El Camino de Invierno es una ruta jacobea, con reconocimiento oficial desde 2016, que parte de Ponferrada y, a través del valle del Sil, se adentra en la Galicia interior para llegar hasta Compostela. En el mes de diciembre pasado el que suscribe hizo a pie este recorrido, en plena ciclogénesis explosiva. Bautizar con nombres franceses (Fabien) a huracanes no amedrenta a nadie. Al fin y al cabo era un ensayo de Arqueología experimental para comprobar cómo en muchos de los tramos de la traza era y es imposible circular en invierno. Eso fue lo que me ocurrió a la salida de Rodeiro, en la terra de Deza. El río Arnego era un mar inmenso. Este pormenor me obligó a dar un rodeo notable y perderme un tramo del Camino de Invierno, curiosamente aquel en el que el peregrino puede disfrutar de la escenografía más extraordinaria del trazado: el Mausoleo de las Aguas Ganadas, en la aldea de A Penela (parroquia de Pedroso, ayuntamiento de Lalín, provincia de Pontevedra). Dos meses después, vecinos y vecinas de A Pobra do Brollón hicieron ese tramo del camino. El técnico del Concello, Xosé Gago, me dio a conocer esta obra maestra, que orgullosamente compartimos hoy con vosotros.
La gente de fuera piensa que Galicia es un vergel porque no para de llover y disponemos de agua a discreción. Lo que parece una ventaja, es un problema. Fondos de valle anegados, terrenos sedimentarios encharcados... exigen la ejecución certera de toda una vasta red de irrigación y el desarrollo de tecnologías hidráulicas. Antes de la llegada del electrofascismo en los años 40 y las Confederaciones Hidrográficas, las parroquias gallegas, auténticos regímenes hidráulicos, gestionaban el mantenimiento de todo este entramado de presas, represas y canales. Un derecho consuetudinario no exento de conflictos, como es evidente en una sociedad atlántica minifundista como la nuestra. En nuestro mundo rural tradicional el agua se llevaba, no se traía. La traída es un concepto y una realidad de la Modernidad. As levadas se inspiran en aquellos canales, siempre a cota, que los romanos excavaron para la explotación del oro en el noroeste ibérico. La Ilustración fue la inspiradora en la segunda mitad del siglo XVIII de los primeros grandes proyectos modernos para llevar el agua a las ciudades gallegas. En el rural, hubo que esperar siglo y medio para que los indianos (emigrantes ricos retornados de América) financiasen las nuevas levadas del primer tercio del siglo XX. El tardofranquismo, con planes de colonización incluidos (el Canal del Valle de Lemos, por ejemplo), con la ayuda de las obras sociales de las Cajas de Ahorros, generaron el contexto adecuado para convertir la traída en una nueva panacea del desarrollo del campo.
Una vez sintetizado el contexto, os presentamos el Mausoleo de las Aguas Ganadas, una escenografía que nos remite, ya no al tan manido franquismo sociológico, sino a la memoria franquista modelada por personajes del rural como el ínclito alcalde de Beade o este vecino de A Penela llamado Ismael Calvo. Este evergeta dezano se asemeja a un Dios-Rey sumerio, demiurgo y hacedor, que lleva el agua a su estanque tras litigar con sus vecinos, una gran aficción de los pagani del rural gallego, eso de pleitear por un metro cuadrado, por el paso a una finca o por mis cojones. Ismael, nombre bíblico de por sí, aplica la máxima paisana del ante papeles callan barbas. El documento, en sociedades orales domesticadas por el Estado liberal, se vincula al Poder. Por eso los campesinos gallegos aprovecharon la llegada de los franceses para quemar los archivos de monasterios y encomiendas y echarle la culpa a los impíos galos revolucionarios. Por eso se dejaron la piel para conseguir la redención de los foros en 1926.
La sentencia que supuestamente le dio la razón sustenta toda este monumento, que podemos calificar de delirante. Pero, oye, también delirante es el Parque do Pasatempo de Betanzos, mandado construir por los hermanos García Naveira a su vuelta de la Argentina. Si Allí hay esculturas de buzos y exploradores aquí tenemos una estatua hecha a rebarbadora a tamaño real del propio Ismael, cual guerrero galaico, quien construyó a finales de los 80 este mausoleo (sic) para preservar su propia memoria y para que todo cristiano pueda admirar el monumento. Una inscripción reza:
Homenaje en vida [que se da a sí mismo] a D. Ismael Calvo Gutiérrez por este monumento de las aguas ganadas por contrato y sentencias por tal motivo se nombra caudillo, segundo de España, franco en la Guerra e Ismael en la guerra de estas aguas.
Y ahí tenemos al Caudillo y al Rey emérito compartiendo espacio con Isma, cual tríada capitolina, en el mausoleo de las aguas ganadas. Como señala el artifex, llevo a Franco en el corazón. El complejo se ubica al pie del Camino de Invierno. ¿Lo catalogará la Xunta de Galicia como patrimonio vinculado a esta ruta jacobea? ¿Catalogarán al menos el cruceiro, las cruces y el pináculo, tan típicos de los hórreos BIC? ¿Hará lo mismo con el Santuario Nacional de Fátima en Chantada, obra del cura Eyré? ¿Vendrán Ortega Smith y Abascal, cual jinetes del Apocalipsis a sacarse una foto en tan patriótico mausoleo? Todo un reto para el nacionalcatolicismo del Partido Popular de Galicia.
Desde luego, el Padre Eyré pudo haber sido un personaje valleinclanesco, o uno de esos paisanos que circulan por la Xente de aquí e acolá de Cunqueiro o por la Terra Brava de Fole. Si la vanidad es pecaminosa, esta falta no iba con nuestro cura, orgulloso de su devenir, siempre sintiéndose protagonista de la Historia con mayúsculas. Solo así se explica el texto autobiográfico que cubría la lápida funeraria hace un par de años y que ya no está. Todo parece indicar que el texto fue ideado por el párroco bastantes años antes de su fallecimiento en 2002. De hecho, es curioso que solo recoja una parte de su longeva existencia, aquélla más vinculada a su apoyo a la Cruzada:
SEPULTURA RESERVADA PARA LOS
RESTOS MORTALES DEL ILUSTRISIMO SEÑOR. DON FRANCISCO EYRE LAMAS PARROCO FUNDADOR
DEL SANTUARIO NACIONAL DE N. S. DE FATIMA IGUALMENTE PARROCO FUNDADOR DE LA
PARROQUIA DE S. JOSE DE VILLADOMINGO EN BUENOS AIRES. FUNDADOR DE ACCION GALLEGA
DE CRUZADOS DE SANTIAGO EN LA MISMA CAPITAL. COFUNDADOR DE LA AGRUPACION
MONARQUICA ESPAÑOLA TAMBIEN EN BUENOS AIRES DELEGADO DE AUXILIO SOCIAL DE
ESPAÑA. PROFESOR DEL INSTITUTO ESPAÑOL DE LISBOA DURANTE 3 AÑOS DE DONDE VINO
PARA FUNDAR ESTE PRIMER SANTUARIO ESPAÑOL DEL INSTITUTO DE FATIMA AÑO DE 1944
MIEMBRO DE LA ASOCIACION HIDALGOS DE FUEGO DE ESPAÑA. TRABAJO PARA EL CONGRESO
EUCARISTICO DE BUENOS ARES ESCRIBIENDO TRES LIBROS DE HISTORIA DE LA IGLESIA
ARGENTINA Y DEL TRABAJO EN LA EPOCA COLONIAL. LOS PADRES JESUITAS DE LA IGLESIA
DE MONSERAT SUS AMIGOS PARA REGRESAR A ESPAÑA EN PLENA GUERRA COMO EL QUERIA LE
NOMBRARON PRESIDENTE DE LA PEREGRINACION AL PILAR DE ZARAGOZA CON VIAJE PAGADO
Y ALGO MAS ESTA CONDECORADO CON LA CRUZ DE ISABEL LA CATÓLICA. EN BURGOS TANTO
EL CAUDILLO COMO SU ESPOSA Y LOS MINISTROS DEL GOBIERNO. LE RECIBIERON OFICIALMENTE
MUY AGRADECIDOS. QUERIAN QUE REGRESARA A AMERICA PERO NO QUISO POR LA MUCHA
EDAD DE SU PADRE ENFERMO.
MURIO EN SU CASA DE ABRAL-CHANTADA-EL
DIA DEL AÑO
DESPUES DE RECIBIR LOS SANTOS SACRAMENTOS
D.E.P.
El historiador Luis Velasco Martínez ha estudiado detalladamente la labor llevada a cabo por individuos como éste para reclutar combatientes profranquistas entre la colectividad gallega de Buenos Aires. El órgano de los cruzados de Santiago, llamado Fé Gallega, se encontraba en la vanguardia propagandística de los sublevados en Sudamérica. A menudo empleaban el idioma gallego en poemas y elegías a Franco y a los marisquiños, los soldados gallegos que integraban el ejército sublevado. El Padre Eyré participó de todo el entramado religioso y civil establecido en Buenos Aires para apoyar la sublevación. El arzobispado y la Comisión de Damas de Buenos Aires organizaron en 1937 una colecta de objetos religiosos para enviar a Salamanca, ante la destrucción propiciada por los rojos. Sin embargo, jugó un papel más importante en este sentido, la red de entidades civiles por las que también pululaba nuestro cura: Centro Acción Española, Agrupación Monárquica Española (presidida por la princesa María Pía de Borbón de Padilla), Legionarios Civiles de Franco (dirigida por Soledad Alonso de Drysdale, viuda de un latifundista inglés ganadero) o el Socorro Blanco Argentino para la Reconstrucción de España.
Desde luego, el párroco de Centulle se murió con la satisfacción del trabajo bien hecho y hacía gala de sus servicios prestados en el largo epitafio de su tumba. Pero la historia de Eyré todavía presenta más líneas de fuga. Su proyecto estrella no solo se centraba en la construcción del santuario de Fátima, sino que quiso acompañarlo de unas escuelas, una especie de colegio de formación profesional para Inválidos Civiles. El antiguo castro, coronado por el santuario de Fátima, volvió a sufrir las ansias de este evergeta desaforado, ahora en los años 60. Para ello contó, de nuevo, con el apoyo de Carmen Polo y del Ministerio de Trabajo. Las instalaciones tenían talleres de recuperación, aulas de mantenimiento y maquinaria de última generación. Sin embargo, el proyecto se truncó con la llegada de la democracia. De esto hablaremos más adelante. Ahora toca revisar los nuevos servicios prestados por Eyré en el tardofranquismo. Nuestro cura consiguió fichar por el Ministerio de Asuntos Exteriores como asesor de Relaciones Culturales. Y entre 1959 y 1969, con la aquiesciencia de Fraga, fue el capellán de los trabajadores de la emisora Radio Liberty, en Pals (Girona), radio anticomunista gestionada por la CIA. El cese de Fraga como ministro de Información y Turismo coincidió con el cese de este capellán. Su contacto estrecho con las altas esferas del régimen, su ideología monárquica y su trato personal con los Borbones exiliados en Estoril eran variables muy tenidas en cuenta por la CIA de cara al futuro de España.
Interior del santuario, junio de 2017. (Fot. de Pedro Rodríguez).
Chantada, década de 1940. La salvaje represión desatada por los golpistas acabó con el movimiento asociativo agrario, con las nuevas ideas progresistas traídas de América, con las tentativas laicizantes en el mundo rural. Con todo, la resistencia continuó. La guerrilla antifranquista campaba a sus anchas esos años, con la figura señera de O'Piloto, el último maquis abatido en España, en estas tierras, en 1965. En unos años de hambre y falta total de bienes de equipo, el régimen se lanzó a la construcción de puentes y embalses, empleando mano de obra esclava, esto es, prisioneros de guerra, los derrotados republicanos. Este es el panorama de la inmediata postguerra, la España de la Victoria, en la que juegan sus bazas el falangismo y la Iglesia, en una lucha denodada por controlar los resortes del Poder. En 1942 reaparece el padre Eyré en su tierra natal y encuentra el campo abonado del nacionalcatolicismo para llevar a cabo su sueño. Este cura, de alcurnia hidalga, tiene una perfecta agenda de contactos. Es amigo de don Juan de Borbón y la familia real, a quien visita en Estoril durante su estancia portuguesa. Su familiar Maruja Eyré es la secretaria personal de Pilar Primo de Rivera. Él mismo mantiene contacto estrecho con Carmen Polo y el Palacio del Pardo.
Tumba del padre Eyré dentro del santuario (junio de 2017). (Fot. de Pedro Rodríguez).
Para construir su templo, elige el recinto superior del castro de Centulle, propiedad de su familia. Con el solar a disposición del proyecto, busca consejo en un arquitecto que había sido ayudante de Antonio Palacios y que acabará vinculado al Valle de los Caídos: Pedro Muguruza. Mientras la II Guerra Mundial se dirime en los campos de batalla, en el corazón de Galicia este cura iluminado consigue el apoyo de Franco y en tiempo récord, en dos años, construye el santuario nacional de Fátima, inaugurado el 13 de mayo de 1945, cinco días después de la capitulación de Alemania. Al acto de inauguración acude el infante Luis Alfonso de Baviera y Borbón, sobrino de Alfonso XIII, militar del ejército sublevado que poco antes había combatido en la División Azul.
Tumba del padre Eyré, con cirios encendidos, en junio de 2017. (Fot. de Pedro Rodríguez).
Nombrado Rector del Santuario Nacional de Fátima, durante los años 50 recorre España a la búsqueda de fondos y donativos, para convertir su iglesia en centro de peregrinación. Incluso llega a sondear a la única pastorcilla de Fátima superviviente, sor Lucía, para que se traslade a vivir a Centulle, cual anacoreta del siglo XX. Sor Lucía ya conocía Galicia, en donde residió 21 años, entre Tui, Santiago, Rianxo y en Pontevedra. Su casa en el casco viejo de Pontevedra es el conocido como Santuario de las Apariciones. Como dignos herederos del padre Eyré, cura monárquico, los concejales del Partido Popular de Galicia en el ayuntamiento pontevedrés quieren fomentar el turismo religioso y relanzar este centro de peregrinación, en donde la vidente sor Lucía volvió a ver a la Virgen en 1925 y 1926 (sic).
La tumba del padre Eyré en la actualidad. La lápida ha desaparecido.
El nacionalcatolicismo continuó sin problemas en Galicia tras la transición democrática. Del franquismo al fraguismo, el nacionalcatolicismo apaño nuevos atrezzos, el regionalismo, los xacobeos y un Santiago Apóstol patrón más de Galicia (nai e señora) que de España. Una de las placas conmemorativas instaladas dentro del santuario nacional no deja dudas al respecto: por aquí pasaron personajes ilustres, como el Ministro de Educación Nacional Joaquín Ruiz Jiménez, en representación del Jefe del Estado (años 1950) y el presidente de la Xunta de Galicia Manuel Fraga Iribarne con sus conselleiros (sic).
Placa en recuerdo a los visitantes insignes, entre ellos Fraga y sus conselleiros (Fot. de Pedro Rodríguez).
Milan, nuestro historiador, atiende a las explicaciones de Perica.
Dreznica es una caja de sorpresas. Las prospecciones arqueológicas suelen hacerse en territorios rurales. Más raro es llevarlas a cabo en contextos urbanos, en donde prima la denominada Arqueología de Urgencia, centrada en controles y excavaciones de solares y edificios que van a ser demolidos, rehabilitados o construidos. Gracias a Perica, un vecino del pueblo, nuestra compañera Sanja ha descubierto un sitio alucinante, una cápsula del tiempo, un museo fosilizado desde la desaparición de Yugoslavia en 1991. En un cuarto de la actual clínica (edificio utilizado por los partisanos en su día) se conserva tal cual una suerte de centro de interpretación de la guerra de liberación de los pueblos.
Emil excava entre papeles.
Un retrato del mariscal Tito preside la habitación. En unos paneles se registran los nombres y apellidos de los vecinos y vecinas asesinados por los fascistas. Varias fotografías en gran tamaño ilustran distintos episodios de la resistencia en la comarca. En armarios y estantes se apilan carpetas con documentación del proceso de conversión de Dreznica en un parque temático de la memoria. Incluso una maqueta nos recuerda el sueño utópico de una nueva Dreznica que nunca se llevó a cabo. También se ubica en sitio preferente una caja-maleta de madera que funcionó de biblioteca popular móvil en la segunda mitad de la década de 1940.
Caja para transportar libros por las escuelas, segunda mitad de los años 40.
Este yacimiento arqueológico tiene un valor incalculable para abordar los ejes temáticos de nuestro proyecto: la materialidad de la guerra partisana y la construcción de la memoria de los vencedores en la postguerra. En cuanto al primer aspecto, nos encontramos, al pie de una estantería, una pila de objetos que fueron recogidos en el solar del hospital nº 7 en los años 1960 con vistas a la monumentalización del sitio. Este acopio de materiales, olvidado de todos, es para nosotros una auténtica colección de referencia. Objetos que encontramos en la cueva-hospital, tienen su gemelo en esta colección, lo que nos permite identificar procedencias y tipologías. Por ejemplo, contamos con un manómetro idéntico al de la cueva. El de la clínica fue fabricado en Milán. Así mismo, frascos de gran tamaño de color marrón presentan aquí la marca del Esercito Italiano.
En cuanto al segundo aspecto, hemos descubierto los planos originales y todo el anteproyecto de puesta en valor del complejo del hospital nº 7. Milan, el historiador, tiene mucho trabajo por delante para revisar toda la documentación histórica. Emil, el arquitecto, escaneará y estudiará planos, levantamientos topográficos y proyectos. Sanja ha visto cumplido un sueño: aquí tenemos el making off de todo un proyecto memorialístico de carácter monumental en la Yugoslavia socialista. Y para celebrarlo, el bueno de Perica regala a nuestra jefa la medalla conmemorativa oficial de la Dreznica Partisana. Un día redondo.
Diario de Istria en el que se recoge la entrevista a Vera, realizada en la conmemoración del sábado pasado: Fue muy difícil, pero teníamos la moral alta por la camaradería.
La familia de Vera era judía. Era, porque nadie sobrevivió al Holocausto ni a la 2ª Guerra Mundial. Solo ella. Desde Zagreb, con sus gafas de siete dioptrías, huyó a la zona liberada para luchar con los partisanos. Ella fue una de las mujeres que atendió a enfermos y heridos en el hospital nº 7, hasta que no pudo más. Cada día fallecían, entre sus brazos, compañeros, guerrilleros y refugiados. Incluso niños. La epidemia de tifus de 1943 se cebó con la resistencia.
Vera, 98 años, delante del osario de los partisanos fallecidos en el hospital nº 7.
En la postguerra mujeres como Vera, enfermeras, médicas, comisarias políticas, fueron un pilar fundamental a la hora de mantener viva la llama de la memoria, de preservar el recuerdo de los caídos. En esta fotografía de 1956 la podemos ver delante del osario y del monumento (hoy desaparecido) que recoge la labor asistencial de estas partisanas.
1956. Vera es la primera mujer de la izquierda.
Vera tiene una memoria prodigiosa. En la ofrenda floral en homenaje a la población civil asesinada por los fascistas, no pudo contener las lágrimas, mientras Pipo, partisano de 97 años, iba relatando las atrocidades cometidas y el surgimiento del movimiento guerrillero en la zona de Dreznica. El testimonio de Pipo y Vera, protagonistas heroicos de esta historia, es fundamental para que las nuevas generaciones sepan lo que aquí ocurrió. Dentro de poco solo nos quedará la Arqueología como fuente de conocimiento de los paisajes de la resistencia.
Sanja, codirectora del proyecto arqueológico, Vera y Pipo en la ofrenda floral en el monumento de la antigua escuela de Dreznica. (Foto de Ivona Grgurinovic).
Vera formó parte de todo un auténtico ejército del bosque, en donde ya sabemos habitan en muchas culturas los seres maravillosos, encantados, mágicos. A pesar de su delicado estado de salud, Vera quiso volver a su bosque, con el paso decidido de quien no olvida. Al solar del hospital en donde salvó vidas y asistió en los momentos finales a otros compañeros. Allí un coro de la vecina región de Istria interpretó canciones partisanas que Vera tarareaba con orgullo. También se cantaron himnos de la guerra de España, como el 5º Regimiento o Los campesinos.
Y Vera volvió a su hospital.
Desde su llegada al hospital Vera escribía un diario en el que detallaba la evolución de los enfermos, las altas, las bajas, las incidencias... En un ataque alemán tuvieron que huir y atravesar un río. Ella se despojó de su abrigo y se lo pasó a otro compañero que quedaba atrás abriendo fuego al enemigo. Ese partisano cayó en combate y con él, el diario. Vera, con una gran miopía, perdió sus gafas, y pasó el resto de la campaña en esas condiciones. Como dice ella, la solidaridad y la camaradería la ayudaron a salir adelante. Tras tres años en el bosque, al acabar la guerra, volvió al oculista y éste certificó que le habían bajado las dioptrías a la mitad. Milagros cromáticos del bosque.
Pipo lee su discurso, escrito a mano por él, bajo la atenta mirada de Vera.
Pueden tirar abajo con dinamita monumentos de hormigón armado. Pueden destruir memoriales, robar placas y recristianizar cementerios partisanos. Pero nada podrán con el tesón y el testimonio de mujeres como Vera. Se entregó a los demás para combatir el terror. Con personas como Vera, uno aún mantiene un mínimo de esperanza en la Humanidad. El amor en los tiempos del cólera.
Emil trabajando en la restauración y acondicionamiento del osario.
Emil Jurcan es un arquitecto de los que hay pocos en mi país. Él viene de Istria y desarrolla un interesantísimo proyecto de investigación sobre el uso político e ideológico de las ruinas romanas en la Croacia actual, desde el Imperio Austrohúngaro hasta la actualidad. Ideología, política, patrimonio y arqueología son realidades que van cogidas de la mano, como ya sabéis los que seguís este blog desde hace tiempo. Emil está reparando con cariño el muro de la entrada al osario que acoge los restos de 300 partisanos que murieron luchando contra el fascismo.
Placa conmemorativa en el interior del osario.
Este cementerio forma parte de un complejo memorialístico generado en la postguerra y que fue culminado en 1981 con los monumentos erigidos en el solar original del hospital número 7. La desaparición de Yugoslavia y el triunfo del nacionalismo ultraconservador croata en 1990-1991 generaron una nueva realidad política en la que el pasado partisano y todo lo que oliera a comunista era borrado del mapa. Este proceso de damnatio memoriae ha sido sistemático y se ha agudizado en los últimos tiempos. La historiadora del arte Sanja Horvatincic lleva años estudiando la biografía y la vida social de estos monumentos que obedecen al proyecto de construcción de una sociedad socialista y no a meros criterios estéticos. Estos días hemos visitado con ella numerosos de estos repositorios materiales de la memoria. Es sorprendente la cantidad de lugares, casas, parajes que acogieron y acogen estos memoriales. Auténticos parques públicos, temáticos, construidos en aldeas alejadas, en medio de esta zona rural que dista apenas quince kilómetros en línea recta de la costa, otro mundo.
Monumento a héroes partisanos, con la forma del típico gorro croata. Sanja nos muestra el expolio al que ha sido sometido en los dos últimos años.
El desdén de la administración, los ataques fascistas, el robo de las placas y bustos de bronce han acabado con gran parte de este legado. Una materialidad generada en su día por escultores y arquitectos de prestigio. Auténticas obras de arte, como esas esculturas icónicas de partisanos en actitud desafiante, fusil en mano.
Este expolio se ha cebado con los monumentos de Dreznica. El bajorrelieve en bronce que honraba la memoria de los médicos y enfermeras del hospital partisano ha desaparecido. Las placas explicativas del hospital fueron expoliadas y se habrán fundido en algún otro lugar. En este contexto, la comunidad serbia pretende revertir este proceso de abandono y recuperar estos lugares de memoria.
Placas retiradas del complejo memorial del hospital nº 7.
En este contexto, emociona ver a Emil limpiar con cariño las grietas del muro de la entrada al cementerio, hacer masa para restituir los bloques caídos. Gracias a él, esta arquitectura lucirá como en sus mejores tiempos en el homenaje que mañana se brindará a los héroes y heroínas que yacen aquí, en el bosque que les acogió durante cuatro años de resistencia.
Memorial en la antigua escuela de Dreznica, con los nombres de las 700 víctimas civiles de la vesania fascista.
Durante la prospección en este paisaje rural, durante las entrevistas a la gente mayor nos damos cuenta del alcance del terror fascista, que acabó con la vida de cientos y cientos de mujeres, niños, bebés, ancianos y hombres. La Convención de Ginebra no fue tenida en cuenta por las fuerzas de ocupación y los fascistas croatas, obsesionados con acabar con las redes de ayuda y los hospitales que sostenían la moral y la lucha partisana. Todos estos lugares de memoria, vandalizados, expoliados y olvidados nos remiten a un Estado croata que ve en ese pasado un país extraño. Por el contrario, la comunidad serbia de Dreznica reivindica el legado de la solidaridad entre pueblos. De hecho la guerra de 1991-1995 no afectó a esta zona de Croacia. Toda una lección para el presente y para el futuro.
El cartel de los actos de mañana recoge un diseño del monumento a los servicios médicos partisanos, escultura en bronce que fue robada hace años. La comunidad local pretende reponerlo en breve.
Placas de homenaje en la entrada a la cárcel de Peniche.
En el Reino de España, el franquismo (que no es sociológico, sino estructural) impide que un gobierno democrático retire los restos del dictador del mayor monumento fascista que persiste en Europa, esto es, el Valle de los Caídos. El poder de la familia Franco es enorme. Un ferrolano, militar de carrera en 1936, acabaría sus días con una buena pensión, con reclutas reconvertidos en su servicio doméstico y con privilegios de todo tipo para sus familiares. Y ahí se acabaría todo. Pero no. Este Salvador de la Patria, tras cuarenta años tratando al país como su cortijo, legó a sus descendientes y arrimados un legado multimillonario en bienes y capitales. Pero la familia Franco no solo vive en la abundancia, sino que es tratada de manera indulgente por tribunales y medios de comunicación (y no hablo únicamente de la prensa del corazón). Y es más, marca la agenda política e impone sus condiciones. Todo esto ocurre gracias a esa Transición modélica y campechana que nos vendían gentes como Victoria Prego en la década de 1990, sin ir más lejos.
Obras de rehabilitación en el interior de la fortaleza-cárcel de Peniche.
Uno que se ha criado en esta realidad no deja de quedarse perplejo con la gestión de la memoria del pasado reciente que realiza nuestro país vecino (para algunos nuestro país), heredero de la otra dictadura ibérica. El 27 de abril de 2017 se reunió el Consejo de Ministros en la fortaleza costera de Peniche, cárcel política salazarista en su día, en conmemoración de la liberación de los presos tras la Revolución de los Claveles del 25 de abril de 1974. ¿Alguien se imagina algo parecido en el Reino de España?
En aquel acto solemne en Peniche se acordó convertir la prisión en Museu Nacional Resistência e Liberdade. Se cumplía así con las reivindicaciones, entre otros, de la União dos Resistentes Antifascistas Portugueses y del movimiento Não apaguem a Memória. Se evitaba así su conversión en hotel de lujo, que es como acaban estas cosas en la España del ladrillazo y la especulación. Estos días en Madrid, cientos de investigadores e investigadoras sobre la Memoria asistieron a un mega congreso en el que pudieron disfrutar de una visita guiada al espacio que ocupaba la cárcel de Carabanchel. A pesar de la lucha de la sociedad civil, de la protesta de científicos sociales e incluso académicos, el rodillo de la desmemoria se llevó por delante la prisión en 2008. La demolición, el Derribo de la Vergüenza le llamó Jesús Rodríguez, fue un paso más en la humillación pública a la que se ven sometidas las víctimas de la represión franquista.
Memorial con los nombres de 2.510 presos políticos que pasaron por Peniche.
El 25 de abril de este año se inauguró en la fortaleza de Peniche un memorial a los presos políticos. Allí están grabados los nombres y apellidos de 2.510 víctimas del Estado Novo. El acto estuvo presidido por el Primer Ministro António Costa y la Ministra de Cultura Graça Fonseca. En el Reino de España esto es imposible. Estas cosas hay que hacerlas fuera de nuestras fronteras. Lo único que ha hecho el Presidente español es ir a Francia, como cuando los jóvenes del tardofranquismo iban a ver películas eróticas. Así, como de estranjis, Pedro Sánchez homenajea a Antonio Machado, manchando su tumba republicana con la bandera rojigualda.
Ese mismo 25 de abril, se inauguró también en Peniche una exposición temporal titulada Por teu livre pensamento. El primer mes la visitaron un total de 16.215 personas. El gobierno de Portugal invertirá un total de 3,5 millones de euros en la rehabilitación y musealización de la fortaleza.
En el Reino de España un proyecto así ni se plantea, porque aquí no hubo ni fascismo ni antifascismo, porque este es un tema que divide a los españoles, porque es reabrir heridas, porque hay que mirar al futuro, porque ese dinero hay que invertirlo en cosas útiles como la lucha contra el cáncer. El cáncer de la desmemoria devora una sociedad. Y ahí están los resultados. Ya tenemos 24 diputados fascistas en las Cortes.
Algún día de estos esperamos amanecer con la noticia de que han
sacado a Francisco Franco del Valle de los Caídos. La operación
es sencilla, de costes modestos y sin complicaciones técnicas, pero
está generando un gran revuelto. Hasta tal punto es así, que para
evitar el encuentro frente a frente, cuerpo a cuerpo, entre los medios, los
curiosos, las víctimas del dictador celebrando el traslado y
franquistas protestando en contra, la exhumación se intentará
hacer con la máxima discreción. Nos enteraremos cuando ya haya
pasado y Franco esté enterrado de nuevo en algún otro destino,
esperemos que más acorde con una aspiración democrática;
donde la familia pueda recordar al dictador en privado, pero sin que ocupe
un lugar público honorífico.
Aún sin esta ceremonia pública de exhumación y
reinhumación, la importancia de la acción material reside en algo
inmaterial: su valor simbólico. Y como tal, para hacer su lectura, es
útil armarnos de claves que pertenecen al ámbito de la
performatividad y la representación. La decisión de trasladar los
restos pasaría desapercibida si no tuviésemos en cuenta a
quién pertenecen, la carga del memorial fascista dónde están
ubicados o la actual jerarquía que se establece formalmente con el
resto de los inhumados, por ejemplo. Poco pueden decir ya los muertos sobre
su enterramiento y desenterramiento. Sin embargo, para los vivos este
traslado es una forma de restablecer y actualizar el lugar simbólico
que queremos que estos ocupen. En definitiva, el traslado físico es
también un traslado conceptual.
Primer acto: Kilómetro 0
Restos de la excavación en Abánades, Guadalajara
En octubre del 2017, emprendimos un viaje en colaboración con el
arqueólogo Alfredo González-Ruibal. El viaje comenzaba en la sede
del Instituto de Ciencias del Patrimonio (Incipit-CSIC) en Santiago de
Compostela y acababa en Abánades, Guadalajara. Llevábamos con
nosotros los restos de 13 soldados que habían estado guardados en los
almacenes del Incipit durante casi cinco años. El equipo del
arqueólogo los había encontrado casualmente cuando excavaba en
terrenos de Abánades. Habían muerto en batalla, la mayor parte
luchando con el ejército sublevado, aunque también había un
caído republicano y otros con adscripción desconocida.
Una vez acabada la investigación arqueológica, los restos
habían quedado atascados en el almacén del Incipit-CSIC.
Siguiendo el protocolo arqueológico, se deberían depositar en el
Museo de Arqueología de la provincia donde se encontraron, sin embargo
esta solución provocaba un conflicto ético al equiparar restos
humanos con objetos arqueológicos. Por otra parte, ante la
imposibilidad de identificarlos, tampoco podían entregarse a
familiares que pudiesen hacerse cargo. Así que, antes de llevarlos a
alguna parte, había que afrontar una cuestión: ¿Quién
tenía la autoridad legítima para decidir sobre su destino?
¿El equipo de arqueólogos que los encontró? ¿Los
colectivos o asociaciones ideológicamente afines? ¿El Estado?
¿El Ejército? ¿La Iglesia?... En definitiva: ¿De
quién eran estos muertos?
Es en este momento cuando González-Ruibal nos invitó a
involucrarnos para buscar una solución y visibilizar el caso de los 13
soldados: ¿Podíamos desde el arte encontrar la forma de que los
restos entraran en un debate público más amplio sobre el legado
de la historia reciente y traumática de la Guerra Civil y la
dictadura?
Cajas en Incipit - CSIC, Santiago de Compostela
El asunto hubiera sido menos complicado si los restos perteneciesen a
republicanos; al menos la identificación con ellos como antecesores y
defensores de un sistema democrático hubiese sido más fácil.
Pero el conjunto se conformaba con soldados de ambos bandos. Teníamos
que repensar las herramientas artísticas a las que estábamos
recurriendo para no caer en el lenguaje de la conmemoración, y al
mismo tiempo, evitar suavizar o camuflar las aristas más afiladas del
caso. Alfredo González-Ruibal envió una carta al Ejército
preguntando sobre los protocolos y la responsabilidad de la
institución al encontrarnos ante soldados caídos en combate. La
respuesta del que entonces era director del Gabinete Técnico del
Ministerio de Defensa fue escueta y evasiva. Como solución indicaba
que, al tratarse de restos no identificados, se debían inhumar en el
cementerio de la población donde se hallaron. Añadía que, si
fuese necesario, se podría disponer del osario del panteón
militar del cementerio de Guadalajara. No había ninguna mención
sobre cómo había que hacerlo o quién se ocuparía de
sufragar los gastos
Entrada al cementerio de Guadalajara
Visitamos primero el cementerio de Guadalajara. Presidiendo el recinto nos
topamos con una gran cruz sobre una lápida, brillante y cuidada con
flores frescas, dedicada a los "Caídos por Dios y por España". En
contraste, en una zona apartada, estaban los vestigios de la fosa con las
casi 1000 víctimas de la represión franquista en la ciudad, donde
unos meses más tarde comenzarían las exhumaciones para
identificar a Timoteo Mendieta. En definitiva, el camposanto repetía
espacialmente la narrativa del Valle de los Caídos. No parecía el
lugar adecuado para los restos de los 13 soldados
Detalle de la fosa de las víctimas del franquismo en el cementerio de Guadalajara
Así que decidimos llevarlos hasta Abánades y dar una
dimensión pública al viaje. Con este objetivo, en el camino,
hicimos una parada en Madrid. Allí, en colaboración con el
Ayuntamiento de Madrid, a través de la Oficina de Derechos Humanos y
Memoria, organizamos un seminario para debatir sobre posibles destinos para
los restos y los problemas prácticos con los que se encuentra un
arqueólogo como consecuencia de un pasado con un marco legal sin
resolver. Invitamos a un grupo de gente que desde su bagaje profesional y
político reflexionó sobre los diferentes posibles escenarios.
Participaron Juan Pablo Calero (historiador), Pedro Corral (periodista,
escritor y concejal del PP del Ayuntamiento), Francisco Ferrándiz
(antropólogo), Alfredo González-Ruibal (arqueólogo), Jimi
Jiménez (investigador y arqueólogo), Queralt Solé
(historiadora), Guillermo Zapata (concejal de Ahora Madrid en el
Ayuntamiento) y Jesús Carrillo (historiador del arte) como moderador.
"La ruta más larga", Centro Conde Duque, Madrid, 14 de octubre del 2017
Alfredo González-Ruibal introduce las cuestiones principales en torno
al caso de los 13 soldados. "No pueden ir a la vitrina de un museo, pero
tampoco tienen que ser enterrados como enterraríamos a nuestros seres
queridos ahora en el presente", establece. Por otro lado, una vez
encontrado un lugar para darles sepultura, resalta el problema con el
epitafio y la denominación de los contendientes, sobre todo para los
que lucharon en las filas del ejército franquista,
"¿Ejército sublevado? ¿Ejército nacional?
¿Qué ponemos?", se pregunta.
Encontrar restos de soldados franquistas todavía sin exhumar no es lo
habitual. La inmensa mayoría de fosas comunes que quedan están
llenas de víctimas republicanas, y son las familias, de forma no
oficial, las que se han encargado de ellas en los casos en los que ha sido
posible. Aún así, se calcula que todavía quedan sin
localizar cerca de 114.000 víctimas de la Guerra Civil y la dictadura.
Como indica Juan Pablo Calero, la Memoria Histórica ha existido
siempre, pero ha sido una historia familiar: "Las familias recuerdan a sus
muertos. Lo han hecho en el franquismo, en la Transición y
después. Por ejemplo, cuando empieza la Transición, se abren
muchas fosas y se sacan muchos cadáveres. Pero lo hacen las familias.
La gente sabe dónde están sus muertos. Iba, abría y sacaba.
Curiosamente esas exhumaciones solo salían en el Interview.
(…) ¿Qué es lo que ocurre? Que llega un momento en que la
magnitud del problema hace que deje de ser un asunto puramente familiar".
En el momento en que hacemos de la memoria una cuestión de Estado es
cuando se complica.
Queralt Solé y Jimi Jiménez hablan sobre las soluciones
encontradas en el País Vasco y Cataluña. Se comenta que tal vez
sea más fácil afrontar este tema en contextos donde hay un
"nosotros" más claro.
A nivel estatal, Guillermo Zapata recuerda las dificultades para construir
una política de memoria en un contexto político en el que no hay,
ni habrá, consenso en cuanto a un relato sobre el pasado de la Guerra
Civil y la dictadura. Advierte sobre la sobre-institucionalización de
las políticas de memoria, y propone distinguir entre la lectura de
Estado de un determinado problema y las políticas públicas. La
función del Estado sería crear "recursos y protocolos, normas y
regulaciones, que permiten intervenir en un determinado problema", sin
tratar de construir un relato histórico común.
Pedro Corral, en cambio, opina que sí se debería buscar el
consenso. "Pongámonos de acuerdo en ponernos de acuerdo", dice. Cree
que para esto "debemos seguir un proceso desmitificador" y romper con las
etiquetas que se establecen con la victoria del franquismo para identificar
a unos y a otros en una Guerra Civil. "El franquismo hizo una cosa muy
inteligente. Cogió a todos los que había asesinado el terror
frentepopulista y se los metió en su saco. Eso es falso. Había
liberales, había republicanos, había gente que, de llegar a
sobrevivir a esa tragedia, seguramente no habría estado conforme con
el franquismo. En eso la izquierda también ha caído en el
engaño y deja esa etiqueta, porque bueno, 'esos eran franquistas
fusilados'". Considera que esto es una forma de distinguir entre
víctimas de primera y de segunda, y que a partir de esta
distinción es cuando se origina conflicto. "Las leyes en
Andalucía y Aragón están reduciendo a condición de
víctima a los de un solo bando: los que lucharon por la libertad y la
democracia (…). Estamos creando nuestro propio martirologio, como
hizo la dictadura. Negando los excesos del otro bando".
Francisco Ferrándiz también se inclina por una solución
global y "crear nuevos lenguajes para entender el pasado", pero considera
que no podemos aislar la Guerra Civil de los 40 años de dictadura
posterior, "la sombra de la guerra es alargadísima", dice Queralt
Solé. El franquismo se encargó de honrar la memoria de sus
muertos durante la guerra civil a través de los cuales construyó los rituales que conocemos como mecanismos de
significación. Jesús Carrillo añade que "el problema con el
Estado Español es que inició su fundación sobre un mausoleo,
el Escorial, que luego el franquismo recupera en el Valle de los
Caídos. Pero hay una muy débil tradición de monumentos
liberales". Por eso, Ferrándiz advierte sobre los riesgos de adaptar
los protocolos y funerales oficiales que ya conocemos. Cuestiona
también si los protocolos de los caídos en la II Guerra Mundial
serían extrapolables al caso español: "cero jerarquía entre
rangos, ajardinado al milímetro... Hay una neutralización de los
aspectos más políticos".
Se debate sobre la sobre-interpretación de la subjetividad de los
soldados y sobre posibles denominadores comunes para abordar la
representatividad desde la actualidad. Pedro Corral considera que el
denominador común es que son españoles: "Salvo que se demuestre
lo contrario son españoles caídos en un momento de nuestra
historia. Forman parte de nuestras huellas, cicatrices y hay que ir
volviendo con ellas". No todos los participantes están de acuerdo con
esta denominación y se cuestionan si sería aplicable a otros
casos como el de los gudaris o los anarquistas. Alfredo González
Ruibal propone el conflicto como posible seña de identidad:
"Quizás el reconocer que llevamos 500 años desde las guerras
civiles castellanas matándonos unos a otros no deja de ser un elemento
identificador y podría formar parte también de la forma en que
recordemos a nuestros muertos". Guillermo Zapata añade:
"¿Cuál es la condición básica común? A mí me
sale que están muertos. Si estuvieran vivos estarían peleando en
una contienda".
Desde el público, alguien propone una solución poética,
mencionando la enigmática frase encontrada en el bolsillo del poeta
Antonio Machado al morir: "Estos cielos azules y este sol de la infancia".
Se pregunta si esta cita no sería adecuada como epitafio.
Damos por terminado el seminario y seguimos nuestro viaje. Estamos ya
más cerca de nuestro destino: Abánades, Guadalajara, donde el
Ayuntamiento se ha comprometido a ocuparse del enterramiento de los 13
soldados en el cementerio municipal.
Tercer acto: Kilómetro 735
Museo de la Guerra Civil, Abánades, Guadalajara
Abánades es un pequeño y pintoresco pueblo agrícola donde
viven, según sea invierno o verano, 30 o 300 personas. Uno de los
pocos episodios memorables con los que cuenta históricamente es que,
durante la Guerra Civil, fue el escenario de una violenta batalla. El
suceso no cambió el devenir de la guerra, sin embargo, se habla de que
dejó unas 7.000 bajas de ambos lados, entre ellas las de los 13
soldados que tenemos en nuestras manos. Aún hoy, los restos
bélicos forman parte del paisaje local. Cada año se celebra una
festiva recreación de la batalla y se ha creado un pequeño centro
para la memoria con objetos que han ido juntando los vecinos, el Museo de
la Guerra Civil de Abánades.
Es en este espacio donde depositamos los restos. Nos reciben el alcalde del
pueblo, sus dos concejales y los responsables del espacio, y entre todos,
trasladamos las cajas hasta el local. Mientras tanto, se comentan los
costes de la inhumación y sobre cómo se podrían afrontar.
Tienen su propia agenda sobre lo que se podría hacer, y las
consideraciones prácticas son un factor determinante. Madrid queda muy
lejos.
Dejamos cuidadosamente las cajas con los restos sobre una mesa. Los
encargados del Museo las custodiarán a partir de ahora hasta que
llegue el día en que pueda hacerse la inhumación. Hoy los
soldados siguen atrapados en su larga ruta. Tal y como dijo Guillermo
Zapata en el seminario, "En el momento en que estos restos encuentren su
descanso, su papel en términos políticos desaparece".
Iratxe Jaio y Klaas van Gorkum trabajan juntos como artistas visuales desde
2001. Mirando más allá del horizonte de su propia disciplina,
colaboran habitualmente con gente de otros ámbitos. Su práctica
está motivada por un interés por repensar el papel del artista en
la sociedad, abordando nociones comunes sobre autoría, identidad
cultural y relaciones de producción. Más información en
www.parallelports.org
La ruta más larga se enmarcó en el contexto del proyecto europeo
NEARCH - Nuevos escenarios para una arqueología en comunidad, en
colaboración con Incipit - CSIC (Santiago de Compostela) y la academia
Van Eyck (Maastricht, Holanda). El seminario se organizó con el
Ayuntamiento de Madrid, a través de la Oficina de Derechos Humanos y
Memoria.
Josu limpia cuidadosamente un nivel de la Guerra Civil a más de dos metros de profundidad.
Muy cerca de las ruinas del Asilo de Santa Cristina decidimos excavar un sondeo con pala excavadora para encontrar la trinchera que comunicaba el sector del Clínico con la retaguardia franquista. Como ya comentamos, no hemos sido capaces de dar con la trinchera (por ahora), pero a cambio encontramos un nivel de la Guerra Civil sepultado a gran profundidad -cerca de dos metros y medio desde la superficie actual.
Restos de pantalón.
Es algo misterioso. Se trata de una capa de tierra grisácea llena de detritos relacionados con la guerra. Por ahora hemos hallado los restos de una o más ventanas hechas añicos (seguramente del asilo), dos o tres botas militares, restos de lo que parece una camisa y un pantalón militar y fragmentos de un botijo. Y todavía puede quedar bastante por descubrir.
El estrato misterioso, bajo una gran capa de arcillas y arenas estériles.
Todo indica que el sellado se llevó a cabo nada más terminar la guerra ¿Por qué pensamos esto? Primero, porque si el nivel de la Guerra Civil hubiera quedado en superficie lo habrían lavado las escorrentías y no se conservaría nada o prácticamente nada. Segundo, porque está cubierto por un depósito de arenas y arcillas estériles de en torno a un metro de potencia que a su vez se encuentran selladas (y esta es la clave) por escombro del asilo (ladrillos macizos y teja) entre los que aparece mezclado material de guerra, particularmente un proyectil artillero de 77 mm completo. Es evidente que esta última capa tuvo que depositarse en un momento temprano, no posterior a 1940. En las fotos aéreas tomadas al poco de acabar la guerra se puede ver ya el pabellón del asilo que estamos estudiando en proceso de demolición.
El esmero que se puso en sepultar este nivel de la Guerra Civil es intrigante, sobre todo si pensamos que a unos pocos cientos de metros, en el Cerro de los Locos o en Puerta de Hierro todo el sistema de trincheras republicano quedó a la vista. Y así sigue en la actualidad.
Existe una explicación funcional y otra simbólica que no son incompatibles. La funcional es que la zona del Asilo de Santa Cristina era en 1939 un queso de gruyère de cráteres, túneles, minas, refugios y bombas sin explotar. Una topografía bien peligrosa y al lado del centro de Madrid que convenía sellar cuanto antes. Esta es sin duda la motivación principal para rellenar de tierra tan rápido toda la zona. Pero es posible que las razones simbólicas no se hallaran del todo ausentes. El campo de batalla del Clínico, como decía, estaba demasiado cerca de la Ciudad. Hubo intentos de musealizarlo en 1939 que se abandonaron rápidamente por decisión de Franco, que no estaba mucho por el patrimonio experimental y la arqueología contemporánea. Se optó así pues por una escenografía monumental y selectiva, mucho más convencional, para recordar la Cruzada, que es la que domina el paisaje de Moncloa actualmente: grandes edificios, arco de triunfo, capilla de los mártires, etc.
La victoria en la guerra se utilizó para legitimar al régimen de Franco desde el comienzo hasta el final de la dictadura. Pero la guerra que quería recordar el régimen era una totalmente sublimada: la de los arcos de triunfo y las cruces a los caídos, sin olor a cadáver. La guerra real, con sus cráteres y ruinas, alambre oxidado y fosas, nunca fue del agrado de la dictadura - comprensiblemente. Por eso solo dos pueblos más bien remotos, Belchite y Corbera, se conservaron oficialmente como ruinas de guerra (o más bien se abandonaron a su suerte).Por eso también las fosas comunes militares desaparecieron muy rápidamente del paisaje de España, sustituidas por ese lugar sublimador por antonomasia y bien apartado del frente que es el Valle de los Caídos.
El Hospital Clínico como lugar de memoria nada más acabar la guerra.
La memoria material del Clínico era demasiado ambigua: un lugar de resistencia heroica de legionarios y regulares, pero también un lugar de derrota, porque las tropas sublevadas nunca consiguieron tomar Madrid por las armas. Por eso, quizá, los memoriales espontáneos en la zona, que realizaron veteranos y camaradas de los caídos, desaparecieron enseguida y el lugar dejó de formar parte de la memoria oficial del régimen relativamente pronto, al menos de forma efectiva.
Sin embargo, también hay que tener en cuenta que las ruinas están muy relacionadas con la política de la presencia: es importante recordar allí donde sucedieron los hechos históricos, las tragedias y las victorias heroicas (como se puede ver en la imagen superior). La retórica de la presencia es algo muy fascista, que cultivaron tanto nazis como fascistas italianos. El régimen de Franco se apartó de este tipo de prácticas ideológicas desde 1943 y recurrió a formas mucho más tradicionales y decimonónicas de recuerdo, como monumentos, capillas y placas, por lo general sin relación directa con los lugares donde ocurrieron los hechos históricos. Se puede por lo tanto decir que el olvido actual de la zona del Clínico, un lugar imprescindible para entender la guerra en Madrid es un legado de las políticas de memoria del Franquismo desde mediados de los años 40. La historia permanece oculta a dos metros bajo tierra. Y nosotros nos empeñamos en sacarla a la luz.