Mostrando entradas con la etiqueta estratigrafía. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta estratigrafía. Mostrar todas las entradas

martes, 29 de octubre de 2019

Superficies contestadas


Superficie de estela nazi de Urbina en 2017 (izda.) y reconstrucción (dcha.) (fuente: Iratxe Jaio y Klaas Van Gorkum).

Hace dos semanas, el 10 de octubre, se podía leer el siguiente titular en un medio alternativo de Vitoria-Gasteiz: "La Guardia Civil retiró ayer una placa en homenaje a Iñaki Ormaetxea Antepara de la plaza de Urbina" (Hala Bedi Irratia). Por orden de la Audiencia Nacional, la Guardia Civil retiraba así una placa en recuerdo a Iñaki Ormaetxea, vecino de este pueblo alavés y militante de ETA abatido por fuerzas policiales en San Sebastián en 1991.

Recientemente, en julio de 2018, dos guardias civiles del GAR (Grupo Antiterrorista Rural), con base en el cuartel de Intxaurrondo, que habían participado en el tiroteo con el Comando Donosti aquel año de 1991, fueron entrevistados por el diario El Español y subrayaron que tuvieron "el placer de escupir a las tripas de los etarras". Para después añadir: "A esos ya nunca los va a llevar Pedro Sánchez a su casa; ya no tendrán ni gusanos, fueron vilmente acribillados". Uno de aquellos, en palabras de los propios agentes, "vilmente acribillados" fue Iñaki Ormaetxea, miembro del Comando Donosti y, como decimos, vecino de Urbina.

Tiroteo entre la Guardia Civil y el Comando Donosti en 1991 (izda.) y placa en recuerdo a Iñaki Ormaetxea en su casa natal en Urbina (dcha.).

La Guardia Civil tuvo una presencia concreta y física en el municipio de Legutio, al que pertenece Urbina, hasta la madrugada del 14 de mayo de 2008. Aquella noche ETA hizo explotar una furgoneta-bomba frente a la casa-cuartel, destrozando gran parte de la fachada del edificio y acabando con la vida de José Manuel Piñuel, agente que se encontraba haciendo guardia en la garita de la entrada. Éste fue el último atentado de ETA contra la Guardia Civil en el País Vasco. En 2011 la organización puso fin a su actividad armada y en mayo de 2018 anunció su disolución.

Desde 2008, un vecino de Vitoria-Gasteiz coloca sistemáticamente varios elementos en recuerdo al agente José Manuel Piñuel. Estos elementos -unas flores, una fotografía, algún texto, etc.- han sido retirados cada semana en una dinámica binaria de "poner" y "quitar" realmente machacona. La persistencia en el recuerdo al guardia civil ha sido simétricamente (cor)respondida estos años por el empeño anónimo en retirar el memorial.

Seis días después de la retirada del recordatorio a Iñaki Ormaetxea en Urbina, se pudo leer otro titular, esta vez en la propia web de la Guardia Civil: "La Guardia Civil detiene a dos personas por un presunto delito de humillación a las víctimas del terrorismo". Por orden del Juzgado Central de Instrucción nº 3 de la Audiencia Nacional, el 16 de octubre, hace apenas unos días, la Guardia Civil detuvo a dos personas, una en Bilbao y otra en el propio Legutio, como presuntas autoras de la retirada continua del memorial en recuerdo al agente.

Hueco en el murete de la antigua casa-cuartel de la Guardia Civil dejado por el atentado de 2008 (izda.) y memorial en recuerdo al agente Piñuel en 2016 (dcha.).

No son éstos los únicos hitos en clave de memoria que han estado presentes en este municipio que fue primera línea del frente entre 1936 y 1937. Hasta el año pasado, un Monumento a los Caídos de la IV Brigada de Navarra se erigía frente al solar, ahora vacío, en el que se situaba la casa-cuartel de la Guardia Civil de Legutio. Así, durante una década, han convivido frente a frente, cuneta frente a cuneta en la carretera N-240, el memorial "semanal" del agente de la Guardia Civil muerto en 2008 y el Monumento a los Caídos franquista. En mayo de 2018, mediante una subvención del Gobierno Vasco, el Ayuntamiento de Legutio, cumpliendo de forma rigorista con el artículo 15 de la Ley de 2007 sobre memoria histórica, retiró el monumento de la IV Brigada de Navarra.

Monumento a los Caídos de la IV Brigada de Navarra, situado hasta mayo de 2018, frente a la antigua casa-cuartel de la Guardia Civil.

En el caso de Urbina, éste es un pequeño pueblo al norte de Álava del que ya hemos hablado en más de una ocasión en este blog. Un pequeño pueblo desde el que se inició la Ofensiva franquista sobre Bizkaia el 31 de marzo de 1937, con el mismísimo general Mola a la cabeza y con la decisiva ayuda de la Legión Cóndor alemana. Frente a la mentira oficial del Régimen que negó la colaboración de la Alemania nazi en la destrucción de la Euzkadi republicana, durante décadas Urbina albergó un monolito de piedra en recuerdo a tres artilleros alemanes que precisamente resultaron heridos aquel 31 de marzo de 1937, en el contexto de una operación que ha sido caracterizada como la primera operación combinada aire-tierra de la historia militar moderna (Jiménez de Aberasturi 2003: 178). Un monolito, con un texto escrito en alemán y con tipografía gótica, colocado, para más inri, en un terreno propiedad de la familia Ormaetxea, la familia de Iñaki.

En la década de 1980, varios jóvenes de Urbina, entre ellos Iñaki, tiempo antes de ingresar en ETA, procedieron a la destrucción parcial de la estela funeraria nazi (Cabello 2004). No fue ésta, ni mucho menos, la última acción política que dejó una huella perenne sobre la piedra. Y es que, diferentes capas, tanto -arqueológicamente hablando- "positivas" (de adición) como "negativas" (de resta), han formado parte del monumento. Acciones de ultraderecha, presuntamente relacionadas con foros de Internet de las Fuerzas Armadas españolas, y acciones de la izquierda independentista vasca, algunas recientes como una en invierno de 2017, fueron haciendo mella en la piedra. Iratxe Jaio y Klaas Van Gorkum, pareja artística empeñada -en el sentido más positivo posible- en trabajar sobre encrucijadas entre arte y arqueología, señalan al respecto (Jaio 2019: 10):

"El monolito es un agujero negro que succiona todas y cada una de las ideologías que han cruzado su camino. Ya no es que pudiera funcionar como una representación del conflicto, sino que el conflicto se manifiesta en él."

A principios de 2018, dentro de las labores de retirada de símbolos subvencionadas por el Gobierno Vasco en el pueblo, la estela nazi de Urbina fue igualmente retirada por el Ayuntamiento de Legutio. Aunque se ha preguntado a la institución local por su paradero actual, éste se desconoce por el momento.

Volviendo al presente, este mismo mes de octubre, mientras los conflictos sobre memoria reciente han sido objeto de judicialización en la localidad alavesa, Iratxe y Klaas han trabajado en un espacio de creación artística de Bilbao llamado "La Taller". En este sotano de la capital vizcaína dedicado al grabado en piedra, en metal y en otros materiales, han expuesto el resultado de un molde realizado sobre el monolito nazi de Urbina hace ya más de dos años. Un molde en el que quedaron grabadas todas las cicatrices de las diferentes acciones políticas acontecidas sobre/en el monumento.

Realización del molde del monolito nazi de Urbina en 2017 (izda.) y superposición de la pieza artística y el monolito original (dcha.), obra de Iratxe Jaio y Klaas Van Gorkum.

La semana pasado visitamos su proyecto en vivo y en directo y nos encontramos con una curiosa decisión expositiva: el molde desarrollado a partir de la estela, en cuya cara "posterior" se materializa el negativo de las cicatrices en la piedra y en cuya cara "anterior" se ha reconstruido el texto original, se hallaba expuesto "colgado bocabajo". No es la primera vez que un símbolo del fascismo es colgado bocabajo: pensemos en aquellos días de abril de 1945 y la imagen del cuerpo de Mussolini como punto de partida de la nueva democracia italiana.

Sin embargo, no parece que Iratxe y Klaas optaran por exponer la pieza bocabajo por simple rechazo al sustrato totalitario de la imagen. Sino que, la vista horizontal de las marcas negativas de diferentes acciones sobre el monumento -desde mazazos contra la piedra, hasta las letras rayadas con un instrumento punzante- se nos muestra como un paisaje geológico, con sus pendientes y su relieve. En las paredes, rodeando esta extraña "maqueta" de un paisaje geológico impresionante, Iratxe y Klaas han realizado numerosos grabados de diversas vistas panorámicas del norte de Álava.

Exhibición del negativo del monolito nazi de Urbina. Geología de superficies contestadas.

Unas vistas panorámicas en las que la topografía de montes, colinas y pueblos corta el horizonte. Diferentes flechas señalan algunos hitos en el paisaje: el monte "Albertia", el "pinar de Txabolapea", el pueblo de "Legutio", una "fosa", unas "trincheras", etc. La base de estas panorámicas nos sitúa en el lenguaje, entre naïf y funcional, de los croquis panorámicos militares de la Guerra Civil. Y es que, en enero de 1937, tras la sangrante Batalla de Villarreal, la única ofensiva emprendida por el Ejército Vasco en todo el conflicto, el Estado Mayor franquista emitió una orden por la cual todas las posiciones artilleras debían cartografiar el paisaje visible "enemigo" que tuviesen delante. Así, esta guerra cada vez más moderna se llenó de imágenes de un paisaje tradicional vasco atravesado por aldeas, caseríos, bosques y montañas. Un paisaje vasco militarizado, con posiciones republicanas que aprovechaban la topografía del territorio al máximo: barrancos, cuevas y simas kársticas, cumbres, arroyos, miradores naturales, etc. Algo que, sin embargo, resultó inútil cuando la aviación y la artillería se mostraron como las nuevas armas capaces de "superar" las limitaciones del territorio y elevar la destrucción bélica a cotas antes inimaginables.

Imagen de uno de los grabados panorámicos de Iratxe y Klaas.

Así, Iratxe y Klaas establecen un diálogo a múltiples escalas entre las cicatrices en la piedra del monolito nazi de Urbina y las numerosas cicatrices que pueblan el paisaje inmediato. La noción de estratigrafía está muy presente y esta pareja artística nos deja palabras que podrían parecer sacadas de una manual de Arqueología:

"Nos interesa cómo la piedra absorbe lo que ha pasado en su entorno desde que se colocó aquí hasta que un día desaparezca. Como si su superficie, aparentemente abstracta, fuese un registro exacto de los acontecimientos en los que ha estado presente."

Su propuesta, como artistas, es la de la "traducción" de hitos incómodos y complejos como éste. "Traducción", como señalan en su etimología como "acción de pasar de un punto a otro" o "traslado". Esta traducción resulta comprensible cuando vemos las cicatrices del monolito nazi convertidas en un paisaje topográfico completo. Y es que, como señalan igualmente, el arte no sólo se basa en mostrar un objeto como "singular", sino que también es "una cuestión de cómo se expone, del display o el dispositivo de visualización". De esta forma, "este objeto una vez expuesto sería un objeto artístico, pero también de forma simultánea un monumento nazi, un documento arqueológico, una superficie contestada o una piedra que forma parte de un muro".

El muro del que formaba parte esta piedra no es otro sino el muro en el que los vencedores quisieron fijar su mensaje de autoritarismo y fuerza. Y ahora, aunque al muro le falte una piedra, quizá éste siga siendo tan sólido como siempre. En este octubre caliente de mandatos judiciales, sentencias y acciones policiales lo que queda claro es que, junto a las inscripciones y los grabados, no hay mayor superficie contestada que el espacio, la calle.



Referencias

- Cabello, A. (2004): La plaza de Urbina. Una biografía de Iñaki Ormaetxea, Txalaparta, Tafalla.
- Jaio, I. (2019): La piedra porosa / Harri porotsua / The Porous Stone. [Texto del proyecto artístico].
- Jiménez de Aberasturi, L. M. (2003): Crónica de la guerra en el norte (1936-1937), Txertoa, Donostia-San Sebastián.

miércoles, 19 de septiembre de 2018

Educación y Descanso

Posición de El Campillo. La estructura cuadrada de la izquierda era estancia de descanso de la tropa.

En los años finales del franquismo, mi abuelo materno, tamborilero, formó parte de un grupo folklórico llamado Os Agarimos. El cuarteto se integraba dentro del marco de las actividades que el Hogar de Educación y Descanso organizaba en el barrio ferroviario de la estación de Monforte de Lemos. El régimen franquista puso a andar el Nuevo Estado inspirándose claramente en las instituciones fascistas italianas. Mussolini había creado algo parecido (Opera Nazionale Dopolavoro) para monitorizar y dirigir el tiempo de ocio de las clases populares, para domesticar a las masas obreras y convencerlas de la necesidad de tener hombres sanos, productivos, deportistas y soldados. Ellos eran la base del Imperio. Mi abuelo, que era un cachondo, siempre decía: Educación, poca, y descanso... ninguno. Eso de por el Imperio hacia Dios no iba con él. Era bajito y casi libra de la guerra, pero subieron unos centímetros la medida de corte, y lo movilizaron. Combatió en el frente del Segre. No soportaba ni a fascistas ni a carlistas. Al escarabajo rojo que fastidiaba las cosechas de patata le llamó siempre requeté. Mi abuelo era un campesino, artesano polifacético, que solo salió de su parroquia para ir a la guerra. Después, algún viaje a ver a la hija a Lugo, Barcelona, Pontevedra. Siempre le quedó la espina de ir a actuar a Caracas, en donde vivía la hija mayor.

Restos metálicos de posibles somieres en la estancia de descanso.

Como mi abuelo, miles de campesinos españoles, la mayoría analfabetos, los menos con las primeras letras, conocieron mundo en la guerra. Los que sobrevivieron pudieron reengancharse al Ejército, o reorientar el rumbo de sus vidas en las ciudades que conocieron. Yo he entrevistado a muchos de estos campesinos veteranos de guerra y todos renunciaron a otra vida, porque tenían que volver, a cuidar de la casa, de los padres viejos y enfermos, porque los hermanos habían emigrado y quedaban ellos como cabos da casa. Pienso en estos campesinos cuando leo la documentación del frente en Rivas-Vaciamadrid. Los desertores del Batallón Gallego, ubicado en el Espolón, cuentan sus vidas a los servicios de información republicanos; todos son campesinos, herreros, canteros... muchos de ellos de zonas montañosas de Ourense. A su vez, los desertores republicanos que se pasan al lado franquista también son labriegos de la Meseta Sur, de Levante, de Andalucía.

Detalle del suelo de ocupación, con un frasco de laxante y una caja de munición soviética.

Estos hombres de  la España rural, tradicional, entran de lleno en la guerra industrial. Reciben instrucción, incluso algunos aprenden a leer, manejan tecnología y armamento de última generación. En una posición de segunda línea, en un frente estabilizado como el del subsector del Piul, la documentación militar de la 18 División republicana refiere al detalle todas las actividades de formación e instrucción que formaban parte de un día marcado por paqueos aislados, algún duelo de artillería y poco más. A lo largo de 1938 nos encontramos actividades como:

Instrucción teórica sobre el tema "Maneras de orientarse y lanzamiento de granadas de mano".
Instrucción de escuadra y pelotón en orden abierto. Despliegues, avances y repliegues.
Práctica de Topografía.
Modo de hacer fuego para que este sea eficaz.
Instrucciones sobre balística.
Cómo se efectúa el asalto a una trinchera y cómo se organiza.
Cómo se pasa una barrera de artillería.


Restos de una máscara anti-gas en uno de los nuevos refugios que estamos excavando.

Incluso se organizaban marchas de 30 minutos con la máscara anti-gas puesta. Me puedo imaginar a uno de estos campesinos procedentes de zonas en las que el Carnaval rural era importante, con la careta puesta, como un peliqueiro de Laza. Poco o nada se ha estudiado sobre esta experiencia compartida, esta hibridación que se dio en la guerra entre cultura popular campesina y tecnología bélica.
Por supuesto, en los documentos aparecen más de actividades que iremos desgranando. Para nosotros es muy importante que los soldados del campamento que estamos excavando no se tomasen muy en serio aquello de Limpieza de campamento. Otra de las actividades, quizás la más necesaria, es la de descanso. En la posición del Campillo hemos excavado otra estancia, conectada con el nido de ametralladora que ya conocéis. Tenemos que imaginar a esos soldados-trogloditas, mal alimentados, comidos de la sarna y los piojos, intentando dormir en humildes camastros, tras un nuevo día de tensión, ejercicio físico e instrucción. O escribiendo una breve carta a sus seres queridos, o redactando borradores de informes diarios para los mandos. En este mundo subterráneo de yeso y margas, parafraseando a mi abuelo, Educación, alguna, y descanso, poco. El historiador Lourenzo Fernández Prieto definió a los campesinos gallegos como Labregos con ciencia. Muchos de ellos volvieron de la guerra con un bagaje que les acompañaría toda la vida.

Vista panorámica de los dos refugios que estamos excavando ahora, en el vallejo.

Referencia documental.

Archivo General Militar de Ávila, C. 1086, Cap. 12. Partes de operaciones de la 18 División, febrero a septiembre de 1938.


  


lunes, 9 de julio de 2018

A dos metros bajo tierra

Josu limpia cuidadosamente un nivel de la Guerra Civil a más de dos metros de profundidad.

Muy cerca de las ruinas del Asilo de Santa Cristina decidimos excavar un sondeo con pala excavadora para encontrar la trinchera que comunicaba el sector del Clínico con la retaguardia franquista. Como ya comentamos, no hemos sido capaces de dar con la trinchera (por ahora), pero a cambio encontramos un nivel de la Guerra Civil sepultado a gran profundidad -cerca de dos metros y medio desde la superficie actual.

Restos de pantalón. 
 
Es algo misterioso. Se trata de una capa de tierra grisácea llena de detritos relacionados con la guerra. Por ahora hemos hallado los restos de una o más ventanas hechas añicos (seguramente del asilo), dos o tres botas militares, restos de lo que parece una camisa y un pantalón militar y fragmentos de un botijo. Y todavía puede quedar bastante por descubrir. 

 El estrato misterioso, bajo una gran capa de arcillas y arenas estériles.

Todo indica que el sellado se llevó a cabo nada más terminar la guerra ¿Por qué pensamos esto? Primero, porque si el nivel de la Guerra Civil hubiera quedado en superficie lo habrían lavado las escorrentías y no se conservaría nada o prácticamente nada. Segundo, porque está cubierto por un depósito de arenas y arcillas estériles de en torno a un metro de potencia que a su vez se encuentran selladas (y esta es la clave) por escombro del asilo (ladrillos macizos y teja) entre los que aparece mezclado material de guerra, particularmente un proyectil artillero de 77 mm completo. Es evidente que esta última capa tuvo que depositarse en un momento temprano, no posterior a 1940. En las fotos aéreas tomadas al poco de acabar la guerra se puede ver ya el pabellón del asilo que estamos estudiando en proceso de demolición.

El esmero que se puso en sepultar este nivel de la Guerra Civil es intrigante, sobre todo si pensamos que a unos pocos cientos de metros, en el Cerro de los Locos o en Puerta de Hierro todo el sistema de trincheras republicano quedó a la vista. Y así sigue en la actualidad. 

Existe una explicación funcional y otra simbólica que no son incompatibles. La funcional es que la zona del Asilo de Santa Cristina era en 1939 un queso de gruyère de cráteres, túneles, minas, refugios y bombas sin explotar. Una topografía bien peligrosa y al lado del centro de Madrid que convenía sellar cuanto antes. Esta es sin duda la motivación principal para rellenar de tierra tan rápido toda la zona.

Pero es posible que las razones simbólicas no se hallaran del todo ausentes. El campo de batalla del Clínico, como decía, estaba demasiado cerca de la Ciudad. Hubo intentos de musealizarlo en 1939 que se abandonaron rápidamente por decisión de Franco, que no estaba mucho por el patrimonio experimental y la arqueología contemporánea. Se optó así pues por una escenografía monumental y selectiva, mucho más convencional, para recordar la Cruzada, que es la que domina el paisaje de Moncloa actualmente: grandes edificios, arco de triunfo, capilla de los mártires, etc. 

La victoria en la guerra se utilizó para legitimar al régimen de Franco desde el comienzo hasta el final de la dictadura. Pero la guerra que quería recordar el régimen era una totalmente sublimada: la de los arcos de triunfo y las cruces a los caídos, sin olor a cadáver. La guerra real, con sus cráteres y ruinas, alambre oxidado y fosas, nunca fue del agrado de la dictadura - comprensiblemente. Por eso solo dos pueblos más bien remotos, Belchite y Corbera, se conservaron oficialmente como ruinas de guerra (o más bien se abandonaron a su suerte).Por eso también las fosas comunes militares desaparecieron muy rápidamente del paisaje de España, sustituidas por ese lugar sublimador por antonomasia y bien apartado del frente que es el Valle de los Caídos. 

El Hospital Clínico como lugar de memoria nada más acabar la guerra. 

La memoria material del Clínico era demasiado ambigua: un lugar de resistencia heroica de legionarios y regulares, pero también un lugar de derrota, porque las tropas sublevadas nunca consiguieron tomar Madrid por las armas. Por eso, quizá, los memoriales espontáneos en la zona, que realizaron veteranos y camaradas de los caídos, desaparecieron enseguida y el lugar dejó de formar parte de la memoria oficial del régimen relativamente pronto, al menos de forma efectiva. 

Sin embargo, también hay que tener en cuenta que las ruinas están muy relacionadas con la política de la presencia: es importante recordar allí donde sucedieron los hechos históricos, las tragedias y las victorias heroicas (como se puede ver en la imagen superior). La retórica de la presencia es algo muy fascista, que cultivaron tanto nazis como fascistas italianos. El régimen de Franco se apartó de este tipo de prácticas ideológicas desde 1943 y recurrió a formas mucho más tradicionales y decimonónicas de recuerdo, como monumentos, capillas y placas, por lo general sin relación directa con los lugares donde ocurrieron los hechos históricos.

Se puede por lo tanto decir que el olvido actual de la zona del Clínico, un lugar imprescindible para entender la guerra en Madrid es un legado de las políticas de memoria del Franquismo desde mediados de los años 40. La historia permanece oculta a dos metros bajo tierra. Y nosotros nos empeñamos en sacarla a la luz.

lunes, 19 de diciembre de 2016

Una arqueología profunda del siglo XX


Está de moda entre los arqueólogos del mundo contemporánea afirmar que la arqueología del presente tiene que ser una arqueología de la superficie. La profundidad está sobrevalorada, dicen. Es una vieja metáfora de la disciplina que debemos superar. La arqueología también puede y debe analizar lo que está a la vista, sobre el suelo, en las paredes de los edificios. Es muy cierto. Nosotros mismos hemos practicado la arqueología superficial: analizando arquitectura franquista, estudiando impactos de bala en las paredes o registrando graffiti.

También es verdad que no es fácil encontrar estratigrafías profundas del siglo XX. Pero existen. En la Ciudad Universitaria de Madrid tenemos la suerte de contar con sitios con una potencia estratigráfica extraordinaria. En las trincheras que excavamos este verano documentamos más de un metro y medio de sedimentación que fosiliza una historia peculiar: la historia geológica de los últimos 80 años en Madrid. Y más que eso: la historia del Antropoceno, esa era en la que vivimos inmersos y que supone la intrusión decisiva del ser humano por primera vez en la evolución geológica del planeta. Al finalizar los sondeos tomamos una columna de muestras para su análisis micromorfólogico.

Toma de muestras geológicas en uno de los sondeos de la trinchera de comunicación.


Junto a las trincheras, el refugio de tropa que también excavamos también reveló una gran potencia estratigráfica. Pero aquí no es la historia del Antropoceno lo que podemos recuperar, sino la historia humana de la capital. Hay veces que coincide la potencia estratigráfica y el olvido. La tierra cubre la memoria. Y este es un buen ejemplo de ello. Porque en el abrigo de la Ciudad Universitaria se esconden, en sus cerca de dos metros de estratos arqueológicos y seis niveles de uso, la historia marginada del siglo XX.

Estratigrafía del abrigo


Los dos primeros niveles son de la Guerra Civil y nos cuentan la vida de los vencidos en la guerra. Unos vencidos que fueron, además, castigados, humillados y finalmente olvidados. Poco es lo que nos queda de ellos: una caja de munición reventada, cartuchos oxidados, algunas latas. La imagen de un ejército derrotado.

Los siguientes niveles son los de la vida en la posguerra: gente sin hogar ocupó el refugio y en él pasó frío y hambre nada más acabar la guerra. Las huellas que dejaron son los restos de una hoguera y unas pocas latas y botellas de vidrio rotas. Entre ellas, una de agua mineral Insalus, de Tolosa (País Vasco). Su presencia no indica que los indigentes bebieran agua mineral, sino más bien que reutilizaban cuanto podían. Los sin techo vivieron en el abrigo en los años 40. 

Suelo de ocupación del final de la guerra e inmediata posguerra


La ocupación continuaría en los años 50, después de una breve interrupción marcada por aluviones. Sobre ellos aparece un nuevo nivel de suelo, otra hoguera y más basura. A este período corresponde una botella de Crush, un ancestro de la Fanta que se fabricó en España desde 1929. El diseño art nouveau del vidrio, en este caso, permite datar el contenedor antes de 1955. También a esta fase corresponde una botella de Ferroquina, un vino de origen italiano con hierro añadido, y una moneda de Franco datada en 1947. Los años 40 y 50 fueron testigos de la llegada a Madrid de una gran cantidad de gente que emigraba de los pueblos, huyendo de la miseria o la persecución política. Se asentaron en los márgenes de la capital, donde malvivían en chabolas, cuevas y ruinas.


Moneda del Caudillo de España por la Gracia de Dios datada en 1947


Los años 60 suponen un cambio en el registro arqueológico. Para este período ya no tenemos un nivel residencial propiamente dicho, es decir, con suelos, hogueras y materiales de vida cotidiana. Los años 60 son una fase de desarrollo económico, retroceso del chabolismo y comienzo de actividades propias de la sociedad del bienestar, como las comidas campestres y los guateques de fin de semana. Es posible que a este tipo de prácticas haya que atribuir una diversidad de botellas de alcohol (anís La Castellana, jerez Bobadilla, cerveza Mahou), que no aparecen asociadas a otros elementos, excepto una lata de mejillones.
  
¿Restos de un guateque campestre de los 60?


Basurero de los años 60 con lata de mejillones en primer plano.

Una nueva capa de arena arrastrada por la lluvia sella esta fase hasta que a finales de los 80 se produce una nueva ocupación, nuevamente por indigentes. O más bien indigente. Porque los restos que nos encontramos parece que se pueden asociar a una mujer sin hogar que vivió en el refugio hasta mediados de los años 90. Ahora vuelven a aparecer restos de vida cotidiana (medicinas, objetos de higiene, alimentos, un colchón, pilas). 

Objetos asociados a la ocupación de una mujer sin hogar a principios de los 90

No sabemos qué pasó con esta mujer (y creemos que era una mujer porque apareció esmalte de uñas rosa). Pero hace unos 20 años dejó su hogar improvisado. Desde entonces, el sitio ya solo es visitado esporádicamente por hombres que practican actividades sexuales. 

Manuel de Landa propone en su visión no lineal de los últimos mil años una descripción geológica de la historia. El proceso de emergencia de las ciudades es para el filósofo equivalente al de lavas y magmas. No es una metáfora, advierte: realmente se trata de los mismos procesos físicos. La lava se solidifica de la misma manera en que las ciudades se van convirtiendo en entes más pesados y rígidos, con sus murallas, casas y monumentos.

En la Ciudad Universitaria nos encontramos un proceso geológico distinto: el aluvión. Los refugios y las trincheras de la Guerra Civil se convirtieron desde abril de 1939 en una trampa sedimentaria, es decir, una barrera contra la que se remansa la materia que fluye arrastrada por los elementos. En los refugios y las trincheras se han sedimentado capas de aluvión geológico, formado por las arenas arrastradas por la lluvia. Pero también hay capas de aluvión humano. Por algo se habla de "gente de aluvión": personas desplazadas no por fenómenos geológicos, sino políticos y económicos. La gente de aluvión la forma el desecho social: los soldados vencidos en un frente secundario, los que lo han perdido todo, los emigrantes, los indigentes, los homosexuales.

En la Ciudad Universitaria rescatamos un proceso geológico-social olvidado, en el que se mezcla la gente, la basura y la arena. Es una historia que tiene poco de épica. Una historia de los perdedores de la historia.

jueves, 7 de julio de 2016

La plaqueta de Acción Católica

Nivel de derrumbe en el interior del salón-comedor, antes de su excavación.

Los guerrilleros habitaron intermitentemente la casa de Repil durante dos años, entre 1947 y abril de 1949. La vivienda de los Amaro era la típica morada de una humilde familia campesina. Las personas convivían con los animales bajo el mismo techo (eso sí, en estancias separadas). La parte noble se correspondía con el salón-comedor, cuyo suelo era de tierra batida, a la manera tradicional. La batalla de Repil cambió la historia familiar y la propia fisonomía de esta arquitectura doméstica. Al retornar de la cárcel de Las Ventas, Teresa López Ayán, a comienzos de los 50, decide acometer reformas en la vivienda.

Nivel de ocupación de los años 50 con el suelo de plaqueta, 
una vez retirado el derrumbe.

En este momento podemos datar la introducción de nuevos materiales constructivos como el ladrillo, en principio sólo empleado como elemento ornamental. La teja de la fábrica monfortina O Castelo comienza a sustituir a la típica losa de pizarra como cubierta. La arquitectura vernácula comienza a cambiar. Los campesinos emulan los modelos urbanos, asumiendo nuevos patrones de organización del espacio doméstico. Todo ello lo podemos comprobar con la excavación arqueológica del salón comedor.
En el primer nivel de relleno de la estancia recogemos restos del encalado de la cara interna de las paredes así como algunos ladrillos correspondientes a la medianera levantada entonces para subdividir el espacio común en dos estancias: un salón y una habitación contigua. Por debajo de este estrato superficial exhumamos en planta el suelo habilitado en la década de 1950. El pavimento está formado por plaquetas hidráulicas. Según hemos podido confirmar por testimonios orales, este tipo de material fue de uso común en edificios nuevos de Monforte de Lemos datados en 1946 y 1947. Fueron hechos en los talleres de Construcciones Cadórniga (comentario personal de Dámaso López García). En el reverso de las plaquetas se puede leer Mosaicos Pérez, Monforte. Hoy en día se cotizan bastante, ya que hay una demanda importante por parte de gente que rehabilita casas de la primera mitad del siglo XX. Suso O'Corenta, colaborador de nuestro proyecto, no tuvo dudas cuando vio una de esas plaquetas de Repil: él recordaba perfectamente que esa era la plaqueta que se había puesto siendo él muy niño en la sede de Acción Católica en la parroquia de Cereixa. Era la plaqueta de Acción Católica.


Las dos ornamentaciones documentadas en las plaquetas del salón/habitación.

Tras la derrota de la guerrilla, la ofensiva del Estado franquista para reeducar al campesinado resistente en esta zona fue clara. Por un lado, se aplicó una política de tierra reconquistada. Se construyeron cuarteles de la Guardia Civil a modo de fortalezas, como el de A Pobra do Brollón o el de Ferreira de Pantón. Por otro lado, se echó mano del nacionalcatolicismo como medio para la reeducación de una gente que, como se había visto, no había renegado de la experiencia republicana ni de las ideas socialistas, anarquistas y comunistas. A comienzos de los 50 proliferaron las Misiones por las parroquias, de las que quedan restos materiales en el interior de las iglesias. Así mismo, se dotó de medios a Acción Católica para encuadrar a los jóvenes campesinos. La casa rectoral de Cereixa y sus aledaños, la misma que sirvió de refugio al guerrillero herido Fermín Segura gracias al cura don Plácido, se convirtió ahora en la sede de Acción Católica. Don Plácido fue represaliado y enviado a Brasil. Le sustituyó su hermano, un cura fiel al régimen franquista.

Proceso de excavación. 

La plaqueta del suelo de Repil es toda una metáfora de la paradójica relación del régimen franquista en los años 50 con respecto a la Tradición y la Modernidad. Por un lado, este material remitía al progreso, a conceptos como la higiene y la urbanidad, que comenzaban a entrar en las viviendas campesinas, como la luz eléctrica. Por otro lado, la plaqueta servía también para ornamentar edificios que condensaban el ideal nacionalcatólico, la vertiente más tradicionalista de un régimen que poco después entraría en el desarrollismo.

Detalle de la subdivisión salón-habitación: 
restos del arranque de la medianera de ladrillo.

La excavación de este suelo de ocupación de la casa de los Amaro nos ha permitido documentar las diferentes áreas de actividad, exhumar una gran cantidad de objetos arqueológicos y hacernos una idea precisa de cómo vivía una familia campesina en estos momentos de lento cambio en el fin de la autarquía.
Las plaquetas son un buen indicador de la sangre, en este caso de la sangre de los guerrilleros que ocuparon el suelo de tierra batida que se encuentra inmediatamente por debajo. Estamos cerca ya de 1949.

Restos de la ofrenda floral de abril de 2016 y plaquetas [Fot. de Carlos Morais]

jueves, 17 de septiembre de 2015

El Gigante descalzo


Recientemente la ARMH exhumó los restos del guerrillero gallego Perfecto de Dios, abatido cuando intentaba huir a Francia. En el acto de homenaje que se le brindó en su aldea natal (Sandiás, Ourense), sus familiares tuvieron a bien colocar al lado del féretro las botas que llevaba en el momento de su muerte. Pocas imágenes hay más evocadores de la arqueología de la guerra civil que el calzado que portaban esas personas a las que seguimos el rastro en nuestras excavaciones. En la exhumación en el cementerio de Castuera (Badajoz) en 2102 pudimos reconocer a militares republicanos por los restos de su indumentaria, como las suelas claveteadas características que llevaban los soldados. En nuestras prospecciones en Mediana, en la excavación de las letrinas o en los aledaños del Seminario Menor nos volvemos a encontrar con los cueros de la tragedia.


Nuestra compañera Sonia García Rodríguez lleva tiempo estudiando arqueológicamente las antiguas curtidurías del entorno de Santiago de Compostela. Era este uno de los pocos negocios industriales de la ciudad del Apóstol y atrajo la atención de inversores foráneos, sobre todo familias del valle de Cameros (La Rioja) y del País Vasco francés. La exportación a América en un primer momento y la atención al mercado interior hicieron de esta actividad un negocio pujante en la comarca compostelana. Sin embargo, la posterior competencia catalana y la falta de modernización hicieron que el sector entrase en declive en el primer tercio del siglo XX.
Sin embargo, y contra todo pronóstico, este tradicional tejido industrial en torno al cuero de la Galicia occidental jugaría un papel primordial en la guerra civil española. Al quedar el Levante en manos republicanas, la intendencia del Ejército sublevado no tenía acceso a esa pujante industria del calzado, por lo que hubo que buscar alternativas en la retaguardia franquista.


En un excelente trabajo sobre el negocio de la guerra civil en Galicia, Margarita Vilar y Elvira Lindoso dan a conocer el traumático proceso de militarización de las fábricas de calzado coruñesas, regentadas por empresarios de ideología republicana. Este fue el caso de la tenería eumesa La América que había sido fundada por los indianos Tenreiro en 1864. Sus descendientes fueron represaliados por los sublevados (pérdida de trabajo y exilio). En el caso de la tenería La Magadalena, de la familia Etcheverría, acabaría siendo campo de concentración. El caso más espectacular fue el de fábrica de zapatos de Ángel Senra en A Coruña, que ya había suministrado botas militares al Ejército francés en la 1ª Guerra mundial. De origen humilde, este zapatero de Noia acabó siendo el primer alcalde republicano de la ciudad en 1931. En 1936 los sublevados militarizan la fábrica y la convierten en una de las principales proveedoras de botas para el Ejército franquista.


Los Barbis que construyeron el fortín de la Dehesa de la Villa en el invierno o primavera de 1937 no lo debieron de pasar muy bien en los trabajos de campo. El frío y el cierzo eran todo un reto para la intendencia militar. En todo caso, estos zapadores, si atendemos a las fotografías de época, iban bien vestidos y protegían sus pies con borceguíes fabricados en la retaguardia, quizás procedente de las fábricas coruñesas, ya que el resto del Norte (en donde también existía esa industria tradicional y había ganadería) se hallaba aún en manos republicanas. Nos podemos imaginar a los Barbis dentro del fortín en construcción. Un trajín de zapadores ultimando la obra. En el cemento fresco, como si de un Olduvai belchitano se tratase, quedaron grabadas las huellas de estos hombres. Seguir el rastro de estas personas es el objetivo de la Arqueología que practicamos. Sin embargo, estos zapadores raramente morirían en el frente. Ellos diseñaban los contenedores que ocuparían otros, marcándoles el camino hacia la muerte, en muchos casos. No nos quedan las huellas de aquellos requetés que, al pie del cañón, regaron con su sangre el ladrillo y el hormigón. Combatientes de un ejército (el franquista) que Gabriel Cardona definió en un soberbio ensayo como El gigante descalzo.



P.S. En el Seminario Menor se enfrentaron en 1937 las botas gallegas contra las alpargatas levantinas. Y ya se sabe que en verano... siempre ganan éstas últimas.

jueves, 3 de septiembre de 2015

Mami ¡cómprame una Barbi!


Hay días perfectos de trabajo de campo, como hoy, aniversario de la caída del Seminario Menor en manos republicanas. Estamos en un fortín solitario, el puesto requeté más avanzado de Belchite, en conexión visual con el viejo cementerio. El sustrato geológico nos recuerda que estamos en una antigua terraza fluvial. En su día los propietarios de la finca clarearon las tierras y rellenaron el interior de la fortificación con cantos de cuarcita y gravas. Mientras esperamos a nuestro palista de confianza, el maño-rumano (o sea, rumaño) Adrian, se nos acerca un pastor vecino del pueblo con su rebaño de ovejas. Un gran tipo. Nos comenta su mili en el 76, muerto ya Franco, por cuarteles de Leon y Valladolid. Mientras hablamos, Adrian, como buen representante de la escuela del Este, mezcla tacto, constancia y talento en el trato del balón, digo, perdón, de la cuarcita.

La segunda visita de la mañana nos aporta información esclarecedora. Un vecino, Paco el Chulo, zahorí vocacional, nos relata la tragedia de su familia: "Nosotros éramos de los malos", me comenta para ver mi reacción. Los franquistas fusilaron a sus abuelos y metieron en un batallón de trabajadores a su padre, por ser socialistas. Este último trabajó como mano de obra esclava tres años en Dos Hermanas, en Sevilla, en la construcción del canal del Guadalquivir. Cuando volvió, vecinos fieles al régimen le habían usurpado fincas. Las últimas casas del Belchite Nuevo fueron el nuevo hogar de esta escoria social. Nuestro amigo se crió en la inmediata postguerra en las ruinas del Belchite viejo.

Es un lujo que nos cuente la intrahistoria de este paisaje que cada vez se nos hace más familiar. Durante su relato, Paco nos habla de las posiciones requetés en el cementerio, de cómo abrieron boquetes en la tapia para habilitar piezas de artillería. Nuestro colega Salvatore Garfi se lanza a la búsqueda de las trazas de la memoria en el cementerio. Toda una lección de Arqueología de la Arquitectura.

Una vez retirado el relleno de cascotes limpiamos lo poco que queda del suelo de ocupación del fortín. La encuesta etnográfica nos confirma que la recuperación de ferralla, munición y objetos metálicos fue clave en la dura postguerra de la autarquía para la supervivencia de muchas familias locales. A pesar de ello, documentamos en una esquina una estructura de combustión con casquillos, una arandela de una escudilla de rancho, abridores de lata de conservas, huesos de ovicáprido... En los peldaños de acceso al fortín, aparecen evidencias del combate: balas, casquillos y guías de peine. Entre el material destaca una guía de peine de munición para rifle checoslovaco. Estamos hablando de las armas que ayudaron al Gobierno de Euzkadi a resistir la primera ofensiva de Mola en octubre de 1936. Cuando cae Bizkaia en el verano de 1937 muchas de estas armas pasaron a las Brigadas Navarras y a diversos Tercios de Requetés, como es el caso. También documentamos casquillos de la fábrica de Sevilla y casquillos de arma corta no reglamentaria, de pistolas usadas por esos requetés, paramilitares durante los años de la IIª República.

Limpiar las troneras de la galería de fusileros nos mete de lleno en el paisaje. Nuestro compañero Tasio, artista del mundo audiovisual, saca provecho del avance de las excavaciones. La sorpresa, siguiendo la Ley de Murphy de la Arqueología de campo, se produce al final de la jornada. Limpiando uno de los orificios en donde se guardaban las cajas de munición nos econtramos con la inscripición que nos pone sobre la pista de quienes construyeron el fortín: LOS BARBIS 1937. Unos viejos conocidos nuestros. Esta compañía de zapadores nº 5 es la artíficie de muchas de las fortificaciones  franquistas en el Campo de Belchite, como las del Saso que excavamos el año pasado.
No sólo ellos quisieron pasar a la posteridad.


En este fortin de estilo mudéjar que combina ladrillo y sillares de hormigón, un soldado requeté dejó grabado: T del C. Tercio del Carlismo.

Como decía Sébastien Le Prestre, Señor de Vauban, un gran ingeniero militar francés El destino de una fortificación es que sea tomada por el enemigo.

sábado, 21 de febrero de 2015

Arqueología del punto de vista


Una de las primeras víctimas de la GCE: un Guardia de Asalto yace al pie de la balaustrada de piedra que delimita el espacio central de la Plaça de Catalunya. Todavía se conserva uno de los impactos de bala que probablemente acabó con su vida.

En los últimos años hemos diseñado visitas guiadas en contextos urbanos como Santiago de Compostela o Vitoria-Gasteiz para explicar el devenir de esas ciudades durante la guerra civil española a través de las trazas materiales del conflicto. Hoy nos hemos dado cuenta de que somos unos simples aprendices. Hoy hemos podido participar de un periplo único en la ciudad de Barcelona, guiados por Ricard y Susana. El reto, nada fácil: explicar el primer día de un golpe de estado (19 de julio de 1936, domingo) que derivó en una guerra civil. Para ello Ricard se valió de un tesoro: las fotografías que sacó ese día un intrépido Agustí Centelles en el carrer Diputació y en la Plaça de Catalunya.
Esta interactiva Experiencia Centelles se adentra en la microhistoria, en el metamundo de una fotografía-símbolo, reproducida hasta la saciedad en medios leales y extranjeros en aquellos días: en la calle Diputació, esquina con Lauria, unos Guardias de Asalto evitan el avance de los militares sublevados, protegidos tras unos caballos muertos.



El inicio de la visita fue espectacular, ya que pudimos contar con la presencia del hijo de Centelles, Sergi, quien ha seguido con la tradición y regenta el estudio fotográfico familiar. Un lujo poder conocer de primera mano la trayectoria de su padre, un hombre afín al POUM que pagó su lealtad a la República con los campos de concentración, el exilio y la depuración laboral a su vuelta a la España franquista. Nunca más pudo trabajar como fotoperiodista. Como otros profesionales del diseño o la cartelería tuvo que refugiarse en la fotografía industrial y publicitaria. Hasta 1976 no dio a conocer su mayor legado. Incluso su familia desconocía por completo la existencia de unos negativos que fueron salvaguardados de manera heroica, épica y tragicómica por compañeros y amigos.

Agustí Centelles en el campo de concentración francés tras la guerra.


El guía-estrella Sergi Centelles nos habla de su padre en la calle Diputació.

Ricard y Susana nos sumergen de lleno en la atmósfera que se vivía ese domingo 19 de julio. La confusión, el caos, la información y contrainformación no ayudaban precisamente a aclarar lo que estaba pasando. En ese contexto, Agustí Centelles sale a la calle con su cámara Leica y acaba registrando lo que sucede en calle Diputación, un punto neurálgico para parar a los militares facciosos que avanzan desde los cuarteles, con piezas de artillería movidas por mulas y caballos.
Ricard ha realizado una auténtica reconstrucción arqueológica de lo que allí pasó en esas horas. Ha consultado la versión oficial de los vencedores de la guerra, quienes llegaron a publicar un plano de la ciudad señalando los pasos seguidos por los afectos al Movimiento.



Ha excavado en los negativos de Centelles, reconstruyendo las secuencias completas del reportaje. Ha llevado a cabo un verdadero estudio de Arqueología de la Arquitectura, detectando las interfaces, las cicatrices de la memoria en los paramentos de los edificios, ha detectado lo que en fotografía se denomina el eco del pasado. Ha realizado toda una prospección de cobertura total identificando cada escenario desde el que disparó la cámara Centelles, ha podido reconstruir el momento exacto, analizando los juegos de luces y sombras, la posición del sol con respecto a la calle... Un trabajo impresionante que nos adentra en la visión del fotógrafo, en sus idas y venidas por la calle, en sus movimientos en función de lo que iba pasando, en su habilidad para ganarse a los protagonistas, en la composición que se hace del lugar y de las escenas. Ricard reconstruye toda la cadena técnico-operativa que lleva a la archiconocida foto, el producto final de un trabajo que nos muestra el cambio radical de una ciudad en cuestión de horas.


Tras la derrota de los militares en las calles, los objetos cobran especial importancia, como se puede apreciar en las fotografías. Como en las fiestas de locos y los carnavales se revierte el orden social. Surge el atrezzo miliciano. El pueblo en armas se cobra trofeos de guerra. Los combatientes posan con cartucheras, hebillas de cinturón, una corneta, cascos y cajas de munición. La CNT se ha hecho con el poder en Barcelona. Todo va muy rápido. En la foto de abajo podemos ver unos guardias civiles en la vía pública. La Benemérita en Barcelona se mantuvo expectante hasta que vio claro el triunfo sobre los militares y se adhirió a la defensa de la República. En cuestión de horas pasó de ser un cuerpo de seguridad odiado en la larga duración (Semana Trágica, Revolución de Asturias...) a formar parte de las fuerzas antifascistas. Al lado de los guardias (hasta el momento contrarrevolucionarios) vemos a un hombre con corbata y puño en alto, haciendo alarde de un gesto revolucionario. Lo nunca visto. Días u horas después, andar ataviado con una corbata podría traerte serios problemas, por burgués.


Nos os vamos a contar más. ¿La fotografía mítica de Centelles es real? ¿esos hombres están combatiendo o están posando? Para contestar a estas preguntas Ricard Martínez ha diseñado esta apasionante experiencia Centelles, en la que los arqueólogos y arqueólogas contamos con cierta ventaja porque estamos acostumbrados a mirar las piedras.
Si os acercáis a Barcelona, ya sabéis lo que podéis hacer.

www.arqueologiadelpuntdevista.org
info@arqueologiadelpuntdevista.org