Placas de homenaje en la entrada a la cárcel de Peniche.
En el Reino de España, el franquismo (que no es sociológico, sino estructural) impide que un gobierno democrático retire los restos del dictador del mayor monumento fascista que persiste en Europa, esto es, el Valle de los Caídos. El poder de la familia Franco es enorme. Un ferrolano, militar de carrera en 1936, acabaría sus días con una buena pensión, con reclutas reconvertidos en su servicio doméstico y con privilegios de todo tipo para sus familiares. Y ahí se acabaría todo. Pero no. Este Salvador de la Patria, tras cuarenta años tratando al país como su cortijo, legó a sus descendientes y arrimados un legado multimillonario en bienes y capitales. Pero la familia Franco no solo vive en la abundancia, sino que es tratada de manera indulgente por tribunales y medios de comunicación (y no hablo únicamente de la prensa del corazón). Y es más, marca la agenda política e impone sus condiciones. Todo esto ocurre gracias a esa Transición modélica y campechana que nos vendían gentes como Victoria Prego en la década de 1990, sin ir más lejos.
Obras de rehabilitación en el interior de la fortaleza-cárcel de Peniche.
Uno que se ha criado en esta realidad no deja de quedarse perplejo con la gestión de la memoria del pasado reciente que realiza nuestro país vecino (para algunos nuestro país), heredero de la otra dictadura ibérica. El 27 de abril de 2017 se reunió el Consejo de Ministros en la fortaleza costera de Peniche, cárcel política salazarista en su día, en conmemoración de la liberación de los presos tras la Revolución de los Claveles del 25 de abril de 1974. ¿Alguien se imagina algo parecido en el Reino de España?
En aquel acto solemne en Peniche se acordó convertir la prisión en Museu Nacional Resistência e Liberdade. Se cumplía así con las reivindicaciones, entre otros, de la União dos Resistentes Antifascistas Portugueses y del movimiento Não apaguem a Memória. Se evitaba así su conversión en hotel de lujo, que es como acaban estas cosas en la España del ladrillazo y la especulación. Estos días en Madrid, cientos de investigadores e investigadoras sobre la Memoria asistieron a un mega congreso en el que pudieron disfrutar de una visita guiada al espacio que ocupaba la cárcel de Carabanchel. A pesar de la lucha de la sociedad civil, de la protesta de científicos sociales e incluso académicos, el rodillo de la desmemoria se llevó por delante la prisión en 2008. La demolición, el Derribo de la Vergüenza le llamó Jesús Rodríguez, fue un paso más en la humillación pública a la que se ven sometidas las víctimas de la represión franquista.
Memorial con los nombres de 2.510 presos políticos que pasaron por Peniche.
El 25 de abril de este año se inauguró en la fortaleza de Peniche un memorial a los presos políticos. Allí están grabados los nombres y apellidos de 2.510 víctimas del Estado Novo. El acto estuvo presidido por el Primer Ministro António Costa y la Ministra de Cultura Graça Fonseca. En el Reino de España esto es imposible. Estas cosas hay que hacerlas fuera de nuestras fronteras. Lo único que ha hecho el Presidente español es ir a Francia, como cuando los jóvenes del tardofranquismo iban a ver películas eróticas. Así, como de estranjis, Pedro Sánchez homenajea a Antonio Machado, manchando su tumba republicana con la bandera rojigualda.
Ese mismo 25 de abril, se inauguró también en Peniche una exposición temporal titulada Por teu livre pensamento. El primer mes la visitaron un total de 16.215 personas. El gobierno de Portugal invertirá un total de 3,5 millones de euros en la rehabilitación y musealización de la fortaleza.
En el Reino de España un proyecto así ni se plantea, porque aquí no hubo ni fascismo ni antifascismo, porque este es un tema que divide a los españoles, porque es reabrir heridas, porque hay que mirar al futuro, porque ese dinero hay que invertirlo en cosas útiles como la lucha contra el cáncer. El cáncer de la desmemoria devora una sociedad. Y ahí están los resultados. Ya tenemos 24 diputados fascistas en las Cortes.
Campo de Concentración de Nanclares y su entorno (1956-7).
“Disciplina nuestro orgullo es
el trabajo nuestro afán
siempre anhelando firmes,
la hermosa libertad.”
(Himno de los presos de Nanclares, en Monago 1998: 56).
Seguimos tirando del hilo de la historia del Campo de
Concentración de Nanclares de la Oca, en Araba/Álava. Después de hablar de las
“piedras”, nos toca centrarnos ahora en la otra materia prima producto de
explotación en este complejo represivo: los presos.
En el artículo anterior se mencionaba que fue en el
invierno de 1940 cuando varios cientos de prisioneros procedentes del saturado
Campo de Concentración de Miranda de Ebro fueron trasladados a la aldea de
Garabo con un objetivo muy claro: construir su propia cárcel. Garabo se sitúa
junto a un meandro del río Zadorra. Al otro lado del río, a día de hoy se
observa bien el pueblo de Víllodas que domina la Llanada Alavesa sobre una loma
que asciende a la Sierra de Badaya. La única vía de conexión entre Garabo y
Víllodas es un paso hecho de piedras y cemento en el mismo lecho del río. En
invierno no se puede transitar por él, pero parece que antaño había alguna
barca con soga que cumplía esta función de enlace. En esa otra orilla de
enfrente, los presos debían acudir forzosamente a misa y dónde mejor que en la
ermita de San Pelayo. Un pequeño templo, muy importante en la economía moral de
la zona como punto de encuentro popular, pero aún más vital dentro de la gran
obra de “Reconquista” nacionalcatólica. Pelayo blandía su espada contra los
infieles, no en la Asturias del siglo VIII, sino en la Álava de 1940.
Ermita de San Pelayo, en Víllodas y en
la orilla opuesta a Garabo.
Muchos de los prisioneros de Nanclares eran brigadistas
internacionales. Una parte importante de las decenas de miles de voluntarios
que acudieron en defensa de la República. En el campo de Miranda la realidad ya
era tremendamente internacional, con aproximadamente una veintena de
nacionalidades distintas (Fernández López 2003). En Nanclares el panorama sería
posteriormente similar. Como muestra de ello, la prensa local vitoriana en 2013
se hacía eco de la extraordinaria y silente vida de un ex-presidiario que
parece sacada de la película Alguien voló
sobre el nido del cuco (Miloš Forman, 1975).
El caso es que en 2013 falleció Nicola Jolic alias “El Croata”.
Este hombre había sido uno de aquellos brigadistas internacionales. Después del
clásico periplo represivo del “turismo penitenciario” en la España de Franco
por diversos campos de concentración, estuvo preso en Nanclares y parece que
entonces ya se hallaba inmerso en un silencio total. Una mudez absoluta.
A finales de los años 50, un fraile yugoslavo afincado en
Madrid se interesó por su estado, pero no hubo respuesta. Tres años después, la
Cruz Roja fue la encargada de intentar poner en contacto a Jolic con su
familia, con una hermana suya que vivía en Canadá. A pesar de todo, no dijo
nada. En 1971, el arzobispo de la localidad bosnia Banja Luka volvía a intentar
un nuevo contacto con el brigadista mudo, pero siguió sin obtener respuesta
alguna. Cuatro años después, fue una sobrina la que se puso en contacto con
Nicola Jolic a través de una asistenta social.
Diez años más tarde, otro sobrino, residente en Alemania,
intentó entablar comunicación con él y hasta la embajada yugoslava mostró
interés en su repatriación. El proceso parecía que podía ser exitoso, pero fue
entonces cuando la guerra azotó la vida de aquel país y hasta significó su fin
como estado federal unificado. Fin del contacto. Mientras tanto, Nicola Jolic
seguía mudo, internado desde hacía tiempo en el psiquiátrico de Las Nieves, el
actual Aulario del Campus Universitario de Vitoria-Gasteiz.
Las Nieves, antiguo Hospital
Psiquiátrico y actualmente Aulario del Campus de Araba/Álava.
Este mutismo y esta incapacidad para llevar una vida autónoma
se relacionaron directamente con una excesiva “institucionalización” de
Nicola Jolic. Como en la famosa película Cadena
perpetua (Frank Darabont, 1994), este anciano, mudo y prácticamente carente
de emocionalidad se había convertido en algo inerte. Casi como si fuese un
sillar de piedra más en el muro de la institución.
Como relata el artículo del periodista local Francisco
Góngora, Nicola Jolic murió en 2013 y muy pocas personas acudieron a su
funeral. De hecho, mucha gente, habitual de la misa en esa parroquia, no había oído
hablar nunca de él. Nadie sabía que se trataba de alguien que había permanecido
encerrado en el edificio de Las Nieves de Vitoria-Gasteiz durante décadas o que
proviniese del cautiverio en Nanclares y menos aún que se tratase de un
exbrigadista croata que había luchado, había perdido y que por ello hasta había
abandonado la capacidad del habla. Un silencio de por vida como sello lacrado
para una vida probablemente de puro horror en el régimen disciplinario de
Franco. Al contrario de lo que decía el himno oficial del Campo de
Concentración, “El Croata” nunca pudo recobrar la “anhelada libertad”.
Pero, sin duda, la Nicola Jolic es una más de las muchas
historias de aquellos cautivos del franquismo en Nanclares. Su extraño origen y
su mutismo son precisamente los factores que han permitido que su historia haya
transcendido (un poco) en prensa. Las condiciones de vida generales del resto
de prisioneros siguen siendo poco conocidas. Por suerte, contamos con el libro El Campo de Concentración de Nanclares de la
Oca (1940-1947), de Juanjo Monago y publicado en 1998. Esta obra tiene como
una de sus privilegiadas fuentes de información el diario del médico encargado
del Campo de Concentración.
Torre de vigilancia central del Campo
de Nanclares.
En el diario del médico no sólo se recoge la multitud de
patologías que sufrían los prisioneros que, recordémoslo, sufrían una tasa de
mortalidad importante (1-2 muertos al mes), sino que también se mencionan
algunos apartados que nos hablan de otros aspectos interesantes del sistema
represivo franquista. Para empezar, en él se recogen algunas referencias a las
prácticas psiquiátricas de Antonio Vallejo Nájera. Este hombre, el abuelo de
Nicolás Vallejo Nájera, más conocido como “Colate” y aún más conocido como el
“ex de Paulina Rubio” –las genealogías del “mundo rosa” español pueden ser
escalofriantes–, era Catedrático de Psiquiatría y uno de los hombres que más
lejos llevó la idea de persecución del “gen rojo”. Es relativamente célebre su
estudio sobre varias presas republicanas con el que buscaba establecer
relaciones entre falta de higiene moral y racial y el “contagio” del marxismo a
través de la vía materna. Además, gracias a la gran diversidad de orígenes que
ofrecía la población presidiaria de las Brigadas Internacionales, amplió sus
muestreos con combatientes de distintos países y distintas razas. En cuanto a
su rastro dejado en Nanclares, el médico del Campo escribió lo siguiente sobre
un preso recién ingresado en la Enfermería:
“Eduardo Araynes, de 25 años, ingresado
ayer dice que padece del corazón desde la terminación de la guerra civil, que
siente palpitaciones sobre todo cuando toma seis tazas de café y que así llega
a perder el conocimiento pero que le ponían aceite alcanforado y quedaba bien. Que el año 1940 y 1941 estuvo en
Ciempozuelos [Madrid], clínica
militar, siendo tratado de esquizofrenia por el doctor Vallejo Nájera.” (La cursiva es mía).
En apuntes como éste y en muchos otros se entiende que el
médico de Nanclares no tomaba muy en serio algunos de los problemas de los
presos. Son muy comunes las fórmulas “dice que”, “cuenta que”, “viene contando
que” y otras que se suman con narraciones casi absurdas como la que hemos visto
de “siente palpitaciones sobre todo cuando toma seis tazas de café”. Además, a
menudo tiende a tener un tono paternalista con los presos, a los que ve como
víctimas de sus propios desmanes, personas equivocadas que no se cuidan lo
suficiente.
En cualquier caso, los apuntes del médico nos cuentan
también cómo entre 1944 y 1945 llegó un nuevo tipo de población al Campo con
motivaciones y orígenes muy diferentes a los de los presos que se hacinaban allí
desde el 40.
“Filo Walter, de 44 años. Es oficial
del ejército alemán, dice tener problemas de sordera desde la caída de un obús
ruso en el frente este en el 29 de julio de 1943”.
Dos cuadros que presidían las oficinas de la Cárcel de
Nanclares al menos hasta 1998 –lo desconozco en la actualidad–, mostraban una
firma que inequívocamente nos remite a la existencia de nazis fugados de Europa
y acogidos en el centro. Los combatientes alemanes que huían de la derrota del
nazismo a manos de los Aliados, eran encerrados en Nanclares el tiempo que
durase su tramitación de salida hacia Sudamérica. Así es como resulta
interesante imaginar a brigadistas internacionales, combatientes por la
República y en muchos casos combativos comunistas de toda Europa, teniendo que
compartir presidio con unos “retenidos especiales” como aquellos nazis que
buscaban eludir la derrota.
Cuadro del exterior del Campo de
Concentración de Nanclares de la Oca pintado por el alemán Anso Weiss.
En mayo de 1945, en los convulsos días en los que se
ponía punto y final a la Segunda Guerra Mundial, un grupo de periodistas de la
agencia internacional Associated Press
consiguió visitar el interior del Campo de Concentración. Pudieron conocer una
parte del complejo penitenciario y sin duda debieron quedarse impresionados con
lo que vieron allí. No sabemos si llegaron a conocer a alguno de aquellos
mismos nazis a los que se daba caza en Europa pero que en la España de Franco
gozaban de una vía de escapatoria. En cualquier caso, cuando la prensa
internacional se hizo eco de las terribles condiciones de Nanclares, la prensa
local vitoriana, concretamente el diario (de contradictorio nombre) El Pensamiento Alavés, respondió lo
siguiente:
“Otra información difamatoria contra
España. (…) El afán vejatorio ha sido el móvil de la información dada por la
Agencia Associated Press, y lo que dice de alimentación deficiente y precaria,
puede comprobarse lo contrario con las estadísticas de aumento de peso de la
gran mayoría de los internados y su estado sanitario y de salud” (El Pensamiento Alavés, 15 de mayo de
1945).
En estos días en los que se ha estado hablando de mesas,
relatores y mediaciones internacionales, la fórmula de la reacción sigue siendo
la misma que en aquella España aislada y paranoica de 1945. Lo de fuera, sobre todo si se hace desde
la posición del trabajo por los Derechos Humanos, no es más que “otra
información difamatoria contra España”.
Continuará…
Referencias
bibliográficas
-FERNÁNDEZ LÓPEZ, J. A. (2003): Historia del campo de concentración de Miranda de Ebro (1937-1947),
J. A. Fernández, Miranda de Ebro.
El domingo 17 de junio de 2018, por iniciativa de la
asociación cultural Geltoki del
municipio alavés de Iruña de Oca, llevamos a cabo un paseo arqueológico por el
paisaje disciplinario del antiguo Campo de Concentración de Nanclares de la
Oca, germen de la famosa prisión actual. Las expectativas eran pequeñas en un
principio, pero medio centenar de personas emprendieron el camino que, no sólo
sirvió para dar a conocer esta historia, sino que esperamos que sirva para
iniciar una nueva.
Tal y como cuenta Juanjo Monago en su libro El Campo de Concentración de Nanclares de la
Oca (1940-1947) (ed. Dpto. de Justicia del Gob. Vasco, 1998), en diciembre
de 1940, la aldea alavesa de Garabo
recibió a los primeros presos. Muchos de ellos eran brigadistas
internacionales, traídos aquí desde el saturado campo de concentración de
Miranda de Ebro. Llegaron en tren, por la vía férrea que une Miranda con
Vitoria, a su paso por un pueblo que todavía hoy es sinónimo de cárcel:
Nanclares.
Aquel invierno de 1940-1941, cientos de presos fueron alojados en tiendas de campaña y barracones precarios. El lugar era conocido
como Montecillo de Garabo y se trataba de un promontorio rocoso rodeado por un
meandro del río Zadorra. El borde de agua hace que este sitio sea casi como una
isla en el corazón de Álava. La elección del lugar fue obra de un militar de la
zona, alavés, pero los técnicos que trajeron sus planos eran alemanes. Tenían
experiencia en esto.
Imagen aérea del campo de concentración de Nanclares (vuelo americano de 1956/7).
Enseguida aquellos primeros presos fueron obligados a
detonar, picar y moler la roca caliza del Montecillo. En muy poco tiempo
lograron alterar profundamente el relieve para crear así una gran zona llana de
más de 50.000 metros
cuadrados. La piedra extraída sirvió también para la
construcción de ocho grandes barracones, con capacidad para doscientas personas
cada uno. Fueron construidos siguiendo una llamativa planta trapezoidal. Cada
barracón tenía un único acceso, orientado al sur, bajo la atenta mirada de una
imponente torre de vigilancia. Esta disposición constructiva no era invención
propia, sino que era la aplicación de un modelo que se mostraba muy eficiente
en otros lugares.
Imágenes aéreas del campo de
concentración de Buchenwald (izda.) y de Sachsenhausen (dcha.), Alemania.
El río Zadorra, traicionero con las crecidas invernales, hacía
muy difícil cualquier tipo de huida. De ello da fe, por ejemplo, la aparición
de un preso ahogado en 1943. La lógica penitenciaria de los lugares remotos y
de las barreras de agua, presente en toda la historia de las colonias penales,
atroz y obvia en sitios como Tasmania o Nueva Caledonia, se presenta aquí a una
escala mucho más pequeña pero igualmente efectiva. Esta tierra de Garabo sólo
ofrece una salida posible, por un estrecho camino junto al río, siempre bajo la
supervisión de la torre de vigilancia.
Mapa de
visibilidades desde la torre de vigilancia del Campo a 1 km.
Como expuso Michel Foucault en Vigilar y castigar, la ciencia disciplinaria es un saber que
implica un conocimiento sobre los individuos –de sus culpas y de sus penas, de
sus posibilidades de redención y, en definitiva, de sus almas. Pero este es
un saber que apela también a la materialidad. La disciplina carcelaria necesita
de una serie de arquitecturas que la sustenten y la reproduzcan. Bentham ya lo
dejó claro en el siglo XVIII con su modelo de panóptico y su ideal arquitectónico del control sobre los
individuos. En el caso del Campo de Concentración de Nanclares no sólo
apreciamos su arquitectura disciplinaria, sino que la topología de la zona es
igualmente una herramienta de vigilancia. La morfología geológica del lugar fue
un factor determinante para la instalación del centro. Y yendo más allá, la
roca era de suma importancia.
Durante décadas, los presos de Nanclares trabajaron
intensamente en la cantera del centro. El trabajo era el medio para la
redención nacionalcatólica. La contribución necesaria para construir la Nueva
España, mediante el sudor y, en ocasiones, mediante la sangre. El 10 de abril
de 1945, una explosión en la cantera produjo nueve heridos graves. Aunque la
mortalidad anual del Campo era de una media de 12-13 presos por año. Es decir,
una muerte al mes.
Presos del campo trabajando en las
canteras.
A finales de la década de 1970, se inició una gran
remodelación de la prisión. Se pasó del orden trapezoidal de barracones a un
sistema de patios y módulos más moderno. La cárcel, con su morfología actual,
fue reinaugurada en 1984. La piedra fue sustituida por el ladrillo. Casi todo
rastro del pasado concentracionario fue borrado, pero el material de obra sigue
delatando el origen de algunas de las instalaciones. O dicho de otra forma, es
la petrología –la caracterización del tipo de piedra– la que señala el contexto
arqueológico original del Campo de Concentración.
Vista aérea de 1968 (izda.) y vista
actual de la prisión con los restos en piedra original (dcha):
1- Acceso; 2- Restos del molino de
piedra.
El edificio de acceso sigue siendo parte del antiguo
Cuerpo de Guardia. Se aprecian también los muros de piedra de una gran
construcción al pie del complejo, en el parking de Visitas. Estos muros son los
escasos restos de un gran molino en el que se picaba la roca extraída en la
cantera para distribuirla en camiones. Algunas empresas constructoras hicieron
grandes sumas de dinero con este negocio y, una vez más, nuestras gafas
petrológicas nos advierten de la presencia de estas piedras de sangre,
incluso en edificios y barrios de Vitoria.
Barrio “Martín Ballesteros” de Armentia
(izda.) y edificio de la calle Ramiro de Maeztu (dcha.).
Estos, al igual que muchísimos otros a lo largo del Reino
de España, son los restos silentes de una explotación del hombre por hombre a
una escala sin precedentes en nuestra historia. Y así es como, desde la
Arqueología, esa ciencia que dedica tantos esfuerzos en descifrar piedras, nos
ayuda a acercarnos a un pasado poco conocido, el del Campo de Concentración de
Nanclares de la Oca.
Presentamos la tercera entrega de la serie Materialidades Represivas, y la última dedicada a la cárcel política de hombres de Libertad (Establecimiento Militar de Reclusión Nº 1).
Recientemente se acaba de estrenar en Uruguay la producción hispano-uruguaya "Migas de pan", protagonizada por Cecilia Roth y Justina Bustos, e inspirada en hechos reales. En este largometraje se puede apreciar cómo fue la vida de las presas políticas uruguayas en el penal de Punta Rieles (Establecimiento Militar de Reclusión Nº 2), durante la última dictadura cívico-militar (1973-1985).
A partir de las diferentes entrevistas que hemos realizado tanto a ex presos como ex presas políticas, podría asegurarse que la experiencia de la cárcel política en Uruguay fue bien diferente en función del género. Y en esto tuvo bastante que ver la arquitectura represiva utilizada en cada caso. En el de las mujeres se reutilizó un antiguo seminario de la compañía de Jesús, lo que obligó a reconvertir los cuartos colectivos de los seminaristas en celdas, que por el tamaño tuvieron que ser colectivas, de hasta 12 presas. Esta convivencia permitió establecer fuertes lazos de solidaridad entre estos grupos de mujeres, tupamaras y comunistas, principalmente. Y también les permitió desarrollar, a pesar de las tremendas carestías que soportaban, todo tipo de trabajos manuales y actividades lúdicas (obras de teatro, canciones, lecturas compartidas, etc.). Toda una serie de dispositivos de resistencia ante las penalidades sufridas y la dureza del encierro y las vejaciones.
Sin embargo el caso de los hombres fue bien diferente. El penal de Libertad fue diseñado como tal, con celdas pensadas para dos reclusos. Tras 37 años en obras, y fue apresuradamente terminado en 1972. Una materialidad de la dictadura que se adelantó a la misma dictadura. Rápidamente se quedó pequeño, pero la dictadura no respondió con hacinamiento, sino que según fue creciendo el número de reclusos se le fueron añadiendo pabellones con habitaciones colectivas, donde se dieron formas de organización entre los reclusos similares a las de las mujeres de Punta Rieles.
Pero la mayor parte de la población presa se repartía entre los cinco pisos del edificio principal. La mayoría de las celdas eran para dos reclusos, algunas en los pisos 4 y 5 eran para cuatro (en el espacio resultante de unir dos celdas), pero las de la mitad del piso 2 tenían un régimen especial. Allí los presos políticos estaban aislados. Este sector estaba destinado a aquellos considerados cabecillas de las organizaciones guerrilleras o políticas enemigas de la dictadura. Tupamaros y comunistas, principalmente. Estos presos "peligrosos" tuvieron que enfrentarse, además, a la soledad de la celda. Los mandos militares consideraron necesario, a finales de la dictadura, que los reclusos conocieran las características de la cárcel, circulando un texto, como si la mera descripción burocratizada de la arquitectura tuviera la fuerza para reforzarla en sus funciones represivas:
"Ubicación:
El Establecimiento se encuentra a 53 kilómetros de Montevideo, ocupando una superficie de 120 has.- Dentro de esa área se destaca una "zona de seguridad" donde se encuentra alojada la población reclusa, con capacidad para albergar a aproximadamente 1335 individuos.-"
"Alojamiento:
En un edificio central con capacidad para alojar 935 reclusos en celdas para 2 personas con un buen sistema de iluminación y ventilación.-
En barracas se pueden alojar 400 reclusos (80 en cada una, en 2 sectores independientes de 40 reclusos cada uno).
En barracas tienen un sistema de vida mas en "comunidad" ya que conforman un grupo de 40 hombres sin compartimentación entre ellos .-
Los reclusos de mayor peligrosidad (asesinos - ideólogos - dirigentes a nivel de ejecutivo central - jefes de columna - reclusos fuertemente concientizados hacia la violencia) son alojados en el piso 2 del Celdario."
Algunos, como Jorge Tiscornia, sufrieron esa soledad de los de "mayor peligrosidad", durante 13 años de encierro. 23 horas dentro de la celda, que en muchos casos se convertía en el día completo, ya que cualquier cosa podía constituir una falta y perder el derecho a la hora de patio. Las faltas graves se solventaban en la Isla, el sector de celdas de castigo, de tamaño muy reducido, sin luz natural, y en el que se estaba por unidades de tiempo medidas en quincenas. Gracias a Jorge Tiscornia se dispone, además, de las únicas fotografías de las celdas en uso durante la dictadura, o, al menos, de las únicas conocidas. En concreto de algunas del quinto piso, realizadas con bastante riesgo las últimas semanas de estancia en el penal, cuando dispuso de un mínimo de libertad de movimientos:
Al salir de la cárcel pudo sintetizar todos sus recuerdos en el libro Vivir en Libertad (2003, Ediciones de la Banda Oriental), donde su sensibilidad arquitectónica le permitió plasmar hasta el más mínimo detalle arquitectónico. Detalles, cuya leve manipulación podría llegar a ser el acto más grande rebeldía, sustentando la capacidad de resistencia del preso:
"Las celdas.
Las celdas tenían dos metros de ancho, tres con sesenta de largo y dos metros ochenta de alto. Tenían una ventana y una puerta en los extremos del eje mayor. Las paredes tenían estucado hasta el metro ochenta y por encima de este revoque grueso hasta el techo. Este estucado, en momentos de humedad y temperatura altas, hacía que la humedad se condensara y chorreara por las paredes. Los pisos eran de baldosa monolítica de veinte centímetros de lado. Del mismo tamaño era también la ventanilla que tenía cada una de las puertas. Abisagradas en la parte inferior, estas ventanillas abrían hacia afuera y se cerraban con un pestillo de bronce.
Durante un tiempo los presos fueron sustituyendo los pestillos que se "perdían" por unos cueritos que se adosaban a un costado de la ventanilla, que permitían abrirla desde adentro con un golpe. Era, de algún modo, una forma de pasar el comando de la ventanilla hacia adentro, pudiendo trancarla y abrirla a voluntad. Este sistema duró hasta mayo de 1982, cuando repusieron todos los pestillos, pero es un ejemplo claro del eterno "tira y afloje" de la cárcel: los presos tratando siempre de fisurar el sistema de control aunque fuera en detalles muy pequeños, los carceleros tratando de suturarlo.
Al abrirse la ventanilla se transformaba en una suerte de mesita extendida hacia afuera. Era, básicamente, el canal de contacto del preso con lo que sucedía en las planchadas.
Por ella recibía los alimentos y las cartas, las herramientas permitidas, los cubiertos y, por supuesto, las sanciones. Por ella sacaba las manualidades y los residuos, por ella entraba o sacaba baldes con agua, libros, medicamentos.
Cuando alguien abría la ventanilla desde afuera, lo primero que se veía desde adentro era un abdomen, que podía ser, básicamente, gris o verde. Esta variación de tono ya pautaba las posibilidades de diálogo, el estilo de comunicación posible y hasta el estado de ánimo del preso, su postura emocional y el sistema defensivo que debía, o no, utilizar.
Las ventanas que de las celdas eran diferentes en los distintos pisos. Como dice la circular, eran "un buen sistema de iluminación y ventilación".-
En el 1º y 2º había ventanas de 50 cm x 65cm, de proyección y deslizamiento, con un vidrio fijo de 25 por 50 centímetros en la parte superior. En los pisos de arriba ese vidrio fijo se transforma en otra ventana batiente, que facilitaba dosificar la entrada de aire.
La luz artificial se suministraba, en los pisos 1º y 2º, desde afuera de la celda por medio de un artefacto de aluminio, colocado unos 40 centímetros por encima de la puerta, separado del interior por medio de una reja cuadriculada y unos vidrios en persiana.
En los pisos de arriba la luz se encontraba adentro. Había un portalámparas sobre la puerta, con el interruptor afuera, lejos del alcance de los reclusos.
Los presos de los pisos superiores desarrollaron un sistema sencillo de hilos que permitía aflojar o apretar la bombilla, para poder apagar la luz desde adentro. No era un gran beneficio el que se obtenía en la práctica, pero se inscribía en la misma línea de los "cueritos" de las ventanillas, es decir, importaba más el contenido simbólico de transgredir el orden castrense, aunque fuera en cosas mínimas, que los beneficios reales. Eran, en el fondo, formas sencillas de sentirse vivo, de no doblegarse, de no dejarse abrumar por el sistema carcelario".
Seguimos en el penal de Miguelete (Montevideo), cuya arquitectura
represiva sirve para que Jorge Tiscornia nos cuente cómo funciona la vigilancia
en las cárceles modernas y para intentar trasladarnos a la vida en la cárcel
política de Libertad. Algunos teóricos sobre la arquitectura penitenciaria dicen
que el panóptico benthamiano no existe, que es casi imposible desarrollarlo a
nivel arquitectónico, y que lo que existe es un afán de panoptismo, de
controlar visualmente el máximo posible desde un único lugar. Jorge corrobora
este punto, ya que finalmente para saber lo que ocurre dentro de cada celda los
guardianes tenían que ir puerta por puerta abriendo cada mirilla. Hoy los
sistemas de videovigilancia llevan el panoptismo a su máxima expresión, sin
necesidad de modificaciones arquitectónicas. Pensemos en campos de
concentración actuales como Guantánamo. Pero volviendo a los momentos
represivos previos al desarrollo de la videovigilancia, el afán de panoptismo
es lo que llevó a desarrollar las cárceles radiales desde el s. XIX, como esta
de Miguelete. En España las conocemos bien. Es el caso de la desaparecida
cárcel modelo de Moncloa, o de la también recientemente desaparecida cárcel de
Carabanchel.
Como decíamos pasear por la cárcel decimonónica de Miguelete nos sirve para
imaginarnos la vida de los presos políticos de la última dictadura en Uruguay
en la cárcel de Libertad, la principal cárcel política para hombres, que en la
jerga militar era denominada Establecimiento Militar de Reclusión nº 1. Jorge
sabe de lo que habla cuando compara arquitectónicamente Miguelete con Libertad,
ya que pasó 13 años en esta última, en el temido segundo piso al que iban a
parar los dirigentes de las organizaciones perseguidas, como la guerrilla del
MLN-Tupamaros. Todos los presos políticos de Libertad, como las mujeres que
estuvieron en el Establecimiento Militar de Reclusión nº 2, o cárcel política
de mujeres de Punta Rieles, fueron juzgados por la justicia militar, en su
condición de enemigos de la patria.
Cárcel de Libertad en la actualidad. Obsérvese el cuerpo central desde donde se distribuye el acceso a las dos alas y desde donde se vigilaba todo el celdario (panopticon)
El presidio de Libertad tiene este curioso y contradictorio nombre debido a
que está situado cerca de la Ruta 1, en las proximidades de la ciudad homónima,
en el Departamento de San José, a 53 km de Montevideo. "Estar en
Libertad" durante la última dictadura cívico militar en Uruguay
significaba, paradójicamente, ser un preso político. Libertad se construyó
sobre la base de una cárcel de alta seguridad inconclusa, que había comenzado a
edificarse en la década de 1930, durante otra dictadura, la de Gabriel Terra, causante de que muchos uruguayos de izquierda fueran a luchar contra Franco a España.
Fue inaugurada poco antes del comienzo de la última dictadura cívico-militar,
el 1 de octubre de 1972. En esta fecha recibió a los primeros presos
trasladados de la cárcel de Punta Carretas, todos del MLN-Tupamaros. Metidos a
patadas y culatazos en medio de la noche según iban bajando de los camiones
militares, pudieron leer la frase "Aquí se viene a cumplir", escrita
en una de sus paredes. Se estima que hasta el 9 de marzo de 1985 pasaron por el
lugar 2.873 detenidos, de muy diferentes organizaciones políticas, llegando a
convivir en simultáneo 1.400 reclusos. 9 dirigentes tupamaros fueron secuestrados
en 1973 cuando estaban cumpliendo condena en esta cárcel y la dictadura los
mantuvo como "rehenes" en cuarteles militares hasta 1985, con tratos
extremadamente vejatorios y violentos. El ex-presidente Pepe Mujica o el actual
ministro de Defensa son algunos de estos secuestrados en la propia cárcel.
Gracias a Jorge Tiscornia y a sus investigaciones y novelas (Vivir en Libertad, o Nunca en domingo) sobre la cárcel en la que pasó en condiciones extremas tantos años, conocemos hoy sus principales características arquitectónicas y materiales, antes de las reformas acometidas en los últimos años. Además Jorge llevó de forma clandestina un almanaque que escondió en los zueco de madera que él mismo construyó, en donde tenemos registrados los hechos ocurridos en la cárcel política los 4.646 días en los que estuvo allí. Asimismo también se jugó el pellejo cuando al final de su condena pudo subir al piso quinto, y pedir prestada una cámara de fotos a un compañero del taller de fotografía y obtener así las únicas imágenes del interior de la cárcel con la que contamos hoy en día, sacando los negativos en un doble fondo el día de su liberación.
El conjunto de edificaciones de Libertad se encuentra en el centro de un predio de unas
120 hectáreas. En un espacio mucho menor existía un doble cerco de alambradas,
separadas entre sí por una distancia de unos 2 metros, bordeadas por un camino
y coronadas por trece torretas. Había otras dos torretas con ametralladoras
controlando cada lateral del edificio.
Fotografía clandestina tomada por Jorge Tiscornia en 1985 desde el quinto piso: torreta con ametralladora y alambrada.
El perímetro de la cerca contiene el
celdario, las cinco barracas anexas también destinadas al "alojamiento",
una barraca comedor y una séptima en la que estaban los talleres de herrería y
carpintería. Al sur del celdario está la temida Sala de Disciplina (la
"Isla" para los presos, de dimensiones muy reducidas) y, en el otro
extremo, a la entrada del penal, el Locutorio, donde se realizaban las visitas
y funcionaban las oficinas de las autoridades.
El edificio principal o caldario es en sí muy similar al de la cárcel de
Miguelete, solo que en lugar de tener cuatro radios tiene sólo dos,
enfrentados, y también organizados a partir de un patio central o panóptico, en
este caso cubierto por una claraboya.
Fotografía clandestina tomada por Jorge Tiscornia en 1985. Claraboya que cubría el techo de las dos alas principales.
Fotografía clandestina tomada por Jorge Tiscornia en 1985. Imagen general del celdario desde la planchada del primer piso.
Es en ese eje o espacio central
controlador en donde se ubicaba "la jaula", el espacio organizador
del acceso, con las escaleras y ascensores. Todo el conjunto del celdario tiene
aproximadamente 130 metros de largo por unos 14 de ancho. Cuenta con cinco
pisos de alto, con 100 celdas por piso, y está apoyado en 96 columnas, como un
enorme "ciempiés", para evitar las fugas mediante túneles, que puede
entenderse como un avance arquitectónico en clave represiva, después de sonadas
fugas como la de los anarquistas en los años 30 de la cárcel de Punta Carretas,
o la de más de 100 tupamaros a comienzo de los 70 de ese mismo lugar. Tan
abultada fue esta fuga con túneles que ya en la época se la denominó "El
Abuso".
Hoy en día Libertad, la principal cárcel política para hombres de la
dictadura, sigue estando en uso.
La cárcel de Miguelete se encuentra en la C/ Miguelete 1825. Inaugurada en
1888 fue una de las principales prisiones de Montevideo, situada en la Ciudad
Nueva, la ampliación republicana de la ciudad colonial o Ciudad Vieja. Al
comienzo fue una cárcel mixta, pero con una clara discriminación de género en
clave arquitectónica, ya que a las mujeres se les reservaba "el
gallinero", las zonas más bajas y por lo tanto más sucias. Posteriormente
sólo fue para hombres y en la fase final se mantuvo un pabellón para
adolescentes.
El edificio se desarrolla sobre un predio de planta pentagonal ya que sigue
el modelo decimonónico de cárcel radial. Cuenta con una nave principal de
entrada, de fachada neoclásica con frontón y cuatro columnas, enmarcada por
otras dos naves gemelas dispuestas en paralelo. Desde este cuerpo de entrada se
accede al gran eje distribuidor y organizador del espacio, cubierto por una
semicúpula. De ahí parten los cuatro brazos que componían el celdario, con 3
plantas y 84 celdas cada uno. Entre los brazos del celdario se encuentran tres
patios de forma romboidal. Dos de estos patios fueron modifificados en los años
30 con la construcción de talleres para los presos. Todo ello está enmarcado
por un muro perimetral de gran altura.
En estos muros de los patios se realizaban los fusilamientos de los presos
condenados a muerte, bajo la frase de Platón: "El más desgraciado entre
todos los hombres es el que no sabe sobrellevar las desgracias". Estos
fusilamientos eran públicos y tenían gran demanda de visitantes. Actualmente
son visibles en el muro los impactos de bala, así como los restos de las letras
en mayúscula que formaban aquel cartel. Jorge Tiscornia, el preso político que
más tiempo pasó en una cárcel uruguaya comenzó a rastrear a partir de una
fotografía la posible ubicación de esa leyenda que enmarcaba el ajusticiamiento
público de los reos. Tapado por los muros de uno de esos talleres construidos
en los años 30 aparecieron los negativos de las letras. En una primera fase se
ha demolido la pared trasera de uno de esos talleres para hacer visibles los
restos de la leyenda en el muro perimetral de la cárcel. Existe un proyecto de
investigación para recuperar la frase y documentar arqueológicamente el
lugar.
En la década de 1960 fue lugar de reclusión de militantes políticos, como
por ejemplo del MLN-Tupamaros que, en su mayoría, fueron trasladados en 1969
por motivos de seguridad al Penal de Punta Carretas. En 1970 todavía había
nueve presos políticos procesados por “delitos leves”. Mantuvo sus función como
cárcel para presos "comunes" hasta 1990.
Actualmente, el brazo que parte de la C/ Arenal Grande ha sido reutilizado
y reformado como Espacio de Arte Contemporáneo (EAC).
Materialidades Represivas es una serie de piezas de vídeo de corta
duración realizadas por Ángel Galán y Carlos Marín durante los años 2014 y 2015
para dar a conocer una muestra significativa de los predios y edificios montevideanos
en donde tuvieron lugar los principales actos de represión durante la última
dictadura cívico-militar del Uruguay (1973-1985). Ésta se caracterizó por el
secuestro generalizado de los integrantes del movimiento obrero y estudiantil,
de los militantes políticos, más allá de la represión contra la principal
guerrilla del país -el Movimiento de
Liberación Nacional - Tupamaros (MLN-T)- que, de hecho, ya estaba prácticamente
desintegrada cuando comenzó la dictadura. Aquellos militantes universitarios,
sindicalistas y políticos que en su mayoría llevaron adelante formas de lucha
pacíficas para cambiar un país sumido en la desigualdad y la injusticia y que,
sin embargo, para los militares y políticos que conformaron el ilegítimo
gobierno de la dictadura, representaban la amenaza del virus marxista que iba a
acabar con el occidental y capitalista modo de vida uruguayo.
Como decimos, y
en claro contraste con las dictaduras hermanas del Plan Cóndor de Argentina y
Chile, el caso uruguayo no se caracterizó por la desaparición de personas. En
Uruguay no hay más de 192 detenidos desaparecidos según la última actualización
(2015) del informe encargado por la Presidencia del Gobierno al equipo de
historiadores coordinado por Álvaro Rico. De los cuales han sido recuperados
los restos de 4 en los 10 años que lleva trabajando el Grupo de Investigación
en Antropología Forense (GIAF), también creado por mandato presidencial. Sin
embargo en lo que destacó Uruguay fue en la ratio de personas obligadas a
exiliarse (unas 300.000, es decir, el 20% de la población activa) y de personas
detenidas (unas 60.000), de una población total de menos de tres millones. Así,
entre 1973 y 1977, los años duros de la represión, más de una de cada 30
personas adultas fue detenida, interrogada y encarcelada. Uruguay llegó a tener
la ratio de preso políticos más alta del mundo, con un total de unas 6.000
personas según las últimas investigaciones.
La mayor parte de estas miles de víctimas directas de la dictadura fueron
secuestrados, antes que detenidos, por fuerzas policiales y militares, y fueron
a dar a un amplio y variado abanico de espacios represivos. En las primeras
fases de los "itinerarios del horror", que se corresponde grosso modo con los centros clandestinos
de detención (CCD), se usaron de forma indiscriminada las torturas y las
violaciones, siguiendo patrones compartidos con Brasil, Argentina y Chile, y
entrenados previamente en la guerra de Argelia por el ejército francés: picana
eléctrica, ahogamientos secos y en agua, colgamientos, obligación a permanecer
de pie hasta que el cuerpo no aguante -plantones-, violaciones a mujeres y
hombres, etc. Esta primera etapa represiva en estos particulares campos de
concentración sudamericanos, mantenidos en secreto por el Estado, también se
caracterizó por la deshumanización de los secuestrados, impidiendo la
comunicación ente ellos, clasificándolos con números y colores, y, sobre todo,
manteniendo sus cabezas continuamente encapuchadas. En una segunda fase los
secuestrados pasaban a los centros de detención (CD), en donde las condiciones en
muchos casos eran similares.
Estos CD ya habían sido usados masivamente por el gobierno desde 1968, en
los años previos a la dictadura, pero en los que debido a la implantación de
las "medidas prontas de seguridad" los cuarteles militares y otros
edificios reutilizados para tal fin se llenaron de estudiantes y trabajadores. También
en esos momentos de represión generalizada pre-dictadura las cárceles comunes
se llenaron de presos políticos. Este "mayo del 68", como el de
México, es mucho menos conocido que el francés, pero también mucho más salvaje.
A los trabajadores que hacían huelga se les aplicaba la justicia militar, y así
faltar al trabajo era prácticamente entendido como traición a la patria. En la
calle la policía mataba a tiros a los estudiantes que se manifestaban por, por
ejemplo, pedir la bajada del precio del boleto del autobús. Es difícil
diferenciar cuando termina la democracia y empieza la dictadura.
Restos del Cilindro Municipal, estadio usado como centro de detención masiva desde 1968. Fue derribado en el año 2015 por problemas estructurales tras un incendio. Fotografía Fuyumi Labra, de la exposición "Memorias fracturadas. Cartografía visual de la represión y la memoria en Montevideo".
Volviendo de nuevo a la dictadura. En estos tiempos ser trasladado de un CCD
a un CD suponía el tránsito hacia el "blanqueamiento" de los
secuestrados, que así pasaban a la condición de detenidos, dando a conocer su
ubicación a las familias. A veces los CCD y los CD eran galpones distintos de
un mismo acuartelamiento. Pasar al CD suponía, en muchos casos, no ser
torturado todos los días, poder hablar con los compañeros e, incluso, quitarse
la capucha. Estos "enemigos internos" de la patria serían
posteriormente juzgados por la justicia militar. A la espera de los juicios
pasaron a las cárceles políticas, que en la jerga militar fueron denominadas
Establecimientos Militares de Reclusión (EMR). Hubo tres de estos en el país,
con una de mujeres y otras de hombres en Montevideo. Como en una especie de
macabro juego de la oca siempre era posible ir hacia atrás en las etapas
represivas, es decir, volver a las torturas. Es el caso de la cúpula del MLN-T,
secuestrados cuando ya estaban cumpliendo condena en la cárcel política.
Algunos de aquellos jóvenes militantes nos cuentan como en el CD al que fueron
trasladados había un teléfono. Todos lo temían. Una llamada podía indicar que
alguno de los secuestrados debía volver al CCD a nuevas sesiones de
tortura.
Cárcel de Libertad, estrenada prácticamente como cárcel política para hombres. Hoy sigue funcionando como cárcel.
Mientras que el EMR 1, o cárcel política de hombres, fue instalado en una
prisión recién construida en los años previos a la dictadura (cárcel de
Libertad), con el EMR 2, o cárcel política de mujeres, ya observamos la
reutilización de edificios, pues fue instalada en un antiguo seminario de
jesuitas en el barrio de Punta Rieles. Tanto la localidad de Libertad como
Punta Rieles se encuentran en las afueras de Montevideo, alejados de la ciudad.
Las cárceles comunes, en las que también hubo presos políticos en los años
oscuros previos a la dictadura, siguieron en uso tras el golpe de Estado.
Algunas de estas cárceles habían sido construidas a finales del s. XIX y
comienzos del XX, con algún ejemplo de planta radial (cárcel de Miguelete), y,
en todo caso, con el afán de panoptismo típico de este tipo de construcciones,
sean con planta en radios o en galerías en línea. Estas cárceles comunes, al
contrario que las cárceles políticas alejadas de la ciudad, y que los CCD
mantenidos en secreto, estuvieron dispuestas en el centro de la ciudad, y
sirvieron como lugar aleccionador, al que se podía ir a pasear una mañana de
domingo para ver como fusilaban a un reo en el patio. Eran momentos en los que
el Estado no se avergonzaba de la forma en la que asesinaba a sus ciudadanos.
Sin embargo los militares de la dictadura siguen negando a día de hoy que haya
desaparecidos en Uruguay. Quizás alguna muerte por algún exceso puntual en
algún "interrogatorio".
Excavaciones arqueológicas del GIAF en el cuartel militar Servicio de Material y Armamento. Al fondo se observa el galpón que fue usado como el centro clandestino de detención conocido como "300 Carlos" o "Infierno Grande". Fotografía de Carlos Marín.
La lógica de la reutilización que vimos con la cárcel política de mujeres es
la característica entre los CCD y los CD. Por desgracia para los presos que lo
siguen padeciendo esta lógica de la reutilización también la han heredado de la
dictadura los gobiernos de la democracia. Especialmente los del Frente Amplio. Otra
característica de los CCD y CD es su ubicuidad. No hay prácticamente un barrio
que no cuente con un emplazamiento represivo. Sólo en Montevideo y alrededores
encontramos varias decenas de lugares que se corresponden con estas categorías,
muchos de ellos en el interior de cuarteles militares. En los grandes predios
militares de la capital aparece esta diversidad funcional, con algunos galpones
usados como CCD y otros como CD, como ya comentábamos más arriba. En algunos de
estos predios, como el Batallón de Infantería nº 13 o el nº 14, además, se ha
documentado arqueológicamente la presencia de cementerios clandestinos.
Pero no sólo se usaron los acuartelamientos para instalar los CCD y CD,
sino que toda una nómina de edificios que bien pertenecían al Estado (espacios
para la compra-venta de ganado o estadios, por ejemplo) o bien fueron robados a
la guerrilla del MLN-T, también fueron sede de tan ominosos crímenes. A día de
hoy la lista de CCD, por ejemplo, aún no está cerrada, y seguramente vayan
apareciendo nuevas sedes según avancen las investigaciones y las denuncias de
las víctimas. Sin duda por duración y número de secuetsrados que pasaron por
allí habría que destacar los CCD "300 Carlos" o "Infierno
Grande" y la "Base Roberto", destinados fundamentalmente a la
desarticulación del Partido Comunista del Uruguay.
Mapa con la distribución de los espacios represivos en Montevideo y sus alrededores, clasificados por tipologías. Se añaden también las marcas de memoria de la ciudad. Mapa realizado por Nicolás Gazzán y Carlos Marín, de la exposición "Memorias fracturadas. Cartografía visual de la represión y la memoria en Montevideo"
Nuestra intención con estas piezas de vídeo es hacer asequible una muestra
representativa de toda esta vasta materialidad represiva de la dictadura
uruguaya, inaccesible para la mayor parte de la sociedad. Como decíamos más
arriba las investigaciones oficiales que desde que subió al gobierno la
coalición de centro-izquierda Frente Amplio en el año 2005 se llevan a cabo por
mandato presidencial sólo abarcan la cuestión del paradero e identificación de
los detenidos desaparecidos. El resto de crímenes de lesa humanidad quedan
fuera del cometido de los equipos de arqueólogos e historiadores, perdiéndose
de este modo una oportunidad única para la documentación de unos lugares y unos
edificios que, entre otras razones, tienen una clara condición de prueba
judicial de aquellos crímenes. Sin descartar, por supuesto, el potencial de
estos lugares para volver atar los lazos sociales que la dictadura cortó. O
dicho de otro modo, reconvertirlos, mediante un trabajo colectivo entre
víctimas, familiares, vecinos e investigadores, en lugares de memoria y en
lugares de historia. Cuando el GIAF ha intervenido arqueológicamente en estos
lugares (por ejemplo el gran predio formado por el Batallón de Infantería nº 13
- Servicio de Material y Armamento, en donde hubo varios CD y el CCD conocido
como "300 Carlos" o "Infierno Grande"; o el caso de La
Tablada Nacional, edificio que desde el s. XIX albergaba el lugar de
compraventa de ganado y que se reutilizó para instalar el CCD conocido como
"Base Roberto") lo ha hecho exclusivamente buscando restos de
detenidos desaparecidos. En el Batallón 13 la vida normal del cuartel continúa,
con soldados novatos vestidos de camuflaje haciendo cuerpo a tierra y practicando
en el campo de tiro, o haciendo estatuillas de Artigas con aleaciones metálicas
baratas, tipo trofeo de fútbol-sala, en el galpón que durante la dictadura fue
uno de los campos de concentración más terribles. Sólo se excluye de la vida
normal del cuartel la zona cautelada por el juez para que los arqueólogos
desarrollen sus excavaciones, siempre bajo la atenta mirada de los militares,
que les graban en vídeo continuamente.
El caso de La Tablada Nacional es
similar. Este mercado de ganado tras ser usado como CCD en la dictadura en la
democracia pasó a convertirse en reformatorio de menores y posteriormente en
cárcel. Como si las tecnologías represivas del campo de concetración hubieran
quedado rebotando en las paredes durante los años noventa y los dosmiles fueron
frecuentes los motines por los tratos vejatorios, las condiciones infrahumanas
y las torturas. El GIAF sólo pudo excavar en los alrededores por estar en uso
el edificio, hasta que entre los años 2013 y 2015, aprovechando que este
Monumento Nacional estaba en obras para su enésima reconversión en reformatorio
de menores de alta seguridad, se pudo intervenir en su interior, y así poder
descartar que pudiera haber enterramientos clandestinos en sus sótanos, todos
cegados con escombros durante los años 80.
Fachada principal de La Tablada Nacional, monumento histórico nacional que fue usado en la dictadura como el centro clandestino de detención "Base Roberto". Fotografía Fuyumi Labra.
Por otro lado muchos de estos lugares tras la dictadura han continuado en
la órbita militar, por lo que el acceso a los mismos es muy limitado, o bien
han sido reconvertidos, como venimos denunciando, en espacios penitenciarios
tanto para menores como para adultos, pese a que son edificios que no fueron
construidos con ese fin. Aparte de La Tablada Nacional es significativo el caso
de la prisión política de mujeres de Punta Rieles, pues fue el único caso en
donde hubo una movilización masiva y continuada en el tiempo, tanto de las
ex-presas como de vecinos del barrio, para que el Estado cediera el antiguo
seminario de jesuitas y poder convertirlo en un lugar de memoria y de formación
barrial. Tras las negativas del presidente Pepe Mujica ni siquiera para recibir
al colectivo de ex-presas, pese a que algunas de sus portavoces habían
compartido militancia guerrillera con el presidente, éste decidió reconvertir
la antigua cárcel política nuevamente en cárcel en el año 2011.
Edificio principal del seminario de jesuitas de Punta Rieles, usado durante la dictadura como cárcel política de mujeres. Actualmente sigue siendo una cárcel. Fotografía Fuyumi Labra, de la exposición "Memorias fracturadas. Cartografía visual de la represión y la memoria en Montevideo"
Otros CCD desaparecieron para construir viviendas, mientras que otros son a
día de hoy casas privadas, pese a que la propiedad proceda de un robo de los
militares. Respecto a las cárceles comunes, que también fueron cárceles
políticas, la de Miguelete se mantiene por haberse utilizado uno de sus radios
como Espacio de Arte Contemporáneo, mientras que la de Punta Carretas, famosa
por las fugas de anarquistas en los años 30 y de tupamaros en los 70, fue
destruido en su mayor parte y convertido en un gran centro comercial, lo que en
palabras de Hugo Achugar ha significado un lugar de eliminación de la violencia
política y su sustitución por la ordenada y legitimada violencia del mercado.
Fachada principal de la antigua cárcel de Punta Carretas, de lo poco que se conservó tras su demolición y re conversión en centro comercial. Fotografía de Fuyumi Labra.
Vemos, por lo tanto, que por un motivo u otro las materialidades represivas
uruguayas son en su mayor parte inaccesibles o han sido destruidas. Además, que
salvo contados casos -cárcel política de Punta Rieles- no ha habido reclamos de
la sociedad uruguaya para la recuperación de estos edificios y su reconversión
en lugares de memoria. Contrastan significativamente las prácticas y los
reclamos de la sociedad civil organizada uruguaya, centrados en la búsqueda y
localización de los detenidos desaparecidos, con los de Argentina y Chile,
donde, aparte de la búsqueda e identificación de los restos de los detenidos
desparecidos existe una amplia red de lugares de memoria en edificios
represivos recuperados por los movimientos sociales. Gracias a estos reclamos y
luchas que se originaron en tiempos de las dictaduras vemos también en estos
otros ejemplos sudamericanos una legislación en materia de políticas de
reparación, y en concreto sobre memoria histórica, que en el caso uruguayo es
inexistente.
Vista aérea de la antigua cárcel de Miguelete. Actualmente se ha utilizado uno de sus cuatro celdarios para instalar el Espacio de Arte Contemporáneo.
Si como dice el historiador José Rilla las huellas materiales de la dictadura
en Uruguay se caracterizan por el borramiento, la sustitución o el olvido, Materialidades Represivas pretende acercar mediante imágenes y sonidos
unos espacios y unos muros en donde se origina y queda depositado, queramos o
no, el pensamiento colectivo de la vida social que allí tuvo lugar, para que
aquel pueda seguir teniendo todo su potencial en el presente y para ofrecer los
mimbres con los que construir contramemorias. Con este fin se ha seleccionado
la cárcel política de hombres (EMR 1) de Libertad, cuya vida cotidiana será
rastreada gracias al ex-tupamaro Jorge Tiscornia, el preso político que más
tiempo permaneció allí encerrado. Debido a que la cárcel de Libertad sigue
estando en uso rastrearemos la vida en aquella mediante la cárcel de Miguelete,
espacio que es en sí mismo objeto de investigación del propio Tiscornia, como
veremos en el primero de los vídeos. Respecto a los CCD hemos escogido la
"Base Roberto" (La Tablada Nacional), aprovechando los trabajos
arqueológicos que tuvimos oportunidad de llevar a cabo durante el año 2015 con
el GIAF. Aquí contaremos con los testimonios de dos de los secuestrados que
pasaron por estas instalaciones, los comunistas Pedro Giudicce y Antonia Yáñez,
que nos explicaran la "vida cotidiana" en un campo de concentración y
los cambios que sufrió su tecnología represiva a lo largo de la dictadura.
Terminaremos con un vídeo sobre el GIAF, en el que sus integrantes nos acercan
a la forma en la que este grupo de investigación investiga el paradero de los
restos de los detenidos desaparecidos de la dictadura.