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miércoles, 9 de octubre de 2019

Pánico en el bosque


Panorámica del combate del Palacio de Ibarra, en el Museo de Brihuega. Albert Álvarez Marsal.

Nuestro compañero Luis Antonio Ruiz Casero acaba de presentar su nuevo libro El Palacio de Ibarra,1937 en el que reconstruye al detalle la contraofensiva republicana que dio inicio al descalabro italiano en Guadalajara. Hay un aspecto del libro que nos parece muy reseñable, por lo novedoso en el contexto historiográfico español. El autor señala la obra mítica de Olao Conforti, de dudoso valor historiográfico, pero de indudable calidad literaria a la hora de recrear los combates en el palacio de Ibarra en aquellos días de marzo de 1937. Del mismo modo que el italiano, Luis Antonio se pone en la piel de los soldados y esboza un ensayo claro de lo que la arqueología postprocesual británica denominó Arqueología de la Percepción. Las páginas en las que nos habla de las oscilaciones en la moral de los defensores del palacio son fantásticas. 

Extensión del encinar en el entorno del palacio de Ibarra, marcado sobre la fotografía aérea de la Legión Cóndor. (Luis Antonio Ruiz Casero).

La percepción y los sentidos son un campo de estudio que empieza a atraer la atención de los investigadores en arqueología del conflicto (Saunders y Cornish 2017). Participando de este enfoque, el autor describe las sensaciones y el estado de psicosis colectiva de los militares italianos en el encinar de Ibarra, sin buena visibilidad, cercados por el enemigo. Acostumbrados a la guerra celere y a la lucha en campo abierto, el ejército de Mussolini encuentra aquí su tumba. Esta misma psicosis se dio en el territorio ocupado por los italianos en Abisinia, un imperio africano que se reducía, en realidad, a ciudades fortificadas, asediadas, en medio de un territorio hostil (González Ruibal et al. 2010). 

Miembros del Batallón Celta del Ejército de Euzkadi, en las trincheras, en un pinar de Larrabetzu, mayo de 1937. (Fundación Anselmo Lorenzo).

La experiencia del bosque de Ibarra se repitiría poco después, en la campaña de Bizkaia, cuando los italianos volvieron a luchar en masas forestales, en este caso, pinares extensos en la montaña vasca. El olor a resina de pino, las astillas voladoras que herían de gravedad a los soldados y la lucha en los bosques son una referencia constante en las memorias de los combatientes de ambos bandos en la primavera de 1936 en Bizkaia. Y a los italianos tampoco le fue muy bien, ya que a punto estuvieron de sufrir otro descalabro en su avance hacia Bilbao por la costa cantábrica. Haciendo gala de una genial intuición, el autor defiende la idea de que Ibarra, el high-water-mark del avance italiano en la batalla de Guadalajara, se convierte en el punto de inflexión de la ofensiva y en el inicio de la derrota fascista ese 14 de marzo, debido, en gran medida, a ese pánico en el bosque. 

Tropas italianas de la brigada Flechas Negras en la campaña de Bizkaia, 1937 (Biblioteca Nacional).

Luis Antonio esboza aquí una línea de trabajo que está por abrir en la historiografía de la guerra civil: escribir una historia del miedo. El mismo miedo que sentirían los italianos en los inmensos bosques de Croacia entre 1941 y 1943. La inaccesibilidad y la resistencia partisana en los montes fue combatida con la política de tierra quemada en los fondos de valle.

Bosques de Krakar (Drznica, Croacia) en donde se ubicó uno de los primeros campamentos partisanos (afloramiento rocoso) (Fot. de Carlos Otero).


Referencias:

González Ruibal, A.; Fernández Martínez, V.; Falquina Aparicio, Á.; Ayán Vila, X. M. y Rodríguez Paz, A. 2010. Arqueología del fascismo en Etiopía (1936-1941). Ebre 38. Revista internacional de la Guerra Civil 1936-1939, 4: 233-254.

Ruiz Casero, L. A. 2019. El Palacio de Ibarra, maro de 1937. Reconstruyendo un paisaje bélico efímero. Madrid: Audema.

Saunders, N. y Cornish, P. (eds.). 2017. Modern Conflict and the Senses. Londres y Nueva York: Rouledge.

Proyecto Heritage from below. Traces and memories. Dreznica 1941-1945.

miércoles, 2 de octubre de 2019

La gente del bosque


Hace un frío que pela. Entramos en la casa de la familia Radulovic, en la aldea de Tomicic. Calor de hogar. Esta pareja de jubilados vive sola todo el año. Una hija emigró a Estados Unidos y la otra a Alemania. El petrucio, Mihajlo Radulovic, está entusiasmado con la idea de que yo venga de España. No pasarán. Estamos en su casa porque el historiador, Milan, y la antropóloga, Ivona, quieren hacerles una entrevista. Pero antes, hay que mojar la palabra. Sobre la mesa, rakija y otros licores caseros, torreznos, embutidos, quesos. La hospitalidad de esta gente es proverbial. Aunque yo no sé hablar nada de croata, echamos mano de un lenguaje internacional: el fútbol. Las raíces serbias de esta familia se hacen notar: aquí son del Estrella Roja de toda la vida. Tras los prolegómenos, Mihajlo, como aviso previo a la entrevista, declara: Yo soy marxista. Y a partir de ahí la crónica del horror. Su madre fue asesinada por los fascistas, junto con dos de sus hijas, una de ellas un bebé de dos días. Esta es la historia de cada familia de aquí. Septuagenarios y septuagenarias nacieron en la primera mitad de los años 40 en el bosque. Son hijos e hijas del bosque. De un  bosque impenetrable, lleno de agujeros kársticos, de pendientes imposibles, de afloramientos rocosos. Un bosque protector, invisible a la aviación enemiga, imposible para la artillería italiana dispuesta en acorazados en el mar Adriático.

Ubicación del primer campamento partisano en los montes de Krakar. De izquierda a derecha: Xurxo, Carlos, Sanja y Nedeljko. (Fotografía de Matja Kralj).

Esta es también la historia de nuestro guía por las montañas de Krakar, el bueno de Nedeljko Maravic. Él nació en el bosque. Su relación cromosómica con el mundo vegetal le llevó a estudiar ingeniería forestal en Zagreb. De hecho fue el máximo responsable del distrito, hasta que en 1991 fue relevado injustamente de su puesto. Era serbio... en el nuevo estado croata independiente. En los inicios de la última guerra, tuvo que pasar por un control de carretera. Allí estaban apostados paramilitares croatas. Según nos cuenta, le amenazaron con una típica frase balcánica: te mataremos a ti, serás pasto de los zorros, y nos los comeremos. Nedeljko nos guía con pericia por los vericuetos del monte, un laberinto de pistas de tierra maltratadas por las cadenas de los tractores y camiones de la madera. Nos lleva al que se considera el primer campamento base partisano en la zona, habilitado en otoño de 1941. En esta fase paleolítica de la guerrilla, se habilitó un refugio en un monumental abrigo rocoso. Nedeljko va recogiendo flores y hojas, recita sus nombres en latín y nos ofrece una lección magistral sobre propiedades curativas y alucinógenas. Los servicios sanitarios partisanos echaban mano del saber local ante la falta de suministros, como así aparece reflejado en las crónicas de la época. El bosque protege, cura, calma, adormece, hace soñar.

Carlos tomando las coordenadas de la nueva cueva.

En el interior de la cueva.

Tras este viaje maravilloso por el bosque animado, Nedeljko nos lleva a su casa en la aldea de Krakar en donde nos aguarda una sorpresa. La antigua casa familiar estaba apoyada directamente en la pared rocosa. La parte trasera conectaba directamente con una cueva empleada por los partisanos, probablemente como almacén de municiones, suministros y alimentos. La entrada en pendiente a la cueva está llena de escombros y materiales etnográficos, probablemente de la segunda mitad del siglo XX cuando se empleó como basurero doméstico. Sin embargo, al fondo, parece conservarse el nivel de ocupación original. Allí documentamos algunas piezas de uniforme del Ejército italiano.


Arriba: objetos en el suelo de la cueva. Abajo: los mismos objetos en laboratorio (Fotos de Carlos Otero)

Nedeljko nos ofrece un tentempié, con salchichas y vino de casa. Él fue refugiado en su día y, ahora, su pueblo se encuentra en la ruta de paso de los refugiados que vienen de Próximo Oriente. La nueva gente del bosque, que deja sus propias huellas, que maneja su propia estrategia de ocultación. Los invisibles de Europa. De todo ello hablaremos mañana.

Proyecto Heritage from below. Traces and memories. Dreznica 1941-1945.







lunes, 16 de septiembre de 2019

Hospital Central

Cartografía antigua de la zona de Drežnica, Croacia. Preparando la salida a campo.

Acabamos de llegar a Croacia para iniciar un nuevo proyecto de Arqueología del Conflicto. Nuestro objetivo: los campamentos partisanos y el hospital que existió en los alrededores de Drežnica entre 1942 y 1943. Esta zona se ubica en la cara noreste del monte Javornica en el distrito de Ogulin. El hospital se creó a principios de 1942 y permaneció en el lugar durante dos años. Ante la presión del ejército alemán fue trasladado a Mrkopalj en el duro invierno de 1944. Empezó contando con 12 camas para acabar atendiendo a 200 heridos. El mantenimiento del hospital fue posible gracias a la colaboración de los vecinos de las regiones de Gorski Kotar y Primorje, del propio pueblo de Drežnica y de la comuna de Brinje. Los principales pilares del hospital fueron las organizaciones antifascistas de mujeres y jóvenes así como los Comités de Liberación Nacional. Estas entidades fueron las encargadas de suministrar material, comida, vendas, medicinas y ropas así como de evacuar heridos durante las contraofensivas italianas y alemanas.

El hospital fue evacuado por primera vez en otoño de 1942, cuando los fascistas italianos quemaron el pueblo de Drežnica, cuarenta aldeas más y el hospital construido en Javornica. Ese invierno el hospital se improvisó en Vukelic para en primavera pasar a Javornica. Ante los ataques italianos fue evacuado de nuevo en marzo, si bien fue defendido a sangre y fuego por los partisanos. En 1943 se desató una terrible epidemia de tifus. Tras la rendición de Italia el establecimiento contó con nuevos cuadros de enfermeras, médicos y abundante material sanitario. En noviembre de 1943 los alemanes desataron una violencia ofensiva con la intención de tomar la carretera de Ogulin a Novi Vinodolski. Muchos miembros de la División nº 13 del ejército de Tito fallecieron defendiendo el hospital. El 1 de febrero de 1944 el hospital fue evacuado a Mrkopalj, una población de Gorski Kotar.

Arqueología del pasado reciente pionera en Europa. Años 60. Croquis del campamento-hospital. Se hicieron en aquel entonces excavaciones arqueológicas y se levantó en el sitio un memorial marcando con monumentos las diferentes dependencias (en Jancic-Starc 1971: 68).

El hospital es un referente en el imaginario colectivo de la comarca. En 1956 fue construido un memorial cerca del solar donde se levantaba el hospital número 7 (en 1943). Así mismo se levantó un cementerio para acoger los restos de los partisanos enterrados en diversas partes del monte Javornica. El monumento fue de la autoría del famoso escultor yugoslavo Kosta Angeli-Radovani. En 1971 la comisaria política Jela Jancic-Starc publicó en Zagreb un libro en el que recoge la historia del hospital de Drežnica. En la página 75 dejó algo escrito que resultó premonitorio, visto lo visto lo que ocurrió décadas después:

"La gente de Gorski Kotar, Primorje e Istria pertenecen a diferentes naciones. Su hermandad y unidad se forjaron en la lucha contra el invasor. El hospital de Javornica es una de las confirmaciones materiales de esa hermandad y unidad".


Inauguración del monumento en 1956. De izquierda a derecha: Lako Maravic, Vera Svabenic-Zoricic, Marica Frlan-Zoric, Micika Golac, Marija Vukelic-Maravic y Jela Jancic-Starc.


En Drežnica podemos abordar tres fenómenos asociados a la lucha partisana a partir de las memorias de la comunidad y de la materialidad:

1. El papel crucial jugado por las mujeres en la lucha. El empoderamiento femenino es un hito en la resistencia contra el invasor en Yugoslavia durante la II Guerra Mundial.
2. El carácter pionero de la Arqueología del Pasado Reciente fomentada por la administración en los años 60, con un proyecto museístico integral para preservar y socializar el legado material de la lucha antifascita.
3. El conflicto generado por un patrimonio traumático  en un contexto dominado hoy en día por la ideología del Estado croata (nacionalista) en el que la memoria antifascista queda marginada de facto.


Referencias.
Jancic-Starc, J. 1971. Vojno-Partizanska Bolnica u Drežnici 1942-1944. Zagreb: Regionali Zavod za zastitu spomenika kulture u zagrebu.
Dragic, D. 1965. Partisan hospitals in Yugoslavia. Beograd: Vojnoizdavacki Zavod. 

Proyecto Heritage from below. Traces and memories. Dreznica 1941-1945.




jueves, 24 de enero de 2019

El Campo de Concentración de Nanclares de la Oca: Piedras



El domingo 17 de junio de 2018, por iniciativa de la asociación cultural Geltoki del municipio alavés de Iruña de Oca, llevamos a cabo un paseo arqueológico por el paisaje disciplinario del antiguo Campo de Concentración de Nanclares de la Oca, germen de la famosa prisión actual. Las expectativas eran pequeñas en un principio, pero medio centenar de personas emprendieron el camino que, no sólo sirvió para dar a conocer esta historia, sino que esperamos que sirva para iniciar una nueva. 
Tal y como cuenta Juanjo Monago en su libro El Campo de Concentración de Nanclares de la Oca (1940-1947) (ed. Dpto. de Justicia del Gob. Vasco, 1998), en diciembre de 1940, la aldea  alavesa de Garabo recibió a los primeros presos. Muchos de ellos eran brigadistas internacionales, traídos aquí desde el saturado campo de concentración de Miranda de Ebro. Llegaron en tren, por la vía férrea que une Miranda con Vitoria, a su paso por un pueblo que todavía hoy es sinónimo de cárcel: Nanclares.

Aquel invierno de 1940-1941, cientos de presos fueron alojados en tiendas de campaña y barracones precarios. El lugar era conocido como Montecillo de Garabo y se trataba de un promontorio rocoso rodeado por un meandro del río Zadorra. El borde de agua hace que este sitio sea casi como una isla en el corazón de Álava. La elección del lugar fue obra de un militar de la zona, alavés, pero los técnicos que trajeron sus planos eran alemanes. Tenían experiencia en esto.

Imagen aérea del campo de concentración de Nanclares (vuelo americano de 1956/7).

Enseguida aquellos primeros presos fueron obligados a detonar, picar y moler la roca caliza del Montecillo. En muy poco tiempo lograron alterar profundamente el relieve para crear así una gran zona llana de más de 50.000 metros cuadrados. La piedra extraída sirvió también para la construcción de ocho grandes barracones, con capacidad para doscientas personas cada uno. Fueron construidos siguiendo una llamativa planta trapezoidal. Cada barracón tenía un único acceso, orientado al sur, bajo la atenta mirada de una imponente torre de vigilancia. Esta disposición constructiva no era invención propia, sino que era la aplicación de un modelo que se mostraba muy eficiente en otros lugares.

Imágenes aéreas del campo de concentración de Buchenwald (izda.) y de Sachsenhausen (dcha.), Alemania.

El río Zadorra, traicionero con las crecidas invernales, hacía muy difícil cualquier tipo de huida. De ello da fe, por ejemplo, la aparición de un preso ahogado en 1943. La lógica penitenciaria de los lugares remotos y de las barreras de agua, presente en toda la historia de las colonias penales, atroz y obvia en sitios como Tasmania o Nueva Caledonia, se presenta aquí a una escala mucho más pequeña pero igualmente efectiva. Esta tierra de Garabo sólo ofrece una salida posible, por un estrecho camino junto al río, siempre bajo la supervisión de la torre de vigilancia. 

Mapa de visibilidades desde la torre de vigilancia del Campo a 1 km. 

Como expuso Michel Foucault en Vigilar y castigar, la ciencia disciplinaria es un saber que implica un conocimiento sobre los individuos –de sus culpas y de sus penas, de sus posibilidades de redención y, en definitiva, de sus almas. Pero este es un saber que apela también a la materialidad. La disciplina carcelaria necesita de una serie de arquitecturas que la sustenten y la reproduzcan. Bentham ya lo dejó claro en el siglo XVIII con su modelo de panóptico y su ideal arquitectónico del control sobre los individuos. En el caso del Campo de Concentración de Nanclares no sólo apreciamos su arquitectura disciplinaria, sino que la topología de la zona es igualmente una herramienta de vigilancia. La morfología geológica del lugar fue un factor determinante para la instalación del centro. Y yendo más allá, la roca era de suma importancia. 
Durante décadas, los presos de Nanclares trabajaron intensamente en la cantera del centro. El trabajo era el medio para la redención nacionalcatólica. La contribución necesaria para construir la Nueva España, mediante el sudor y, en ocasiones, mediante la sangre. El 10 de abril de 1945, una explosión en la cantera produjo nueve heridos graves. Aunque la mortalidad anual del Campo era de una media de 12-13 presos por año. Es decir, una muerte al mes.

Presos del campo trabajando en las canteras.

A finales de la década de 1970, se inició una gran remodelación de la prisión. Se pasó del orden trapezoidal de barracones a un sistema de patios y módulos más moderno. La cárcel, con su morfología actual, fue reinaugurada en 1984. La piedra fue sustituida por el ladrillo. Casi todo rastro del pasado concentracionario fue borrado, pero el material de obra sigue delatando el origen de algunas de las instalaciones. O dicho de otra forma, es la petrología –la caracterización del tipo de piedra– la que señala el contexto arqueológico original del Campo de Concentración.

Vista aérea de 1968 (izda.) y vista actual de la prisión con los restos en piedra original (dcha):
1- Acceso; 2- Restos del molino de piedra. 

El edificio de acceso sigue siendo parte del antiguo Cuerpo de Guardia. Se aprecian también los muros de piedra de una gran construcción al pie del complejo, en el parking de Visitas. Estos muros son los escasos restos de un gran molino en el que se picaba la roca extraída en la cantera para distribuirla en camiones. Algunas empresas constructoras hicieron grandes sumas de dinero con este negocio y, una vez más, nuestras gafas petrológicas nos advierten de la presencia de estas piedras de sangre, incluso en edificios y barrios de Vitoria. 

Barrio “Martín Ballesteros” de Armentia (izda.) y edificio de la calle Ramiro de Maeztu (dcha.).

Estos, al igual que muchísimos otros a lo largo del Reino de España, son los restos silentes de una explotación del hombre por hombre a una escala sin precedentes en nuestra historia. Y así es como, desde la Arqueología, esa ciencia que dedica tantos esfuerzos en descifrar piedras, nos ayuda a acercarnos a un pasado poco conocido, el del Campo de Concentración de Nanclares de la Oca.

Continuará…

Post by Josu Santamarina Otaola (GPAC, UPV/EHU).

viernes, 7 de septiembre de 2018

El Jarama

El paisaje de cantiles en el que se talló la posición republicana de El Campillo.

El Jarama es considerada una de las mejores novelas españolas del siglo XX. Publicada en 1955 es un buen exponente del realismo social imperante en la literatura de postguerra. Su autor, Rafael Sánchez Ferlosio, siempre ha hecho gala de un encendido sentido del humor, como lo demuestra la nota que incluyó en la sexta edición. La novela comienza con una bella descripción del río Jarama. Cansado de que muchos lectores señalasen ese párrafo como lo mejor de su obra, el autor tuvo que aclarar lo evidente: ese texto no era de él sino una cita literal extraída de una descripción geográfica de la provincia de Madrid publicada por Casiano de Prado en 1864.
El Jarama nos cuenta lo que les ocurre a once excursionistas que deciden pasar una jornada calurosa de domingo estival en una arboleda a orillas del río. Aquel paisaje de la década de 1950 mantenía incólumes las cicatrices de la guerra, algo que se comprueba fácilmente al consultar las fotografías aéreas del vuelo americano. Aunque estamos relativamente lejos del río, el Campillo nos recuerda la novela de Ferlosio. Un pinar con mesas de madera sirve de parada y posta a excursionistas, ciclistas, adolescentes de botellón y arqueólogos. Nos podemos imaginar las típicas comidas campestres de domingo en este tercer milenio. Los mayores somos un rollo, y podemos reconstruir el itinerario de esos niños y niñas, cercanos a la pubertad, que se escapan en la sobremesa. Como nos indica un guardia del Parque del Sureste, a la chavalada le gusta mucho esconderse en los abrigos rocosos y en el observatorio tallado en el yeso. Al recorrer a pie los restos de las trincheras que jalonan el pie del farallón, uno se encuentra con un serpenteante rastro de bolsas de chetos, doritos, fantas y kases, canicas y ornamentos neohippies, que se mezclan con casquillos percutidos o balas deformadas por el impacto directo en la roca.


La novela de Ferlosio forma parte de una tradición literaria en la que los ríos pasan de ser marcos espaciales del relato a convertirse en protagonistas. Estas trincheras no importaron nada a nadie (o casi) durante décadas. Los adolescentes ignoran que aquí hubo una guerra. Una periodista de televisión se acercó ayer a nuestra excavación para cubrir una noticia de hallazgos romanos en Rivas Vaciamadrid. Cuando le decimos que lo que hay aquí son trincheras, nos pregunta, con un fino olfato periodístico: pero trincheras ¿de qué? El Jarama es, también, el Río del Olvido, parafraseando otra novela maravillosa, en este caso del escritor leonés Julio Llamazares. Para recuperar la memoria de estos espacios estamos aquí, gracias a la llamada del ayuntamiento de Rivas Vaciamadrid, empeñado en que el paisaje hable.

Este tipo de abrigos ya fueron ocupados episódicamente durante la Prehistoria.

Casiano de Prado, el prologuista elegido por Ferlosio para su novela, fue un ilustrado gallego, liberal, que tuvo problemas con la Inquisición por leer libros prohibidos. Tras su paso por la cárcel de Santiago de Compostela, acabó de ingeniero de minas y culminó su vida profesional con el mapa geológico de la provincia de Madrid (1864). Él fue nuestro particular Boucher de Perthes y se convirtió en un pionero romántico de la paleontología y la prehistoria en España. Buscó en las graveras del Cuaternario la presencia del hombre fósil y se empeñó en reconstruir el paleoambiente, en ver cómo era ese paisaje en épocas remotas. En gran medida somos herederos de aquel brillante geólogo. Nosotros también nos empeñamos en recuperar el paisaje bélico tal como era en 1937. Entre cantiles, yesos, arcillas, margas y dolomías. Y no es tarea fácil. Desde entonces todo ha cambiado. La extracción de áridos generó una laguna artificial. Las fábricas, los basureros incontrolados, un campo de tiro de la Guardia Civil, el desarrollo al fin y al cabo, modificó de pleno los escenarios de la batalla.

Munición relacionada con el campo de tiro.

Un arduo trabajo de fotointerpretación y de prospección nos sirve para alcanzar ese objetivo. Como en una sucesión de estratos miocénicos, en el Campillo hay diferentes capas de memoria que se entrecruzan. En Rivas Vaciamadrid se grabó un capítulo de El Ministerio del Tiempo, ambientado en la batalla de Teruel. Como sus protagonistas, tenemos una misión: viajar en el tiempo a través del paisaje.

Podría ser una excavación de un yacimiento paleolítico, pero no lo es.

viernes, 22 de julio de 2016

Un país en la mochila


Lo que parecía un paseo militar hacia Madrid se convirtió de repente en el primer tropiezo grave de las mejores tropas franquistas. Los mandos se aprestaron a analizar las causas en unas Instrucciones sobre la acción en Madrid. Causa de la lentitud de las operaciones (AGMA, 1229, 76). Uno de los motivos aducidos fue el incumplimiento de las órdenes por parte de las unidades que tenían que avanzar por el flanco izquierdo y que quedaron estancadas en Boadilla ante la denodada defensa republicana. Milicia Popular destacaba el contraataque leal en esta zona, en el que por vez primera entró en fuego la columna denominada La Internacional, compuesta en su mayor parte por combatientes extranjeros, que ya han vivido en otras latitudes momentos de guerra parecida a la nuestra.

Brigadistas del Edgar André desfilando en Moncloa 
antes de entrar en combate.

Y, efectivamente, esta era la segunda causa esgrimida por el general jefe del Ejército del Norte: La preocupación que ha invadido a los mandos por la aparición de tropas extranjeras, al parecer bien encuadradas, que combaten con mayor violencia que las milicias. En la documentacion republicana se palpa el trajín, el stress y el esfuerzo logístico necesario para reforzar el frente de Madrid con la llegada de estos hombres salvadores. (AGMM, legajo 481, carpeta 4). Una conversación en teletipo del 5 de noviembre nos habla de los trenes procedentes de Albacete, convoys en los que comparten espacio brigadistas y cientos de miles de cartuchos, los mismos que nos encontramos en nuestras excavaciones en Casa de Campo:

13 HORAS 45 MINUTOS DÍA 5 DE NOVIEMBRE
OTRA NOTA DE ORDEN DEL MINISTRO DE LA GUERRA ENVIE V. E. LOS TRESCIENTOS MIL CARTUCHOS QUE HAY EN BANCO DE ESPAÑA DE ALBACETE EN LOS MISMOS TRENES QUE TRAEN LAS BRIGADAS DE ALBACETE Y VILLENA Y KE DEBEN LLEGAR ESTA NOCHE ESTACION VILLACANAS.


LOS TRESCIENTOS MIL CARTUCHOS A QUE HACE REFERENCIA SE TRANSPORTARAN ESTA TARDE TREN MILITAR QUE TRANSPORTA CUARTA BRIGADA PUNTO DE ELLOS SE REMITEN DOSCIENTOS MIL A LAS ROZAS DE MADRID PARA LA TERCERA BRIGADA Y CIEN MIL A VALLECASAR  A LA BRIGADA INTERNACIONAL.


Excavamos en la tierra pero también excavamos en los papeles para alcanzar una imagen vívida de esos días del 7, 8, 9 de noviembre. Podemos imaginar a cientos de hombres recién llegados y que morirán en las trincheras en cuestión de horas. Soldados en un ambiente gélido, que se enfrentan cara a cara contra lo mejor del ejército sublevado, contra los temidos moros. La correspondencia de los mandos de la intendencia muestra la importancia de los suministros y de los convoys en el marco de un asedio caótico (AGMM, legajo 483):

A Servicios de Intendencia.
Para atenciones de suministro a las fuerzas que operan en el sector de Madrid deberá tener en cuenta que la columna Clairac cuyo puesto de mando está en Casa de Campo necesita 1.500 raciones en frío, la columna Mena con efectivo de 1.500 hombres está situada en la carretera de Carabanchel. La columna Escobar con 1.200 hombres en la carretera de Extremadura. La columna Prada con 1.500 hombres en la carretera de Toledo. La Brigada Internacional con 2.500 hombres en Vicálvaro. La Brigada Mixta nº 3 con 2.500 hombres en Pozuelo.
El suministro de todas estas fuerzas se hará de raciones en frío.
Madrid 7 de Noviembre de 1936.
El Jefe de la Sección.


Tras horas de combates, dándolo todo por el régimen republicano, viendo morir a sus compañeros, luchando en el barro, sufriendo el frío de Madrid... resistir a cambio de una ración en frío. La defensa heroica de los brigadistas hace que los mandos muevan ficha para garantizar en los siguientes días una mejora sustantiva en la dieta alimenticia. La suerte de la República dependía quizás, no sólo del armamento y la munición, sino del alcohol y de las raciones calientes:

Convoy para el dia 8 de noviembre de 1936
Columna Enciso.
Se remitirán 1.600 raciones de mochila completas con pan y aguardiente al Hipódromo de la Casa de Campo.
Brigada Internacional
Se remitirán 2.300 raciones de mochila completas con pan y aguardiente a la Ciudad Universitaria.

Convoy para el dia 9 de novimebre de 1936
Columna Enciso.
Se remitirán 1.800 raciones de mochila completas al Hipódromo de la Casa de Campo.
Brigada Internacional
P. M. Facultad de Filosofía y Letras Ciudad Universitaria. Se remitirán 2.300 raciones de mochila completas.

Telegrama a las 20,40 horas del 9 de noviembre de 1936. Sección de Servicios. E. M. Intendencia.
Sírvase suministrar doscientas raciones de rancho en crudo con vino, café, azúcar, pan y tabaco para la Brigada Internacional 4º Batallón que está en el pueblo de Vallecas.

Unos brigadistas llevaban en sus mochilas todo un pasado bélico, otros, el recuerdo de un país al que no podrían volver, todos, el peso de la responsabilidad de jugar la última carta del Gobierno leal republicano. La historia militar se ha centrado siempre en esos partes de operaciones que citamos, en debates tácticos, en analizar las causas y las consecuencias de las ofensivas. Las excavaciones y la Historia desde abajo nos muestran a importancia de las botellas, las mochilas y los macutos.
A los héroes de esas jornadas en Madrid se les intentó premiar líquidamente después de liquidar fascistas: a los tanquistas con gaseosas, y a los brigadistas con aguardiente y cognac. (AGMAV, 1095, 5, 1 XI Brigada Internacional):

Orden del Dia:
Los Comandantes de Batallón vigilarán que el coñag, anis, etc., enviado por Intendencia será distribuido regularmente entre las fuerzas:
El Comandante Jefe de la Brigada.

Beber en la Kleber para combatir al faccioso y al frío. Beber para olvidar. Beber para celebrar que se sigue vivo. Beber para curar las heridas. Beber para salvar Madrid.




miércoles, 20 de julio de 2016

La trinchera romántica o cuando el oso cogió su fusil


Durante la ofensiva franquista para conquistar Madrid en noviembre de 1936, la propaganda fue una herramienta más empleada por las milicias con el objetivo de mantener la moral y el espíritu de la resistencia. La consulta de fondos hemerográficos que hemos llevado a cabo en el Archivo del Partido Comunista nos sirve para contrastar esos discursos combativos con la lucha de verdad, la que ha quedado fosilizada en las trincheras que estamos excavando. 

Brigadistas del Edgar André en la Casa de Campo.

El periodista Osorio Gallardo escribió por aquellos días un artículo en La Vanguardia titulado Las trincheras románticas (reproducido en Milicia Popular, nº 102, 17 de noviembre de 1936):

Cuando comenzó el sitio de Madrid, un periódico extranjero dijo, con propósito despreciativo, que entre el centro de la población y las fuerzas sitiadoras tendrían los milicianos unas trincheras románticas. Románticas, es decir, de ensueño, de ilusión, sin eficacia, sin finalidad práctica; trincheras para alimentar esperanzas absurdas, para fraguar quimeras, para engañar a los bobos. Al escribir este artículo, la noche del martes, día 10 [de noviembre], no parece que sean tan románticas las tales trincheras. Cuatro días llevan los sublevados queriendo pasar por encima de ellas, y no lo han conseguido. El romanticismo se ha trocado en acción, en denuedo, en bravura, en renunciamiento, en espíritu de sacrificio. Y me expreso mal cuando digo que se ha trocado. No se ha trocado: el romanticismo es precisamente eso: fe en lo impalpable, predominio del espíritu sobre la materia, clara creencia en lo que se ama, anhelo de lograr un imposible, ímpetu para sobreponerse a todos los obstáculos y a todos los dolores.


La llegada de la primera Brigada Internacional contribuyó, y de qué manera, a alimentar la esperanza. En gran medida, aquellos hombres sí se pueden considerar los últimos románticos. Del espíritu no encontramos nada, pero sí de la materia vinculada con aquellos voluntarios cuyo rastro seguimos en sitios como Casa de Vacas. En los periódicos vemos reflejada la sangría de esas unidades de combate. Así, en ATAQUE, periódico de guerra editado por la delegación de  milicias populares antifascistas se cita a brigadistas recuperándose en hospitales de retaguardia (4 de diciembre de 1936):

Ahora el sastre Bienestock y el minero Friedmann Euijen curan sus heridas de la casa de Campo donde han peleado bravamente. Fue el viernes 13 a las cinco y media de la madrugada, Hedrik, su comisario político, quedó allá para siempre.

Brigadistas heridos en Casa de Campo se recuperan 
en el hospital Pasionaria (en Juventud).

Mientras algunos hablaban de trincheras románticas, otros, como Tristan Tzara veían en la Casa de Campo una fortaleza de puños alzados contra la bestia del fascismo, el lugar donde surgiría el hombre nuevo. Las excavaciones arqueológicas no nos hablan de hombres nuevos, sino de veteranos de la I Guerra Mundial y de hombres muertos y heridos en combate, en un infierno de metralla, balas y granadas.

En Milicia Popular, nº 102, 17 de noviembre de 1936.

El periodista de Juventud que visita a los heridos de la Casa de Campo reivindica el orden y la organización en las trincheras, para evitar bajas innecesarias:

Nuestras heridas no son por fortuna graves. La mayoría padecen heridas en las piernas. Hay que saber hurtar el cuerpo. Las heridas graves se producen cuando se vuelve la espalda, porque cuando se asalta una trinchera o se muere o se triunfa. Pero hay que saber avanzar. Al enemigo hay que hurtarle el bulto.

Esos combates de noviembre fueron una excelente escuela y ahí se encuentra el germen del Ejército Popular y de la tupida red de fortificaciones que se mantendrá hasta el fin de la guerra. Así lo vio un redactor anónimo de Milicia Popular:

El pueblo de Madrid estaba ausente de la guerra hasta que empezó a fortificar [...] Audacia, creación, rectificación de errores, y dentro de algún tiempo podremos enorgullecernos de nuestros batallones de fortificación, como hoy nos enorgullecemos de los defensores de la Casa de Campo.

Madrid resistió la embestida facciosa, sorprendiendo a propios y extraños. En la Casa de Campo, en donde los Borbones cazaban, hasta el oso del madroño cogió su fusil.






sábado, 16 de julio de 2016

La monotonía del terror y de la muerte

Proyectil de 105 mm con espoleta francesa sin explotar frente a los parapetos republicanos


¿Cuánto tarda uno en acostumbrarse a convivir con las balas, la metralla, la sangre de los camaradas muertos? Posiblemente sea imposible acostumbrarse. Pero al mismo tiempo se acaba creando una intimidad con la violencia que sería lo más parecido a una cotidianidad. 

Los brigadistas del Edgar André que lucharon en la Casa de Vacas no tuvieron mucho tiempo para acostumbrarse a las balas. Fueron arrojados casi de golpe al frente y permanecieron en la trinchera durante una semana. Una semana de ataques casi continuos, de artillería, morteros y fuego de fusil y ametralladora. 

Los restos que encontramos para nosotros sí se convierten en una cotidianidad, que quizá refleje otra experiencia, más extrema, de monotonía. Las incontables guías de Enfield, las docenas de casquillos, los cientos de fragmentos de metralla dejan de ser una novedad emocionante y cada nuevo hallazgo acaba representando simplemente un dato más que registrar. 

Pero de vez en cuando hay un descubrimiento que renueva la emoción y vuelve a traernos la guerra al presente. Hoy hemos encontrado, a 30 metros de las trincheras que excavamos, una granada de artillería de 105 mm de calibre y 12 kilos de peso. Por la trayectoria es evidente que procede de las líneas sublevadas y su objetivo eran las de las tropas republicanas. Seguramente rebotó en el suelo arenoso y se hundió con un golpe seco. Quizá algún brigadista respiró con alivio. Muchos otros 105 sí explotaron, vista la gran cantidad de metralla y espoletas que encontramos en la trinchera y sus alrededores. Este, con su espoleta montada y la carga intacta, es hoy tan potencialmente destructivo como hace 80 años.

Parte de la techumbre de uralita de un abrigo republicano perforada por una bala de Máuser

Pero no hacen falta hallazgos tan dramáticos para recordarnos cómo es una guerra en las trincheras. Cinco casquillos sobre un parapeto que indican desde dónde se disparó un fusil o una placa de uralita atravesada por una bala de Máuser son suficientes para recordarnos que este es último sitio donde querríamos haber estado en noviembre de 1936.

Casquillos de 7 mm sobre el parapeto republicano. Los brigadistas utilizaron Máuser, Enfield, Maxim y Degtyarev para frenar el avance rebelde.

 

miércoles, 13 de julio de 2016

Apátridas

Boris Koseleff, apátrida del Batallón Edgar André, caído en la Casa de Campo

La posición de Casa de Vacas que estamos excavando la ocuparon brigadistas del batallón Edgar André. La mayor parte eran alemanes pero también había yugoslavos, húngaros, griegos y españoles. 52 brigadistas del André murieron en combate y 140 cayeron heridos en menos de un mes, entre el 9 de noviembre y el 5 de diciembre de 1936. En la lista de caídos varios figuran como staatenlos. Apátridas. Un estatus con resonancias románticas pero que resulta trágico en una sociedad donde la pertenencia a un Estado  garantiza los derechos básicos. Los apátridas centroeuropeos del siglo XX, como Hannah Arendt o Stefan Zweig, lo saben bien.

Los apátridas del Edgar André combaten en una guerra que puede ser perfectamente la suya, porque no pertenecen a ningún lugar. Lo han perdido todo, excepto la vida. Por ahora.

Los alemanes, los yugoslavos, los húngaros y los españoles luchan codo con codo en una trinchera de 300 metros en la Casa de Campo.  Se enfrentan a una lluvia de balas, granadas de mortero y disparos de artillería. "Desde el amanecer hasta el anochecer no paró ni un solo momento el fuego de los morteros y de la artillería", escribe el jefe de la primera compañía, Philipp Shuh. Y damos fe de ello. Frente a los parapetos de la trinchera que excavamos aparecen cientos de fragmentos de metralla. 

Los brigadistas comienzan a caer: "Un camarada ocupa mi antigua tronera", prosigue Schuh, "Unos momentos después lo veo tambalearse, su cara muy ensangrentada; tiene una herida grave en la mandíbula. Pocos momentos después cae herido nuestro camarada Mathes. Dos balas le habían atravesado los riñones. Muere en nuestros brazos".

Los brigadistas mueren y matan. Disparan tiro tras tiro y los cargadores de Enfield van cubriendo los parapetos y el suelo de la trinchera. Esto no lo dice Shuh, pero lo sabemos nosotros: porque lo excavamos y lo vemos con nuestros propios ojos. Las guías de peine se cuentan ya por decenas y apenas hemos comenzado la excavación. 

Guías de fusil Enfield calibre 0,303

Guías in situ en la trinchera


El enemigo está a menos de 40 metros, dice Shuh. A mucho menos a veces, decimos nosotros: algunas balas de ametralladora disparadas desde la trinchera se encuentran impactadas sobre el suelo a poca distancia, prueba de que se disparaba a tiro rasante porque el enemigo ya estaba encima. Y mejor prueba que esto, la granada que encontramos a 20 metros del parapeto. Es una Quinto Regimiento, la bomba de mano que los republicanos tienen que improvisar en el último minuto porque el Ejército de África amenaza Madrid y no hay armas suficientes para pararlo. Y a falta de algo mejor, se cortan tubos de calefacción de tren, se rellenan de pólvora y se les pone una mecha. Un arma tosca para una guerra salvaje.



Los yugoslavos, los alemanes y los húngaros se defienden de los españoles y marroquíes, que avanzan implacablemente, usando fusiles británicos comprados a la Unión Soviética que disparan cartuchos estadounidenses que son excedentes de una guerra en Francia. Y mientras algunos no tienen patria, otros tienen patrias fuera de lugar, o patrias confundidas y la patria de los objetos, que está siempre clarísima, y las de las personas, tantas veces en duda, se mezclan aquí, en la Casa de Campo, en el fragor del combate.

Y resumen, de golpe, la historia del siglo XX.

Cifras y letras


Georreferenciando los hallazgos en el entorno de la trinchera en Casa de Vacas.

En esta campaña madrileña contamos con un amplio equipo de investigadores e investigadoras que nos permite trabajar en tiempo real en diferentes frentes para arrojar luz sobre esos primeros meses de la guerra civil. Mientras excavamos en Ciudad Universitaria y en Casa de Vacas también nos dejamos los ojos en los microfilms del antiguo Servicio Histórico Militar de Madrid. En la documentación republicana de noviembre de 1936 podemos vivir el ritmo trepidante de unas jornadas en las que la República se lo jugaba todo. Contrariamente a lo que se piensa, todavía está por escribir la historia de aquellos días. Mucha información publicada se basa en las memorias de los protagonistas de los combates o en los someros partes de operaciones. En nuestro proyecto intentamos maximizar todo el potencial informativo de las fuentes orales, historiográficas y arqueológicas. Con un objetivo: reconocer la presencia de las personas que allí estaban, hombres, mujeres y niños.

Excavando la trinchera de primera línea.

La documentación militar arroja de manera fría un sinfín de cifras: columnas que de un día para otro pierden decenas de hombres, meros números en los recuentos del estado actual de las fuerzas. Estadísticas de una verdadera carnicería. En los informes de las diferentes columnas observamos el esfuerzo de los mandos para subir la moral y encuadrar a las milicias en la disciplina militar. La Orden General de la columna Mangada del día 31 de agosto no tiene desperdicio:

Se advierte a los milicianos:
1º Las Compañías que bajen a descansar a Madrid tendrán en cuenta que el tiempo de permiso es de las siete de la mañana (hora de salida del tren para Madrid) hasta las 18 y 40 del día siguiente (hora de salida del tren para esta). (...)

IIº Es completamente derrotista, es hacer verdaderamente labor fascistizante, toda clase de conversación y hasta de exclamaciones producidas por la presencia de la aviación enemiga que conducen a infundir la huída, el pánico (...). Tales conversaciones, tales exclamaciones, como “ya estan ahi”; “corramos” etc... no son otra cosa que producto de un miedo infantil, que el miliciano no debe tener, pues en campo descubierto pierde facilísimamente sortear el peligro, permanecer en su puesto y acudir donde fuese preciso con solo observar la situación del avión, moverse rápidamente a derecha o izquierda si el aparato está completamente encima de la vertical que cae sobre el observador y teniendo el oído atento, tumbarse al oír el silbido que la bomba produce al descender rasgando el aire. Aun debe el miliciano estar más tranquilo teniendo en cuenta que el enemigo no dispone de bombas en cantidad y calidad excelente, la envuelta de una de ellas, cogida ayer, revela lo que se dice pues era la de una lata para chorizos en conserva.

En los duros combates en noviembre de 1936 hubo unidades que combatieron heroicamente y otras que, según los informes oficiales, no podían considerarse refuerzos. El comandante de la columna Enciso, destinada a la Casa de Campo, se quejaba así el 21 de noviembre ante Rojo:

En cumplimiento de las órdenes recibidas a las nueve de la mañana de hoy y al terminar la preparación artillera (que por cierto no batió los objetivos de esta columna) se inició el avance de las fuerzas a mis órdenes (Batallón Presidencial y una Compañía de Milicias Vascas, único refuerzo recibido si por tal puede considerarse una agrupación de hombres con fusiles de cinco calibres distintos, muchos inservibles y todos aquellos con una moral muy rebajada (...). Todo ello lo pongo en sus superiores conocimientos a los efectos procedentes, así como me complazco en participarle el magnífico espíritu que el día de hoy ha animando al Batallón Presidencial y sección de Ametralladoras Libertad López Tienda, sintiendo no poder decir lo mismo con respecto al resto de las fuerzas.

Caja de munición y bota militar.

El 25 de enero de 1937 el Jefe de la 4ª Brigada solicita la depuración del responsable de las Milicias Catalanas destinadas en la Casa de Campo quien ha permitido visitar el frente a mujeres de conducta dudosa. Un poco antes el 5 de enero el Estado Mayor, en la línea de lo que se hacía con los desertores en la 1ª Guerra Mundial dispone que 40 indeseables del Puente de los Franceses sean distribuidos a razón de tres por Brigada situándolos en puestos independientes en primera línea armados solamente con granadas de mano.
La Arqueología pone cara a las cifras y letras de los documentos. Nos muestra la crudeza de los combates, la frustración de soldados y mandos que combaten con calibres diferentes y se quedan sin munición (Respecto a municiones, el problema más grave es de fusilería de 7 m/m pues si la lucha continúa con la misma violencia que hasta hoy y no se reiteran los envíos pasado mañana no tendremos cartuchos. Situación a las 22 horas del día 17 de noviembre). Hombres exhaustos que intentan sobrevivir. Hoy en Casa de Vacas, en un tramo de trinchera, aparecen algunos huesos humanos muy cerca de una bota militar. No sabemos si la calzó un cobarde, un derrotista, un héroe o un indeseable, pero ahí está bajo tierra, enfrente de un lujoso campo de golf y al lado de una pista para amantes de la bicicleta de montaña. Objetos que hablan de personas que regaron de sangre la Casa de Campo, más allá de las cifras y de las letras. Y no somos quien para juzgar su actuación cuando recibían toneladas de impactos de artillería y bombas de aviación. 

Por el momento no hemos encontrado ninguna bomba con forma de lata de chorizo en conserva.