después de acabar la Batalla de Brunete, en la que se ve a unos legionarios celebrando con alcohol el fracaso de la ofensiva republicana.

"Unos cuantos legionarios del Hospital Clínico celebrando con unas botellas de manzanilla la derrota de los rojos en Brunete". Ciudad Universitaria, 2 de agosto de 1937. Biblioteca Nacional, 6C.Caja/60/2/100.


La caída de Madrid, sin embargo, no fue un triunfo cualquiera. Fue el definitivo. Y un triunfo definitivo exigía una celebración especial. Por eso encontramos botellas de sidra. El alcohol era corriente en los campos de batalla, tan habitual -y tan necesario- como el pan o las latas de sardinas. Sin embargo, lo que consumían los soldados diariamente era vino, jerez o brandy. De ellos estaban llenas las ubicuas botellas de Pedro Domecq que documentamos en las posiciones sublevadas a los largo de la guerra -como cabe imaginar, Domecq era un acérrimo partidario de Franco. También eran frecuentes los licores y el anís. Pero la sidra no. De todos los sitios de la Guerra Civil que hemos excavado hasta la fecha, solo en otra posición, además del Asilo de Santa Cristina, hemos encontrado botellas de esta bebida.


Es comprensible. El vino se fabrica en muchas partes de España y en grandes cantidades. La sidra fundamentalmente en el norte: en Asturias, el País Vasco y, en menor medida, Galicia. De hecho, el otro sitio de la Guerra Civil donde hemos encontrado una botella de esta bebida es en la posición republicana de Castiltejón, en el límite entre León y Asturias. Su baja graduación (5-6º) la hace poco apropiada para el frente, donde los soldados necesitan alcoholes con mayor contenido alcohólico para aguantar la guerra. Es dulce, como el cava, y de hecho ha desempeñado durante mucho tiempo su papel: la sidra fue la bebida preferente para las Navidades en buena parte de España, más que el champán. También durante la guerra: los franquistas arrojaron sobre las líneas republicanas en diciembre de 1938 miles de pasquines en los que prometían una cesta de Navidad a todos aquellos soldados que se pasaran a sus filas, como recoge Pedro Corral en su libro Desertores (2006, p. 188). La cesta incluía, entre otras cosas, turrón, frutas escarchadas, galletas Artiach (!) y una botella de sidra. El diseño de las botellas que encontramos en el asilo, de hecho, es un remedo de las de champán. Irónicamente, el sello que las acompaña muestra la efigie de la República. Pero no la española: la Republique Française, donde la sidra en cuestión recibió una medalla en una feria internacional. 

Medalla de una feria internacional en una de las botellas de Sidra.


El que se haya conservado intacto este contexto único del final de la guerra se debe a una sencilla razón. El diario de operaciones de la 16 División franquista, que cubría el sector de la Ciudad Universitaria, indica que el mismo 28 de marzo de 1939 se ordenó a las tropas que iban a ocupar las líneas republicanas que cegaran las entradas a las minas. Y eso hicieron, al menos, en el caso de las que se encuentran en el Asilo de Santa Cristina (algunas de las del Clínico permanecieron abiertas durante años). Prueba de que no tardaron mucho en cumplir las órdenes lo demuestra el hecho de que junto a las botellas y el cordero encontramos una gran cantidad de munición y cuatro proyectiles de mortero sin explotar (que no pudieron permanecer a la vista durante mucho tiempo, por motivos obvios), todo ello sellado bajo gran cantidad de tierra y escombro. En el relleno solo aparece material del período de la guerra o anterior, ni un solo objeto que se pueda datar con seguridad después de 1939.


Granada de mortero Stokes-Brandt sin detonar junto a botella de sidra.  

El sellado no se llevó a cabo el mismo día 28, claro. Los soldados tenían otras preocupaciones: beber, comer, cantar, ocupar las posiciones enemigas, enviar a los vencidos a campos de concentración. Pero no se demoró mucho. El año 1939 había comenzado muy seco. Hasta que finalmente el día 31 de marzo llovió. Las impresionantes fotos de Deschamps en la Ciudad Universitaria, tomadas nada más caer la capital, captan este tiempo gris y tormentoso -como si la Naturaleza comprendiera la tragedia de la República y se solidarizara con ella. También el 19 de mayo, cuando se celebró el Desfile de la Victoria, llovió durante una hora.

 La Escuela de Arquitectura captada por Deschamps tras la rendición de Madrid, bajo un cielo tormentoso.

Nubes de lluvia el Día de la Victoria (Juan Miguel Pando Barrero).

Un periodista de ABC hace referencia a esas lluvias del 31 de marzo. Después de hablar de la sequía que ha persistido hasta ese momento escribe con la prosa engolada del régimen: "Hoy la decoración súbitamente cambió, y el Señor de las alturas nos mandó, para que la paz fructificara, raudales de agua bendita del cielo, que traerá mañana espigas de oro" (ABC nº10.347, p. 5).  

Esa "agua bendita del cielo" anegó el suelo del refugio donde se encontraba la bocamina. Lo sabemos porque los objetos aparecen incrustados en un estrato de limo craquelado como el de los charcos secos. También porque una de las botellas de sidra estaba llena de agua sucia. El agua del último día de la Guerra civil española. O de los primeros días de la posguerra.

Dicen los homeópatas, contra toda evidencia científica, que el agua tiene memoria. Pero en el caso del Asilo de Santa Cristina es cierto. El agua de la botella de sidra tiene, contiene o, más bien, es memoria. La memoria de unos día grises que truncaron la historia de España.

viernes, 28 de septiembre de 2018

El fortín escondido


Algunas veces nos hemos encontrado trincheras y refugios donde no nos las esperábamos, porque los rellenos intencionales o naturales de la posguerra habían borrado casi por completo la huella de su existencia. En esta campaña, sin embargo, dimos de forma fortuita con un nido de ametralladoras, con su tronera y su plataforma de hormigón armado: en superficie se observaba apenas una ligera depresión que parecía evidenciar un pequeño refugio de tropa. Nadie se esperaba el complejo que finalmente salió a la luz.

Pues aunque parezca increíble, nos ha vuelto a pasar. A pocos días de cerrar la campaña, y para tener un nuevo recurso patrimonial que incluir en el itinerario arqueológico, decidimos excavar en lo que semejaba un abrigo, muy cerca de una trinchera de resistencia y otra de evacuación. 

Pronto nos dimos cuenta de que algo no encajaba. Al limpiar la superficie e iniciar el desescombro empezamos a encontrar bloques de hormigón desmenuzados. Una posibilidad que nos planteamos es que fuera un vertido más o menos reciente, pero el material no encajaba. Era de muy mala calidad: un montón de guijarros cogidos con un cemento arenoso. Algo que relacionamos más con la Guerra Civil que con las obras contemporáneas. 

La excavación nos sacó de dudas. En una esquina del sondeo empezó a despuntar un muro de hormigón del mismo tipo que teníamos en el relleno ¿Se trataba de un refugio reforzado con cemento? Poco probable. La limpieza de la parte frontal ofreció la prueba definitiva: allí descubrimos, colmatada de piedras, una amplia tronera. Estamos, por lo tanto, excavando un fortín. Y no un fortín cualquiera. Las grandes dimensiones de la aspillera nos hacen pensar que se construyó para alojar una pieza artillera, quizá un cañón antitanque de 45 mm. 
 Un fortín antitanque de la Segunda Guerra Mundial. Un poquito más espectacular que el que estamos excavando. Pero valían para lo mismo.

Lo que parecía una simple línea de trinchera con algún que otro refugio se ha convertido en un punto sólidamente fortificado: a un lado el fortín antitanque, al otro el nido de ametralladora ¿Por qué aquí? Puede haber varias razones. El puente de Arganda está muy cerca, a menos de un kilómetro lineal de la posición (de hecho, está en enfilada de tiro respecto al nido de ametralladora). 

Si los sublevados lo franqueaban podían avanzar hacia Madrid por dos direcciones: directamente, a través de la carretera de Valencia o por el camino que bordea los cantiles de Rivas Vaciamadrid. En estos cantiles, que forman una pared vertical, se abre un único vallejo que sirve de acceso a la meseta de Rivas. Y ese vallejo está justo al lado de las fortificaciones que estamos describiendo. Por otro lado, frente a los fortines discurre la vía de tren que iba hacia Arganda, así como el camino mencionado. Ese camino va bordeando la meseta y posteriormente sigue el valle del Jarama hacia San Fernando de Henares. Otra ruta natural de comunicación hacia el corazón del territorio republicano.

La otra pregunta es ¿cuándo? ¿Cuándo se erigen estas fortificaciones? Desde el inicio de la campaña manejábamos la hipótesis de que nos encontrábamos ante un paisaje bélico muy tardío, no anterior a 1938. Hoy hablando con Julián González Fraile, gran conocedor de la contienda en la zona, confirmamos esta hipótesis. Los mapas militares que Julián y sus compañeros han recopilado demuestran que al pie de los cantiles no había casi estructuras defensivas antes de septiembre de 1938.

Decíamos que el fortín antitanque está realizado con un hormigón de pésima calidad, un amasijo de cantos rodados. Esto encaja también con una fecha tardía, en la que la República no estaba ya para dispendios y se defendía con medios cada vez más escasos. El año 1938 fue de fortifación intensiva por ambos bandos en la zona de Madrid, donde todos las grandes ofensivas habían fracasado. Los poderosos fortines franquistas que tuvimos ocasión de estudiar en Brunete fueron construidos entre octubre de 1938 y 1939, también. Algunas fortificaciones republicanas de la época no les tienen nada que envidiar. Pero no es el caso de las que estudiamos, seguramente porque el punto donde se ubicaban carecía de la relevancia estratégica de otras zonas. En cualquier caso, las obras tardías republicanas se pueden leer como un testimonio de la voluntad de resistencia a ultranza representada por el presidente Juan Negrín. 

Queda una última pregunta: ¿Por qué el fortín desapareció de la vista? Todo indica que fue volado a conciencia. La destrucción de la cubierta hizo que se hundiera el enmascaramiento de tierra y yeso que lo cubría y colmatara, junto al escombro de la cubierta misma, el interior de la estructura. 

Corte estratigráfico del fortín, en el que se advierte el hundimiento hacia el centro. La cubierta de hormigón, pese a su mala calidad, no se pudo hundir de forma natural. Todo indica que fue volado.

En las fotos del vuelo americano de 1945 se ve un manchón de tierra precisamente en la zona donde se ubica el búnker. 

 Fotograma del vuelo americano en el que se percibe el emplazamiento del fortín.

El nido de ametralladora también estaba sellado al acabar la guerra -como lo demuestra el hecho de que aparecieran varios materiales in situ en su interior, tal y como quedaron abandonados. Se trata de las únicas estructuras clausuradas de forma intencional. Los abrigos se fueron rellenando de sedimento naturalmente. La explicación podría hallarse en la función de los fortines. Es posible que, como en otras zonas, decidieran neutralizarlos para evitar su uso indebido.

Ahora nos queda trabajar contrarreloj para intentar llegar al suelo del fortín antes de que acabe la campaña. A ver si nos encontramos un nivel de la Guerra Civil intacto...

lunes, 24 de septiembre de 2018

Las ciudades invisibles

 La ciudad invisible del Campillo al comienzo de nuestras excavaciones.

Durante la Guerra Civil pueblos enteros desaparecieron del mapa, borrados por las bombas y por el posterior abandono: Corbera, Rodén, Belchite, Montarrón, Vaciamadrid... La nómina es mayor de la que nos imaginamos. Pero la guerra no solo destruyó espacio, también lo creó. Por cada pueblo arrasado surgió una aldea subterránea en parajes apartados e inhóspitos. En los últimos años hemos excavado muchas ciudades invisibles: Canredondo, Mediana, la Ciudad Universitaria de Madrid. Son invisibles porque estaban pensadas para que el enemigo no las detectara y evitar así el ataque de la artillería y la aviación. 

Pero son también ciudades invisibles porque han pasado desapercibidas. Las hemos olvidado. No tienen la presencia de los fortines de hormigón y acero. En los partes militares se las cita sin prestarles mayor atención. Se habla de los campamentos o las bases de tal o cual batallón o compañía, pero los documentos no nos permiten hacernos una idea de cómo eran estas ciudades de tierra, cómo era la vida en ellas, cómo se organizaba el espacio.

Los arqueólogos tenemos aquí algo que decir, aunque no nos lo han puesto fácil. Las ciudades fueron invisibles durante la guerra y lo son ahora. Pero en la inmediata posguerra eran más que conspicuas: se convirtieron en minas o ultramarinos donde las poblaciones cercanas se aprovisionaban de todo. Latas de conservas abandonadas, botellas de vidrio reutilizables, vainas de munición para vender como chatarra...

Y aún así siempre damos con trazas que nos permiten acercarnos a la experiencia de los soldados que vivieron en ellas. 

 Abrigos en batería en el Campillo en proceso de excavación.

En la ciudad invisible del Campillo, en Rivas Vaciamadrid, hemos excavado ya cuatro refugios completos y estamos empezando la excavación de un quinto. Hemos identificado 16 espacios y todo indica que había más, pero los derrumbes de las laderas los han ocultado. Sorprende la variedad de formas y tamaños. En un mundo tan reglamentado y preciso como el militar -donde los casquillos miden 54 mm de largo y los proyectiles de mortero 81 mm de diámetro (¿por qué no 80 u 82?), los poblados de chabolas y covachas son el reino de la improvisación y la chapuza. Un resquicio de libertad, parece, donde cada uno puede hacer más o menos lo que quiera. La cuestión es cavarse una madriguera donde se pueda estar lo más seco, protegido y abrigado posible. 


Dentro del caos hay un orden, claro -en la ubicación de las estructuras o en  cuestiones básicas de tipo defensivo. Existen en el Campillo dos estructuras rectangulares, muy bien diseñadas y de tamaño considerablemente superior al resto, que hacen pensar en construcciones de carácter más oficial. 

El campamento del campillo. Las estructuras visibles están marcadas en rojo. Se aprecian las de mayores dimensiones que articulan el espacio.

Pero lo que predominan son las pequeñas chabolas semisubterráneas, algunas tan pequeñas que cuesta imaginar a más de una persona en su interior: el espacio útil no debía llegar a los tres metros cuadrados. Se trata seguramente de dormitorios para un par de soldados. Otra chabola tiene poyetes de ladrillo a intervalos regulares. Pensamos que sobre ellos se dispusieron tablones a modo de bancos. No sabemos exactamente para qué. Quizá simplemente para charlar y estar juntos, para calentarse en torno a un fuego.

Refugio colectivo con poyetes de ladrillo.

Los materiales son, como decíamos, poco abundantes, alguna lata, restos de una máscara antigás, munición de Mosin y de Máuser. En una choza apareció un frasco de medicina o colonia y dos tubos de pasta de dientes. La higiene siempre tan presente, tan necesaria para la superviviencia física y psicológica.

Frasco de medicina o colonia en un abrigo.

Dicen los historiadores que en Gallipolli en 1915, donde surgió una de las primeras ciudades invisibles de la guerra moderna, el cavar al unísono de oficiales, suboficiales y soldados sirvió para crear espíritu colectivo, incluso más allá del ejército y de la guerra. El hacer madrigueras y sobrevivir en ellas se encuentra en el origen del sentimiento nacional de australianos y neozelandeses. Su identidad se forjó a pico y pala en un acantilado de Turquía. Los arqueólogos podemos dar fe de que cavar juntos une -incluso aunque no te disparen. 

Los  conservadores británicos concluyeron de la Guerra Civil que los refugios antibombardeo eran peligrosos, porque la plebe hacinada bajo tierra puede desarrollar identidades colectivas tendecialmente comunistas. Por eso decidieron no hacer refugios. Y por eso murió más gente de la que debiera en los bombardeos de la Luftwaffe. A los republicanos la identidad colectiva se la destrozaron en los campos de concentración y las prisiones de la posguerra. Esa era la idea, de hecho. El campo de concentración es el reverso del campamento. El campamento une, el campo separa, atomiza, disuelve.

Las ciudades invisibles han permanecido así, invisibles y olvidadas, década tras década, cubiertas por el jabunal y el sisallo, como si siempre hubieran sido desierto. 

Ciudades invisibles e inverosímiles, como las de Ítalo Calvino. Como  Zenobia, como Leonia. Como Argia: "La tierra cubre completamente las calles, las habitaciones están llenas de arcilla hasta el cielo raso, sobre las escaleras se apoyan otras escaleras en negativo, encima de los techos de las casas pesan estratos de terreno rocoso como cielos con nubes".       

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Ortoimagenes de Pedro Rodríguez Simón.

jueves, 20 de septiembre de 2018

Arquitectura Ojo


En la visita guiada del pasado sábado conocimos a la arquitecta Susana Velasco, profesora en la Universidad Politécnica. Nos contó su trabajo registrando la arquitectura orgánica diseñada por cazadores franceses en árboles para observar, vigilar y disparar a palomas y otras aves. Una arquitectura en la que existe una simbiosis perfecta entre árbol y persona, con soluciones funcionales adaptadas a los gestos, posiciones y necesidades del cazador. Cuando nos lo contaba, no podíamos dejar de pensar en los brigadistas internacionales y los olivos del Jarama. A Susana le interesan estas arquitecturas de mediación entre el cuerpo y el paisaje, por eso ha dirigido su mirada no solo a las trincheras, sino a los y las que reexcavamos esas trincheras, amoldando nuestro cuerpo a las paredes talladas en el yeso:

¿Qué nos lleva de vuelta a estos paisajes?
Volvemos a estos campos de batalla. A un pasado que duele, y que todavía nos importa tanto. A las ruinas de un escenario gigantesco al aire libre, desmantelado después como una gran tramoya. Como un historiador, reconociendo los trazados sobre el territorio. Como un arqueólogo, buscando los fragmentos rotos y dispersos. Como un arquitecto, buscando las marcas del habitar y el construir. Reconectar con las fuerzas, gestos y redes que forman parapetos, refugios y zanjas, buscando la relación intensiva que, durante la guerra, fundió a cuerpos, arquitectura y territorio.

Construcción y uso de trincheras. Dibujos de Susana Velasco.

La posición republicana del Campillo es un buen ejemplo de este tipo de arquitectura. Como los cazadores franceses en los árboles, los soldados se integraban en un espacio diseñado para ver y no ser vistos, para camuflarse ante el peligro de los ataques aéreos enemigos. Con el frente estabilizado, durante dos años, se produjo algo así como una Guerra Fría entre los contendientes. Todos los recursos (y éstos iban aminorando con el paso del tiempo), se empleaban en la refortificación del paisaje, en el refuerzo y mantenimiento de todos estos dispositivos orientados, en gran medida, a la percepción y observación del enemigo. Las condiciones de visibilidad y visibilización de los lugares fueron una de las cuestiones clave estudiadas por la Arqueología del Paisaje. El arqueólogo Felipe Criado gusta de decir, en un alarde estructuralista, que todo lo visible es simbólico. Sí, pero aquí, todo lo visible también se puede abatir.

Tronera excavada en la roca, al E del Campillo.

Es una pasada comprobar cómo está estudiado el mínimo detalle dentro de esta escenografía. La aspillera del nido de ametralladora está orientada exactamente hacia el puente de Arganda, punto clave de la batalla del Jarama. Hacia el Este, dentro de la roca, se talló otro nido subterráneo, con una tronera que permite batir una amplia zona de la vega del Jarama. El observatorio, en la cumbre de un cantil meteorizado por la erosión, es una auténtica virguería.

Excavando el empinado acceso al observatorio.

En arqueología educamos la mirada para ver el paisaje. En la guerra pasa exactamente lo mismo. En los partes de operaciones, se recogen al detalle los movimientos del enemigo, pero también el esfuerzo de los mandos por formar buenos observadores.

Obligaciones del centinela.
Ejercicios con el visor.
Simulacro consistente en dar las señales de alarma ante la presencia de Aviación enemiga.
Educación y selección de observadores.
Forma de instalar un observatorio y forma de colocarse para observar.
Percepción de objetivos y designación de los mismos. Importancia de la observación.
Forma de utilizar los distintos camuflajes y refugios para poder observar. Talud, cesta, etc.

Inicio de excavación. Primero se construyó el observatorio, y tiempo después, en 1938, se talló la posición defensiva.

La cuestión es que había soldados que ya tenían educada la mirada, desde niños. Cazadores, pastores, zahoríes, contrabandistas e incluso ganaderos trashumantes. En la batalla de Brunete, el éxito del avance de Líster (hasta que éste, inexplicablemente, ordenó parar) se debió en parte a la avanzadilla de exploradores, todos ellos pastores, muchos de ellos gallegos. Gente apegada al campo, mucho más eficaz que cualquier vuelo de observación. Como el francotirador ruso Vasili Grigoriévich Zaitsev, héroe de la batalla de Stalingrado, que aprendió a disparar con su abuelo en los Urales.

Vista desde la aspillera del nido de ametralladora, con el puente de Arganda al fondo.

Referencias bibliográficas.
Criado Boado, F. 1993. Visibilidad y visibilización del registro arqueológico. Trabajos de Prehistoria, 50: 39-56.
Velasco, S. 2017. A partir de fragmentos dispersos. Arquitecturas de mediación entre el cuerpo y el paisaje. Madrid: Ediciones asimétricas.

Referencia documental.
Archivo General Militar de Ávila. 1086, cap. 12.






miércoles, 19 de septiembre de 2018

Educación y Descanso

Posición de El Campillo. La estructura cuadrada de la izquierda era estancia de descanso de la tropa.

En los años finales del franquismo, mi abuelo materno, tamborilero, formó parte de un grupo folklórico llamado Os Agarimos. El cuarteto se integraba dentro del marco de las actividades que el Hogar de Educación y Descanso organizaba en el barrio ferroviario de la estación de Monforte de Lemos. El régimen franquista puso a andar el Nuevo Estado inspirándose claramente en las instituciones fascistas italianas. Mussolini había creado algo parecido (Opera Nazionale Dopolavoro) para monitorizar y dirigir el tiempo de ocio de las clases populares, para domesticar a las masas obreras y convencerlas de la necesidad de tener hombres sanos, productivos, deportistas y soldados. Ellos eran la base del Imperio. Mi abuelo, que era un cachondo, siempre decía: Educación, poca, y descanso... ninguno. Eso de por el Imperio hacia Dios no iba con él. Era bajito y casi libra de la guerra, pero subieron unos centímetros la medida de corte, y lo movilizaron. Combatió en el frente del Segre. No soportaba ni a fascistas ni a carlistas. Al escarabajo rojo que fastidiaba las cosechas de patata le llamó siempre requeté. Mi abuelo era un campesino, artesano polifacético, que solo salió de su parroquia para ir a la guerra. Después, algún viaje a ver a la hija a Lugo, Barcelona, Pontevedra. Siempre le quedó la espina de ir a actuar a Caracas, en donde vivía la hija mayor.

Restos metálicos de posibles somieres en la estancia de descanso.

Como mi abuelo, miles de campesinos españoles, la mayoría analfabetos, los menos con las primeras letras, conocieron mundo en la guerra. Los que sobrevivieron pudieron reengancharse al Ejército, o reorientar el rumbo de sus vidas en las ciudades que conocieron. Yo he entrevistado a muchos de estos campesinos veteranos de guerra y todos renunciaron a otra vida, porque tenían que volver, a cuidar de la casa, de los padres viejos y enfermos, porque los hermanos habían emigrado y quedaban ellos como cabos da casa. Pienso en estos campesinos cuando leo la documentación del frente en Rivas-Vaciamadrid. Los desertores del Batallón Gallego, ubicado en el Espolón, cuentan sus vidas a los servicios de información republicanos; todos son campesinos, herreros, canteros... muchos de ellos de zonas montañosas de Ourense. A su vez, los desertores republicanos que se pasan al lado franquista también son labriegos de la Meseta Sur, de Levante, de Andalucía.

Detalle del suelo de ocupación, con un frasco de laxante y una caja de munición soviética.

Estos hombres de  la España rural, tradicional, entran de lleno en la guerra industrial. Reciben instrucción, incluso algunos aprenden a leer, manejan tecnología y armamento de última generación. En una posición de segunda línea, en un frente estabilizado como el del subsector del Piul, la documentación militar de la 18 División republicana refiere al detalle todas las actividades de formación e instrucción que formaban parte de un día marcado por paqueos aislados, algún duelo de artillería y poco más. A lo largo de 1938 nos encontramos actividades como:

Instrucción teórica sobre el tema "Maneras de orientarse y lanzamiento de granadas de mano".
Instrucción de escuadra y pelotón en orden abierto. Despliegues, avances y repliegues.
Práctica de Topografía.
Modo de hacer fuego para que este sea eficaz.
Instrucciones sobre balística.
Cómo se efectúa el asalto a una trinchera y cómo se organiza.
Cómo se pasa una barrera de artillería.


Restos de una máscara anti-gas en uno de los nuevos refugios que estamos excavando.

Incluso se organizaban marchas de 30 minutos con la máscara anti-gas puesta. Me puedo imaginar a uno de estos campesinos procedentes de zonas en las que el Carnaval rural era importante, con la careta puesta, como un peliqueiro de Laza. Poco o nada se ha estudiado sobre esta experiencia compartida, esta hibridación que se dio en la guerra entre cultura popular campesina y tecnología bélica.
Por supuesto, en los documentos aparecen más de actividades que iremos desgranando. Para nosotros es muy importante que los soldados del campamento que estamos excavando no se tomasen muy en serio aquello de Limpieza de campamento. Otra de las actividades, quizás la más necesaria, es la de descanso. En la posición del Campillo hemos excavado otra estancia, conectada con el nido de ametralladora que ya conocéis. Tenemos que imaginar a esos soldados-trogloditas, mal alimentados, comidos de la sarna y los piojos, intentando dormir en humildes camastros, tras un nuevo día de tensión, ejercicio físico e instrucción. O escribiendo una breve carta a sus seres queridos, o redactando borradores de informes diarios para los mandos. En este mundo subterráneo de yeso y margas, parafraseando a mi abuelo, Educación, alguna, y descanso, poco. El historiador Lourenzo Fernández Prieto definió a los campesinos gallegos como Labregos con ciencia. Muchos de ellos volvieron de la guerra con un bagaje que les acompañaría toda la vida.

Vista panorámica de los dos refugios que estamos excavando ahora, en el vallejo.

Referencia documental.

Archivo General Militar de Ávila, C. 1086, Cap. 12. Partes de operaciones de la 18 División, febrero a septiembre de 1938.


  


martes, 11 de septiembre de 2018

El olor de la derrota

Anuncio de Gal en la estación de metro de Chamberí.
Los años 20 supusieron una auténtica revolución en el ámbito del diseño. Cartelistas, dibujantes y artistas prestaron sus servicios a casas comerciales que se abrían al mundo del márketing y la publicidad. En la incipiente sociedad de consumo, un perfume o un agua mineral debían entrar por los ojos, no solo por la nariz o la boca. Botellas y frascos fueron un campo de experimentación, desde al art noveau a las vanguardias. La instauración de la IIª República abrió el camino a la liberación de la mujer e intentó aminorar el peso de la moral católica en la vida cotidiana. Las casas de perfumes jugaban entonces la baza de la sensualidad, de la atracción, de lo prohibido. En el Madrid de preguerra una de las firmas más importantes del sector era la Compañía Perfumería Gal, cuya fábrica en estilo neomudéjar se emplazaba junto a la plaza de Moncloa, en el Paseo de San Bernardino. Todavía se conserva un anuncio en azulejo en la estación de Chamberí. Sus productos estrella eran la vaselina y el mítico jabón Heno de Pravia. En los años 30, actrices de éxito como María Guerrero y Margarita Xirgu prestaron su voz en la radio para la promoción de Gal. Al estallar la guerra, en el verano de 1936 la fábrica es colectivizada. Sus trabajadoras corrieron a alistarse para acudir al frente. Como podemos leer en Agente Provocador, la revista Crónica se hizo eco de este hecho:
Obreras de la Casa Gal, de la fábrica de pañuelos y de otros sitios, han acudido en tropel a alistarse en el Batallón que lleva el nombre de Lina Odena, en memoria de aquella que en un frente de Andalucía supo derramar generosamente su sangre joven y ofrendar su vida en defensa del ideal.
Lina Odena era una militante comunista a la que sorprendió el golpe de Estado durante un congreso provincial en Almería. El 14 de septiembre se dio de bruces con una partida de falangistas y se suicidió de un disparo en la sien. La unidad de combate de las milicianas perfumistas no tuvo mucho recorrido. Sobre estos batallones femeninos y su coqueteo con el frente se decía en Mundo Gráfico, el 29 de julio de 1936:
Quieren luchar, quieren ir a la Sierra. Pero sin olvidarse por ello de llevar la boca pintada a lo Joan Crawford y de mirarse a hurtadillas algún rizo rebelde en el espejo que llevan en el bolsillo izquierdo del mono, sobre el corazón.
Otra gran compañía de la competencia, en aquellos años prebélicos, era la casa Parera, de Badalona. Su fundador, Joan Parera i Casanovas en la década de 1910, manejaba el discurso paternalista de la patronal catalanista católica. Cada año, por la fiesta de Santa Isabel, regalaba a cada una de sus trabajadoras un estuche personal de cosméticos variados. Can Parera alcanzó una notable proyección internacional. En mayo de 1933 el dueño invitó a las participantes del certamen de belleza Miss Europa que se iba a celebrar en Madrid. En el top de sus producciones se contaba por entonces con Cocaína en Flor (es en serio), para mujeres, perfume misterioso cuyo nombre responde a efectos desconocidos, y con un clásico para hombre-macho ibérico, Varón Dandy, perfume que por razones psicológicas atrae poderosamente a la mujer. Como hacía la competencia, Parera fichó a artistas de la época. En 1933 y 1935 sonaban dos tangos, recitados por Carmelita Aubert, en los que se cantaban las excelencias del superperfume seductor Cocaína en Flor:
Un perfume que persiste/un aroma que no cansa/una sensación que no se olvida/Superperfume Cocaína en flor.
Las necesidades da guerra llevaron a la Generalitat de Catalunya a reconvertir parte del tejido industrial. De diseñar y producir pintalabios y perfumes se pasó a fabricar en cadena granadas de mano y proyectiles. Toda una metáfora de lo que supuso el conflicto bélico.
En varias ocasiones nos encontramos en nuestras excavaciones de la guerra civil con frascos de perfume. Esta vez, el contexto es realmente sorprendente. En el nido de ametralladora del Campillo, excavado en la roca, documentamos un hogar, con salida de humos incluida. Sobre el piso de ladrillo quedó fosilizado un evento, la última comida que hicieron los soldados de la posición antes de la derrota. Unos ladrillos dispuestos de forma vertical flanqueaban una lata que en su día contuvo carne. Entre la ceniza recogemos pequeños clavos de la madera empleada en la combustión, y huesecillos de animal, restos óseos de un humilde guiso. Este verdadero bodegón bélico se completa con dos frascos de vidrio, emplazados in situ, que todavía mantienen su tapón de corcho, impregnados de un líquido que se asemeja al vino tinto. Uno es un tintero y el otro un frasco de perfume. Este último todavía conserva la pegatina promocional de la casa Parera y el sello fiscal de 15 céntimos.
Un comentarista anónimo de nuestro blog nos echaba en cara que somos muy dados a la imaginación, que lo que tenemos que aportar es información. Desconoce este amable lector que la imaginación es la herramienta historiográfica más poderosa. Nos gusta imaginar cómo y por qué llegó este frasco de colonia al frente. ¿Sería el regalo de una amante, esposa, novia? ¿Lo trajo un combatiente procedente de Levante en los primeros compases de la batalla del Jamara? Sí, la imaginación genera relatos sugerentes sobre el pasado. Parafraseando aquella película El perfume: historia de un asesino, basada en la famosa novela de Patrick Süskind, podemos escribir El perfume: historia de un soldado. Lo pudimos comprobar en la visita guiada del sábado a El Campillo, con los niños y niñas probando su olfato para la investigación. Poder acceder a los olores de la guerra. Las trincheras no olían a perfume, sino a mierda, sudor, polvo y barro. Aquí se constata una vez más la ruptura que supuso el conflicto. El hombre ideal (de una sociedad en paz) que cantaba Carmelita en 1933 en una cuña publicitaria de radio de Varón Dandy, estaba en las antípodas del hombre ideal, del hombre-guerrero que debía combatir en las trincheras.
Con la Victoria, Parera y el franquismo hicieron buenas migas y consagraron la imagen del hombre impuesta por el nuevo régimen, un hombre que no tenía ya que seducir, sino imponerse, por la violencia sin hacía falta. Una colonia para los vencedores. En cambio, el olor de la derrota quedó fosilizado en el fondo de las trincheras republicanas. Hasta hoy.
 

lunes, 10 de septiembre de 2018

Espacio multifuncional



La estructura que estamos excavando en el Campillo de Rivas Vaciamadrid es de lo más interesante. No es que aparezca una gran cantidad de material, pero está bien conservado y los materiales parecen encontrarse in situ. Los datos arqueológicos apuntan a un incendio intencionado de la techumbre para acelerar el colapso de la construcción. Encontramos un montón de carbones, incluidos restos de ramas y vigas de madera carbonizadas, todas al mismo nivel, lo que encaja bien con el derrumbe del techo. 

A lo largo de los años hemos excavado un gran número de refugios de tropa de la Guerra Civil. También de fortines. En este caso parece que se combinaron ambas funciones. Hemos descubierto una aspillera que da a una plataforma de cemento en la que debió de emplazarse una ametralladora Maxim. La plataforma se construyó utilizando traviesas de acero saqueadas seguramente de la vecina vía del tren. Junto a la aspillera aparecen algunos casquillos soviéticos de 7,62 mm disparados por la Maxim (y el fusil Mosin). 



Pero justo detrás de esta estructura tenemos una hornacina excavada en la roca, con suelo de ladrillos macizos. Sobre el hogar de ladrillos encontramos una lata (usada para calentar la comida), un frasco de colonia y un tintero. También aparecen en el refugio muelles de colchón y unos orificios practicados en la pared de roca que podrían haber servido para encajar unos camastros. En estos momentos estamos excavando una segunda estancia, que se une a la primera mediante unas escaleras talladas en la roca. Sobre las escaleras había trozos de una vasija de barro.


Esta estructura es una paradoja de la modernidad. Los arqueólogos hemos podido observar que una de las innovaciones que trajo consigo la era moderna -y que marca muy claramente el final de las sociedades tradicionales- es la aparición de espacios domésticos divididos. Cada función (cocinar, dormir, recibir visitas) tiene su propio lugar, separado por tabiques y muros que impiden la visión y garantizan la intimidad. La separación de espacios está también vinculada al desarrollo de la individualidad: si en la Edad Media (o en las viviendas campesinas de no hace mucho) compartían espacio animales y personas y poseer un dormitorio individual era un lujo de señores, en la Edad Moderna preferimos no convivir en la misma habitación no ya con vacas u ovejas, sino con otros semejantes (excepto con nuestra pareja).

La vivienda troglodita que excavamos en el Campillo combina casi todas las labores cotidianas en un mismo espacio: cocinar, comer, dormir, escribir cartas. Y las mezcla además con las actividades bélicas (vigilar, disparar, defenderse).
En un espacio de pocos metros cuadrados una podría, hipotéticamente, vivir, matar y morir. La modernidad en la guerra implica el fin de la modernidad.

miércoles, 5 de septiembre de 2018

Buscábamos reyes y encontramos campesinos


Con la arqueología sucede que en un solo lugar uno puede encontrar (casi) toda la historia de un país, como si la tierra se hubiera encargado de comprimir siglos y siglos de vidas, hechos y dramas. 

Y eso es lo que nos pasa en la Casa de la Peña Blanca.  El edificio se encuentra en el solar de la antigua Casa Real de Vaciamadrid, un palacete de verano de Felipe II donde el monarca acudía a cazar en verano. Pensamos en un principio que algunas de las paredes de Peña Blanca, con su característico aparejo toledano, podrían ser restos de la mansión real. 

Sin embargo, al poco de comenzar a excavar dimos con un muro sellado por las ruinas visibles en superficie. El muro resultó ser de una casa de piedra cogida con mortero de cal y suelo de tierra pisada. Sobre el suelo aparecieron pocos restos: alguna cerámica de cocina, pequeños trozos de cerámica vidriada, loza blanca y azul... Todo apunta a una cronología del siglo XVIII. La actual Casa de la Peña Blanca, por lo tanto, tuvo que construirse más tarde, quizá a principios del siglo XIX. Por los mapas de 1910 sabemos que la estructura estaba ya entonces en ruinas (aunque tuvo una segunda vida a mediados del siglo XX). 


Junto a la casa del siglo XVIII encontramos otra, de similares características. Los muros son algo más anchos y tienen un enlucido de cal al interior, pero se trata, sin duda, de otra vivienda humilde. Un documento de 1629 dice que junto al palacete real había "algunos mesones que allí se han hecho para las pasajeros y algunas casillas de hombres pobres y menesterosos" (1). Lo que hemos encontrado encaja bien con esta descripción. 

En el patio de la Casa de la Peña Blanca estamos haciendo varios sondeos con pala excavadora. Nuevamente, no hemos dado con el palacio de Felipe II. Pero hemos encontrado más restos de "hombres pobres y menesterosos". Mujeres y hombres humildes de tiempos más lejanos: tenemos varias fosas de época romana y un gran basurero medieval en el que aparecen muchos restos de cerámica (a torno y vidriada) y gran cantidad de fauna, sobre todo huesos de bóvidos. Los materiales apuntan hacia el siglo XIII. 


 Las vegas del Jarama y el Manzanares son testigos de una historia inmóvil, como diría el gran medievalista Le Roy Ladurie (2). Las historias de los campesinos romanos del siglo IV no debieron de ser muy distintas a las de los campesinos del siglo XIII o del XVIII. Tampoco de las que nos cuenta Faustino, un antiguo jornalero de más de 90 años que vivió en Vaciamadrid y cultivó en los latifundios del Manzanares para los señores de Madrid.



En un famoso poema, Bertold Brecht, se pregunta:

En los libros aparecen los nombres de los reyes
 ¿Arrastraron los reyes los bloques de piedra?
Y Babilonia, destruida tantas veces,
¿quién la volvió siempre a construir? 

¿En qué casas de la dorada Lima vivían los constructores?

Para Brecht son preguntas retóricas. Para los arqueólogos son preguntas a las que aspiramos a dar respuesta.
 
En la Casa de la Peña Blanca, buscábamos reyes y encontramos campesinos. 

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(1) Pérez Preciado, J.J. 1998. "Noticias en torno a la Casa Real de Vaciamadrid." Madrid: Revista de Arte, Geografía e Historia 1: 487-508.
(2) Ladurie, E. L. R. 1974. L'histoire immobile. Annales. Histoire, Sciences Sociales 29(3): 673-692.