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miércoles, 4 de julio de 2018

Asalto al Clínico

La campaña en la Ciudad Universitaria ha comenzado con hallazgos numerosos e interesantes. Hemos vuelto a trabajar en dos de las zonas que dieron mejores resultados en la pasada campaña. Y no defraudan. 

Una de ellas es la situada en las inmediaciones del gran cráter de mina junto al Clínico. Aquí descubrimos en 2017 una docena de proyectiles de artillería y granadas sin detonar y parece que no recuperamos todo lo que había. Siguen apareciendo restos de granadas, balas, espoletas y otros materiales bélicos. En un par de días de prospección con el detector hemos recogido numerosas piezas de Laffite, que se corresponderían con una decena de granadas, además de un ejemplar completo. Aparecen en un área muy localizada. Que se encuentren ahí más que en otros lados se debe en primer lugar a la transformación del campo de batalla en los años 40 y 50 por las obras de aterrazamiento y jardinamiento: solo una pequeña parte de la colina del Clínico quedó sin tocar. Y es precisamente donde estamos prospectando.

Granada Laffite completa. (c) Álvaro Minguito.
  Pero hay algo más. Seguramente si se hubiera conservado sin alterar alguna otra parte de la colina el número de hallazgos no habría sido tan grande. Si analizamos las fotos aéreas tomadas inmediatamente después de la guerra observamos que en este sector del Clínico el número de cráteres es muy superior al resto. 


Resulta que la zona está en enfilada de tiro respecto al Cerro de los Locos (un observatorio republicano) y la Dehesa de la Villa (donde había una batería artillera). Es normal, por lo tanto, que la ladera que prospectamos estuviera particularmente batida. Alcanzar otros flancos del Clínico con cañones o morteros era bastante más complicado por la ubicación de las líneas republicanas o por los obstáculos arquitectónicos o topográficos. 

Pero además se trata de una zona por la que los republicanos podían lanzar golpes de mano, porque no está protegida por una malla de trincheras tan densa como otras zonas de la Ciudad Universitaria y está muy cerca de la facultad de Medicina, que se mantuvo en manos del Ejército Popular durante toda la guerra. De ahí que recuperemos una cantidad tan grande de Laffite: eran seguramente las que lanzaban los centinelas de la primera línea franquista. Y también se explica que aparezcan tantos restos de mortero: además de para hostigar a las tropas del Clínico, se utilizarían para cubrir los asaltos republicanos.

Viendo el éxito del año pasado, seguro que un par de días tenemos media docena de granadas de artillería sin explotar. Les amargamos el mes de julio a los TEDAX.

lunes, 14 de mayo de 2018

CSI Repil (I)


A lo largo de todos estos años hemos excavado escenarios de la guerra civil por distintas zonas del Estado, a bordo de vehículos que lucen el logo del CSIC. En la tradición oral de esos sitios nos conocen ya como el CSI. Al fin y al cabo nosotros también somos detectives que reconstruimos microeventos y escenarios de combates y de crímenes que tuvieron lugar hace 80 años. Nuestra segunda campaña arqueológica en la casa de los Amaro en Repil ha contribuido, y de qué manera, a consolidar esta imagen de los arqueólogos como criminalistas del CSI televisivo.


A veces en la arqueología de campo los planes salen bien. En Galicia llevaba lloviendo desde enero. El sol apareció el primer día de excavación y desapareció al acabar la última jornada. Además de esta climatología aliada, nuestro trabajo contó con un acicate más. Por primera vez teníamos ante nosotros la orografía original del terreno en el que tuvieron lugar los combates del 20 de abril de 1949. El incendio de octubre del año pasado llevó a la deforestación de todo el entorno. Empresas madereras se apresuraron a talar los pinos quemados, días previos a nuestra llegada. Así pues, las condiciones en abril de 2018 eran muy diferentes a aquellas de junio de 2016, cuando desembarcamos en unas ruinas rodeadas de vegetación y colmatadas por escombros. En aquel entonces excavamos hogueras de cazadores de los años 70, las cuadras, y el suelo de ocupación de la década de 1950 del salón-comedor, cuando Teresa López Ayán volvió de la cárcel de Las Ventas para rehacer su vida en su casa. El último día localizamos un casquillo en el exterior del acceso al patio. La gente dejaba de creer en los agentes CSI: No váis a encontrar nada, nos decían. Nos daba igual. El mero hecho de centrar la atención pública en este sitio, de recuperarlo como lugar de memoria, era más importante que cualquier hallazgo.


Pero a la segunda fue la vencida. Diseñamos una secuencia operativa que planteaba las siguientes actuaciones:
0. Fotointerpretación de las fotografías aéreas disponibles desde la década de 1950.
1. Excavación en área de la entrada al patio desde la huerta.
2. Sondeos arqueológicos en los basureros de la vivienda y en el canal de desagüe del muro NW.
3. Prospección de cobertura total con el detector de metales en la zona de la huerta y prospección intensiva de todo el entorno.
4. Prospección geofísica con gradiómetro del espacio ubicado entre las dos viviendas de Repil.
El objetivo fundamental era contrastar la información aportada por la tradición oral y por el testimonio de dos testigos oculares del combate, dos chavales que en 1949 vivieron de cerca lo que allí pasó. Uno de ellos falleció hace año y medio y el otro todavía está vivo. Los dos se negaron a que se les mencionase en público. Todo un ejemplo de cómo el miedo y el silencio impuestos por la represión franquista sigue perviviendo en el rural de este país en pleno siglo XXI. A su vez, también queríamos cotejar la realidad aportada por la materialidad con la versión oficial de la Guardia Civil y el propio relato que corrió entre los compañeros guerrilleros de los que aquí murieron.

El lugar habitado de Repil, en el vuelo americano de mediados de los años 50. 

Los resultados han sido más que sorprendentes, si tenemos en cuenta una cosa. Desde el 20 de abril de 1949 todo este espacio ha sufrido alteraciones de calado. La casa fue reocupada por la familia hasta 1964. Se hicieron obras en la línea férrea y en la carretera, acondicionamiento de cunetas y rellenos. Llegó la repoblación forestal y sucesivos incendios desde la década de 1970 se cebaron con todo este despoblado. La extinción del último incendio de octubre conllevó el empleo de maquinaria y la apertura de pistas. La reciente deforestación también ha alterado todo el entorno. Por no hablar de los procesos erosivos producidos por el fuego y los arrastres provocados por las lluvias de los últimos meses. A pesar de todo ello, pudimos reconstruir el escenario del crimen, con éxito.

El despoblado de Repil en la década de 1980.

lunes, 30 de octubre de 2017

En el valle de las rosas

Hoy he entendido porque esta zona en la que trabajamos se llama Los Rosales. En los cauces de los arroyos, secos durante la mayor parte del año, crecen rosas silvestres. Estamos en otoño, así que no se ven flores, pero sí  escaramujos -el fruto del rosal- que son de color rojo intenso.

En enero de 1939 no debía quedar un solo arbusto en los cauces, machacados por la artillería franquista y pisados por las botas de miles de soldados republicanos. Los arroyos se utilizaron a modo de trincheras de circulación para llegar al frente -al matadero más bien. Y de hecho, parece que su cauce está modificado para facilitar el movimiento de tropas. Por estos ríos-trinchera bajaron como un aluvión los heridos desangrándose, los soldados desmoralizados, los muertos arrastrados por sus camaradas.


En los cauces encontramos cartuchos perdidos y balas pero sobre todo metralla, proyectiles de artillería y granadas de mortero: las que hostigaron a los republicanos en retirada y se cobraron más víctimas entre los ya vencidos. Un proyectil de Schneider de 77 mm sale prácticamente entero. La metralla de 75 mm es ubicua, como los trozos de Valero de 81 y 50 mm.  



En los escenarios de la Primera Guerra Mundial se dio un fenómeno curioso. Después de los combates, el paisaje lunar se cubría de amapolas. El campo de batalla removido una y mil veces por las explosiones se convirtió en un terreno ideal para las flores. De hecho, algunos botánicos hablan de "flora obsidional" para referirse a la vegetación que surge en los paisajes de guerra industrial (de obsidio/obsidionis en latín: "cerco", "asedio"). El poema In Flanders fields de John McCrae (1915) consagró a las amapolas como metáfora de la sangre vertida en las trincheras: 
"En los campos de Flandes vibran las amapolas
entre las cruces, hilera tras hilera,
que marcan nuestro lugar, y en el cielo
la alondra aun canta y valiente vuela
apenas audible bajo los cañones.

Somos los muertos. Hace pocos días
vivíamos, sentíamos el alba y el ocaso,
amábamos, nos amaban y ahora yacemos
en los campos de Flandes".
Los británicos recuerdan a sus caídos en la Primera Guerra Mundial con la amapola. Es su símbolo de la memoria. Para el poeta de origen judío Paul Celan la amapola representa más bien la posibilidad de  la vida tras el trauma de la violencia -su familia fue exterminada por los nazis. "Es hora de que la piedra se apreste a florecer" escribe en su poemario Amapola y Memoria (1952). Es hora de que se abracen la vida y la memoria.

La rosa silvestre es nuestra amapola. No es una flor fácil. Uno se enreda en los rosales cuando trata de moverse por el cauce, los aguijones se agarran a la ropa como colmillos y cuesta librarse de ellos. Por eso se le llama rosa canina, por sus espinas como dientes. Al intentar separarlas, se clavan en los dedos. Y duele.

miércoles, 19 de octubre de 2016

San Pedro: un patrimonio en peligro

El  monte de San Pedro [Google Earth]

Al hecho de que los y las que nos dedicamos a la arqueología de la guerra civil tenemos que lidiar con contextos conflictivos, cabe añadir una segunda cuestión no menos importante: salvo en contadísimas ocasiones, estos restos no tienen ninguna protección legal, porque oficialmente no son considerados patrimonio. El caso del campo de concentración de Castuera (Badajoz, Extremadura), declarado BIC, es una excepción a la regla. En la inmensa mayoría de casos, los gobiernos autonómicos no exigen presentar un proyecto arqueológico para intervenir en escenarios de la guerra civil. Este vacío legal incide y mucho en la percepción colectiva de los restos del conflicto. La propia Guardia Civil opta siempre por la destrucción (no sólo desactivación) de artefactos por su nulo valor patrimonial. Así mismo, cualquier propietario que tenga un búnker en un terreno de su propiedad puede dinamitarlo sin ningún tipo de problema, ya que no está cometiendo ningún delito.
Cabe recordar que los restos de la guerra civil que han llegado hasta nosotros lo han hecho de manera casi milagrosa. Como en el caso de las estructuras de hormigón del frente de Araba, durante la dura postguerra fueron amortizados tanto elementos constructivos, como objetos metálicos abandonados en las posiciones, metralla y munición. Así mismo, la construcción de infraestructuras y embalses durante el franquismo se ha llevado por delante amplios espacios que formaban parte del paisaje bélico de 1936-1937. Dentro de este contexto general, los restos del monte de San Pedro y su entorno se han preservado a pesar de repoblaciones forestales, apertura de pistas y tareas agrícolas en las campas adyacentes.


Primera línea de frente en los Roturos de San Pedro.


Sin embargo, cabe reseñar la principal afección que está sufriendo este tipo de yacimientos arqueológicos recientes en los últimos años, vinculada al proceso de patrimonialización desatado desde la propia sociedad civil. Aficcionados y colectivos sí consideran estos restos como patrimonio histórico. Este fenómeno se ha desarrollado de manera notable en Euskadi, sobre todo en la zona de Bizkaia. Cada primavera se conmemora la ofensiva franquista en distintas localidades (Ugao-Miraballes, Durango, Amorebieta, Galdakao, Berango, Elgeta en Gipuzkoa...) se rinde homenaje a las víctimas de los bombardeos fascistas, se organizan Semanas Históricas, recreaciones y visitas a los escenarios de la guerra (tramos del Cinturón de Hierro, campos de batalla, etc…). Este interesante proceso ha conllevado a su vez la acción sistemática sobre estos sitios de aficcionados a la militaria, detectoristas que nutren sus colecciones particulares con los hallazgos efectuados en los escenarios de la guerra civil.
El impacto de esta actividad no regulada (pero legal) es tremendo sobre los restos materiales del conflicto. En nuestra última visita de campo a varias cotas del frente de Araba hemos podido comprobar la escala de este tipo de actuaciones que destruyen el registro arqueológico para siempre.

Reciente remoción de tierras en un tramo de trinchera del monte de San Pedro.

Creemos, por tanto, que este proyecto arqueológico es una buena oportunidad para revertir esta situación y abrir vías de colaboración entre científicos, asociaciones y aficcionados, un camino que puede dar resultados, como hemos podido comprobar en otros contextos (Alto Tajuña, Guadalajara o Belchite, Zaragoza). 
Un estudio arqueológico integral del paisaje bélico del monte de San Pedro es la mejor garantía para generar un registro riguroso, generar conocimiento científico y sentar las bases para la correcta preservación y puesta en valor de unos restos que son patrimonio público, de todos.

sábado, 23 de julio de 2016

Aquí también se hizo Historia

Un visitante nos comentaba el otro día que en las trincheras que excavamos en Casa de Campo no hubo apenas combates. La falta de referencias sobre este sector durante los combates de noviembre del 36 en torno a Madrid es lo que nos podría hacer pensar. La realidad, sin embargo, se resiste a obedecer a los documentos. Y la arqueología trabaja con la realidad, con las cosas mismas -no con los discursos sobre la realidad (sean órdenes militares, noticias de periódicos o memorias).  

El mapa de distribución de hallazgos que nuestro colega Manuel Antonio Franco va creando a partir de los datos recogidos en el campo es elocuente. Indica sin lugar a dudas que en Casa de Vacas se combatió. Mucho. Casi no hay un palmo de terreno que no contenga un trozo de metralla una bala o un casquillo. Y eso que lo que nosotros registramos arqueológicamente es lo que ha quedado, no lo que existió. Es lo que ha sobrevivido a los servicios de recuperación del ejército, a años de chatarreo, décadas de paseantes curiosos y niños que jugaban en las trincheras. 
 Cola de una granada de mortero Stokes aparecida en prospección

La arqueología, lo hemos dicho muchas veces, no va a cambiar la gran historia de la Guerra Civil. Pero puede ayudarnos a descubrir escenarios olvidados, donde la gente luchó, sufrió y murió exactamente igual que en los más conocidos. Al excavar Casa de Vacas reivindicamos la memoria de sus combatientes y el papel que desempeñaron en la Historia.

jueves, 21 de julio de 2016

Combatir en 1936

La trinchera de Casa de Vacas sigue revelando sus secretos. A estas alturas, la aparición de guías de peine de fusil Enfield ha dejado de ser una novedad. Las contamos por cientos - testimonio de la intensidad de los combates librados por los brigadistas contra los sublevados en noviembre de 1936. Lo que sí supone una novedad es encontrarse elementos del propio rifle. En concreto, hemos descubierto la mira frontal de un Enfield Pattern 14. Y aparece en un puesto de tirador, junto a abundantes guías de peine y casquillos percutidos.

Mira de Enfield P14


Fotografía de un Enfield P14 en el que se aprecia la mira frontal. 

También son un hallazgo notable dos cargadores completos del mismo rifle colocados sobre el parapeto y que conservaban restos de la cartuchera de tela que los contenía. Los Pattern 14, como ya hemos indicado, son fusiles que aparecen con frecuencia en las fotografías de brigadistas tomadas en la Casa de Campo en noviembre de 1936.

Uno de los peines de Enfield abandonados sobre el parapeto
 
Los caquillos del calibre 0,303 que registramos, sin embargo, no fueron disparados en su totalidad por el Enfield. En una zona de la trinchera al menos creemos que son el resultado de fuego efectuado con una ametralladora Lewis, otra arma protagonista de los enfrentamientos en Madrid en otoño de 1936. La marca de la percusión es significativamente más profunda que en las vainas disparadas por rifles y está desviada del centro del culote.

Soldados armados con fusiles Enfield y ametralladora Lewis. Las cartucheras del Enfield son como la que hemos encontrado en la Casa de Vacas

En dos puntos de la trinchera hemos documentado golpes de mano que estuvieron a punto de resultar en la toma de la posición por parte de los sublevados. En estos puntos encontramos numerosos fragmentos de granada. En uno de ellos aparecen elementos de tonelete, Laffite y Quinto Regimiento. En el otro, Quinto Regimiento y FAI. Prueba evidente de que defensores y atacantes se enfrentaron cara a cara, probablemente en algún asalto nocturno. La granada FAI es una de bomba de mano diseñada por el primo de Francisco Franco, Ramón, y puesta al servicio de los anarquistas en 1931.

Fragmento de granada FAI aparecido en el parapeto  de la trinchera

Funcionamiento de la FAI

Se la conocía como La Imparcial porque causaba casi tantos estragos entre los usuarios como entre los enemigos.  

Junto a los restos de granadas aparecen, por supuesto, cientos de balas. Los atacantes contaban con fusiles Máuser de 7 mm, que es la munición que aparece con más frecuencia impactada frente a la trinchera repúblicana. El Máuser era el arma estándar del ejército español en la época. 

Los republicanos además de Enfield utilizaban fusiles bastante anteriores a 1914. En concreto, de 1870: se trata de los Vetterli Vitali, de los que hemos encontrado una bala impactada a unos 30 metros del parapeto. Seguramente es el reflejo de un brigadista haciendo tiro rasante sobre los asaltantes que se le echaban encima.

Munición empleada en los combates de Casa de Vacas y aparecida en la prospección frente al parapeto republicano: balas de Mosin (1), guía de peine de Enfield (2), Lebel (3), Máuser de 7 mm (4) y Vetterli Vitali (5)

Los Vetterli hicieron un largo camino: obsoletos ya en la Gran Guerra, Italia los envió a Rusia en 1916 (ambos eran aliados en la lucha contra Alemania y el Imperio Austrohúngaro). Los rusos a su vez se los vendieron a la República como parte de su operación de limpieza de arsenales. Fueron de los primeros fusiles en llegar: más de 13.000 entraron en España el 4 de octubre de 1936. Los Enfield no llegaron hasta tres semanas más tarde, cuando los sublevados se encontraban ya a las puertas de Madrid. Las armas de infantería más modernas de la URSS, de hecho, solo empezarían a enviarse a España en enero del año siguiente.

Al excavar un campo de batalla de comienzos de la guerra nos encontramos con un panorama mucho más diverso que el que se daría a partir de 1937. Combatir en el 36 fue una mezcla de pelea callejera, violencia colonial y lucha de trincheras. Todavía faltaba un poco para que la Guerra Civil Española se convirtiera en el preludio de la Segunda Guerra Mundial.

miércoles, 13 de julio de 2016

Apátridas

Boris Koseleff, apátrida del Batallón Edgar André, caído en la Casa de Campo

La posición de Casa de Vacas que estamos excavando la ocuparon brigadistas del batallón Edgar André. La mayor parte eran alemanes pero también había yugoslavos, húngaros, griegos y españoles. 52 brigadistas del André murieron en combate y 140 cayeron heridos en menos de un mes, entre el 9 de noviembre y el 5 de diciembre de 1936. En la lista de caídos varios figuran como staatenlos. Apátridas. Un estatus con resonancias románticas pero que resulta trágico en una sociedad donde la pertenencia a un Estado  garantiza los derechos básicos. Los apátridas centroeuropeos del siglo XX, como Hannah Arendt o Stefan Zweig, lo saben bien.

Los apátridas del Edgar André combaten en una guerra que puede ser perfectamente la suya, porque no pertenecen a ningún lugar. Lo han perdido todo, excepto la vida. Por ahora.

Los alemanes, los yugoslavos, los húngaros y los españoles luchan codo con codo en una trinchera de 300 metros en la Casa de Campo.  Se enfrentan a una lluvia de balas, granadas de mortero y disparos de artillería. "Desde el amanecer hasta el anochecer no paró ni un solo momento el fuego de los morteros y de la artillería", escribe el jefe de la primera compañía, Philipp Shuh. Y damos fe de ello. Frente a los parapetos de la trinchera que excavamos aparecen cientos de fragmentos de metralla. 

Los brigadistas comienzan a caer: "Un camarada ocupa mi antigua tronera", prosigue Schuh, "Unos momentos después lo veo tambalearse, su cara muy ensangrentada; tiene una herida grave en la mandíbula. Pocos momentos después cae herido nuestro camarada Mathes. Dos balas le habían atravesado los riñones. Muere en nuestros brazos".

Los brigadistas mueren y matan. Disparan tiro tras tiro y los cargadores de Enfield van cubriendo los parapetos y el suelo de la trinchera. Esto no lo dice Shuh, pero lo sabemos nosotros: porque lo excavamos y lo vemos con nuestros propios ojos. Las guías de peine se cuentan ya por decenas y apenas hemos comenzado la excavación. 

Guías de fusil Enfield calibre 0,303

Guías in situ en la trinchera


El enemigo está a menos de 40 metros, dice Shuh. A mucho menos a veces, decimos nosotros: algunas balas de ametralladora disparadas desde la trinchera se encuentran impactadas sobre el suelo a poca distancia, prueba de que se disparaba a tiro rasante porque el enemigo ya estaba encima. Y mejor prueba que esto, la granada que encontramos a 20 metros del parapeto. Es una Quinto Regimiento, la bomba de mano que los republicanos tienen que improvisar en el último minuto porque el Ejército de África amenaza Madrid y no hay armas suficientes para pararlo. Y a falta de algo mejor, se cortan tubos de calefacción de tren, se rellenan de pólvora y se les pone una mecha. Un arma tosca para una guerra salvaje.



Los yugoslavos, los alemanes y los húngaros se defienden de los españoles y marroquíes, que avanzan implacablemente, usando fusiles británicos comprados a la Unión Soviética que disparan cartuchos estadounidenses que son excedentes de una guerra en Francia. Y mientras algunos no tienen patria, otros tienen patrias fuera de lugar, o patrias confundidas y la patria de los objetos, que está siempre clarísima, y las de las personas, tantas veces en duda, se mezclan aquí, en la Casa de Campo, en el fragor del combate.

Y resumen, de golpe, la historia del siglo XX.

jueves, 7 de julio de 2016

Granadas, pistolas y tiros de Enfield

Cartucho de pistola aparecido en prospección

Comentábamos en una entrada anterior que en la prospección que estamos llevando a cabo en la zona noroeste de la Ciudad Universitaria nos estamos encontrando huellas de un ataque de los sublevados que penetraron por este sector bastante más de lo que pensábamos. 

Prueba de ello eran las balas de calibre 0,303 que disparaban los fusiles usados por los brigadistas en la Batalla de Madrid (14-23 de noviembre de 1936), una cola de mortero Valero de 50 mm y, el argumento quizá de más peso, una chapa de bomba Lafitte, usada por los sublevados y que es indicadora de combate a corta distancia.

La prospección sigue deparando materiales que corroboran esta hipótesis. Hemos vuelto a encontrar otra chapa de Lafitte, lo que refuerza la idea de un asalto con granadas. También una pieza de la granada polaca wz. 31. 

 Chapa de Lafitte con el sómbolo de artillería
 
A la munición de fusil ya registrada se añaden ahora una bala de 9 mm largo disparada y un cartucho de 9 mm sin disparar, lo cual incide en la idea de combates cara a cara. 


Bala de 9 mm disparada

Otro hallazgo de interés es una guía de peine de Enfield, en muy mal estado pero reconocible:


Decíamos en la entrada anterior que los soldados podían ir armados con M1917 Enfield, pues este fusil aparece en las fotos históricas de la batalla de Madrid y disparaba balas de 0,303. Sin embargo, este era también el calibre de los rifles británicos SMLE, Lee Enfield y Pattern 1914 Enfield, todos los cuales se usaron en la Guerra Civil y se cargaban con el clip que acabamos de documentar en prospección. Hay que tener en cuenta que el M1917 es una modificación estadounidense del Pattern 14, con lo que es fácil confundirlos en fotografías de época.

Pattern 1914 con su cargador característico

Sea como sea, parece cada vez más claro que aquí, hacia el 18 o 19 de noviembre de 1936, contingentes de brigadistas y legionarios se liaron a tiros de fusil y pistola y granadazos y que del encuentro salieron victoriosos los primeros, pues la zona quedó en manos de la República hasta el final de la guerra.

lunes, 4 de julio de 2016

Los legionarios entran en Madrid

Bala de 0.303 encontrada en prospección 
El trabajo arqueológico empieza a dar resultados sorprendentes. La prospección con detector en el sector en donde estamos excavando ha suministrado una gran cantidad de material bélico. Estamos sorprendidos, de hecho, porque las trincheras republicanas aquí se encuentran a cerca de dos kilómetros de las líneas sublevadas.

En una zona de unos 600 metros cuadrados hemos encontrado cerca de 120 balas de diversos calibres en apenas unas horas de prospección. El grueso de los proyectiles muestran huellas de impacto y pertenecen al calibre 7 x 57 mm. Pudieron ser disparados por Máuseres españoles o por ametralladoras Hotchkiss y prácticamente en cualquier momento de la guerra. También descubrimos numerosas balas del fusil francés Lebel de 8 x 50 mm e incluso un par de proyectiles de Mosin Nagant que no solo se encuentran disparados, sino deformados por impacto. 

Pero la munición más interesante no es esta, sino la de calibre 0.303, de la que hemos topado en torno a una decena. Esta munición la disparaban, entre otras armas, el Enfield M1917 norteamericano. Todas las balas están disparadas (tienen las estrías marcadas del ánima del cañón), pero apenas muestran huellas de impacto, lo que indica que viajaron desde relativamente lejos y llegaron a la zona en que trabajamos sin apenas energía cinética.

El Enfield M1917 es una arma usada por los republicanos, que recibieron cerca de 30.000 de estos rifles. Lo más interesante es que en las imágenes de la Batalla de Madrid las tropas internacionales aparecen armadas con frecuencia con estos fusiles. 

Soldados del batallón Rakosi armados con M1917 durante la Batalla de Madrid (sbhac.net)


Sabemos que en el sector de Puerta de Hierro, que engloba la zona en la que investigamos, se desplegaron los polacos del batallón Dabrowski los primeros días de la Batalla de Madrid. Es muy posible, por tanto, que la munición que hemos documentado se asocie con los internacionales que detuvieron el ataque sublevado. 

La zona donde aparece la mayor parte de las balas es significativa. Se extienden por la parte superior de un espolón que apunta hacia el Manzanares. Da la impresión de que las tropas republicanas estaban tratando de hacer blanco sobre un objetivo que se movía sobre esta elevación.



En la misma zona ha aparecido una cola de mortero Valero de 50 mm. Un arma de alcance corto (no más de un kilómetro) y que suele aparecer en contextos de frente móvil. Lo que nuevamente nos sitúa en los inicios de la guerra en Madrid.

 Cola de Valero de 50 mm

Eso significaría que los legionarios habrían entrado ya por la carretera de la Dehesa de la Villa y se encontrarían, por tanto, muy cerca de las primeras casas de la capital ¿Tenemos otros datos que corroboren esta hipótesis? Pues sí. Un dato en forma de granada:

Se trata de una placa de bomba Lafitte, la granada ofensiva utilizada masivamente por el ejército sublevado. La encontramos a escasa distancia de las balas de 0.303. Las granadas son un excelente indicador de combate a corta distancia. Los legionarios tenían que estar en el cerro que prospectamos. Y solo pudieron estar allí durante los primeros días de la Batalla de Madrid, porque este sector queda pronto en manos republicanas y se fortifica rápidamente.

Los brigadistas consiguieron repeler a los atacantes, que se retiraron más allá del Manzanares.  

Este testimonio arqueológico es del mayor interés, porque sitúa a las tropas sublevadas más cerca de Madrid en este sector de lo que habitualmente se piensa: se suelen describir los combates como si tuvieran lugar entra la Puerta de Hierro y el Puente de San Fernando. Es más, la zona raramente aparece en los mapas de los libros de historia, que suelen reflejar solo la parte central de la Ciudad Universitaria.

Con la arqueología ponemos en el mapa, literalmente, una pequeña historia de la Guerra Civil que quizá pudo cambiar la Historia.

domingo, 11 de enero de 2015

Detectoristas y arqueólogos

Excavación irregular de un campo de batalla en Rusia. La ausencia de la arqueología académica ha dejado la arqueología del siglo XX en el país en manos de aficionados y expoliadores.

Uno podría pensar que nuestro trabajo arqueológico, dado que trata temas tan espinosos como la Guerra Civil y la dictadura franquista, suscitaría polémicas de carácter fundamentalmente político. En parte es así. Sin embargo, parece que a los que causamos mayor irritación es a los aficionados al detector de metales.

No deja de ser curioso. Al contrario que otros arqueólogos que consideran que la única relación posible con los aficionados al detector pasa por enviarlos a la cárcel, haciendo cumplir estrictamente la legislación vigente, en este proyecto siempre nos hemos mostrado dispuestos a colaborar con el colectivo, que entendemos que es heterogéneo como cualquier otro: hay detectoristas honrados y respetuosos y los hay que no o no siempre. Desde el año 2008 hemos colaborado al menos en tres ocasiones con grupos de aficionados con la idea de que la experiencia fuera fructífera para ambas partes.

Además de estar dispuestos a cooperar, entendemos perfectamente que la protección patrimonial de los vestigios de la Guerra Civil haya supuesto un shock para muchos, pues hasta hace nada las granadas y los casquillos se consideraban simple chatarra. Sin embargo, conviene recordar que no somos los arqueólogos los que estipulamos qué es o qué no es patrimonio cultural. Es la sociedad la que toma esta decisión y crea las leyes necesarias para que se proteja a través de los representantes políticos que las aprueban en los parlamentos. Los arqueólogos simplemente estudiamos y gestionamos lo que la sociedad en su conjunto decide qué debe ser preservado como parte de nuestra herencia común.

Decir que uno tiene derecho a expoliar trincheras porque hace 15 años los restos bélicos se consideraban chatarra sería equivalente a justificar que se destruyan teatros romanos para reutilizar el mármol porque hace 100 años se  veían como simple escombro. Esa lógica también permitiría a un constructor demoler un refugio antiaéreo de la guerra para construir un aparcamiento (y de hecho lo ha permitido hasta hace bien poco). A partir de un determinado momento, sin embargo, los españoles decidimos que los teatros romanos eran parte de nuestro legado cultural común y debían ser conservados. De la misma manera, también decidimos que los vestigios de la Guerra Civil Española no eran chatarra o escombro para que cada uno hiciera con ellos lo que le viniera en gana sino patrimonio común. En este proceso de valoración, muchas asociaciones han tenido un papel relevante. También, paradójicamente, los propios detectoristas. 

En este blog hemos tratado de explicar lo que significa realizar una de estas excavaciones o prospecciones clandestinas, furtivas, ilegales o como queramos denominarlas: significa, por un lado, perder una gran cantidad de información histórica y, por otro, privatizar algo que es, por definición, de todos. Los arqueólogos no nos quedamos los objetos que encontramos: los depositamos en museos o en el lugar que nos indique la legislación correspondiente. En algunos casos, como la prospección que realizamos en Mediana de Aragón en 2014, ni siquiera nos llevamos los artefactos. Los dejamos en el sitio para que el paisaje siga preservando la huella de la historia. Que las piezas no estén expuestas en los museos, por otro lado, no quiere decir que no existan o que estén vedadas al común de los mortales: uno puede solicitar siempre el acceso a las colecciones arqueológicas depositadas en los museos, que son instituciones públicas al servicio de todos.

Se nos dice que los detectoristas realizan una labor importante dando a conocer restos que si no permanecerían ocultos. Nuestra respuesta es: no tenemos prisa. Igual que ahora excavamos campamentos romanos de hace dos mil años, nuestros colegas del año 4000 podrán seguir investigando trincheras de la Guerra Civil, si se las dejamos. Para nosotros es más importante que lo que se descubra se descubra con método, que el hecho del hallazgo en sí mismo. Por muy espectaculares que sean, la mayor parte de los objetos descontextualizados no nos dicen nada. Esto es muy cierto en el caso de la Guerra Civil, donde ya conocemos bien la cultura material que se utilizó. Un fusil o una granada en sí mismos no aportan apenas información, salvo casos excepcionales. En su contexto, en cambio, pueden contar historias extraordinarias.

Para hacernos una idea de lo que supone una intervención irregular en un sitio de la Guerra Civil llega con observar las siguientes imágenes:




Los primeros dos planos corresponden a la paridera de la Enebrá, tal y como la documentamos durante nuestras excavaciones. La investigación ha permitido reconstruir en detalle  las operaciones bélicas que se desarrollaron en este lugar en abril de 1938, así como el trágico final de varios de los combatientes. Los detalles se pueden consultar en los informes que hemos hecho públicos en el repositorio digital del CSIC. Ante la ausencia de documentación de archivo, la arqueología aquí es la única fuente para contar la historia de esta batalla con detalle.

El tercer plano muestra la paridera de la Enebrá sin objetos. Es un edificio sin más, una estructura despojada de su historia. Imposible saber qué es lo que pasó exactamente en ese lugar. Normalmente los detectoristas no se llevan sistemáticamente todos y cada uno de los objetos de un yacimiento. Pero entre lo que se retira y lo que se remueve puede resultar extremadamente difícil la reconstrucción arqueológica: los sitios expoliados se parecen mucho al tercer plano.

Esta entrada viene al caso de un reciente artículo publicado por el arqueólogo danés Andres S. Dobat, de la Universidad de Aarhus. Dobat, antes de ser arqueólogo, fue detectorista, así que posee una visión privilegiada de ambos mundos. Con esta perspectiva nos habla de la peculiar experiencia con los detectores en Dinamarca, un país donde su uso es perfectamente legal, siempre y cuando no se utilicen sobre yacimientos arqueológicos conocidos.

Los detectoristas respetan casi siempre la legislación de forma escrupulosa y los arqueólogos, por su parte, están casi siempre dispuestos a colaborar con los detectoristas. Gracias a esta cooperación, la arqueología de Dinamarca se ha enriquecido con hallazgos espectaculares durante las últimas décadas. Es más, buena parte del conocimiento de la Edad del Hierro o de la época vikinga procede de descubrimientos realizados por aficionados al detector. La práctica se encuentra perfectamente regulada y los detectoristas aceptan las normas: los hallazgos deben registrarse cuidadosamente con un GPS y todos los datos sobre el lugar del hallazgo y el objeto en cuestión se incluyen en un formulario. Los "tesoros" se llevan a continuación al museo más cercano donde se tasan: el detectorista recibe una cantidad de dinero por ellos. La mayor parte de los objetos, sin embargo, son de escaso valor económico y la recompensa es, en consecuencia, pequeña, pero ello no impide que la gente cumpla con los protocolos y registre y entregue los materiales en el museo.

Según Dobat, el sistema danés funciona por varios motivos:

1) Los aficionados son conscientes del valor patrimonial de sus hallazgos y para ellos es un orgullo contribuir a la historia de su país. El placer de encontrar objetos históricamente valiosos, el que se reconozcan públicamente sus hallazgos, y la posibilidad de colaborar en la producción de conocimiento son para ellos los principales alicientes, por encima del interés económico o la propiedad privada del hallazgo.

2) Los museos, como en general las instituciones en Dinamarca, funcionan bien y cuentan con la confianza de la sociedad, que entiende que están a su servicio. La mayor parte de los museos son muy activos dentro de las comunidades locales y disponen de planes de difusión y colaboración pública.

3) Generalmente, los restos arqueológicos del país poseen reducido valor económico y no existe por tanto un mercado desarrollado para las antigüedades locales.

Andres Dobat considera que el modelo de Dinamarca no es necesariamente extrapolable a otros países y señala específicamente al Mediterráneo como una región donde no parece muy probable que el modelo pueda implantarse. Nos encantaría poder llevarle la contraria y demostrar al mundo que también en este país del sur de Europa es posible la colaboración fructífera entre arqueólogos flexibles y detectoristas concienciados. Permitir el uso del detector a condición de que no se emplee sobre sitios conocidos y de que se documenten los hallazgos beneficia a todo el mundo. Nosotros estamos dispuestos a llevar a cabo el experimento. Pero no depende solo de nosotros: también de las instituciones (museos, servicios de patrimonio), los legisladores, otros arqueólogos y, sobre todo, de los detectoristas. 

sábado, 4 de octubre de 2014

Connecting People

La paridera de la Enebrá, escenario de la Batalla Olvidada.

Hoy hemos vuelto a la Enebrá, un espacio vinculado directamente a los combates de la Batalla Olvidada. Los fieles seguidores de este blog seguro que os acordáis de la paridera en la que soldados franquistas fueron masacrados en el inicio de la ofensiva republicana. Esta mañana hemos llevado a cabo una prospección extensiva de los alrededores de este sitio acompañados de aficcionados y detectoristas vinculados muchos de ellos a la asociación Frente de Madrid. Es de sobra conocida la tensa relación entre los detectores de metales y los arqueólogos. Las prácticas futivas en yacimientos arqueológicos (a menudo reflejadas en los medios de comunicación) se vinculan directamente con un uso ilícito de estas herramientas. De ahí la prevención de muchos colegas de la profesión ante aquellos aficcionados al mundo de la guerra civil española. En todo caso, el vacío legal existente hace que las materialidades del conflicto no gocen de una consideración patrimonial. Por lo tanto, de entrada, nadie está cometiendo ningún delito. Ante esta cuestión, nuestro equipo de trabajo cree firmemente en una Arqueología Pública que dé cabida a todos los agentes implicados en el proceso de patrimonialización de la guerra civil española. Conocernos ayudará a superar prejuicios y suspicacias; compartir experiencias puede contribuir a una concienciación patrimonial; trabajar juntos nos permite aprender, a todos. Contamos con buenos precedentes, como el proyecto de prospección en los frentes de Bizkaia en el que participan detectoristas y arqueólogos de la Sociedad de Ciencias Aranzadi, bajo los auspicios del Gobierno vasco.

Detectoristas y arqueólogos en la Enebrá.

Nuestro objetivo hoy fue georreferenciar con GPS los puntos señalados por los colegas detectoristas con vistas a elaborar un plano de detalle de los combates en el entorno de la paridera. Hemos registrado desde los contornos de los cráteres producidos por impactos de artillería, hasta los numerosos restos de metralla esparcidos por toda la zona.
Recogida y georreferenciación del material documentado con detector de metales.

El terreno aparece plagado de impactos de bombas de aviación, morteros y granadas de artillería. Los cartuchos, casquillos percutidos y proyectiles nos indican bien a las claras las armas con que contaban los soldados republicanos. Hemos documentado casquillos de Lebel (WESTERN 1918), Mosin-Nagant e incluso munición mejicana. Excedentes de otras guerras que llegaron al territorio leal gracias a la ayuda soviética.
Conjunto de casquillos de Lebel.

Regulador de tiempos de un metrallero.

Bala deformada de procedencia mejicana.

También hemos recuperado objetos y parte del equipamiento que acompañaba a los soldados: suelas de zapato, un reloj e incluso una insignia del cuerpo de ingenieros. La asociación de objetos nos permitirá documentar lugares de enterramiento de combatientes que lucharon en esta batalla.

Insignia del cuerpo de ingenieros.

Las relaciones de pareja siempre son complicadas, pero lo que las hace posible es la necesaria comprensión mutua. Los arqueólogos hemos aprendido mucho del saber atesorado por los detectoristas, sobre todo su conocimiento detallado de tipologías de armas y munición. Por su parte, nosotros hemos intentado inculcar la importancia de los contextos arqueológicos. Todos hemos puesto nuestro granito de arena. Es un primer paso.

martes, 14 de enero de 2014

Una trinchera acribillada

En noviembre de 2008 excavamos una trinchera republicana en la Ciudad Universitaria de Madrid. Pese a estar al lado de la capital, la fortificación se había conservado considerablemente intacta y nos proporcionó un buen número de hallazgos. Durante la intervención presentamos en este blog un plano preliminar de la dispersión de materiales. Reconocemos haber tardado un poco, pero aquí está la versión definitiva, con todos los elementos bélicos identificados en la excavación y prospección con detector de metales. 

Hay que tener en cuenta que en aquellos tiempos lo hacíamos todo a mano: se triangulaba cada hallazgo con cintas métricas, se situaba en altura con un nivel óptico y se trasladaban los datos a papel milimetrado usando escalímetro y compás. Ahora la estación total y el ordenador se encargan de hacer la mayor parte del trabajo (y permiten que ofrezcamos los datos procesados casi inmediatamente).

El plano es elocuente. Se observa muy bien la zona más batida por el fuego franquista (la delimitada con raya de puntos en la imagen de abajo) y las posiciones desde las que los republicanos hacían fuego (círculos azules). El enemigo apuntaba claramente hacia el abrigo de mayores dimensiones, quizá porque era el que era el que tenía más movimiento de soldados. Si seguimos las franja que delimitan las balas hasta su punto de origen, llegamos a la zona de la Cuesta de las Perdices, en la Carretera de La Coruña. Aquí las posiciones franquistas se encontraban a una distancia de entre 1,5 y 2 km de nuestra trinchera, que se ubicaba casi en frente de la Puerta de Hierro.


Imagen de satélite de la zona comprendida entre nuestra trinchera y la Cuesta de las Perdices, donde hoy todavía se conserva un fortín de la Guerra Civil. En rojo, la línea de tiro que indican las balas impactadas recuperadas durante la intervención.

La gran mayoría de los restos se corresponden con una fase avanzada de la guerra. La propia trinchera se construyó a fines de 1938. Mucho tiempo después de la Batalla de Madrid (noviembre de 1936), en la Ciudad Universitaria se seguía luchando y muriendo.